Ruidos, alaridos y lamentos #2
Cuando encontraban un nopal coronado de rojos frutos, con una navaja que para tal fin llevaba, el Pecas cortaba las tunas y con una rama les quitaba las espinas y empezaba a abrirlas para mostrar la pulpa encarnada, que hacía agua la boca de los chiquillos.
Al terminar el ágape, los niños mostraban sus bocas y mejillas pintadas de rojo y felices continuaban su paseo.
Tirados de barriga, en lo alto del cerro, contemplaban hacia abajo, donde discurría la sinuosa carretera por donde circulaba el camioncito que llevaba a Zacatecas a los afortunados estudiantes que habían salido con permiso, donde podían entrar gratis al cine para ver una película,
A una hora prudente eran regresados al plantel para llegar a tiempo de la comida, antes de las tres de la tarde.
Los aventureros que miraban desde lo alto del cerro deberían regresar pronto, antes de la cena de las seis, solo llevaban en sus estómagos el desayuno de la mañana y el hartazgo de tunas comidas en el camino.
Qué reconfortante era regresar a tiempo y en sana hermandad, compartir el pan con sus compañeros. Al anochecer acudían al llamado de doña Adela y se retiraban a descansar, luego del paseo clandestino.
Una de tantas noches, en que el viento soplaba de manera inusual y que hacía crujir postigos y ramajes, se empezaron a escuchar fuertes quejidos, gente que gritaba como con intensos dolores y otras que lloraban en tristes lamentos.
Algunos chicos se despertaron asustados, la tenue luz de la lámpara de noche acentuaba las sombras y hacía temible hasta el rostro del compañero de al lado.
Doña Adela encendió las lámparas y salió presurosa para ver qué ocurría con su grupo, al parecer a ella ya no le molestaban los aterradores lamentos exteriores.
─¡Tranquilos, tranquilos, niños! ─decía a unos y otros, intentaba serenar a los muchachos─, solo es el viento, que sopla con fuerza y remueve los árboles y algunos tableros mal colocados, pero no pasa nada.
No obstante, ella se daba cuenta de que no eran sonidos naturales y un miedo cerval le atenazaba, bien sabía que al día siguiente se daría cuenta de algún fallecido o cosa semejante.
Cuando al fin pudo tranquilizar a sus pupilos, apagó la luz central. Parada a la entrada de su habitación, dio una última mirada, los chicos retomaban el sueño y el viento amainaba, solo quedaba encendida la tenue lámpara nocturna.
Ella misma intentó volver a dormir, pera era infructuoso y su mente la llevó a los primeros meses de su estancia en el internado, era entonces una joven de veinticinco años y la primera noche en que dormiría en su habitación; provenía del vecino Estado de Aguascalientes y era su primer empleo… sus recuerdos la invadieron:
«El día había sido brumoso por la tarde noche, aunque por la maña había estado radiante, había sido muy bien recibida por la madre Natividad…
por cierto, se le hacía extraño que veinticinco años después, la religiosa se miraba igual, en tanto a sí misma se le veían algunas zonas encanecidas… pero qué cosa, su mente divagaba.
La noche aquella fue terrible, se escuchaban llantos lastimeros, como si tuvieran a alguien en una mesa de tortura… llantos de mujeres y gemidos de infantes… gritos amenazantes y voces suplicantes.
Todo ello en una cacofonía demencial… y ese viento enloquecedor que no cesaba, que pareciera querer derrumbar el viejo edificio del siglo XVII, que crujía, como si estuviera a punto de colapsar.
Cerca de la una de la mañana todo quedó en silencio, tenía miedo de que amaneciera y tener que salir de su cuarto y encontrar el edificio en ruinas, no sabía si renunciar a ese empleo, pero la necesidad de ayudar a sus padres en el sostenimiento de sus hermanos menores se lo impedía.
Al día siguiente se levantó temprano, se bañó y la ducha caliente le reanimó… temerosa, abrió de a poco la puerta y se asomó al pasillo, todo estaba en calma, solo se escuchaba el arrastrar de las hojas y polvo que las escobas iban acopiando para ser recogidas.»
En ese momento cesaron los recuerdos de Adela, escuchó que sonó la campana para reunión de profesores y empleados para hacer el desayuno y recibir las instrucciones del día. Sor Anunciación ocupaba la cabecera de la mesa.
Pero sus recuerdos persistieron, « De pronto se escuchó un grito, era el jardinero, don Apolinar, que llamaba con urgencia que alguien acudiera a su lado, tal vez se hubiera lastimado.
