El invernadero de cristal Capítulo 4 La Estación Bajo la Lluvia
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Capítulo 4 La Estación Bajo la Lluvia

Cuando el SS Empress atracó finalmente en el puerto inglés, Arthur tuvo la sensación de haber llegado a un país que se parecía mucho menos a sus expectativas que a un recuerdo ajeno.

Durante años había escuchado hablar de Inglaterra como del corazón mismo del Imperio.

Los profesores de Hong Kong hablaban de Londres con una reverencia casi religiosa.

Los mapas situaban aquellas islas diminutas en el centro de extensos territorios coloreados de rojo.

Los periódicos llegaban desde allí. Las órdenes llegaban desde allí.

Los gobernadores, los jueces y los oficiales más importantes terminaban regresando allí.

Sin embargo, cuando descendió por la pasarela junto a Florence, lo primero que percibió no fue grandeza.

Fue frío. Un frío húmedo y persistente que parecía filtrarse a través de la ropa y alojarse directamente en los huesos.

Florence se estremeció inmediatamente.

—¿Siempre es así?

Arthur observó el cielo. Las nubes formaban una masa uniforme de color gris. No existía un solo fragmento de azul.

—Espero que no.

Pero no estaba convencido. El puerto tampoco se parecía a lo que había imaginado.

En Hong Kong, los muelles eran un lugar de movimiento constante.

Había vendedores, comerciantes, marineros de distintas nacionalidades, cargamentos exóticos y voces procedentes de todos los rincones del mundo.

Incluso durante los días lluviosos, la colonia parecía vibrar con una energía inagotable.

Aquel puerto inglés era diferente. No estaba vacío.

Pero parecía contenido. Las personas caminaban deprisa, con los homros encogidos y la mirada fija en sus propios asuntos.

Nadie discutía en voz alta. Nadie parecía tener prisa por llamar la atención.

Incluso los trabajadores portuarios se movían con una eficiencia silenciosa que resultaba extraña.

—Son muy serios —susurró Florence.

Arthur asintió. Ella tenía razón. Los habitantes de Hong Kong parecían vivir hacia afuera. Aquellos ingleses parecían vivir hacia adentro.

Mientras avanzaban por el muelle, Arthur observó otro detalle que lo sorprendió.

La forma de hablar. Por supuesto, todos hablaban inglés.

Pero no era exactamente el mismo inglés.

Algunas palabras sonaban distintas. Ciertas expresiones le resultaban desconocidas.

Los acentos variaban tanto que en ocasiones parecía estar escuchando idiomas diferentes.

Un grupo de trabajadores pasó junto a ellos intercambiando comentarios que Arthur apenas logró comprender.

Florence lo miró confundida.

—¿Qué dijeron?

—No estoy seguro.

—Pero hablan inglés.

—Eso creo.

La niña pareció alarmarse.

—¿Y si nosotros hablamos mal?

Arthur no respondió. La pregunta era incómoda. Por primera vez comprendía que, aunque eran británicos, también eran extranjeros. Habían crecido dentro del Imperio, pero lejos de su centro. La diferencia comenzaba a hacerse evidente.

Un hombre alto con abrigo oscuro los esperaba al final del muelle. Sostenía un paraguas negro y una carpeta de cuero. Su expresión parecía cuidadosamente entrenada para no transmitir emoción alguna.

—Arthur Sterling y Florence Sterling.

No fue una pregunta. Arthur asintió.

—Soy Harold Finch. He sido enviado por Blackwood Hall para supervisar su traslado.

La palabra supervisar no le agradó. Sonaba demasiado parecida a custodiar .

—¿Mi tía no ha venido?

Finch cerró la carpeta.

—Lady Eleanor no acostumbra abandonar la propiedad.

Aquella respuesta aumentó el malestar que Arthur ya experimentaba. Ni siquiera después de un viaje de varios meses consideraba necesario recibirlos personalmente.

—El tren partirá dentro de cuarenta minutos.

—¿Hasta Yorkshire?

—Hasta Yorkshire.

Finch hizo una breve inclinación de cabeza.

—Les sugiero que no se retrasen.

El hombre se alejó inmediatamente. Florence observó cómo desaparecía entre la multitud.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Crees que es amigo de nuestra tía?

Arthur recordó el tono de voz del individuo.

—Espero que no.

La estación ferroviaria resultó aún más desconcertante.

En Hong Kong los trenes habían sido para él una curiosidad ocasional.

Allí parecían formar parte de la vida cotidiana.

Las locomotoras aparecían y desaparecían entre columnas de vapor.

Los relojes colgaban de enormes estructuras metálicas.

Cientos de viajeros atravesaban los andenes con una disciplina casi militar.

Todo funcionaba con precisión. Pero también con una frialdad que comenzaba a incomodarlo.

Mientras esperaban la salida, Arthur compró una taza de té caliente para Florence. La niña intentó sonreír.

—Sabe raro.

—Es té.

—No sabe como el nuestro.

