El invernadero de cristal Capítulo 3 El Arribo al Páramo Gris
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Capítulo 3 El Arribo al Páramo Gris

Durante la primera semana de navegación, Arthur llegó a la conclusión de que el océano era una de las pocas cosas verdaderamente infinitas del mundo.

Antes de embarcar había imaginado que un viaje tan largo estaría lleno de descubrimientos; esperaba costas desconocidas, islas remotas, criaturas extrañas emergiendo de las profundidades o alguna manifestación visible de la inmensidad que separaba continentes enteros.

La realidad, sin embargo, resultó muy distinta.

Durante días enteros, el horizonte permaneció idéntico.

El barco avanzaba sin descanso, pero el paisaje parecía inmóvil: agua, cielo y agua otra vez, nada más.

A veces el mar era azul oscuro; otras veces adquiría tonos verdosos o grises.

Algunas mañanas amanecía tan tranquilo que parecía una lámina de metal pulido, mientras que en otras ocasiones las olas golpeaban el casco con tal violencia que la estructura entera temblaba.

Para un muchacho de diez años acostumbrado al movimiento constante de Hong Kong, aquella inmensidad terminaba produciendo una sensación inquietante.

Era como vivir suspendido entre dos mundos.

Florence lo soportó peor. Los primeros días apenas abandonó el camarote, pues el balanceo constante del vapor le provocaba mareos y una palidez que preocupaba profundamente a Arthur.

Pasaba largas horas acostada, observando la pequeña escotilla redonda por la que podía verse el mar.

Una tarde, mientras una lluvia fina golpeaba el cristal, Florence rompió un silencio que llevaba casi una hora prolongándose.

—¿Cuánto falta?

Arthur levantó la vista del libro que sostenía.

—No lo sé exactamente.

—Siempre dices eso.

—Porque es verdad.

Florence suspiró con desánimo.

—Nunca había estado tan lejos de nada.

Arthur comprendió perfectamente lo que quería decir; tampoco él se había sentido así.

No estaban simplemente viajando, estaban alejándose.

Cada milla recorrida aumentaba la distancia entre ellos y todo lo que habían conocido.

Aquella misma noche comenzó a escribir un diario en un cuaderno de tapas negras que había encontrado entre sus pertenencias.

No sabía exactamente por qué lo hacía; quizá porque temía olvidar, o quizá porque necesitaba hablar con alguien y no existía nadie adecuado para escucharle. La primera entrada decía:

Octavo día de navegación. Florence continúa mareándose. El mar parece no terminar nunca. He descubierto que los adultos utilizan la palabra "futuro" cuando no conocen la respuesta a una pregunta. Todos dicen que Inglaterra será nuestro hogar, pero ninguno parece especialmente convencido de ello.

Releyó aquellas líneas varias veces antes de cerrar el cuaderno. No era una gran obra literaria, pero le ayudaba.

Los días comenzaron a adquirir una estructura más definida cuando conoció a Angus McReady.

El encuentro ocurrió por accidente. Arthur se había perdido o, al menos, esa fue la explicación que ofreció cuando un marinero lo encontró explorando una zona reservada para la tripulación.

Aquello era solo parcialmente cierto; la verdad era que la curiosidad lo había llevado a seguir varios corredores desconocidos hasta terminar cerca de las cocinas.

Fue allí donde una voz profunda resonó detrás de una montaña de sacos de harina.

—Si vas a robar comida, procura no parecer tan culpable.

Arthur se volvió sobresaltado. El hombre que acababa de hablar parecía más grande que cualquier persona que hubiera visto en su vida. Tenía una barba rojiza impresionante, brazos capaces de levantar un barril sin ayuda y una expresión permanentemente dividida entre la severidad y la diversión.

—No iba a robar nada.

—Todos dicen eso.

—Porque es verdad.

—Entonces eres el primer muchacho honrado que conozco en veinte años.

Aquel fue el comienzo de una amistad improbable.

McReady era el cocinero principal del barco y poseía una habilidad extraordinaria para transformar cualquier conversación en una historia.

Afirmaba haber cocinado para príncipes, exploradores, generales, embajadores y piratas.

Florence sospechaba que exageraba y Arthur estaba convencido de ello, aunque ninguno de los dos lograba demostrarlo.

—Una vez preparé una cena para un rajá que poseía más tigres que caballos —declaró una tarde.

—Eso es absurdo —respondió Arthur.

—Los rajás suelen ser absurdos.

—¿Y cuántos tigres tenía?

—Cuarenta y siete.

—Te lo estás inventando.

—Treinta y nueve, entonces.

Florence soltó una carcajada. Era la primera vez que Arthur la escuchaba reír de aquella manera desde Hong Kong. McReady les guiñó un ojo, satisfecho con el resultado.

—¿Ves? La pequeña entiende cómo funciona una buena historia.

Las semanas transcurrieron y el SS Empress atravesó mares de distintos colores y temperaturas.

Atracó brevemente en puertos lejanos, pasó junto a costas desconocidas y navegó por aguas donde el clima parecía cambiar cada pocas horas.

A medida que avanzaban hacia Europa, el calor comenzó a desaparecer; las noches se volvieron más frías, el viento más intenso y el cielo más gris.

Y fue entonces cuando apareció el señor Whitmore.

A diferencia de McReady, el anciano parecía hecho de silencios.

Siempre vestía de negro, siempre llevaba un bastón de madera oscura y siempre observaba el horizonte con una paciencia casi sobrenatural.

Arthur tardó varios días en reunir el valor necesario para hablarle, pero cuando finalmente lo hizo, descubrió que el hombre había trabajado durante cuatro décadas para la administración colonial británica.

