El invernadero de cristal Capítulo 9 La Puerta Prohibida
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Capítulo 9 La Puerta Prohibida

La tormenta terminó tan repentinamente como había comenzado.

Durante la noche el viento siguió golpeando Blackwood Hall con una violencia que parecía capaz de arrancar las chimeneas del tejado.

Sin embargo, al amanecer, el silencio regresó.

No era un silencio completo. La lluvia persistía en forma de una llovizna fina.

Los árboles seguían goteando. El cielo continuaba cubierto por nubes.

Pero después de tantos días de truenos y relámpagos, aquella calma resultaba casi extraña.

Arthur fue el primero en notarlo. Durante el desayuno observó que los ventanales ya no vibraban.

Los cuervos habían desaparecido. Incluso los criados parecían menos tensos.

Por primera vez desde su llegada, tuvo la impresión de que el exterior volvía a existir.

Lady Eleanor abandonó la mesa antes que de costumbre.

La señorita Galloway desapareció poco después.

Y Florence pasó gran parte de la mañana observando los jardines desde una ventana.

—Creo que podríamos salir.

Arthur siguió su mirada.

—No parece que vaya a llover mucho.

—Si esperamos más, llegará otro invierno.

Aquella observación tenía cierta lógica.

Sin embargo, antes de que pudieran intentar convencer a alguien, una inesperada actividad llamó la atención de toda la casa.

Un carruaje había llegado. No era uno de los vehículos de Blackwood Hall.

Era más pequeño. Más modesto. Y estaba cargado de cajas.

Arthur observó el movimiento desde la ventana.

Varias personas descargaban mercancías junto a una entrada lateral.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—Vamos.

Florence no esperó respuesta. Minutos después ambos descendían por una escalera secundaria.

La actividad se concentraba cerca de un patio interior.

Allí encontraron a un anciano de cabello blanco organizando libros, paquetes y pequeños objetos sobre una mesa improvisada.

Tenía una nariz prominente, unos ojos extraordinariamente vivos y una chaqueta que parecía haber sobrevivido a varias décadas de uso continuo.

Hablaba sin parar. Con los criados. Con los mozos. Con cualquiera que pasara cerca.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó al verlos.

Arthur se detuvo.

—Arthur Sterling.

—Florence Sterling.

—Ah. —El anciano sonrió inmediatamente—. Los recién llegados.

La forma en que pronunció aquellas palabras resultó curiosa. Como si la noticia hubiera recorrido la región.

—¿Nos conoce?

—No.

—Entonces...

—Conozco esta casa. —La sonrisa se amplió—. Y eso suele ser suficiente. —El hombre hizo una pequeña inclinación teatral—. Elias Crowther. Comerciante ocasional. Vendedor de libros usados. Semillas. Almanaques. Historias exageradas y objetos cuya utilidad nadie recuerda.

Florence sonrió.

—¿Vende historias?

—Las mejores son gratuitas.

Aquella respuesta bastó para ganarse inmediatamente su simpatía. Durante varios minutos observaron las mercancías. Había novelas. Mapas. Pequeñas herramientas. Cajas llenas de sobres. Catálogos antiguos. Y bolsas de semillas cuidadosamente etiquetadas.

—¿Viene mucho aquí? —preguntó Arthur.

Crowther soltó una carcajada.

—Muchacho, llevo viniendo aquí más tiempo del que tú llevas vivo.

Aquella respuesta despertó inmediatamente su curiosidad.

—Entonces conoce a Lady Eleanor.

—Lo suficiente.

—¿Y Blackwood Hall?

—Demasiado.

El anciano apoyó ambas manos sobre un bastón de viaje. Su mirada recorrió brevemente la mansión.

—Lo curioso es que este lugar nunca parece cambiar.

Arthur recordó los cuadros desplazados. Las mesas. Los relojes. Aquello sonaba contradictorio.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que los años pasan, pero Blackwood Hall sigue pareciendo la misma casa.

—El comerciante señaló una de las fachadas—.

Cuando era joven, esas ventanas ya estaban ahí.

Cuando mi padre venía a vender mercancías, esas mismas ventanas ya estaban ahí.

Y sospecho que seguirán ahí cuando yo desaparezca.

Florence observó la construcción.

—Es una casa muy vieja.

—Sí. Pero no es solo eso. —Crowther pareció buscar las palabras adecuadas—. Algunos lugares envejecen. Otros simplemente permanecen.

Arthur comprendió la diferencia. Y no le gustó demasiado. Porque Blackwood Hall pertenecía claramente a la segunda categoría. El comerciante comenzó a guardar algunos objetos en una caja. Después añadió algo más.

