El invernadero de cristal Capítulo 5 El Arribo a Blackwood Hall
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Capítulo 5 El Arribo a Blackwood Hall

La estación donde abandonaron el tren parecía demasiado pequeña para figurar en un mapa.

Arthur permaneció unos segundos inmóvil sobre el andén mientras los empleados ferroviarios descargaban los baúles bajo una lluvia fina que el viento empujaba casi en sentido horizontal.

Después de las grandes terminales que habían atravesado durante el viaje hacia el norte, aquel lugar producía la impresión de encontrarse olvidado por el resto del mundo.

Solo había dos vías férreas, un edificio de ladrillo oscuro, un reloj que parecía atrasado varios minutos y una docena de personas dispersas bajo paraguas negros.

Cuando la locomotora volvió a ponerse en marcha, el humo cubrió brevemente el andén antes de perderse entre la niebla. Florence siguió el tren con la mirada hasta que desapareció por completo.

—Se fue.

Arthur observó durante algunos segundos la dirección en que se habían perdido los vagones.

Entonces comprendió algo que no había sentido al abandonar Hong Kong ni durante la travesía del océano: aquel tren representaba el último vínculo con el mundo que conocían.

El barco había quedado muy atrás y ahora también desaparecía el ferrocarril.

Era como si cada etapa del viaje cerrara una puerta detrás de ellos.

Por primera vez sintió que realmente estaban solos.

Harold Finch, en cambio, parecía completamente ajeno a aquella sensación.

Mientras los niños permanecían contemplando la vía vacía, él supervisaba con absoluta tranquilidad el traslado del equipaje hacia un carruaje detenido junto a la salida de la estación.

Era un vehículo grande, construido en madera negra reforzada con gruesos herrajes de hierro.

El cochero comprobaba pacientemente las correas del tiro mientras los caballos resoplaban bajo la lluvia.

Arthur volvió a compararlos con los animales que recordaba de Hong Kong.

Aquellos no poseían elegancia, poseían fuerza.

Tenían el cuello ancho, el pecho poderoso y unas patas capaces de atravesar barro, nieve o piedra durante jornadas enteras.

Incluso el espesor del pelaje parecía preparado para soportar inviernos mucho más severos que cualquiera de los que él había conocido.

—Son gigantes... —murmuró Florence.

—Son caballos del norte.

La voz provenía del cochero. Era un hombre alto y robusto, de barba gris y manos enormes, curtidas por años de trabajo. Vestía un pesado abrigo de lana oscura cubierto de lluvia y un sombrero que parecía haber sobrevivido a innumerables tormentas.

—No son rápidos —continuó mientras ajustaba las riendas—, pero llegarán a cualquier sitio aunque el mundo entero decida convertirse en barro.

Aquella fue la frase más larga que pronunció durante todo el trayecto. Finch se limitó a presentarlo.

—Thomas Reed.

El cochero inclinó apenas la cabeza antes de subir nuevamente al pescante. Pocos minutos después, el carruaje abandonó la estación.

Durante los primeros kilómetros todavía aparecieron pequeñas aldeas construidas en piedra, iglesias de campanarios bajos y cercos que dividían los campos.

Sin embargo, conforme avanzaban hacia el interior, las viviendas comenzaron a espaciarse, los caminos se hicieron más estrechos y los árboles fueron desapareciendo hasta dejar únicamente colinas desnudas cubiertas por brezos oscuros.

La lluvia no cesaba; las gotas golpeaban los cristales con un ritmo constante que transformaba el paisaje en una sucesión de sombras difusas.

Arthur no apartó la vista de la ventanilla, quería memorizar todo.

Cada kilómetro parecía alejarlos un poco más de la Inglaterra que había imaginado durante tantos años.

No encontraba castillos rodeados de jardines ni avenidas elegantes como las ilustraciones de los libros, solo caminos solitarios, pueblos silenciosos y un horizonte inmenso dominado por el viento.

—Todo parece muy viejo —comentó Florence.

Arthur asintió lentamente. Era exactamente la impresión que él también tenía.

En Hong Kong todo parecía cambiar de un año a otro: nuevos edificios, nuevos comercios, nuevos barcos, nuevas personas llegadas desde distintos rincones del Imperio.

Allí, en cambio, el paisaje transmitía una sensación completamente distinta.

Era como si el tiempo hubiese decidido caminar más despacio, como si las colinas, las iglesias y los caminos llevaran siglos contemplando la lluvia sin sentir necesidad alguna de transformarse.

Durante largo rato ninguno volvió a hablar. Solo se escuchaba el rumor del carruaje avanzando sobre el barro y el viento golpeando los costados de la caja de madera. De pronto, Florence comenzó a toser. Arthur volvió inmediatamente la cabeza.

