Capítulo 10 La Niña del Páramo
Durante varios minutos Arthur permaneció sentado sobre la cama observando el dibujo.
La hoja descansaba abierta sobre sus rodillas.
La pequeña casa. El árbol. La figura sosteniendo una flor.
Nada parecía especialmente revelador. Y sin embargo no podía apartar la vista.
Aquello había sido dejado para alguien. Quizá para él.
Quizá para otra persona. Pero alguien había atravesado la puerta prohibida.
Alguien que sabía dibujar aquella casa. Alguien que conocía un lugar que Arthur todavía no había visto.
Cuando Florence despertó, fue la primera persona a quien mostró el hallazgo. La niña estudió el papel durante largo rato.
—No parece Blackwood Hall.
—Eso mismo pensé.
—Es demasiado pequeña.
Arthur asintió. Blackwood Hall parecía una fortaleza. La casa del dibujo resultaba mucho más sencilla. Más acogedora. Casi feliz.
—Pero el árbol sí me parece importante.
Florence señaló la figura dibujada junto a la vivienda. Era enorme. Mucho más grande de lo que debería ser en proporción al resto. Como si quien lo hubiera dibujado quisiera destacar precisamente ese detalle.
—Quizá sea una pista.
—¿Hacia dónde?
Arthur sonrió.
—Ojalá lo supiera.
Aquella mañana ocurrió algo que no había sucedido desde su llegada a Yorkshire.
El sol apareció. No completamente. Las nubes seguían cubriendo gran parte del cielo.
Pero entre ellas comenzaron a abrirse pequeñas grietas luminosas.
Los jardines de Blackwood Hall recibieron por primera vez una luz auténtica.
Incluso la lluvia parecía haberse retirado.
—Podemos salir. —Florence observaba por la ventana con la emoción de alguien que lleva demasiado tiempo encerrado.
—Si Lady Eleanor lo permite.
—Si esperamos a preguntarle, volverá a llover.
Aquella lógica resultó difícil de combatir.
Finalmente obtuvieron permiso de la señorita Galloway.
La advertencia fue sencilla: no alejarse demasiado, no acercarse a los pantanos, no permanecer fuera después del atardecer.
Los niños prometieron obedecer. Con toda la sinceridad que podían reunir. Lo cual no era demasiada.
El aire exterior resultó completamente distinto al de Hong Kong. Más frío. Más limpio. Más áspero. Florence inspiró profundamente. Después volvió a hacerlo. Y una tercera vez.
—Huele diferente.
—Todo aquí huele diferente.
—No. Esto es agradable.
Arthur la observó. Por primera vez en varios días parecía más animada.
Incluso el color de su rostro había mejorado ligeramente.
Aquello le produjo un alivio inesperado.
Comenzaron a recorrer los jardines. O lo que quedaba de ellos.
Resultaba evidente que Blackwood Hall había conocido tiempos mejores.
Las fuentes permanecían secas. Muchas estatuas estaban cubiertas de musgo.
Los senderos desaparecían bajo capas de hojas húmedas.
Algunas glorietas se encontraban parcialmente derrumbadas.
Era como contemplar la sombra de algo que había sido hermoso.
—¿Por qué no lo arreglan? —preguntó Florence.
Arthur observó los jardines.
—Quizá sea demasiado grande.
—O quizá a nadie le importe.
La respuesta resultó más triste de lo que parecía. Mientras avanzaban por un sendero lateral, Arthur percibió movimiento entre unos arbustos. Se detuvo inmediatamente. El animal apareció unos metros más adelante. El zorro. Florence lo reconoció antes incluso que él.
—¡Es él!
El animal permanecía inmóvil. Observándolos. La luz del otoño permitía apreciar mejor su aspecto. Su pelaje era rojizo. Oscuro en algunas zonas. Pero lo más llamativo era la mancha blanca sobre su pecho. Una figura irregular que destacaba claramente sobre el resto del cuerpo.
—Siempre es el mismo —dijo Florence.
Arthur asintió. No había duda. Aquella marca lo convertía en un animal inconfundible.
Lo extraño era que no parecía tener miedo.
Los observaba. Esperaba. Y solo cuando Arthur intentó acercarse unos pasos, se alejó tranquilamente.
No corriendo. No huyendo. Simplemente retirándose.
Como si quisiera mantener una distancia concreta.
—Creo que nos conoce.
—Es un zorro.
—Eso no responde la pregunta.
Antes de que Arthur pudiera contestar, el animal desapareció entre los árboles.