—Lo mismo ocurre con las personas.

—¿Las personas?

—Los visitantes.

Arthur levantó la vista.

—¿Qué pasa con ellos?

Crowther se encogió de hombros.

—No suelen quedarse mucho tiempo.

Aquella afirmación despertó inmediatamente el interés de ambos niños.

—¿Por qué?

—No sabría decirlo. Algunos profesores se marchan. Algunas institutrices también. Jardineros. Administradores. Invitados. La mayoría dura poco.

Florence frunció el ceño.

—¿Porque no les gusta?

—Quizá. —El anciano pareció considerar la respuesta—. O quizá porque Blackwood Hall no es un lugar fácil para echar raíces.

Aquellas palabras permanecieron suspendidas en el aire. Por primera vez, Arthur escuchaba a alguien hablar de la mansión sin el tono controlado de los criados o la autoridad de Lady Eleanor. Y aquella perspectiva resultaba mucho más inquietante.

—¿Han ocurrido cosas extrañas aquí? —preguntó Florence.

Crowther sonrió.

—Estamos en Yorkshire. Las cosas extrañas ocurren en todas partes.

—Eso no responde la pregunta.

El comerciante soltó una breve carcajada.

—No. Supongo que no.

Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo. Después señaló la extensión de terreno que se extendía más allá de los jardines visibles.

—Cuando era niño, la gente hablaba de una construcción enorme en algún lugar de la finca.

Arthur prestó atención inmediatamente.

—¿Qué clase de construcción?

—Cristal. Muchísimo cristal. Mi padre decía que podía verse desde kilómetros de distancia cuando el sol aparecía.

Florence abrió los ojos.

—¿Un palacio?

—No. Algo más parecido a un jardín. O eso contaban. Nadie parecía ponerse de acuerdo.

Arthur sintió un interés inmediato.

—¿Todavía existe?

Crowther observó los páramos. Luego la mansión. Y finalmente negó con la cabeza.

—Hace muchos años que nadie habla de ello.

El anciano volvió a sus cajas. Como si acabara de mencionar algo completamente trivial. Arthur no compartía aquella impresión.

—¿Qué ocurrió con él?

—¿Con qué?

—Con el edificio de cristal.

Crowther levantó la vista.

—No lo sé. Y probablemente nadie lo sabe ya. Hace mucho tiempo que dejó de mencionarse. Algunos decían que estaba abandonado. Otros que se había derrumbado. Mi padre aseguraba que aún seguía allí, oculto entre los árboles.

Florence observó los páramos.

—¿Dónde?

—Ah. —El comerciante sonrió—. Esa es precisamente la pregunta.

Antes de que pudiera añadir algo más, una voz interrumpió la conversación.

—Señor Crowther.

La señorita Galloway acababa de aparecer. Su expresión indicaba claramente que consideraba terminada aquella charla.

—Lady Eleanor desea revisar el pedido.

—Por supuesto.

Crowther se quitó el sombrero. Después dedicó una última mirada a los niños.

—Si encuentran ese viejo jardín de cristal, recuerden avisarme. Siempre me han gustado los misterios.

Y con aquella frase desapareció para siempre de sus vidas. Sin embargo, sus palabras permanecieron. Especialmente las relacionadas con el edificio de cristal. Durante el resto del día Arthur no logró quitárselas de la cabeza.

Aquella tarde volvió a intentar localizar la puerta reforzada.

Esta vez sin Florence. Su hermana parecía cansada y decidió permanecer junto al fuego leyendo.

Arthur aprovechó la oportunidad. La tormenta había terminado.

Y la mansión parecía extrañamente tranquila.

Tardó más de lo esperado. Pero finalmente encontró el corredor.

La humedad. Las lámparas apagadas. La misma puerta.

Sin embargo, algo había cambiado. La cerradura. Alguien la había utilizada recientemente. El polvo acumulado alrededor del marco aparecía alterado. Pequeñas marcas recientes destacaban sobre la superficie. Arthur apoyó la mano sobre el metal. Y una voz habló detrás de él.

—Está perdiendo el tiempo.

El muchacho se volvió sobresaltado. Lady Eleanor permanecía inmóvil al final del corredor. Vestida de negro. Tan silenciosa como siempre. Arthur no había escuchado sus pasos.

—No pretendía...

—Explorar. —La mujer avanzó lentamente—. Eso es exactamente lo que pretendía.

Arthur permaneció en silencio. Por primera vez desde su llegada sentía que la conversación podía resultar peligrosa. No físicamente. Pero sí de alguna forma difícil de definir. Lady Eleanor observó la puerta. Después lo observó a él.

