Capítulo 8 Ecos Tras los Muros
La tormenta comenzó durante la madrugada.
No era una continuación de las lluvias anteriores.
Era algo distinto. Algo más violento. Arthur despertó cuando un trueno hizo vibrar los cristales de su habitación.
Durante unos segundos permaneció inmóvil en la oscuridad.
Después llegó un relámpago. La luz blanca atravesó las cortinas e iluminó toda la estancia con una intensidad casi irreal.
Un instante después el mundo volvió a oscurecerse.
Y entonces llegó el sonido. Profundo. Demoledor.
Como si alguna fuerza gigantesca hubiera golpeado las colinas que rodeaban Blackwood Hall.
Arthur se incorporó. La tormenta acababa de instalarse sobre los páramos.
Y parecía dispuesta a quedarse. Durante el desayuno, Florence observó nerviosamente las ventanas.
La lluvia caía con tal intensidad que el exterior apenas era visible.
Las gotas descendían por los cristales formando auténticas cortinas de agua.
Los árboles se doblaban bajo el viento. Y los cuervos seguían allí.
Siempre los cuervos. Posados sobre cornisas, chimeneas y ramas desnudas. Inmóviles. Observando.
—Son más que ayer —dijo Florence.
Arthur miró hacia el exterior. La niña tenía razón. Parecían haberse multiplicado. Docenas de figuras negras destacaban contra el cielo gris.
Lady Eleanor levantó brevemente la vista de su desayuno.
—Los cuervos siempre buscan refugio antes de las grandes tormentas.
—¿Esta es una gran tormenta?
Lady Eleanor observó unos segundos el paisaje.
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que resultó inquietante.
Si ella consideraba aquello una gran tormenta, probablemente lo era.
Aquella misma mañana ocurrió algo extraño.
Poco después del desayuno, varias lámparas de los corredores comenzaron a apagarse.
Primero una. Después otra. Y luego varias más.
Los criados aparecieron transportando lámparas portátiles y cajas de aceite.
La actividad se extendió rápidamente por toda la mansión.
Arthur observó a la señorita Galloway supervisar a varios empleados.
—¿Qué ocurre?
La mujer pareció dudar.
—Una avería.
—¿En qué?
—En parte del sistema de iluminación.
—¿Por la tormenta?
—Probablemente.
La respuesta no parecía convencerla ni a ella misma.
Sin embargo, no añadió nada más. A medida que avanzaba el día, algunas zonas de Blackwood Hall quedaron prácticamente a oscuras.
Los sectores más antiguos resultaron especialmente afectados.
Varias galerías permanecían iluminadas únicamente por lámparas de aceite colocadas a grandes distancias unas de otras.
Las sombras se hicieron más profundas. Más densas. Más difíciles de ignorar.
Aquella tarde, mientras Arthur recorría uno de los corredores principales, descubrió otro detalle peculiar.
Faltaba alguien. Durante los últimos días había visto repetidamente a un criado llamado Barnes.
Un hombre bajo y encorvado que transportaba leña para las chimeneas.
Siempre parecía estar trabajando. Siempre parecía encontrarse en alguna parte.
Y sin embargo había desaparecido. Arthur preguntó por él a una criada joven que cambiaba unos manteles. La muchacha reaccionó de forma extraña.
—El señor Barnes está enfermo.
—¿Qué le ocurrió?
—No lo sé.
La respuesta llegó demasiado deprisa. Arthur insistió.
—¿Es grave?
—No lo sé.
La criada bajó inmediatamente la vista. Y se alejó. Aquello no aclaró nada. Por la noche comentó el asunto con Florence.
—Quizá tenga gripe.
—Quizá.
—O quizá vio un fantasma.
Arthur sonrió.
—Empiezas a leer demasiadas novelas.
—Empiezan a pasar demasiadas cosas.
Aquella respuesta resultó más difícil de refutar.
La tormenta continuó durante todo el día.
Los truenos resonaban periódicamente sobre la mansión.
Las ventanas vibraban. Las viejas vigas crujían.
Y los interminables corredores parecían más oscuros que nunca.
Fue entonces cuando comenzaron los cambios.
Al principio Arthur creyó que Florence estaba imaginando cosas. La niña entró en su habitación poco después de la cena.
—Han movido el reloj.
—¿Qué reloj?
—El del corredor.
Arthur levantó la vista del diario.
—¿Qué quieres decir?
—Esta mañana estaba junto a la ventana. Ahora está junto a la escalera.