Sin embargo, ambos continuaron mirando en esa dirección durante varios segundos.
Aquella criatura producía una impresión difícil de explicar.
No inspiraba temor. Ni agresividad. Ni peligro.
Parecía formar parte del lugar. Como si perteneciera a Blackwood Hall desde mucho antes de la llegada de cualquiera de sus habitantes actuales.
Continuaron avanzando. Y entonces encontraron el árbol. Florence fue quien lo vio primero.
—Arthur.
El muchacho siguió su mirada. Y comprendió inmediatamente por qué se había detenido.
El árbol era enorme. Un viejo roble situado en una elevación del terreno.
Sus ramas se extendían en todas direcciones como los brazos de una criatura gigantesca.
Parte del tronco parecía muerto. Otra parte seguía viva.
Y la corteza estaba cubierta de marcas. No unas pocas.
Decenas. Quizá cientos. Algunas eran iniciales.
Otras símbolos. Otras simples cortes. Capas y capas de inscripciones acumuladas durante generaciones.
—Parece una pared —murmuró Florence.
Arthur se aproximó lentamente. Las marcas más antiguas estaban casi borradas por el tiempo.
Las más recientes seguían siendo visibles.
Y entonces descubrió algo. Un dibujo. Pequeño.
Tallado hacía mucho tiempo. Representaba una flor.
Exactamente la misma clase de flor que aparecía en el papel encontrado junto a la puerta reforzada.
Arthur permaneció inmóvil. Observándola.
Sintiendo cómo una nueva pieza del rompecabezas comenzaba a encajar.
Muy por encima de ellos, algo emitió un graznido.
Los dos levantaron la cabeza. Tres cuervos observaban desde las ramas superiores.
Inmóviles. Silenciosos. Como si hubieran estado allí todo el tiempo.
Los cuervos permanecieron inmóviles. Tres figuras negras observándolos desde las ramas más altas del roble. Ni siquiera parecían interesados en huir. Florence dio un paso atrás.
—Otra vez ellos.
Arthur también los observó. Desde su llegada a Blackwood Hall aparecían constantemente. En los tejados. En los muros. En los árboles. Siempre a cierta distancia. Siempre vigilando. Finalmente uno de ellos abrió las alas. Los otros dos lo imitaron. Y los tres desaparecieron sobre los jardines.
—Empiezo a pensar que nos siguen.
—Creo que simplemente están en todas partes.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, Arthur no estaba completamente convencido.
Continuaron caminando. El terreno descendía suavemente hacia una zona menos cuidada de la finca.
Los senderos resultaban cada vez más estrechos.
La vegetación más abundante. Y los signos de mantenimiento prácticamente desaparecían.
Blackwood Hall parecía terminar poco a poco.
Y el páramo comenzaba a imponerse. Fue entonces cuando escucharon una voz.
—Si siguen caminando por ahí terminarán empapados en barro.
Arthur giró inmediatamente. Una muchacha de aproximadamente su edad permanecía sentada sobre una vieja cerca de piedra.
No parecía sorprendida de verlos. Ni especialmente impresionada.
Tenía el cabello oscuro recogido de forma descuidada y unas botas que mostraban señales evidentes de largas caminatas.
—¿Quién eres? —preguntó Florence antes que Arthur.
—Diana Moore. —La respuesta llegó con total naturalidad—. ¿Y ustedes son los nuevos Blackwood?
—No somos Blackwood —dijo Arthur.
—Perfecto. Porque los Blackwood suelen ser bastante aburridos.
Florence soltó una carcajada. Arthur intentó no hacerlo. La muchacha descendió de la cerca.
—Mi abuelo tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre ustedes.
Arthur arqueó una ceja.
—¿Y qué dijo?
—Que tarde o temprano intentarían escapar de la casa.
Aquello resultó incómodamente preciso. Durante varios minutos caminaron juntos. Diana parecía conocer cada sendero. Cada muro. Cada árbol. Y cada rincón de los alrededores.
—¿Vives cerca?
—A unos kilómetros. Mi abuelo fue jardinero aquí hace muchos años. Ahora cuida una pequeña granja.
Aquella respuesta despertó inmediatamente el interés de Arthur.
—¿Trabajó en Blackwood Hall?
—Mucho antes de que yo naciera.
—¿Conoce la casa?
Diana sonrió.
—Conoce demasiadas historias sobre la casa.
Aquella frase bastó para captar toda la atención de ambos hermanos.
