Ruidos, alaridos y lamentos #3
Esas palabras llenaban de orgullo a los niños y jóvenes, quienes henchían los pechos dispuestos a ofrendar sus vidas en defensa de la Patria. Finalizado el himno, el director del profesorado indicaba a los alumnos los temas y actividades que se realizarían durante la semana.
Al término de la arenga, el silbato volvía a sonar y todos en posición de saludo, veían regresar a la escolta para llevar la Enseña Patria a la Sala de Banderas y colocarla en su nicho.
En cuanto la escolta entraba a la sala, se daba la orden de ingresar a los salones y cada fila avanzaba, a partir de los alumnos de Primer grado.
El día pasó, con las actividades cotidianas; las horas de estudio en las aulas, las actividades de limpieza, con la eventual salida al monte en busca de ramas para barrer los patios, las horas de juego y descanso y los tiempos en el comedor.
El clima había sido poco menos que fresco y el nublado cubrió el cielo durante toda la jornada. La palomilla con la que andaba El Gato discurrió por patrios y pasillos, siempre en busca de aventuras. Llegada la hora de la cena, la tropa de chamacos iba en busca de su mesa de costumbre.
Todo parecía estar en orden, los profesores y cuidadores que vivían en el internado comentaban sonrientes sus propios asuntos.
En ese momento se escuchó la voz del jefe de mesa del quinto grado:
─¡El Gato no ha llegado!, Juan y Gregorio, vayan a buscarlo, ¡no tarden!
Pasaban los minutos y en las mesas ya se servían los alimentos, en cualquier momento deberían volver los tres muchachos faltantes.
En la ventana de la cocina estaba la Madre Anunciación, pendiente de que todos estuvieran en su sitio. Octavio, con semblante triste, sabía lo ocurrido.
Benjamín por su parte, con el semblante demudado, se veía con la mirada perdida de manera inconsciente, los hermanos Sanjuán se tomaron de la mano.
Gregorio, uno de los enviados en busca del ausente, asomó por la puerta del comedor.
─¡El Gato está muerto! ─gritó, ante el estupor de todos─, está colgado de una regadera en los baños.
Los profesores se pusieron en pie, la monja Anunciación salió de la cocina y daba órdenes.
─Maestro Godínez ─dijo al mentor de sexto grado─, acompáñeme, el resto se queda en sus sitios a cenar, les informaremos en cuanto sepamos de qué se trata.
La monja y el maestro Godínez, guiados por Gregorio, se dirigieron presurosos a la planta alta, a la zona de baños, en el pasillo estaba Juan, que esperaba la llegada de las autoridades del colegio, que solo señaló hacia el interior, él y Gregorio permanecieron en el pasillo, solo entraron la religiosa y el profesor.
Al abrir la puerta de las regaderas, vieron de frente el cuerpo de El Gato, colgado de una de las regaderas. Sor Anunciación se acercó para comprobar el estado del muchacho, solo para confirmar que había fallecido.
─Esto es inaudito ─expresó indignado el profesor Godínez─, como es posible que se den estos lamentables sucesos. ¿Qué vamos a hacer?
─Por lo pronto ─respondió la religiosa, pálida y compungida por la pérdida de otro niño─, debo avisar a las autoridades, por favor, profesor, permanezca en el pasillo para evitar que nadie entre, yo voy al despacho para llamar a Zacatecas.
─Gregorio y Juan ─ordenó a los chicos─, vayan a cenar y nada de comentarios.
Los dos muchachos corrieron a reunirse con sus compañeros y sor Natividad, se dirigió a la oficina.
Esa fue una noche larga, interminable, con el ir y venir de autoridades, paramédicos y policías.
Todo era una gran confusión, el médico forense dictaminó que el cuerpo fue colgado cuando ya había fallecido, las facciones del cadáver eran de miedo y espanto.
El forense indicó que la temperatura del cuerpo indicaba que la muerte de El Gato, por lo menos, tendría dos horas de ocurrida, lo que era ilógico, en ese tiempo los muchachos se encontraban en un juego de trompo con otros muchos niños.
Se interrogó a profesores, cuidadores y empleados, así como a los amigos de El Gato, todos confirmaron que el muchacho había sido visto en el patio y era de quienes jugaban al trompo. Solo Octavio y Benjamín miraron la nube negra que rondaba por el colegio.
Días después, sor Anunciación se enteraría del informe oficial de la autopsia realizada a El Gato, donde se confirmaba que el fallecimiento fue debido a un paro cardiaco, las escoriaciones en el cuello del occiso no mostraban hematomas, solo el roce de la soga sobre la piel.
Los papás de El Gato, provenientes de un rancho lejano del Municipio de Fresnillo, se presentaron al llamado de la monja Anunciación, que, con los ojos enrojecidos por el llanto, explicó a los padres del muchacho, lo que las autoridades informaron.
Las investigaciones continuaron durante semanas, sin encontrar a algún responsable de lo ocurrido y sin poder dar una explicación a la incomprensible hora del fallecimiento. Todo llegaba a un punto incierto, como un enorme y profundo agujero negro.
Al final y para poder dar una respuesta a los padres del muchacho, las autoridades judiciales determinaron el hecho como suicidio.