Arthur suspiró.
—Seguramente lo movió algún criado.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque también han cambiado el jarrón.
Aquello le pareció absurdo. Sin embargo, para evitar una discusión decidió acompañarla.
Salieron al corredor. Y efectivamente el reloj estaba en un lugar diferente.
Arthur permaneció observándolo. No recordaba exactamente dónde se encontraba antes.
Pero sí tenía la impresión de que Florence podía tener razón.
—¿Ves?
—Tal vez lo limpiaron.
—¿Y el jarrón?
Arthur miró el jarrón. Tampoco estaba seguro. Lo peor era precisamente eso. No podía demostrar que la niña estuviera equivocada. Pero tampoco podía demostrar que estuviera en lo cierto.
Durante los días siguientes comenzaron a aparecer más ejemplos.
Un cuadro. Una mesa. Una silla. Pequeños cambios.
Detalles insignificantes. Nada importante.
Y, sin embargo, suficientes para generar una sensación incómoda.
Como si la casa estuviera reorganizándose lentamente.
O como si sus habitantes estuvieran perdiendo la capacidad de recordar dónde se encontraban las cosas.
La situación alcanzó su punto más extraño dos días después.
Arthur decidió regresar a la biblioteca abandonada.
Deseaba volver a observar el retrato y el espejo.
Quizá con mejor luz. Quizá con más calma.
Florence aceptó acompañarlo inmediatamente.
Ambos estaban convencidos de recordar perfectamente el camino.
Corredor principal. Escalera secundaria.
Galería estrecha. Puerta olvidada. Era sencillo.
O al menos debería haberlo sido. Sin embargo, tras media hora de búsqueda, seguían sin encontrarla.
—Nos hemos equivocado.
—No.
—Sí.
—No.
Florence señaló una esquina.
—Estoy segura de que esa armadura no estaba aquí.
Arthur observó la armadura. No recordaba haberla visto tampoco.
Intentaron retroceder. Tomaron otro corredor.
Después otro. Y otro más. Blackwood Hall parecía multiplicarse alrededor de ellos.
Cada pasillo conducía a nuevos pasillos.
Cada escalera desembocaba en lugares distintos.
Y cuanto más avanzaban, menos seguros estaban de su orientación.
Un relámpago iluminó brevemente una ventana cercana.
La luz atravesó el corredor. Y durante un segundo Arthur tuvo una sensación inquietante.
La de encontrarse en una casa que conocía cada vez menos.
Florence también había percibido aquella sensación. La mansión parecía distinta. No radicalmente distinta. No de una forma que pudiera señalarse con claridad. Era algo más sutil. Más difícil de atrapar. Como intentar recordar un sueño que desaparece mientras uno intenta describirlo.
—No deberíamos estar aquí.
Arthur observó el corredor.
—Llevas diciendo eso desde que llegamos.
—Y cada día tengo más razones.
Aquella vez no discutió. Porque comenzaba a comprender lo que ella quería decir.
Durante unos instantes permanecieron inmóviles.
Intentando decidir qué dirección tomar. Fue entonces cuando escucharon el sonido.
Un golpe. Muy débil. Muy lejano. Pero inconfundible.
Los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Lo escuchaste?
—Sí.
El ruido volvió a repetirse. Procedía de algún punto situado más adelante. Un sonido sordo. Como si algo chocara lentamente contra madera. Arthur avanzó. Florence lo siguió de mala gana.
El corredor desembocaba en otro aún más estrecho.
Las lámparas estaban apagadas. La única iluminación procedía de algunas ventanas lejanas y de los ocasionales relámpagos que atravesaban la tormenta.
El viento rugía fuera de la mansión. Los cristales vibraban.
Las viejas paredes crujían. Y, sin embargo, el golpe continuaba repitiéndose.
Toc. Toc. Toc. Como una llamada distante.
Siguieron avanzando. Finalmente llegaron a una zona de la casa que Arthur jamás había visto.
Las alfombras desaparecían. Los paneles de madera mostraban grietas.
La humedad había dejado manchas oscuras en algunos rincones.
Parecía una parte olvidada de Blackwood Hall.
Y allí estaba. La puerta. Arthur la reconoció inmediatamente.
Era la misma cerradura que había observado días atrás.
La misma puerta cuya superficie parecía demasiado limpia para pertenecer a un sector abandonado.
Alguien la utilizaba. No con frecuencia. Pero sí recientemente.
El muchacho apoyó una mano sobre el metal.
—Arthur...