Había vivido en la India, en Ceilán, en Singapur, en África y, durante varios años, en Hong Kong.

—¿La recuerda? —preguntó Arthur.

Whitmore sonrió levemente.

—Todos los que han vivido allí la recuerdan.

—Yo nací allí.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque todavía observas el mar como alguien que espera encontrar juncos chinos en cualquier momento.

Arthur no supo qué responder; el anciano tenía razón. Durante años había asumido que Hong Kong era el centro natural del mundo, y ahora comenzaba a comprender que apenas era un punto diminuto en un mapa inmenso.

—¿Conoce Yorkshire? —preguntó el muchacho.

Whitmore apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Demasiado bien.

—¿Y Blackwood Hall?

Por primera vez, el anciano pareció sorprendido.

—¿Vas a Blackwood Hall?

—Sí.

—Vaya.

Aquella reacción no le gustó a Arthur.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Eso no ha sonado como nada.

Whitmore observó el océano durante varios segundos antes de contestar.

—Los Blackwood son una familia antigua.

—Eso ya lo sé.

—Antigua incluso para los estándares ingleses.

—¿Los conoce?

—He oído hablar de ellos.

La respuesta resultó deliberadamente evasiva, pero Arthur insistió.

—¿Son personas respetables?

El anciano soltó una breve carcajada.

—Muchacho, en Inglaterra las personas respetables suelen ser las más difíciles de comprender.

Aquella frase permaneció dando vueltas en su cabeza durante días.

Con el tiempo, Florence comenzó a recuperarse de los mareos; sin embargo, apareció otro problema: la tos.

Al principio fue apenas un carraspeo ocasional, pero luego se volvió más frecuente.

Arthur intentó convencerse de que no era importante, pero la enfermedad de sus padres había dejado cicatrices demasiado recientes.

Cada vez que escuchaba toser a su hermana durante la noche, el recuerdo de Victoria Peak regresaba de golpe.

Una tarde particularmente fría la encontró observando el océano desde la cubierta.

—Deberías estar dentro.

—Estoy bien.

—Estás temblando.

—Porque hace frío.

Arthur le colocó una manta sobre los hombros y Florence permaneció en silencio unos instantes antes de señalar el horizonte.

—¿Crees que Inglaterra será diferente?

Arthur contempló las aguas grises.

—Sí.

—¿Mejor?

Aquella era una pregunta mucho más complicada.

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Los últimos días del viaje estuvieron dominados por la niebla.

La embarcación avanzaba entre masas de vapor blanco que ocultaban el horizonte; el sonido de las sirenas se volvió más frecuente, los marineros hablaban en voz más baja e incluso los pasajeros parecían contagiarse de una expectativa nerviosa.

Entonces llegó la noticia: la costa inglesa sería visible antes del anochecer.

Los pasajeros comenzaron a congregarse en cubierta, y Arthur y Florence se unieron a ellos.

El viento era mucho más frío de lo que habían imaginado.

Durante largos minutos no vieron absolutamente nada, solo niebla, hasta que finalmente apareció una línea oscura, una sombra, una costa: Inglaterra.

Arthur sintió una emoción difícil de describir; no era entusiasmo ni alegría, sino algo más cercano a la incertidumbre.

Las colinas aparecían cubiertas por un cielo plomizo y los pueblos visibles desde la distancia parecían pequeños y silenciosos.

Todo resultaba más apagado que en Hong Kong, más antiguo y más severo.

Florence observó la escena y murmuró:

—Parece triste.

Arthur comprendió exactamente lo que quería decir. Mientras contemplaban la costa, descubrieron a Whitmore junto a la barandilla. El anciano observaba el paisaje con una expresión imposible de interpretar.

—¿Es ahí donde termina Inglaterra? —preguntó Florence.

Whitmore sonrió de medio lado.

—No, pequeña.

La niña señaló las poblaciones visibles a lo lejos.

—Entonces, ¿qué hay después?

El anciano permaneció callado unos segundos, contemplando el paisaje. Finalmente levantó el bastón y señaló hacia el interior, más allá de las ciudades, más allá de los puertos y de las colinas.

—Lo que ven ahí es la Inglaterra que aparece en los mapas.

Arthur siguió la dirección indicada.

—¿Y más allá?

—Más allá empiezan otros lugares.

—¿Qué clase de lugares?

Whitmore tardó un instante en responder.

—Páramos. Valles. Colinas. Tierras donde el viento sopla durante días enteros sin encontrar nada que lo detenga.

Florence arrugó la nariz.

—Suena horrible.

—Algunas personas dirían que es hermoso.

—¿Y usted?

El anciano sonrió con nostalgia.

—Yo diría que depende de lo que uno esté buscando.

Arthur observó nuevamente las sombras del interior; no distinguía nada concreto, solo una inmensidad gris. Entonces Whitmore añadió algo más, algo que el muchacho recordaría durante mucho tiempo.

—Y lo peor es lo que está más allá de la ciudad que ven.

Los dos hermanos lo miraron con extrañeza.

—¿Lo peor? —preguntó Arthur.

—Las ciudades tienen reglas. Tienen testigos. Tienen memoria.

—¿Y los páramos?

Whitmore volvió la vista hacia el norte.

—Los páramos guardan secretos.

El anciano no añadió nada más y tampoco fue necesario.

Mientras el SS Empress continuaba acercándose lentamente a la costa inglesa, Arthur sintió por primera vez que Inglaterra no era simplemente el lugar al que se dirigían, sino el lugar donde algo los estaba esperando.

Y muy lejos de aquel puerto, oculto entre niebla, piedra y siglos de silencio, Blackwood Hall permanecía inmóvil bajo el cielo gris, aguardando la llegada de los últimos herederos de su sangre.