Capítulo 7 Las Ventanas Cerradas
La lluvia continuó durante cuatro días más.
Al principio Arthur creyó que se trataba de una tormenta pasajera.
Después pensó que quizá era una característica normal del otoño inglés.
Finalmente comenzó a sospechar que el cielo de Yorkshire había olvidado cómo dejar de llover.
Cada mañana despertaba con el sonido del agua golpeando los cristales.
Cada noche se acostaba escuchando exactamente lo mismo.
Entre ambos momentos apenas existían diferencias.
La luz permanecía oculta tras nubes densas.
Los páramos aparecían cubiertos por nieblas bajas.
Y el viento recorría la propiedad con una insistencia casi humana.
Blackwood Hall parecía diseñada para resistir aquel clima.
Las paredes soportaban las ráfagas. Las ventanas vibraban sin romperse.
Las viejas vigas crujían como si estuvieran acostumbradas a dialogar con la tormenta.
Sin embargo, el encierro comenzaba a afectar a los niños.
Florence lo soportaba mejor de lo esperado.
Había encontrado cierto entretenimiento en los libros de la sala de estudio y en algunos rompecabezas olvidados que la señorita Galloway recuperó de un armario.
Arthur, por el contrario, comenzaba a sentirse atrapado.
Cada día recorría los mismos corredores.
Observaba las mismas ventanas. Escuchaba los mismos relojes.
Y cada vez estaba más convencido de que la mansión ocultaba mucho más de lo que mostraba.
Una mañana particularmente oscura se acercó a una de las ventanas orientadas hacia el patio norte.
Algo llamó inmediatamente su atención. Tres cuervos permanecían posados sobre la cornisa exterior.
No hacían nada. Simplemente observaban. Sus plumas negras brillaban bajo la lluvia.
El agua resbalaba por sus cuerpos sin que parecieran prestarle importancia.
Permanecían inmóviles, mirando hacia el interior de la casa.
Arthur golpeó suavemente el cristal. Ninguno se movió.
—Son inquietantes.
Florence había aparecido detrás de él.
—Son pájaros.
—No se comportan como pájaros.
Los cuervos continuaron observándolos. Finalmente uno de ellos abrió las alas y desapareció entre la lluvia. Los otros dos permanecieron donde estaban.
—Quizá también están aburridos —sugirió Florence.
Arthur no estaba convencido.
Aquel mismo día la tormenta empeoró. Los vientos comenzaron a soplar desde los páramos con tal intensidad que algunos ventanales produjeron silbidos agudos.
Las ramas de los árboles golpeaban ocasionalmente la piedra exterior de la mansión.
Y los truenos hicieron su aparición. Los primeros resonaron durante la tarde.
Lejanos. Profundos. Como si provinieran de algún lugar situado más allá de las colinas.
Con el paso de las horas fueron acercándose.
Hacia el anochecer, los relámpagos iluminaban los corredores a través de las ventanas.
Durante unos segundos, toda la mansión quedaba bañada por una luz blanca.
Después regresaban las sombras. Arthur comenzaba a comprender por qué tantos sectores permanecían mal iluminados.
Blackwood Hall parecía pertenecer a una época anterior a la electricidad.
Las lámparas de aceite y los candelabros apenas lograban vencer la oscuridad.
Algunos corredores resultaban sombríos incluso a plena tarde.
Otros parecían hundirse permanentemente en una especie de crepúsculo.
Esa noche, mientras regresaban de la cena, Florence se detuvo repentinamente.
—¿Escuchaste?
Arthur también se quedó inmóvil. Durante unos segundos no oyó nada. Después llegó el sonido. Un roce breve. Un pequeño crujido. Algo parecido al trabajo paciente de unos dientes.
—Ratones —dijo Arthur.
—¿Dentro de la pared?
—Supongo.
El ruido volvió a repetirse. Ras. Ras. Ras. La niña se acercó un poco más a él.
—Suena como si estuvieran construyendo algo.
Arthur intentó reír. Pero la verdad era que tampoco le agradaba.
Blackwood Hall era tan grande que resultaba imposible saber cuántos animales podían habitar entre sus muros.
Aquella noche el sonido de los roedores pareció acompañar a la tormenta.
Viento. Lluvia. Truenos. Rasguños. Crujidos.
Todo se mezclaba hasta formar una especie de música extraña.
Al día siguiente, incapaz de soportar más encierro, Arthur decidió explorar nuevamente.
Florence insistió en acompañarlo. La señorita Galloway se encontraba ocupada en algún asunto doméstico y Lady Eleanor permanecía invisible desde el desayuno.