—Solo voy a mirar.
—Eso siempre termina mal.
Arthur intentó abrirla. Para su sorpresa, cedió.
Sin resistencia. La puerta se abrió lentamente.
Las bisagras emitieron un sonido prolongado.
Y ambos descubrieron lo que había detrás.
Nada. O casi nada. Una pequeña estancia vacía.
Un espacio intermedio. Y al fondo... Otra puerta. Florence soltó un suspiro.
—Eso no es normal.
Arthur estaba de acuerdo. La segunda puerta era completamente distinta.
Más gruesa. Más sólida. Reforzada con bandas de hierro.
La clase de puerta que uno utilizaría para proteger algo.
O para impedir que algo saliera. Los relámpagos iluminaron brevemente el corredor.
La estructura metálica brilló durante un instante.
Después volvió la oscuridad. Arthur avanzó unos pasos.
Observó la cerradura. Era enorme. Mucho más compleja que cualquier otra que hubiera visto en la mansión.
—¿Qué habrá detrás?
—Nada bueno.
—No lo sabes.
—Tampoco tú.
La respuesta era razonable. Y aun así Arthur no podía apartar la vista.
La existencia de aquella segunda barrera transformaba toda la situación.
Una habitación cerrada podía ser cualquier cosa.
Pero una habitación protegida detrás de otra habitación cerrada era algo distinto.
Era un secreto. Uno deliberado. Un nuevo trueno sacudió la mansión.
Los niños intercambiaron una mirada. Y decidieron retirarse.
La tormenta empeoró durante la noche. Varias zonas de Blackwood Hall permanecían sin iluminación.
Los criados transportaban lámparas portátiles por corredores oscuros.
Las sombras parecían multiplicarse. Y los ruidos se hicieron más frecuentes.
Arthur intentó concentrarse en la lectura.
Resultó imposible. Cada pocos minutos algo reclamaba su atención.
El viento. Las tablas. Las tuberías. Los relojes.
Los roedores. Incluso la lluvia parecía diferente. Más intensa. Más agresiva.
Cerca de medianoche decidió levantarse. No podía dormir.
Tomó una lámpara. Abrió la puerta. Y salió al corredor.
La oscuridad era casi total. Las lámparas habituales permanecían apagadas.
Solo algunas llamas aisladas iluminaban la distancia.
La mansión parecía más antigua que nunca.
Más grande. Más vacía. Arthur comenzó a caminar.
Sin un destino concreto. Simplemente intentando despejar la mente.
Pasó junto a varios retratos. Descendió una escalera.
Giró en un corredor lateral. Y entonces se detuvo.
Algo había cambiado. Al principio no comprendió qué era.
Después lo recordó. Una mesa. Una pequeña mesa decorativa situada junto a una ventana.
Estaba seguro de haberla visto aquella mañana en otro lugar.
Mucho más lejos. Cerca de la galería norte.
Ahora se encontraba allí. Arthur permaneció observándola.
Intentó convencerse de que estaba equivocado.
Pero la sensación persistía. La había visto antes. En otro sitio. Muy lejos de allí.
Un relámpago iluminó el corredor. Y durante una fracción de segundo creyó ver movimiento al final de la galería.
Una figura. Pequeña. Rápida. Desapareciendo tras una esquina.
Arthur reaccionó inmediatamente. Corrió.
La lámpara osciló violentamente. Sus pasos resonaron sobre las alfombras.
Llegó al extremo del corredor apenas unos segundos después.
No había nadie. Solo una puerta. Entreabierta.
Balanceándose lentamente. Como si alguien acabara de atravesarla.
Arthur permaneció inmóvil. Escuchando. La tormenta.
Nada más. Empujó la puerta. La habitación estaba vacía.
Completamente vacía. Ni una sola persona.
Ni una sola explicación. Solo polvo. Muebles cubiertos por sábanas.
Y silencio. Mucho silencio. Volvió al corredor.
La puerta continuaba moviéndose lentamente detrás de él.
Entonces comprendió algo. Lo que más le inquietaba de Blackwood Hall no eran los sonidos.
Ni las sombras. Ni las puertas cerradas.
Era la creciente sensación de que la casa comenzaba a conocerlo mejor de lo que él llegaría a conocerla jamás.
Y mientras regresaba al ala este bajo el resplandor intermitente de los relámpagos, una pregunta comenzó a repetirse en su mente.
Si alguien estaba utilizando aquella puerta reforzada... ¿Dónde se encontraba ahora?