El invernadero de cristal Capítulo 6 El Ala Este #2
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Capítulo 6 El Ala Este #2

A la mañana siguiente la lluvia seguía cayendo.

Aquello sorprendió a Arthur. En Hong Kong las tormentas podían ser intensas, pero rara vez parecían eternas.

Allí el clima cambiaba constantemente. Existía movimiento.

En Yorkshire ocurría algo distinto. La lluvia no caía con violencia.

Simplemente permanecía. Como una parte natural del paisaje.

Como si hubiera estado allí desde siempre.

Durante el desayuno observó los ventanales del comedor. El exterior parecía exactamente igual al día anterior. Gris. Húmedo. Inmóvil. Florence también lo notó.

—¿No deja nunca de llover?

Lady Eleanor levantó la vista de su taza de té.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Eventualmente.

Aquella respuesta parecía satisfacer únicamente a Lady Eleanor.

Florence frunció el ceño. Arthur ocultó una sonrisa.

Después del desayuno intentaron ocupar el tiempo leyendo.

Más tarde jugaron algunas partidas de ajedrez.

Luego exploraron las habitaciones cercanas.

Nada resultó especialmente entretenido. La lluvia continuó golpeando las ventanas.

Las horas avanzaban con lentitud. Y Blackwood Hall parecía volverse más grande a medida que el aburrimiento aumentaba.

Por la tarde, Florence decidió acompañarlo en una nueva exploración.

—No pienso quedarme encerrada todo el día.

—Lady Eleanor dijo que no saliéramos.

—No vamos a salir.

—¿Entonces?

—Vamos a perdernos dentro de la casa.

Aquella lógica resultó suficientemente convincente.

Los dos abandonaron el ala este. Durante casi una hora recorrieron corredores desconocidos.

La mansión parecía interminable. A veces encontraban escaleras que descendían hacia niveles inferiores.

Otras veces descubrían pasillos secundarios que se curvaban lentamente hasta desaparecer.

Lo más extraño era la iluminación. Muchas lámparas permanecían apagadas.

En algunas zonas ni siquiera existían. La luz natural apenas lograba penetrar a través de las estrechas ventanas, y la lluvia convertía el día en una especie de crepúsculo permanente.

—Parece una cueva —dijo Florence.

Arthur comprendió la comparación. Algunas partes de la mansión resultaban tan oscuras que costaba creer que formaran parte de una residencia habitada. Mientras avanzaban por una galería particularmente estrecha, Florence señaló una esquina.

—Mira.

Una enorme telaraña ocupaba casi todo el espacio entre una armadura decorativa y la pared. La araña que habitaba en ella era del tamaño de una moneda.

—Creo que lleva aquí más tiempo que nosotros.

—Probablemente más tiempo que Lady Eleanor.

Florence soltó una risita. El sonido pareció extraño en aquel lugar.

Como si la casa no estuviera acostumbrada a escuchar risas infantiles.

Continuaron avanzando. A medida que se alejaban del ala este, los signos de uso comenzaron a disminuir.

Los muebles aparecían cubiertos por sábanas blancas.

Algunos cuadros estaban inclinados. Varias puertas mostraban capas visibles de polvo.

Era como recorrer un lugar parcialmente abandonado.

Y entonces ocurrió algo. Florence se detuvo.

—¿Escuchaste eso?

Arthur también se había detenido. Un sonido lejano acababa de atravesar el silencio. No metálico esta vez. Algo diferente. Más suave. Más breve. Como un golpe amortiguado. O una puerta cerrándose en la distancia. Los dos permanecieron inmóviles. Esperando. Escuchando. Nada.

—Quizá fue el viento —dijo Arthur.

—Dentro de la casa.

—Las casas viejas hacen ruidos.

Florence no parecía convencida. La verdad era que Arthur tampoco.

Sin embargo, ninguno encontró una explicación mejor.

Decidieron regresar. No porque estuvieran asustados.

Al menos eso fue lo que Arthur se repitió varias veces.

Simplemente comenzaba a oscurecer. Y Blackwood Hall resultaba mucho más inquietante cuando disminuía la luz.

Aquella noche la lluvia continuó. Después de la cena, Florence se retiró temprano. Arthur volvió a escribir en su diario. La entrada fue breve:

"Blackwood Hall es más grande de lo que parece posible. Hay habitaciones vacías. Corredores sin luz. Arañas que probablemente conocen la casa mejor que nosotros. Y ruidos. Quizá solo sea el viento. Espero que solo sea el viento."

Cerró el cuaderno. Apagó la lámpara. Y se preparó para dormir. El sueño tardó en llegar. La lluvia seguía golpeando los cristales. Los viejos relojes continuaban marcando las horas. Y la oscuridad parecía más profunda que la noche anterior.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió a despertarse.

Esta vez no fue un ruido metálico. Ni una puerta.

Ni el viento. Fue algo mucho más extraño.

Durante apenas un instante creyó escuchar un sonido parecido a una respiración.

O quizá un suspiro. Muy lejano. Tan lejano que resultaba imposible determinar si provenía de un corredor, una habitación o simplemente de un sueño.

Arthur permaneció inmóvil en la oscuridad.

Esperando. Escuchando. El silencio regresó.

Lento. Absoluto. Y aunque finalmente volvió a dormirse, una idea permaneció flotando en algún rincón de su mente.

Por primera vez desde su llegada, comenzó a preguntarse si Blackwood Hall ocultaba más habitantes de los que figuraban en la mesa del comedor.