La oportunidad parecía perfecta. Comenzaron por corredores ya conocidos.
Después avanzaron hacia sectores cada vez menos frecuentados.
La decoración fue cambiando gradualmente.
Los cuadros se hicieron más antiguos. Las alfombras más desgastadas.
Las lámparas más escasas. Finalmente llegaron a una galería donde ninguna ventana permitía el ingreso de luz natural.
Las sombras dominaban aquel lugar incluso durante el día.
—No me gusta este corredor.
—A mí sí.
—Eso es porque eres raro.
Arthur consideró aquella observación.
—Es posible.
Continuaron avanzando. Algunas puertas estaban cerradas.
Otras parecían selladas desde hacía años.
Una incluso mostraba señales evidentes de humedad alrededor del marco.
Cuando alcanzaron el final del corredor, descubrieron algo inesperado.
Una puerta diferente. Más ancha. Más antigua.
Y cubierta por una capa de polvo considerable.
No estaba cerrada con llave. Solo olvidada.
Arthur apoyó la mano sobre el picaporte. La superficie metálica estaba fría.
—¿Crees que deberíamos entrar?
Florence observó la puerta. Después el corredor. Después nuevamente la puerta.
—Claro que no.
Arthur sonrió.
—Perfecto.
Giró el picaporte. La puerta se abrió lentamente. Las bisagras emitieron un largo gemido. Y una ráfaga de aire cargado de polvo escapó desde el interior. Los dos permanecieron inmóviles. Observando. La habitación más allá de la puerta era enorme. Y estaba completamente a oscuras.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
La oscuridad que llenaba la habitación parecía diferente a la del resto de la mansión.
No era simplemente ausencia de luz. Era la oscuridad de un lugar que había permanecido cerrado durante mucho tiempo.
Arthur tomó una lámpara de pared cercana.
La encendió. La pequeña llama vaciló varias veces antes de estabilizarse. Entonces cruzaron el umbral.
La habitación resultó ser una biblioteca.
O al menos lo había sido. Estanterías inmensas cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo.
Miles de libros ocupaban los anaqueles, aunque muchos parecían dañados por la humedad.
Varias secciones estaban vacías. Otras habían colapsado parcialmente.
Las telarañas aparecían por todas partes.
Entre los estantes. Sobre los marcos de los cuadros.
Entre los brazos de los sillones. Incluso entre algunos libros.
Arthur jamás había visto tantas juntas. Parecía que las arañas habían heredado aquel lugar.
—Creo que hemos encontrado su reino —murmuró Florence.
Una enorme telaraña ocupaba una esquina completa del techo. Su propietaria observaba desde el centro con una tranquilidad admirable.
—Definitivamente les gusta esta casa.
La lámpara iluminó lentamente el resto de la estancia.
Había escritorios cubiertos de polvo. Mapas enrollados.
Globos terráqueos antiguos. Instrumentos científicos.
Y varios muebles ocultos bajo sábanas blancas que parecían fantasmas inmóviles.
La impresión general era extraña. No parecía una habitación abandonada por décadas.
Parecía una habitación abandonada de repente.
Como si alguien hubiera salido pensando regresar más tarde. Y nunca hubiera vuelto.
Florence se acercó a uno de los escritorios.
—¿Quién utilizaba este lugar?
Arthur observó los objetos. No encontró retratos visibles.
Ni nombres. Ni pistas evidentes. Sin embargo, la habitación transmitía una personalidad diferente a la del resto de Blackwood Hall.
Lady Eleanor parecía una mujer práctica.
Ordenada. Controladora. Aquella biblioteca estaba llena de curiosidad. De estudios. De preguntas.
—Quizá pertenecía al esposo de Lady Eleanor.
Florence levantó la vista.
—¿Tuvo esposo?
—Supongo.
—Nunca habla de él.
—Tampoco habla de muchas cosas.
La respuesta pareció suficiente. Continuaron explorando.
Sobre uno de los escritorios descubrieron varios libros relacionados con botánica, arquitectura y exploración geográfica.
Algunos conservaban anotaciones escritas a mano.
Arthur intentó leerlas. La tinta estaba demasiado deteriorada.
En otro rincón encontraron un gran mapa de Asia.
Hong Kong aparecía marcado con un pequeño círculo. Aquello lo sorprendió.
—Mira esto.
Florence observó el mapa.
—¿Crees que estuvo allí?
—No lo sé.
Pero la idea comenzó a resultarle interesante.
Por primera vez desde su llegada, Blackwood Hall parecía conectarse con el mundo exterior.
