El invernadero de cristal Capítulo 1 Los Huérfanos de Victoria Peak
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El invernadero de cristal

El invernadero de cristal

Por Falanor Merrow

© inepub.com

Capítulo 1 Los Huérfanos de Victoria Peak

La lluvia había comenzado antes del amanecer y continuaba cayendo cuando las campanas de la Catedral de San Juan marcaron las nueve de la mañana.

Desde las alturas de Victoria Peak, Hong Kong parecía suspendida entre el mar y las nubes, envuelta en una bruma gris que borraba los contornos de las colinas y convertía el puerto en una extensión indefinida de agua oscura.

Los tejados brillaban bajo el aguacero constante, y los caminos empedrados que descendían hacia la ciudad se habían transformado en estrechas corrientes de barro y agua.

Arthur Sterling observaba aquel paisaje desde una de las ventanas de la residencia oficial del Gobernador.

Llevaba varios minutos inmóvil, apoyado contra el marco de madera, siguiendo con la mirada las gotas que resbalaban por el cristal.

Normalmente habría encontrado algo fascinante en la tormenta —le gustaban las alturas, los barcos que llegaban desde países lejanos y el movimiento perpetuo de la colonia—, sin embargo, aquella mañana la lluvia le parecía simplemente una molestia más entre muchas otras.

La casa estaba demasiado silenciosa. Durante años había sido un lugar lleno de actividad, con funcionarios entrando y saliendo de reuniones, oficiales del ejército atravesando los corredores, criados transportando bandejas y documentos, e invitados procedentes de distintos rincones del Imperio.

Ahora los pasillos parecían pertenecer a una residencia distinta; las conversaciones se realizaban en voz baja, las puertas se cerraban con cuidado y los pasos se amortiguaban sobre las alfombras como si todos los habitantes de la casa compartieran el temor de despertar a alguien, o de perturbar algo.

Arthur conocía la causa de aquella transformación: la enfermedad.

Durante las últimas semanas se había extendido por las zonas altas de la colonia con una velocidad alarmante.

Primero había alcanzado algunas residencias aisladas; después había llegado a las familias más acomodadas.

Los periódicos hablaban de brotes, cuarentenas y medidas sanitarias; los médicos aparecían a cualquier hora del día o de la noche; los carruajes transportaban pacientes cubiertos con mantas y los criados intercambiaban rumores cuando creían que nadie los escuchaba.

Arthur había intentado ignorarlo todo, hasta que la enfermedad entró en su propia casa.

Detrás de él, Florence permanecía sentada en un sofá junto a la chimenea apagada.

Sus pequeñas manos sujetaban un pañuelo de seda blanca que no había soltado desde la noche anterior.

A sus seis años todavía poseía la capacidad de aferrarse a la esperanza con una intensidad que los adultos perdían demasiado pronto.

Cada pocos minutos acercaba el pañuelo a su rostro para aspirar el perfume que permanecía impregnado en la tela; era el perfume de su madre.

La habitación estaba tan silenciosa que Arthur podía escuchar incluso el roce de la seda contra la piel de su hermana.

—¿Crees que hoy podremos verla? —preguntó Florence.

Arthur no respondió de inmediato. Había aprendido que ciertas preguntas eran imposibles de contestar.

—No lo sé.

—La señorita Wang dice que está descansando.

—La señorita Wang dice muchas cosas.

Florence levantó la vista:

—Eso no significa que mienta.

Arthur se volvió hacia la ventana. No quería discutir, ni siquiera estaba seguro de qué sentía exactamente.

Había pasado tanto tiempo observando médicos entrar y salir de aquella habitación que una parte de él comenzaba a acostumbrarse a la incertidumbre.

Durante días enteros había escuchado frases incompletas, recomendaciones médicas y conversaciones interrumpidas cuando él aparecía cerca.

