El invernadero de cristal Capítulo 6 El Ala Este
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Capítulo 6 El Ala Este

El interior de Blackwood Hall resultó aún más impresionante que su apariencia exterior.

Después de cruzar el umbral principal, Arthur tuvo la sensación de haber entrado en un edificio construido para una época distinta.

El vestíbulo se extendía varios metros por encima de sus cabezas.

Una escalinata de madera oscura ascendía hacia las plantas superiores dividiéndose en dos ramales simétricos.

Retratos de hombres y mujeres desconocidos observaban desde marcos dorados ennegrecidos por el tiempo.

Las llamas de los candelabros proyectaban sombras móviles sobre las paredes revestidas de paneles de roble.

Y, sin embargo, lo primero que percibió no fue la grandeza.

Fue el silencio. No era un silencio absoluto.

La lluvia golpeaba los ventanales. El viento hacía crujir ocasionalmente alguna parte de la estructura.

Muy lejos, en alguna zona invisible de la mansión, un reloj marcaba las horas.

Pero comparado con Hong Kong, aquel lugar parecía casi deshabitado.

Lady Eleanor observó brevemente a los dos niños.

—El viaje ha sido largo. Tendrán tiempo para familiarizarse con la propiedad más adelante.

Su voz poseía una claridad fría que obligaba a prestar atención. No era una mujer que necesitara levantar el tono para ser obedecida.

—La señorita Galloway se ocupará de ustedes.

Una mujer delgada apareció discretamente junto a la escalinata. Arthur no recordaba haberla visto entrar. Tendría unos cincuenta años y vestía un severo traje negro que la hacía parecer una extensión natural de la casa.

—Las habitaciones están preparadas, milady.

Lady Eleanor asintió.

—Bien. —Su mirada se detuvo brevemente sobre Florence—. Espero que el viaje no haya sido demasiado agotador.

Aquella fue la frase más cercana a una muestra de preocupación que Arthur había escuchado desde su llegada. Sin embargo, el tono permaneció tan distante que resultaba difícil interpretarla.

—Estoy bien —respondió Florence.

Lady Eleanor no pareció convencida ni preocupada. Simplemente aceptó la respuesta.

—La cena se sirve a las siete. La puntualidad es una costumbre muy valorada en esta casa.

Después hizo una ligera inclinación de cabeza. La entrevista había terminado. Tan abruptamente como había comenzado.

La señorita Galloway tomó la iniciativa.

—Por aquí, por favor.

Subieron la escalinata. Después otra más pequeña.

Y luego un corredor tan largo que Arthur comenzó a preguntarse cuántas habitaciones podía contener realmente aquella mansión.

Las alfombras amortiguaban sus pasos. Las lámparas de pared estaban encendidas, pero la iluminación parecía insuficiente para vencer completamente las sombras.

En algunos tramos, los extremos de los pasillos se perdían en una penumbra permanente.

—¿Cuántas personas viven aquí? —preguntó Florence.

La señorita Galloway tardó unos segundos en responder.

—Las necesarias.

Aquella contestación resultó tan extraña que Arthur creyó haber escuchado mal. Pero la mujer continuó caminando sin añadir explicaciones.

Finalmente llegaron al ala este. Las habitaciones asignadas a los niños eran amplias y cómodas.

Cada una disponía de chimenea propia, mobiliario antiguo y ventanas orientadas hacia los páramos.

Sin embargo, la sensación de comodidad quedaba parcialmente anulada por el tamaño de la casa.

Arthur descubrió que incluso una habitación espaciosa podía parecer pequeña cuando formaba parte de una mansión gigantesca.

—¿Hay otras habitaciones ocupadas en este piso? —preguntó.

—Algunas.

—¿Y las demás?

—Pertenecen a la casa.

La señorita Galloway parecía poseer una habilidad extraordinaria para responder sin responder. Poco después se retiró. Florence ocupó la habitación contigua. Y por primera vez desde su llegada, Arthur quedó completamente solo.

Se acercó a la ventana. La lluvia continuaba cayendo.

No era una tormenta intensa. Simplemente una lluvia constante.

Persistente. Monótona. El páramo se extendía más allá de los cristales como una inmensa superficie gris.

No distinguía caminos. Ni aldeas. Ni señales de actividad humana.

Solo colinas cubiertas de brezo perdiéndose bajo el cielo.

Aquella visión le produjo una sensación inesperada.

Aislamiento. Por primera vez comprendió cuán lejos se encontraban de todo.

La cena transcurrió en un comedor tan grande que parecía diseñado para albergar a cincuenta personas.

Solo estaban presentes cuatro. Lady Eleanor ocupaba un extremo de la mesa.

Arthur y Florence se sentaban varios metros más abajo.

Y un anciano de aspecto severo que apenas pronunció palabra durante toda la velada ocupaba otro asiento distante.