—Blackwood Hall contiene muchas habitaciones.

—Ya lo he notado.

—Algunas existen para ser utilizadas. Otras para permanecer cerradas.

Arthur reunió algo de valor.

—¿Por qué?

La mirada de su tía se volvió ligeramente más fría.

—Porque no todo conocimiento resulta útil.

Aquella respuesta no aclaraba nada. Y parecía diseñada precisamente para eso.

—¿Hay algo detrás?

Lady Eleanor sostuvo su mirada durante varios segundos.

—Sí.

La respuesta fue tan directa que Arthur quedó sorprendido.

—¿Y qué es?

—Un lugar donde no debe entrar.

La conversación terminó allí. Sin elevar la voz. Sin amenazas. Sin explicaciones. Lady Eleanor se marchó. Y Arthur permaneció observando la puerta. Por primera vez sintió que la prohibición era real. Y precisamente por eso el misterio resultaba aún más irresistible.

Aquella noche la lluvia regresó. No con la violencia de los días anteriores.

Pero sí con suficiente intensidad para cubrir los páramos bajo una neblina constante.

Durante la cena ocurrió algo extraño. Uno de los asientos del servicio permaneció vacío.

Arthur reconoció inmediatamente el nombre.

Barnes. El criado enfermo. Continuaba ausente.

Y nadie parecía dispuesto a mencionar el asunto.

Después de la cena decidió explorar nuevamente. La curiosidad había terminado imponiéndose. Llevaba una lámpara. Y una libreta donde había comenzado a dibujar mapas aproximados de la mansión. No eran especialmente buenos. Pero ayudaban. Al menos eso creía.

Mientras recorría un corredor secundario descubrió algo.

Un trozo de tela. Pequeño. Atascado en una moldura de madera.

Se detuvo. Lo examinó cuidadosamente. No pertenecía a ningún uniforme de los criados.

Tampoco parecía formar parte de una cortina.

Era una tela clara. Ligera. Y demasiado pequeña para pertenecer a un adulto.

Arthur la guardó en el bolsillo. Por primera vez poseía algo tangible.

No un ruido. No una sombra. No una sospecha. Una prueba.

Continuó caminando. Los corredores permanecían silenciosos.

Los relojes marcaban las horas. La lluvia golpeaba las ventanas.

Y entonces volvió a escucharla. La risa.

Muy breve. Muy suave. Pero inequívocamente infantil.

Arthur se quedó inmóvil. La risa se repitió.

Más adelante. Esta vez estaba seguro. No provenía del viento.

No provenía de las tuberías. No provenía de su imaginación. Provenía de alguien.

Comenzó a caminar. Después aceleró el paso. La risa desapareció. Pero ahora conocía la dirección. Corredor norte. Escalera secundaria. Galería oscura. Y finalmente... La puerta. La misma puerta. La puerta prohibida.

Arthur se detuvo. Algo era diferente. La primera puerta estaba abierta.

No completamente. Solo unos centímetros.

Como si alguien hubiera pasado por allí poco antes.

El muchacho sintió que el corazón comenzaba a latir con más fuerza.

Empujó lentamente. La puerta se abrió. La pequeña estancia intermedia permanecía vacía.

Y al fondo seguía encontrándose la segunda puerta reforzada.

Cerrada. Impenetrable. Silenciosa. Sin embargo, algo descansaba sobre el suelo. Justo delante de ella.

Arthur avanzó. Se arrodilló. Y recogió el objeto.

Era un pequeño dibujo. Una hoja doblada varias veces.

El papel estaba envejecido. Pero no antiguo.

No llevaba años allí. Había sido dejado recientemente.

Muy recientemente. Lo desplegó. La ilustración era sencilla.

Torpe. Infantil. Representaba una casa. Un árbol.

Y una figura humana sosteniendo algo parecido a una flor.

Nada más. Ningún nombre. Ninguna explicación. Ninguna firma.

Arthur permaneció inmóvil observando el dibujo.

La lluvia seguía golpeando las ventanas lejanas.

La vieja mansión continuaba crujiendo. Y la puerta reforzada seguía cerrada.

Pero ya no importaba. Porque por primera vez desde su llegada a Blackwood Hall comprendió algo con absoluta certeza.

Los ruidos existían. La risa existía. Y también existía la persona que había dejado aquel dibujo.

No estaba buscando fantasmas. No estaba persiguiendo ecos.

Había alguien más viviendo en Blackwood Hall.

Y esa persona acababa de dejarle su primera pista.