Los adultos actuaban como si el desconocimiento pudiera proteger a los niños de la realidad, pero Arthur sospechaba que ocurría exactamente lo contrario.

Un golpe de viento hizo vibrar los cristales.

En algún lugar del edificio una puerta se cerró y, momentos después, resonaron pasos en el corredor.

Ambos niños levantaron la cabeza al mismo tiempo.

La puerta se abrió, pero no era su madre, ni una enfermera, ni tampoco la señorita Wang. Era el doctor Pembroke.

Arthur sintió una opresión inmediata en el pecho.

El médico parecía exhausto; las sombras bajo sus ojos eran más profundas que el día anterior, su cabello estaba desordenado y su cuello de camisa permanecía abierto, algo impropio de un hombre tan meticuloso.

Durante las últimas semanas se había convertido en una presencia constante dentro de la residencia, y Arthur ya había aprendido a interpretar sus expresiones: sabía cuándo estaba preocupado, cuándo estaba frustrado y cuándo intentaba ocultar malas noticias.

Aquella mañana no intentaba ocultar nada.

El hombre permaneció inmóvil durante unos segundos, miró a Florence, después a Arthur, y finalmente cerró la puerta tras de sí.

La lluvia continuó golpeando las ventanas y el sonido parecía más fuerte que antes.

—Doctor —dijo Florence con una pequeña sonrisa esperanzada—, ¿podemos ver a mamá?

El hombre tragó saliva. Arthur observó aquel gesto y comprendió.

No necesitó escuchar una sola palabra más; algo dentro de él supo la verdad antes de que fuera pronunciada.

El médico avanzó lentamente hasta quedar frente a Florence, se arrodilló y tomó una de sus pequeñas manos entre las suyas.

Cuando habló, su voz era apenas superior a un susurro.

—Lo siento mucho, señorita Sterling.

Florence parpadeó:

—¿Por qué?

El médico cerró los ojos durante un instante:

—Porque su madre ha fallecido esta madrugada.

El tiempo pareció detenerse. Arthur escuchó la lluvia, escuchó el reloj del corredor e incluso el crepitar lejano de una lámpara de aceite, pero todo parecía provenir de un lugar remoto.

Florence observó al médico sin comprender, luego miró a Arthur buscando en su rostro una contradicción, una explicación, una corrección...

algo. Pero Arthur fue incapaz de ofrecérselo.

La niña comenzó a llorar, primero en silencio y luego con una desesperación creciente que llenó la habitación de un dolor imposible de ignorar.

El médico intentó consolarla, pero fue inútil; nadie podía reparar una pérdida semejante mediante palabras.

Arthur permaneció inmóvil junto a la ventana.

No lloró, no porque fuera más fuerte ni porque comprendiera mejor la situación, sino simplemente porque la noticia no lograba asentarse dentro de él.

Parecía imposible que una persona pudiera existir un día y desaparecer al siguiente; parecía imposible que una mujer capaz de llenar una habitación con su presencia pudiera convertirse de pronto en un recuerdo. Y, sin embargo, estaba ocurriendo.

Dos horas después recibió una segunda noticia: su padre también había muerto.

La enfermedad, que durante semanas había avanzado por la colonia como una sombra silenciosa, había reclamado finalmente a ambos.

Cuando un funcionario se lo comunicó en un despacho cercano, Arthur ni siquiera reaccionó.

El hombre pareció interpretar aquella quietud como una muestra de valentía, pero no lo era; simplemente ya no quedaba espacio para otra conmoción.

El resto del día transcurrió como una sucesión de imágenes inconexas: criados transportando equipajes, documentos sobre escritorios, firmas, sellos y conversaciones administrativas.

Era extraño comprobar con qué rapidez el mundo continuaba funcionando después de una tragedia.

Mientras Florence lloraba en una habitación cercana, varios hombres discutían sobre herencias, custodias y procedimientos legales; la muerte de sus padres parecía haberse transformado en un asunto puramente burocrático.

