Capítulo 2 Los Equipajes del Duelo
Los tres días que siguieron a la muerte de sus padres quedaron grabados en la memoria de Arthur Sterling como un período extraño, suspendido entre dos vidas distintas.
Más adelante recordaría imágenes concretas —el sonido de los martillos cerrando cajones de madera, el olor del papel húmedo, el reflejo de la lluvia sobre los ventanales—, pero sería incapaz de precisar el orden exacto de los acontecimientos.
Todo parecía ocurrir demasiado deprisa y, al mismo tiempo, con una lentitud insoportable.
La residencia oficial había cambiado, aunque no físicamente.
Los corredores seguían siendo los mismos, los jardines continuaban descendiendo por la ladera de Victoria Peak y los criados ocupaban sus puestos habituales; sin embargo, la atmósfera se había transformado de manera irreversible.
La casa ya no era un hogar, sino una propiedad que estaba siendo inventariada, y Arthur comenzó a percibirlo en los pequeños detalles.
Los funcionarios pasaban horas encerrados en despachos revisando documentos, los criados retiraban objetos de las habitaciones para clasificarlos y hombres desconocidos recorrían las galerías tomando notas en cuadernos de cuero.
Parecía que la vida de sus padres hubiera quedado reducida a una fría serie de listas y registros.
Una mañana observó cómo desmontaban el escritorio de su padre.
Permaneció inmóvil en la puerta de la biblioteca mientras dos empleados embalaban cuidadosamente los objetos personales del difunto: mapas navales enrollados, instrumentos de navegación, fotografías, libros y cajas llenas de correspondencia oficial.
Durante años aquel escritorio había sido una especie de fortaleza inaccesible donde su padre pasaba largas horas escribiendo informes o estudiando documentos relacionados con la administración colonial.
Ahora, dos desconocidos vaciaban sus cajones como si se tratara de muebles abandonados.
Uno de ellos encontró una brújula de plata.
—Anótela también —le dijo a su compañero.
Arthur dio un paso al frente, sintiendo una punzada de indignación:
—Esa brújula era de mi padre.
Los hombres se volvieron y el mayor de los dos pareció incómodo ante su presencia.
—Lo sabemos, joven Sterling —respondió con suavidad.
—Entonces no deberían llevársela —replicó el muchacho.
El empleado bajó la vista antes de añadir:
—Se está registrando todo el patrimonio familiar.
Arthur observó la brújula; recordaba perfectamente haberla visto cientos de veces entre las manos de su padre.
—¿Y después? —preguntó—. ¿Después de registrarla?
El hombre dudó unos instantes:
—Eso dependerá de los abogados.
Aquella respuesta despertó una irritación que Arthur apenas logró contener.
Durante toda su vida había creído que los adultos poseían respuestas para todo, pero en los últimos días había descubierto que casi todas las contestaciones eran variaciones de la misma frase: eso dependerá de otra persona, eso se decidirá más adelante, eso no corresponde discutirlo ahora .
Abandonó la biblioteca antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirse.
Mientras recorría los corredores, sintió una sensación cada vez más intensa de desposesión.
Los objetos ya no les pertenecían. La casa ya no les pertenecía.
Incluso sus propios destinos parecían haber sido entregados a individuos que jamás habían cruzado palabra con ellos.
Encontró a Florence en el cuarto de música. La niña estaba sentada sobre la alfombra, rodeada por una montaña de libros infantiles, muñecas y pequeños recuerdos acumulados durante años, los cuales había dispuesto formando una especie de muralla irregular.
—¿Qué haces? —preguntó Arthur.
Florence levantó la vista y respondió con seriedad:
—Protegiéndolos.
—¿De quién?
—De ellos —dijo la niña, señalando hacia los corredores—. Se llevan todo.
Arthur observó el improvisado refugio. Entre los objetos reconoció una caja musical, varios cuentos ilustrados y un caballo de madera que había pertenecido a ambos cuando eran más pequeños.