—¿Te encuentras bien? —Sí. —Estás temblando. —Porque hace frío.

Arthur no insistió. Conocía demasiado bien aquella respuesta; Florence detestaba que la trataran como si fuese frágil.

Sin embargo, él no podía evitar recordar las habitaciones cerradas de Victoria Peak, las visitas constantes de los médicos y las conversaciones interrumpidas cuando alguno de ellos aparecía en la puerta.

Intentó apartar aquellos recuerdos observando nuevamente el exterior.

Fue entonces cuando distinguió otro carruaje avanzando lentamente en dirección contraria, cuya silueta fue apareciendo poco a poco entre la lluvia.

Thomas Reed redujo la velocidad y los caballos obedecieron inmediatamente.

El otro cochero hizo exactamente lo mismo, hasta que ambos vehículos quedaron detenidos en mitad del camino.

Durante unos instantes ninguno avanzó. Después, los dos hombres intercambiaron unas palabras que Arthur no consiguió escuchar debido al golpear incesante de la lluvia sobre el techo.

Reed terminó quitándose brevemente el sombrero antes de despedirse.

En ese mismo instante, Florence sujetó el brazo de su hermano.

—Arthur...

Él siguió la dirección que señalaba su hermana.

En la ventanilla del carruaje detenido frente a ellos había una persona sentada completamente inmóvil.

Solo pudo verla durante un instante: un rostro extraordinariamente pálido observándolos a través del cristal cubierto de lluvia.

No parecía anciana. Tampoco joven. Resultaba imposible calcular su edad.

Lo único que Arthur distinguió con claridad fue aquella mirada fija, desprovista de curiosidad o sorpresa, como si hubiera sabido desde mucho antes que ambos terminarían pasando por aquel camino.

Ninguno de los dos habló. El silencio duró apenas unos segundos antes de que Thomas Reed hiciera avanzar nuevamente a los caballos y el otro carruaje continuara su marcha en sentido contrario. La figura desapareció lentamente entre la lluvia.

—¿La viste? —preguntó Florence. —Sí. —¿Quién era?

Arthur siguió mirando por la ventanilla mientras el vehículo se alejaba.

—No lo sé.

Florence permaneció pensativa.

—Parecía que nos estuviera esperando.

Arthur no respondió. Intentó convencerse de que se trataba simplemente de otro viajero, quizá alguien enfermo o demasiado cansado para apartar la vista del camino.

Sin embargo, una incómoda sensación permaneció instalada en su interior.

Había algo extraño en aquella mirada; no era hostilidad, era reconocimiento.

Como si la desconocida hubiese esperado aquel encuentro desde hacía mucho tiempo.

Durante varios minutos ninguno volvió a mencionar el asunto.

El ruido constante de la lluvia terminó ocupando nuevamente todo el espacio del carruaje.

Poco a poco las últimas aldeas desaparecieron, y también lo hicieron los cercos de piedra.

Los árboles comenzaron a escasear hasta transformarse en pequeñas manchas oscuras sobre el horizonte, hasta que finalmente solo quedaron los páramos: una inmensa extensión ondulada cubierta de brezo y hierbas castigadas por el viento.

Florence apoyó la frente contra el cristal.

—No me gusta este lugar.

Arthur contempló las colinas que parecían extenderse hasta el infinito.

—Todavía no hemos llegado.

Ella sonrió apenas.

—Precisamente.

Aquella respuesta consiguió aliviar por un instante la tensión que ambos compartían.

La tarde avanzaba lentamente cuando un golpe seco sacudió el carruaje, que dio un brusco balanceo antes de detenerse por completo.

Los caballos relincharon inquietos. Thomas Reed tiró inmediatamente de las riendas mientras Harold Finch levantaba la vista de los documentos que había permanecido revisando durante casi todo el trayecto.

—¿Qué ocurre?

La respuesta llegó desde el exterior.

—Un momento.

Solo eso. Un momento. Arthur escuchó pasos alrededor del carruaje, luego sonidos metálicos, herramientas, golpes. Alguna pieza de hierro parecía resistirse al intento de reparación. Finch dejó escapar un suspiro resignado.

—No debería tardar demasiado. —¿Podemos bajar? —preguntó Florence mirando por la ventanilla. —Todavía no —la respuesta sonó menos brusca que antes, aunque igual de firme—. El terreno está completamente empapado.

Arthur aceptó la explicación, pero tuvo la impresión de que Finch ocultaba otra razón.

Mientras esperaba, apartó ligeramente la cortina de la ventanilla.

El paisaje parecía aún más inmenso desde la inmovilidad.

El viento recorría los brezos formando largas ondulaciones oscuras y la niebla descendía lentamente desde las colinas.