Corrió presurosa hacia el pasaje hacia la huerta, de donde procedían los gritos, cuando llegó a su lado, solo estaba el jardinero, miraba hacia el fondo de un agujero recién abierto.
─¿Qué ocurre, don Poli?...
─Mire usté mesma, señorita, son los ‘güesitos de varios niños…
─Es cierto, habrá que avisarle a sor Anunciación. No mueva nada, ahora le aviso.
Salí a toda prisa hacia la capilla, donde la religiosa tenía su mesa de trabajo. Golpeé ligero sobre los cristales y abrió la monja…
─¿Qué sucede, Adelita?...
─Venga pronto, madrecita, don Poli encontró algo en la huerta…
Sin preguntar otra cosa y con pasos enérgicos, sor Anunciación se dirigió hacia la huerta, yo la seguía de prisa.
─Qué sucede, Poli?...
─Mire asté, madrecita, son cuerpecitos de niños… La monja miró los despojos, movía la cabeza de forma negativa…
─No toques nada, solo tapa el agujero con un costal o tablas, tendré que avisar a las autoridades…
─Todos escuchamos el viento y sonidos extraños ocurridos esta madrugada ─nos explicó la administradora─, me apena decirlo, pero sabemos que son presagio de desgracias que han ocurrido o sucederán en las siguientes horas, debemos de estar alertas, en particular tú, Adelita, no pierdas de vista a tus niños.
─Hagamos una oración para pedir la protección y misericordia de Jesucristo.
Todos agacharon las cabezas y escucharon las jaculatorias de la monja. Creyentes o no, se le respetaba en sus propias creencias .»
Al terminar la oración se empezaron a escuchar, provenientes de la cocina, el servir de platos y el remover de cacerolas.
Fue un agradable desayuno y Adela recibió los parabienes de profesores que habían llegado en horas de la noche. Más tarde le presentarían a los niños que serían su grupo.»
Adela salió de sus recuerdos, se asomó al dormitorio y vio que, y todos los niños permanecían dormidos, pronto sonaría la campana, se acicaló de manera conveniente; en ese momento se escuchó el tañer de la campana del templo, era la llamada a la primera Misa y el momento de despertar a los chiquillos. Tomó su vara y salió.
─¡Arriba, niños!, a levantarse, ya es tarde ─decía estas palabras en un tono tranquilo, en tanto que con la vara tocaba los cuerpos de los durmientes─.
Los niños despertaban amodorrados y se vestían de prisa para salir directos a los baños para hacer sus necesidades y bañarse. A las 7:00 de la mañana ya se encontraban en el comedor, en espera de que se empezaran a repartir los alimentos.
Octavio miró hacia una de las mesas de los muchachos mayores, sobre uno de ellos, en la mesa de los de quinto grado, se encontraba un joven al que apodaban “el Gato”, por tener los ojos verdes, como deslavados. Un halo negro parecía envolverlo. Octavio sintió una gran tristeza.
Los hermanos Sanjuán, después de dejar sus trastos cerca de la cocina, salieron al patio, a la espera de la llamada a formarse para dirigirse a sus aulas.
─Hermano ─habló Benjamín por lo bajo─, va a ocurrir algo feo…
─¿De qué hablas, Benja? ─preguntó─.
─Va a ocurrir algo, veo mucho movimiento de gente que corre y escucho los lamentos, es todo lo que me permiten ver hora.
En ese momento sonó la campana y los hermanos se dirigieron a ocupar su sitio en el grupo que a cada uno le correspondía. Por ser lunes, se harían los honores a la Bandera Nacional.
Un profesor utilizaba un silbato como de cartero, para indicar los movimientos y acciones a realizar. Se escuchó el llamado a ponerse firmes y con movimientos y sonidos uniformes, los alumnos adoptaron la posición ordenada.
Sonó el silbato para ordenar hacer el saludo a la Bandera. Todos obedecieron al unísono y la escolta salió de la sala de Banderas.
Con paso uniforme, la escolta avanzó entre dos filas de alumnos y se colocó al frente, donde ya se encontraba el profesorado.
El silbato llamó a ponerse firmes y a una voz, los alumnos y profesores empezaron a cantar el Himno Nacional:
«Mexicanos al grito de guerra,
el acero a prestad y el bridón,
y retiemble en sus centros la tierra,
al sonoro rugir del cañón…»