—No pueden llevarse estas cosas —le aseguró.
—¿Por qué no?
—Porque son nuestras.
Arthur permaneció unos segundos en silencio; la lógica infantil tenía una contundencia que los adultos parecían incapaces de comprender.
—Nos vamos a Inglaterra —dijo finalmente.
—Precisamente.
—Podremos llevar algunas.
—No quiero algunas —protestó Florence, abrazando una muñeca contra el pecho—. Las quiero todas.
Aquella respuesta hizo sonreír a Arthur por primera vez en muchos días. Fue una sonrisa breve y cansada, pero suficiente para recordar que aún era un niño.
—Ni siquiera tendríamos espacio para tantas cosas —le explicó de forma apacible.
—Entonces no quiero ir —sentenció ella.
La sonrisa del muchacho desapareció; Florence había pronunciado en voz alta aquello que ambos pensaban constantemente. No quiero ir. Arthur se sentó junto a ella mientras la lluvia cesaba y una claridad gris entraba por las ventanas altas.
—Yo tampoco quiero ir —confesó, una admisión que sorprendió a la propia Florence.
—¿Entonces por qué vamos?
—Porque no tenemos elección.
La niña guardó silencio durante un largo momento, asimilando la amarga realidad, antes de formular la pregunta que llevaba días rondando la casa:
—¿Cómo es Lady Eleanor?
Arthur negó con la cabeza:
—No lo sé.
—¿Es vieja?
—Supongo.
—¿Es amable?
—No lo sé.
—¿Le gustamos?
Arthur vaciló. Aquella era precisamente la duda que más lo inquietaba.
No existía una sola carta escrita por aquella mujer que fuera dirigida a ellos; ni una sola.
Todo lo que sabían procedía de abogados y funcionarios.
Era como si una sombra hubiera extendido la mano desde Inglaterra para reclamar a dos niños que jamás había visto.
—Es familia —respondió finalmente, intentando convencerse a sí mismo.
Florence pareció considerar aquello y murmuró:
—Eso tampoco significa mucho.
Y Arthur no pudo discutirlo.
Esa misma tarde abandonó la residencia por primera vez desde el fallecimiento de sus padres.
Un oficial del gobierno había recibido instrucciones de acompañarlo durante una breve visita a la ciudad.
Arthur sospechó que se trataba de un gesto de compasión por parte del Gobernador, aunque nadie lo expresó de ese modo.
El carruaje descendió por los caminos sinuosos de Victoria Peak mientras la colonia se desplegaba bajo ellos.
Hong Kong aparecía espléndida después de varios días de lluvia; el puerto brillaba bajo la luz de la tarde y decenas de embarcaciones surcaban las aguas.
Los edificios gubernamentales destacaban entre los barrios comerciales y, desde la distancia, podían verse las velas de los juncos chinos mezcladas con los vapores británicos, remolcadores, barcos mercantes y pequeños botes de pescadores.
Arthur observó todo aquello con una atención inusual; por primera vez comprendía que estaba contemplándolo como alguien que se despide.
Recorrieron varias calles del distrito central, donde escuchó conversaciones en inglés, cantonés y lenguas que ni siquiera reconoció.
Vio comerciantes ofreciendo mercancías llegadas desde la India, Malasia y Japón, y percibió el olor de las especias, del carbón y del mar.
Todo aquello había formado parte de su vida desde el nacimiento y nunca había pensado que pudiera perderlo.
Cuando regresaron a la residencia ya era casi de noche, y fue precisamente esa noche cuando escuchó la conversación que cambiaría su percepción de los Blackwood.
No lograba dormir; el viento agitaba los árboles de los jardines y las ramas golpeaban ocasionalmente las ventanas.
Mientras caminaba por una galería del piso superior, observó una luz encendida bajo la puerta de la biblioteca principal y las voces llegaron hasta él antes de que alcanzara el umbral.
Reconoció inmediatamente la del Gobernador, mientras que la otra pertenecía a un abogado. Arthur se aproximó sin hacer ruido.