Arthur probó un sorbo. Tenía razón. Incluso el té parecía diferente en Inglaterra. La observación le resultó absurda. Y, sin embargo, resumía perfectamente lo que estaba sintiendo. Todo era familiar. Y al mismo tiempo extraño. Todo era británico. Y al mismo tiempo extranjero.

El tren partió poco después del mediodía.

Al principio, el paisaje conservó ciertas señales de actividad humana.

Pueblos. Fábricas. Caminos. Granjas. Sin embargo, a medida que avanzaban hacia el norte, las transformaciones se hicieron evidentes.

Los árboles comenzaron a escasear. Las colinas sustituyeron a las ciudades.

Los campos se extendían hasta el horizonte.

Y el cielo parecía hacerse cada vez más grande.

Arthur pasó gran parte del trayecto observando por la ventanilla.

No podía evitar comparar cada escena con Hong Kong.

Allí las montañas eran verdes. Aquí parecían cubiertas por una pátina gris.

Allí el aire estaba lleno de humedad cálida.

Aquí cada ráfaga parecía llegar desde algún lugar remoto y deshabitado.

Allí los caminos rebosaban actividad. Aquí podían transcurrir minutos enteros sin que apareciera una sola persona.

Incluso los animales parecían distintos.

Lo descubrió al observar varios caballos en un campo cercano.

—Mira eso —dijo Florence.

Arthur siguió su mirada. Los caballos ingleses eran más grandes de lo que recordaba. Más robustos. Más pesados. Parecían diseñados para soportar inviernos largos y trabajos duros. Nada que ver con los animales más ligeros que había visto en Hong Kong.

—Parecen tristes.

—Son caballos.

—Precisamente.

Arthur soltó una pequeña risa. Pero comprendía la impresión de su hermana. Aquellos animales parecían compartir el mismo carácter del paisaje. Resistentes. Silenciosos. Grises.

La tarde avanzó lentamente. La tos de Florence regresó en varias ocasiones.

No era grave. Sin embargo, Arthur comenzó a observarla con creciente preocupación.

La niña permanecía más pálida que de costumbre.

Y el cansancio del viaje comenzaba a acumularse.

Harold Finch, que ocupaba un asiento cercano, pareció notarlo.

—El médico de Blackwood Hall podrá examinarla cuando lleguen.

Arthur levantó la vista.

—¿Mi tía ha enviado un médico?

—Lady Eleanor procura que las necesidades de la propiedad estén cubiertas.

La propiedad. No la familia. No los niños. La propiedad. Arthur empezaba a comprender que aquellas elecciones de palabras nunca eran casuales.

Cuando el sol comenzó a descender, aunque apenas podía verse detrás de las nubes, el paisaje volvió a cambiar.

Las aldeas se hicieron menos frecuentes.

Los caminos desaparecieron. Las granjas quedaron atrás.

Por primera vez desde su llegada a Inglaterra, Arthur tuvo la impresión de encontrarse verdaderamente lejos de la civilización.

El tren atravesó una región de colinas onduladas cubiertas por extensiones de brezo oscuro.

No había bosques. No había ciudades. No había puertos. Solo tierra. Tierra y viento.

Florence se acercó al cristal.

—¿Qué es eso?

Arthur tardó unos segundos en responder. Recordó las palabras de Whitmore. Los páramos. Aquello debían ser los páramos.

La visión resultaba difícil de describir.

Eran hermosos de una forma extraña. Y también inquietantes.

Las colinas parecían prolongarse indefinidamente bajo el cielo gris.

El viento agitaba la vegetación baja formando olas oscuras que recorrían la superficie de la tierra.

No había nada tropical. Nada acogedor. Nada familiar. Solo una inmensidad silenciosa.

Harold Finch siguió la dirección de sus miradas.

—Ya estamos cerca.

Arthur sintió un leve escalofrío.

—¿De Blackwood Hall?

—Sí.

El hombre volvió a su lectura. Como si acabara de anunciar algo completamente trivial.

Arthur observó nuevamente los páramos. Por primera vez desde que abandonaron Hong Kong, sintió una duda auténtica.

No sobre Inglaterra. No sobre el viaje. Sino sobre el lugar al que se dirigían.

Durante semanas había imaginado una mansión elegante, rodeada de jardines perfectamente cuidados y habitada por una anciana distante pero razonable.

Ahora ya no estaba tan seguro. Los páramos parecían demasiado antiguos para albergar algo sencillo.

Demasiado silenciosos para albergar algo normal.

El tren continuó avanzando entre las colinas mientras el día se apagaba lentamente.

Y cuando la primera sombra de la noche comenzó a extenderse sobre el paisaje, Arthur tuvo la incómoda sensación de que algo observaba desde aquella inmensidad vacía.

Algo paciente. Algo inmóvil. Algo que llevaba mucho tiempo esperando.

El nombre Blackwood Hall regresó a su memoria. Y por primera vez, en lugar de sonar como una dirección escrita en una carta, comenzó a sonar como una advertencia.