El Internado Rumores
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Rumores

─Buen día, don Chema ─saludó, Natividad─, quisiera platicar con usted algunas cosas referentes a los embarques.

─Buen día, Nati, pásale, vamos al despacho que deseo comentarte algo, siéntate ─el hacendado se sentó y encendió un puro, le ofreció a Natividad, a sabiendas de que no fumaba─, el día de ayer llegaron unos arrieros procedentes de Zacatecas y cuentan que, a su paso por Guadalupe, les relataron algunas cuestiones inquietantes que han ocurrido en el colegio donde estudian tus muchachos.

─¡A caramba! ¿qué es lo que ocurre en el internado?

─No te alarmes, Nati, pero mencionan que hace algunas semanas se descubrió a un niño que había sido ahorcado en la zona de baños; semanas después hallaron a otro joven, creen que se suicidó al colgarse de una de las regaderas…

otro día, el jardinero se encontró un entierro de huesos de niños en la huerta.

–Creo que sería bueno que te dieras una vuelta para que te cerciores de tus muchachos.

─Desde luego que partiré de inmediato, don Chema, cuando regrese le comento lo de los embarques ─esto último lo dijo al ponerse en pie y salir apresurado del despacho─.

Montado en su caballo que poco había podido descansar, regresó a su casa para avisarle a Josefina que tenían que ir a Guadalupe, que hiciera una maleta y lo necesario para el viaje, mientras él iba a la mina a sacar su diligencia y que el cochero los alcanzara en la casa.

Poco tiempo después, los padres de los muchachos Sanjuán y la hija mayor, Josefa, iban por el camino real.

Natividad le había transmitido a su esposa, lo que había ocurrido en el internado, en esos momentos Josefina pareció quedarse dormida, Natividad se dio cuenta de lo que se trataba, miró que su hijita dormía tranquila. Escuchó la conocida voz:

«─La paz del Padre esté con ustedes, hermanos.

Deben tranquilizarse, Natividad, recuerda que ustedes están bajo mi cuidado, tus hijos se encuentran bien, es natural que ustedes estén preocupados por sus hijos, pero deberás convencer a Josefina de que tus niños deberán permanecer en la escuela, la misión de ellos se debe de llevar a cabo, no preguntes el por qué, solo mi Padre lo conoce y nosotros deberemos de obedecer.

¿Me has comprendido? Descansen ahora, el Amor del Padre queda con ustedes. »

Natividad se acomodó junto a Josefina, recargó su cabeza en el hombro de su esposa y se quedó dormido, al sentirlo, Josefina, que no sabía lo ocurrido hacía unos minutos, solo sonrió y acarició con ternura a su marido y abrazó a Josefa, el vaivén de la diligencia los arrulló.

Esa tarde se entrevistaron con la hermana Anunciación para conocer la realidad de lo que se habían enterado por tercera persona. La religiosa no les ocultó nada, solo les pidió no difundirlo.

─De las dos muertes de los niños ─inició─, las autoridades no hallaron al culpable, ambos fueron ahorcados, el primero, después de muerto lo metieron de cabeza a un inodoro.

Al segundo lo colgaron de una regadera, como si fuera un suicidio y los huesos encontrados en la huerta, en efecto, son de niños, pero de recién nacidos.

–Me apena confesarlo, pero era casi común que en la antigüedad se abusara de las monjas y cuando nacía el producto de esos pecados, se cometía otro peor, se asesinaba a esos bebés y se les sepultaba en huertas o sitios alejados.

Eso ya no ocurre y la Santa Iglesia siempre está presente y enterada de lo que sucede intramuros de los conventos.

─En unos minutos tocará la campana para que los niños pasen al comedor, si ustedes desean llevar a merendar a sus hijos fuera de la escuela, en seguida se los mando.

─Sí, por favor ─pidió Josefina con premura─, quiero abrazar a mis hijos y mañana es sábado, de ser posible, quisiera tenerlos hasta el domingo por la noche.

Sin hablar, Natividad estuvo de acuerdo con su mujer.

Entre risas, besos y abrazos, la feliz familia se volvió a reunir, ante la mirada complacida de Adela y Sor Anunciación. La familia Sanjuán salió del internado, la monja y la encargada de los niños los acompañaron hasta la puerta y los vieron partir en la diligencia familiar.

La familia se fue a hospedar a un mesón cercano al centro de la ciudad de Zacatecas, el hospedero les dio las mejores habitaciones para que estuvieran cómodos y les prepararon una mesa para que cenaran tranquilos, puesta en un sitio separado del comedor general, donde llegaban carreteros y muleros.

Al día siguiente, la familia se fue a pasear al pueblo, les compraron golosinas y algunas ropas de abrigo, pronto empezarían los fríos otoñales.

Por la tarde asistieron a una función de la compañía de títeres de Rosete Aranda, famosa empresa trashumante que hacía las delicias de chicos y grandes.