—La tutela ha sido confirmada —decía el abogado.
—¿No existe ningún otro familiar? —preguntó el Gobernador.
—Ninguno dispuesto a asumir la responsabilidad.
—¿Y Lady Eleanor?
Se produjo una breve pausa antes de que el abogado continuara:
—Lady Eleanor considera que está cumpliendo con una obligación.
Arthur sintió un escalofrío inexplicable. Aquella palabra volvía a aparecer: obligación . Nunca afecto, nunca bienvenida, nunca cariño; siempre obligación.
—Tengo entendido que vive recluida —continuó el Gobernador.
—Prácticamente.
—¿Y los niños?
—Serán instalados en Blackwood Hall.
—No parece una solución ideal.
—Los Blackwood nunca han sido una familia convencional.
Arthur escuchó entonces el sonido de varios documentos deslizándose sobre una mesa.
—¿Qué quiere decir con eso?
El abogado tardó varios segundos en responder:
—Quiere decir que llevan generaciones protegiendo sus asuntos de la curiosidad ajena.
—Eso suena inquietante.
—Lo es.
El silencio posterior resultó aún más pavoroso que las palabras.
Arthur retrocedió antes de ser descubierto.
Aquella noche apenas logró conciliar el sueño; por primera vez comenzó a imaginar a Lady Eleanor no como una simple pariente desconocida, sino como una figura real y amenazante: una mujer que vivía aislada en una mansión lejana, que no deseaba niños y que aceptaba recibirlos únicamente porque las circunstancias la obligaban.
Dos días después llegó el momento de partir.
El amanecer apareció despejado, mostrando un cielo de un azul intenso que parecía una burla después de tantas jornadas de lluvia.
Desde las ventanas de la residencia podían verse claramente los barcos anclados en el puerto.
Florence pasó toda la mañana observando el paisaje y Arthur hizo lo mismo; ninguno encontraba las palabras adecuadas.
Cuando el carruaje los condujo finalmente hacia los muelles, ambos permanecieron en silencio.
La ciudad desfiló ante ellos como una sucesión de recuerdos: escuelas, parques, mercados, tiendas y calles familiares donde cada rincón parecía despedirse.
Al llegar al puerto, el SS Empress dominaba el horizonte.
Su enorme casco negro se elevaba sobre el agua como una fortaleza flotante.
Decenas de pasajeros recorrían el muelle mientras marineros y estibadores transportaban equipajes y mercancías.
Arthur sintió por primera vez un miedo auténtico; no a la muerte ni a la enfermedad, sino al futuro.
Aquel barco representaba algo irreversible y, una vez a bordo, no habría marcha atrás.
Subieron la pasarela acompañados por un funcionario.
Cuando alcanzaron la cubierta superior, Arthur se volvió por última vez.
Hong Kong se extendía detrás de ellos bajo la luz dorada de la tarde, con sus colinas verdes descendiendo hacia el mar, sus edificios brillando entre reflejos de cristal y las embarcaciones pareciendo diminutas desde aquella altura. Florence tomó su mano.
—Arthur.
—¿Sí?
—¿Crees que mamá habría querido que nos fuéramos?
La pregunta lo golpeó con más fuerza que cualquier otra durante aquellos días. Observó el puerto, la ciudad y el lugar donde había transcurrido toda su vida, y comprendió que había llegado el momento de dejar de buscar respuestas imposibles.
—Creo que habría querido que siguiéramos adelante.
Florence asintió lentamente. En ese instante, la sirena del vapor resonó sobre las aguas: grave, profunda, definitiva.
Las amarras comenzaron a soltarse y el muelle empezó a alejarse.
Y mientras la colonia se convertía lentamente en una silueta distante sobre el horizonte, Arthur Sterling tuvo la sensación de que una puerta acababa de cerrarse para siempre detrás de ellos, mientras otra, invisible y desconocida, acababa de abrirse al otro lado del mundo.