Las conversaciones fueron escasas. La lluvia golpeaba las ventanas.

Los cubiertos resonaban contra la porcelana.

El fuego crepitaba en una enorme chimenea. Nada más.

Cuando regresaron al ala este, la noche había caído completamente. Florence parecía agotada.

—No me gusta esta casa.

Arthur cerró la puerta de comunicación entre ambas habitaciones.

—Todavía no la conocemos.

—Es demasiado grande.

Aquella observación era difícil de discutir.

Después de asegurarse de que su hermana se acostara, regresó a su propia habitación.

Intentó leer. No funcionó. Intentó escribir en el diario.

Tampoco. La casa atraía constantemente su atención.

Los sonidos. Los espacios. Las sombras. Todo parecía reclamar observación.

Finalmente decidió explorar un poco. No muy lejos. Solo el corredor inmediato. Tomó una lámpara de aceite y abrió la puerta.

El pasillo estaba desierto. Las luces instaladas en las paredes eran escasas y se encontraban separadas por grandes distancias.

Entre una y otra se formaban extensas zonas de penumbra donde los paneles de madera parecían absorber la luz.

Arthur avanzó lentamente. Pronto descubrió algo curioso.

Varias habitaciones parecían no utilizarse desde hacía años.

Algunas puertas estaban cubiertas por una fina capa de polvo.

Otras permanecían cerradas con llave. En ciertos rincones las telarañas se acumulaban entre molduras y marcos de cuadros.

Una araña particularmente grande ocupaba una esquina cercana al techo.

Arthur la observó durante unos segundos.

El insecto parecía perfectamente instalado.

Como si hubiera vivido allí durante mucho tiempo sin ser molestada.

Y probablemente era cierto. Blackwood Hall daba la impresión de poseer habitaciones que nadie visitaba.

Corredores que nadie recorría. Espacios olvidados incluso por sus propios habitantes.

Siguió caminando. El ala este continuaba extendiéndose más allá de lo razonable.

Cada nuevo corredor parecía conducir a otro.

Cada esquina revelaba nuevas puertas. Nuevas escaleras.

Nuevas sombras. Finalmente llegó a una sección donde varias lámparas permanecían apagadas.

La oscuridad era considerablemente más profunda.

Arthur elevó su propia lámpara. La luz apenas alcanzaba unos metros. Fue entonces cuando escuchó algo.

Un sonido breve. Metálico. Muy lejano. Se detuvo inmediatamente.

El ruido había durado apenas un instante.

Como si alguna pieza de hierro hubiera golpeado contra otra.

Arthur permaneció inmóvil. Esperando. Escuchando.

No volvió a oírse nada. Solo la lluvia. El viento.

Y el viejo reloj marcando el paso de los minutos en algún lugar invisible de la mansión.

Finalmente continuó avanzando. Sin embargo, una sensación difícil de explicar comenzaba a instalarse en su interior.

Blackwood Hall no parecía vacía. Parecía dormida.

Y existía una diferencia importante entre ambas cosas.

Arthur regresó a su habitación poco antes de medianoche.

No había descubierto nada extraordinario durante aquella breve exploración.

Ninguna puerta secreta. Ningún habitante oculto.

Ningún misterio digno de los relatos de aventuras que tanto le gustaba leer.

Y, sin embargo, no lograba desprenderse de una sensación persistente. La casa parecía observarlo.

Aquella idea era absurda. Lo sabía perfectamente.

Las casas no observaban a nadie. Pero Blackwood Hall poseía una presencia difícil de ignorar.

Cada corredor parecía conducir a otro más antiguo.

Cada sombra sugería la existencia de espacios aún mayores fuera de la vista.

Incluso el silencio parecía distinto. No era el silencio de un edificio vacío. Era el silencio de algo que esperaba.

Intentó convencerse de que estaba cansado.

El viaje. La lluvia. El cambio de país. Todo aquello bastaba para alterar la imaginación de cualquiera.

Se acostó. Apagó la lámpara. Y permaneció varios minutos observando la oscuridad.

La lluvia continuaba golpeando las ventanas.

A veces el viento aumentaba brevemente de intensidad y hacía vibrar los cristales.

Después todo volvía a la calma. Poco a poco comenzó a quedarse dormido.

Y entonces volvió a escucharlo. El ruido metálico.

Esta vez más claro. Más prolongado. Un sonido semejante al roce de una cadena o una barra de hierro moviéndose lentamente.

Arthur abrió los ojos. El dormitorio permanecía oscuro.

Se incorporó. Escuchó atentamente. Nada.

Solo el viento. Esperó varios segundos. Un minuto.

Dos. Finalmente volvió a acostarse. Quizá había soñado.

La explicación parecía razonable. Sin embargo, la misma duda regresó a su mente mientras el sueño volvía a vencerlo.

¿Quién movería cadenas en mitad de la noche?