Y no únicamente con los páramos. Un relámpago iluminó repentinamente la habitación.
La luz blanca atravesó los ventanales cubiertos de lluvia.
Durante un segundo toda la biblioteca quedó expuesta.
Después regresó la penumbra. Y fue entonces cuando Arthur vio el retrato.
Ocupaba casi toda una pared. No sabía cómo no lo habían notado antes.
Quizá porque permanecía parcialmente oculto detrás de una estantería inclinada.
O quizá porque las sombras lo disimulaban.
La pintura representaba a una familia. Un caballero alto.
Una mujer elegantemente vestida. Y una niña pequeña situada entre ambos.
Todos observaban al espectador con expresiones solemnes.
Florence se aproximó.
—Debe ser una familia Blackwood.
Arthur asintió. Era la explicación más probable. El caballero parecía especialmente interesante. Poseía una expresión amable que contrastaba con la severidad habitual de los retratos que decoraban la mansión.
—Tal vez sea el esposo.
—Parece más simpático que Lady Eleanor.
Arthur estuvo a punto de responder cuando algo llamó su atención.
A pocos metros del cuadro había un gran espejo antiguo.
El cristal estaba envejecido y cubierto por manchas oscuras.
Sin embargo, reflejaba parcialmente el retrato.
Y el reflejo parecía diferente. Arthur se acercó.
Parpadeó. Volvió a mirar. Después observó el cuadro directamente. Luego nuevamente el espejo.
—Florence.
—¿Qué?
—Ven aquí.
La niña se aproximó.
—¿Lo ves?
Al principio no comprendió. Después frunció el ceño.
—Es raro.
Era una descripción insuficiente. En el retrato original la familia aparecía compuesta por tres personas.
Pero en el reflejo del espejo la composición parecía alterarse.
La distancia entre las figuras no era la misma.
Y durante ciertos instantes, favorecidos por la iluminación irregular de la tormenta, daba la impresión de que alguien más ocupaba el espacio junto a la niña.
Una forma. Una silueta. Algo apenas perceptible.
—¿Hay otra persona?
Arthur volvió a observar el cuadro. No. Solo tres figuras. Pero el espejo insistía en sugerir algo distinto.
—Debe ser el cristal.
—¿Estás seguro?
No. No lo estaba. Otro relámpago iluminó la habitación.
La imagen cambió nuevamente. Y antes de que pudiera examinarla mejor, ocurrió el accidente.
Un estruendo sacudió la biblioteca. Florence soltó un grito.
Arthur giró inmediatamente. Algo había caído al suelo.
Durante un instante creyó que una estantería se había derrumbado.
La realidad era mucho más simple. Y al mismo tiempo mucho más alarmante.
Sobre una mesa cercana descansaba una bandeja olvidada.
Uno de los vasos de cristal que permanecían allí desde quién sabía cuándo había rodado hasta el borde.
Quizá debido a una vibración. Quizá por culpa del viento.
Quizá por otra cosa. El resultado era el mismo.
El vaso se había estrellado contra el suelo.
Los fragmentos brillaban entre el polvo.
El ruido había resonado por toda la habitación.
Florence respiraba agitadamente.
—No me gustó eso.
Arthur tampoco se sentía cómodo. Por primera vez desde que habían entrado, tuvo la sensación de que permanecían donde no debían. Y entonces escuchó algo. No provenía de la biblioteca. Llegó desde el corredor. Muy lejos. Breve. Casi imperceptible. Una risa. O algo parecido a una risa. Infantil.
Los dos se quedaron inmóviles. Escuchando. Esperando. Nada. La tormenta volvió a ocupar el silencio. Los truenos. La lluvia. El viento. Nada más.
—Arthur...
—Yo también lo escuché.
La respuesta salió antes de que Florence terminara la pregunta. Ambos permanecieron inmóviles unos segundos más. Después Arthur tomó la lámpara.
—Será mejor volver.
Florence no discutió. Abandonaron la biblioteca.
Cerraron la puerta tras ellos. Y comenzaron a recorrer nuevamente los oscuros corredores de Blackwood Hall.
Mientras se alejaban, Arthur no pudo evitar mirar una última vez hacia la habitación abandonada.
La oscuridad había vuelto a cubrirla. Ocultando el retrato.
El espejo. Y todos los secretos que parecían haberse acumulado allí durante años.
Sin embargo, una idea persistía en su mente.
Por primera vez desde su llegada, ya no estaba completamente seguro de que los extraños sonidos de la mansión fueran únicamente obra del viento.