—¿Qué clase de historias?
—Las mismas que cuentan todos. Luces. Habitaciones cerradas. Criados que duran poco. Profesores que se marchan. Visitantes que no regresan.
Florence la observó.
—Eso no parece muy normal.
—No lo es. —La respuesta llegó sin vacilación.
Continuaron avanzando. Y entonces Arthur decidió mostrarle el dibujo. Sacó cuidadosamente la hoja del bolsillo. Diana la estudió durante varios segundos. Su expresión cambió ligeramente.
—¿Dónde encontraron esto?
—Dentro de la casa.
La muchacha volvió a observarlo.
—No parece Blackwood Hall.
—Eso creemos.
Diana señaló inmediatamente el árbol.
—Pero esto sí me resulta familiar.
Arthur sintió un leve sobresalto.
—¿Lo has visto antes?
—Quizá. No estoy segura.
La respuesta no era especialmente útil. Pero tampoco parecía fingida. Llegaron entonces a una zona elevada desde la cual podía contemplarse gran parte de la finca. Bosques. Praderas. Senderos abandonados. Y más allá, una extensa masa de árboles oscuros. Diana señaló aquella dirección.
—Mi abuelo siempre hablaba de ese lugar.
Arthur siguió su dedo.
—¿Qué tiene de especial?
—Antes había algo allí.
—¿Qué cosa?
Diana tardó unos segundos en responder. Como si estuviera recordando una historia escuchada muchas veces.
—Cristal.
Florence abrió los ojos.
—¿Otra vez?
—¿Otra vez? —preguntó Diana.
Arthur recordó inmediatamente a Elias Crowther. El comerciante ambulante. La vieja historia. El edificio perdido.
—Alguien nos habló de una construcción de cristal.
Diana asintió lentamente.
—Entonces es la misma historia. Mi abuelo decía que cuando era pequeño todavía podían verse reflejos entre los árboles durante algunos amaneceres. Como si hubiera un segundo sol escondido en la finca.
Arthur observó la masa oscura del bosque. Por segunda vez en pocos días aparecía aquella referencia. Demasiada coincidencia para ignorarla. Y por primera vez comenzó a preguntarse si el misterioso dibujo podía estar relacionado con ese lugar.
El sol comenzaba a descender. Los tres emprendieron el regreso. Sin embargo, a mitad de camino Florence se detuvo. Arthur la observó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Nada. —La respuesta llegó demasiado rápido.
—Florence.
—Solo estoy cansada.
La niña intentó sonreír. Pero el color había desaparecido ligeramente de su rostro. Aquello duró apenas unos minutos. Después pareció recuperarse. Aun así, Arthur tomó nota mental de ello. La enfermedad no había desaparecido completamente. Simplemente permanecía dormida.
Cuando finalmente regresaron a Blackwood Hall, una sensación extraña los recibió.
Algo no encajaba. Arthur tardó varios segundos en comprender qué era.
La mesa situada junto a la escalera principal había vuelto a cambiar de lugar.
Y un retrato que recordaba perfectamente colgado en el corredor norte ahora decoraba una pared diferente.
Los cambios continuaban. Pequeños. Sutiles. Pero constantes.
Aquella noche, mientras observaba el dibujo a la luz de una lámpara, una idea comenzó a tomar forma. El árbol. El cristal. La casa desconocida. La voz. Todo parecía girar lentamente alrededor de algo oculto. Algo que todavía no alcanzaba a comprender.
La medianoche llegó acompañada por el sonido habitual de los viejos relojes.
Arthur permanecía despierto. Esperando. Sin saber exactamente qué esperaba.
Y entonces ocurrió. La risa. Suave. Breve.
Infantil. Procedente de algún lugar más allá del corredor.
Arthur se levantó inmediatamente. Abrió la puerta. La oscuridad dominaba la galería.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
El silencio se prolongó varios segundos. Tantos que comenzó a pensar que había cometido una estupidez. Entonces una voz respondió. Muy débil. Muy lejana. Pero completamente real.
—Arthur.
El muchacho sintió que el corazón se detenía durante un instante. Aquella voz conocía su nombre. Y antes de que pudiera formular otra pregunta, el silencio regresó. Un silencio absoluto. Como si la propia mansión hubiera decidido guardar nuevamente el secreto.
Arthur permaneció inmóvil en la oscuridad. Porque ya no quedaban dudas. Alguien observaba. Alguien escuchaba. Y ahora, por primera vez, alguien había decidido responder.