Entonces distinguió un movimiento. Al principio creyó que se trataba de un perro, pero cuando la figura se detuvo sobre una pequeña elevación y permaneció inmóvil, lo supo.

Tenía el cuerpo esbelto, las patas largas, las orejas erguidas.

La lluvia oscurecía su pelaje rojizo hasta hacerlo confundirse con los tonos pardos del páramo, y solo cuando giró levemente la cabeza, Arthur distinguió el brillo cobrizo que recorría su lomo. Un zorro.

—Florence...

Ella se acercó inmediatamente. Durante unos segundos ambos permanecieron observándolo. El animal no parecía asustado, tampoco curioso. Daba la impresión de formar parte natural de aquel lugar, como si hubiese estado allí mucho antes de que existiera el camino o pasaran los carruajes.

—Es hermoso... —susurró Florence.

Arthur asintió. Había visto zorros dibujados en libros, pero nunca uno real, y jamás uno que pareciera encajar con tanta perfección en el paisaje.

El zorro permaneció inmóvil unos instantes más.

Después descendió lentamente entre los brezos; no huyó, simplemente desapareció con una naturalidad sorprendente, absorbido por las ondulaciones del terreno hasta confundirse con la vegetación.

—¿Dónde fue? —Supongo que conoce cada rincón de este lugar.

Florence continuó mirando la colina incluso después de que el animal hubiera desaparecido.

Momentos más tarde, Thomas Reed regresó al pescante.

El carruaje volvió a estremecerse y los caballos retomaron la marcha.

Nadie mencionó nuevamente al zorro, pero Arthur siguió pensando en él mientras el paisaje continuaba deslizándose detrás de los cristales.

El camino comenzó a ascender, la luz del atardecer se debilitaba rápidamente, la niebla se hizo más espesa y el viento más intenso.

Y entonces la vio. Al principio solo distinguió una silueta oscura recortada sobre la colina, pero después aparecieron varias torres, más tarde una larga fachada de piedra, y finalmente toda la construcción emergió lentamente de la bruma. Blackwood Hall.

—Es enorme... —susurró Florence.

Arthur apenas consiguió asentir. La palabra resultaba insuficiente.

La mansión parecía una fortaleza nacida de la roca misma: las paredes oscuras ascendían desafiando al viento, las numerosas ventanas reflejaban la escasa luz que sobrevivía entre las nubes, y las chimeneas se alzaban sobre los tejados como centinelas silenciosos.

Todo transmitía una sensación de antigüedad.

No la antigüedad elegante de los edificios históricos, sino una antigüedad resistente.

Como si la casa hubiese aprendido a convivir con las tormentas desde mucho antes de que alguien pudiera recordar su origen.

—Parece que el mundo se ha quedado sin colores, Arthur.

Él volvió lentamente la cabeza hacia su hermana.

Comprendía exactamente lo que quería decir.

Desde que habían abandonado Hong Kong, cada etapa del viaje parecía haber apagado un poco más el color del mundo: el azul del mar, los tonos vivos del puerto, las ciudades, los campos...

Hasta llegar allí. A aquella inmensa construcción de piedra gris donde incluso el cielo parecía formar parte de la misma arquitectura.

Cuando el carruaje atravesó finalmente los portones de hierro, Arthur sintió una opresión imposible de explicar.

No era miedo. Todavía no. Era la certeza de haber cruzado un límite del que ya no sería sencillo regresar.

Los jardines parecían tan antiguos como la propia mansión.

Los árboles se inclinaban bajo el viento, las estatuas aparecían cubiertas de musgo y los senderos serpenteaban entre sombras húmedas antes de desembocar en la gran escalinata principal.

El carruaje se detuvo. Durante unos segundos nadie habló. Harold Finch abrió la puerta.

—Hemos llegado.

Arthur descendió primero. El aire era aún más frío de lo que había imaginado.

Ayudó después a Florence, que volvió a sujetarse de su brazo.

En ese preciso instante, las enormes puertas de Blackwood Hall comenzaron a abrirse lentamente.

La luz del vestíbulo se derramó sobre los escalones mojados y una figura apareció en el umbral: Lady Eleanor Blackwood.

Vestía completamente de negro. No llevaba joyas, ni adornos, ni ningún gesto destinado a suavizar la impresión que producía. Permaneció inmóvil observándolos mientras el viento agitaba apenas los pliegues de su vestido.

Arthur había imaginado aquel encuentro durante semanas, pero nada se parecía a la realidad. Lady Eleanor no transmitía fragilidad, transmitía autoridad. Su mirada se detuvo primero en Florence, luego en Arthur, y finalmente habló.

—Han tardado más de lo previsto.

No fue una bienvenida. No fue una pregunta. Solo una observación. Y en ese mismo instante, Arthur comprendió que el viaje había terminado y que los verdaderos problemas acababan de comenzar.