Fue un fin de semana inolvidable para toda la familia.

El domingo por la mañana, Natividad se quedó a solas con Octavio, en tanto Josefina se iba al mercado con los otros dos, Josefa y Benjamín.

Se sentaron en una banca de la plaza central, Natividad compró una charamusca a su hijo y le pidió que le platicara de lo ocurrido.

─Dime, Octavio, ¿supiste lo que iba a ocurrir?

─Sí, papá, pero no así de claro, solo veo una sombra que aparece sobre la cabeza de los niños a lo que algo les ocurrirá; creo que Benjamín sí lo sabe, pero no me dice nada, solo me mira con cara triste y yo no sé qué hacer.

─Ante todo, no debes de preocuparte, ustedes están a salvo y en algún momento sabrás lo que debas de hacer, solo cuida de tu hermanito, esperemos que ya no haya otras desgracias.

─No lo creo, papá, tenemos un compañero de cuarto año, se llama Esteban y desde que llegamos al internado, cuando esperábamos en la fila para que nos anotaran, él estaba detrás de nosotros y le vi la sombra sobre su cabeza.

–Estoy seguro de que algo le pasará. Es buen amigo y seguido anda con nosotros, de alguna forma nos cuida por ser mayor.

─Octavio, sabes bien que cada uno de nosotros tenemos un camino que recorrer, en algunos es una ruta corta, en otros es mayor y otros recorren veredas muy largas, son esos viejitos que nos encontramos en nuestras vidas. Solo Dios sabe cuál es la nuestra.

A su corta edad, Octavio era instruido en esos arcanos de la vida.

La vida de la familia Sanjuán volvió a sus actividades cotidianas. Josefina a atender su casa y dar continuidad a la educación de Josefa. Quien ya leía y escribía mejor que otras niñas de su edad que eran asistentes a la incipiente escuela pública.

Natividad continuaba con la administración de la mina y los despachos de mineral en bruto para ser enviados a la hacienda de beneficio.

Don José María, cuidaba que la plata refinada fuera depositada en sitio seguro y sacada al mercado en los momentos oportunos.

La prosperidad de la sociedad era constante y se reflejaba en las mejoras de las familias de los mineros y en la economía del pueblo, donde prosperaban los comercios de todo tipo.

En el internado la vida continuaba en la rutina usual para los hermanos Sanjuán. El año lectivo estaba cerca de su terminación, que debería concluir a finales de noviembre, cuando iniciaba el período vacacional grande.

Era el mes de agosto y se preparaban las festividades de Independencia y los alumnos eran capacitados en las costumbres castrenses para formar parte del desfile Estatal en la ciudad de Zacatecas, para tal efecto, la Comandancia de la Zona Militar había comisionado al sargento Elías Pimentel, para la instrucción castrense.

Dedicaba los lunes a entrenar a los mejores alumnos del año para formar parte de la escolta, el portador de la bandera sería el mejor promedio del año.

Los martes dirigía a diez alumnos que componían la banda de guerra: cinco cornetas y cinco tambores y los miércoles al resto de los alumnos que formarían en la columna de desfile.

Para esa ocasión, los alumnos estrenarían uniforme y zapatos, el calzado se les daría una semana antes para que los “amansaran” cómo decía la gente.

Los chicos se mostraban entusiasmados de poder participar en el desfile por la Independencia de México.

Miraban con envidia a sus compañeros que habían sido elegidos para conformar la banda de guerra que los presidiría.

Los integrantes de la escolta se reunían ellos solos y los días en que no hacían el ensayo con el militar encargado, ellos mismos se ejercitaban todos los días, desde la ventana de su oficina, Sor anunciación los miraba satisfecha.

El 13 de septiembre, en la madrugada, un estudiante de nombre Matías de 12 años, procedente del rancho La Concepción, del mismo municipio de Guadalupe, se levantó de su catre como un sonámbulo y sin que lo notara la encargada del dormitorio, salió al pasillo, rumbo a las escaleras.

Iba con los ojos abiertos, pero casi no parpadeaba, la mirada fija al frente. En esos momentos el viento se tornó tormentoso y furiosas ráfagas hacían crujir los envigados de la construcción, en tanto que una espesa nube cubrió todo el edificio.

En esa penumbra, Matías descendió a la planta baja y caminó con rumbo a la carbonería, no se detuvo, continuó su andar silencioso hasta la huerta.

Se empezaron a escuchar gritos, quejidos y lamentos y las ramas de los árboles se movían amenazantes.

Algo o alguien tomó de los brazos al adolescente y lo subieron a una cruz formada por los ramajes de los frutales, le ataron bazos y piernas con lazos de ixtle y le clavaron una estaca en el pecho.

Los gritos y lamentos de Matías se perdieron entre los ruidos del aquelarre que danzaba y gritaba alrededor de una hoguera. En horas cercanas al amanecer, todo quedó en silencio y la niebla brumosa se levantó.