Al caer la tarde fueron conducidos al gran salón de recepciones.

Las ventanas daban al puerto, aunque la niebla impedía distinguirlo.

Una lámpara de bronce iluminaba débilmente el despacho donde aguardaba el Gobernador de la Colonia, un hombre delgado, de rostro severo y cabello cuidadosamente peinado hacia atrás que permanecía sentado detrás de un escritorio cubierto de documentos.

Cuando los niños entraron, levantó la vista, y solo entonces Arthur comprendió que aquella reunión había sido preparada específicamente para ellos.

—Señor Sterling —dijo el Gobernador—, tome asiento.

Arthur permaneció de pie mientras Florence se aferró a su brazo. El hombre pareció aceptar aquella resistencia y tomó uno de los documentos que descansaban sobre la mesa.

—Lamento profundamente la pérdida de sus padres.

La frase sonó ensayada, y probablemente lo estaba.

—Gracias —respondió Arthur.

El Gobernador observó unos papeles antes de continuar:

—Debemos hablar de su futuro.

Aquellas palabras provocaron una sensación desagradable en Arthur. Su futuro. Como si el presente hubiera concluido oficialmente, como si alguien hubiera decidido pasar página.

—Sus padres no dejaron familiares directos en Hong Kong —continuó el funcionario—. Sin embargo, existe una rama de la familia en Inglaterra.

Arthur escuchó sin verdadero interés. La palabra Inglaterra evocaba imágenes vagas: castillos, lluvia, páramos y retratos de ancestros muertos, nada más.

—Lady Eleanor Blackwood ha aceptado asumir la tutela de ambos.

El nombre resultaba completamente desconocido.

—¿Quién es? —preguntó Arthur.

—Su tía segunda por parte materna.

—Nunca he oído hablar de ella.

—Eso no modifica los hechos.

La respuesta fue pronunciada sin dureza, pero tampoco con amabilidad; simplemente era una constatación. Arthur sintió que Florence apretaba su brazo.

—¿Tendremos que ir allí?

—Sí.

—¿Cuándo?

El Gobernador observó el documento:

—Dentro de tres días.

Tres días. Aquella cifra golpeó a Arthur con más fuerza que cualquier otra noticia recibida durante la jornada. Tres días para abandonar Hong Kong, tres días para dejar atrás todo cuanto conocían, tres días para convertirse en extraños en un país lejano.

—¿Y si no queremos ir? —preguntó.

El funcionario permaneció en silencio durante unos segundos, después dejó la pluma sobre la mesa.

—Los niños rara vez tienen la posibilidad de elegir estas cuestiones.

Arthur bajó la vista. Aquella frase encerraba una verdad insoportable.

Durante toda su vida había creído pertenecer a una familia importante; había pensado que el apellido Sterling significaba algo, y que el dinero, la posición social y las conexiones de sus padres lo protegían de ciertas desgracias.

Ahora comprendía lo poco que valían aquellas cosas frente a la realidad.

Era un huérfano, y los huérfanos eran trasladados de un lugar a otro según la conveniencia de los adultos.

Cuando abandonaron el despacho, la noche comenzaba a extenderse sobre Victoria Peak.

La lluvia seguía cayendo sobre los tejados y los jardines.

Desde una galería exterior, Arthur contempló las luces dispersas de la ciudad brillando a través de la niebla.

Hong Kong había sido el único hogar que conocía, y dentro de tres días desaparecería tras la estela de un barco.

No podía saberlo todavía, pero aquella despedida marcaría el final de una vida y el comienzo de otra.

Muy lejos de los trópicos, entre páramos barridos por el viento y muros cubiertos de hiedra, una antigua mansión aguardaba su llegada.

Y en algún lugar de aquella propiedad olvidada por el tiempo, bajo hierro, cristal y silencio, un secreto llevaba años esperando a que alguien encontrara la llave adecuada.