El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 35 El rescate de la caleta
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CAPÍTULO 35 El rescate de la caleta

El cuerpo de Percival Vance cayó como un fardo desarticulado cortando la cortina de lluvia, con los faldones rasgados de su casaca batiendo contra el vendaval.

Abajo, en la chalupa cabeceante, Evans y dos artilleros abrieron los brazos tensando una vela de trinquete vieja doblada en cuatro.

El impacto del comodoro contra la lona sonó como un cañonazo sordo: el lienzo se combó hasta rozar la tablazón del plan, amortiguando la caída antes de que el peso venciera los agarres y arrojara al anciano rodando hacia el fondo de sentina, entre dos cuarteles de agua dulce y las botas enfangadas de los remeros.

Vance soltó un alarido gutural, ahogado en vómito de bilis y espuma marina, encogiéndose con las rodillas pegadas a la barbilla mientras el agua sucia que anegaba el plan le cubría media oreja.

Nadie en el bote le dedicó una sola mirada de piedad; el gaviero de proa le pisó la orla de la casaca sin miramientos para afianzar el pie sobre la carlinga.

—¡Uno a bordo! —bramó Evans escupiendo un reguero de salitre—. ¡Moore, mantened el timón a la vía o la resaca nos cruza contra el bajo!

Alistair no agarró la caña del timón de inmediato.

Se puso en pie de un salto sobre la bancada de popa, con una mano aferrada al estay de mesana del bote para no ser arrojado al mar por el cabeceo y la otra apretada contra su esternón, donde el volumen del libro matriz, resguardado de forma estanca dentro del petate encerado bajo su casaca, reposaba intacto contra sus costillas.

Su mirada estaba clavada en la cornisa del acantilado, doce varas más arriba.

Allí, recortada contra el cielo cárdeno donde los relámpagos no daban tregua, la figura de Raymond Silva se batía como una fiera cercada en la boca de la caverna.

El segundo mercenario holandés había terminado de descolgarse por la cuerda superior, cayendo sobre la plataforma de sillería con un machete ancho en la diestra.

Entre él y el soldado desarmado que Silva había embestido contra la pared acorralaban al corsario contra el abismo.

El desarmado había logrado recuperar un cuchillo de bota del fango y lanzaba estocadas bajas, buscando abrirle el vientre; el segundo tiraba tajos descendentes con la fuerza brutal del carnicero acostumbrado al choque de picas.

Silva no retrocedió hacia el borde de la roca, pero cada quiebro le costaba un tributo amargo de dolor.

Esquivó el tajo del machete girando el torso medio palmo a la izquierda, dejando que el acero silbara a una pulgada de su oreja para luego clavar su hombro derecho en el pecho del soldado.

El impacto detuvo en seco la acometida, pero el contragolpe repercutió directo en su propio flanco: la herida reciente provocada por el madero en Cayo Sal se abrió bajo la faja con una punzada ardiente que le arrancó un bufido ronco entre los dientes.

Con la mano zurda, donde la carne viva de las quemaduras de cáñamo apenas empezaba a cicatrizar, apresó la muñeca armada del hombre con una crispación desesperada, retorciéndola hacia afuera hasta hacer volar el machete hacia las aguas profundas del arrecife.

El esfuerzo le desgarró la piel de la palma; un reguero escarlata brotó de nuevo entre sus dedos entumecidos. El que empuñaba el cuchillo de bota aprovechó la vacilación para arrojarse sobre su flanco castigado.

—¡Raymond! —el grito de Alistair se quebró en su garganta, ahogado por el estampido de un trueno sobre la cresta de San Jerónimo.

Silva vio la hoja brillar en el fango de reojo.

Apretando la mandíbula para no ceder al mareo del dolor, soltó a su primer oponente, levantó la rodilla derecha con la violencia de un ariete y la estrelló de lleno en la entrepierna del atacante.

El soldado se dobló con un chillido agudo, soltando el cuchillo; antes de que pudiera tocar el suelo, Raymond, ignorando las punzadas que le ardían en las costillas, lo agarró por la nuca y por la pretina del calzón y lo arrojó con un giro colosal de su cintura por encima del saliente.

El cuerpo del mercenario dio dos vueltas en el aire antes de estrellarse contra las puntas de coral negro del fondo, sepultado al instante por un hervor de espuma blanca y roja que la marea devoró en dos compases.

El soldado restante, con la muñeca dislocada y la cara bañada en fango, retrocedió a gatas hacia el túnel abovedado, aterrado ante la visión de ese hombre cubierto de barro y sangre que parecía negarse a caer.

Desde lo alto de las almenas, las voces coléricas de von Ranzow bajaban arrastradas por el vendaval:

—¡Fuego a discreción sobre esa repisa! ¡Maten al renegado!

Una descarga irregular de tercerolas picó sobre la caliza de la cornisa, arrancando esquirlas que saltaron alrededor de Silva.

Raymond no miró hacia arriba. Con la respiración rota y la mano izquierda presionándose el costado maltrecho durante un latido para contener el desgarro, dio media vuelta hacia el abismo.

Clavó sus ojos en la chalupa que cabeceaba en el torbellino de la caleta y vio a Alistair de pie en la popa, con el brazo tendido hacia él en un reclamo que desafiaba a las balas y al mar.

Silva agarró la maroma del viejo pescante. Al ceñir las palmas desgarradas al cáñamo áspero, el ardor de la cuerda viva contra la carne abierta le arrancó una maldición seca, pero se enrolló el cabo alrededor del antebrazo derecho para afianzar la fricción y se lanzó al vacío.

El cabo gimió. Las fibras tostadas por cincuenta años de intemperie soltaron una nube de polvo oscuro; la maroma cedió varias varas de golpe, quemándole la ropa y la piel antes de tensarse con un tirón que sacudió los hombros maltrechos de Silva como un latigazo.

El madero superior de guayacán se desgajó de su anclaje de mampostería, inclinándose hacia el vacío con un chirrido de hierro viejo.

—¡Cae en banda! —gritó Evans arrojando su remo al agua para lanzarse hacia la proa—. ¡Atrincad las bancadas!

La maroma reventó a dos varas del agua.

Silva cayó a plomo en mitad de la cresta de una ola verde que entraba rugiendo en la ensenada. La masa de agua lo tragó en un remolino de espuma y sargazo que borró cualquier rastro de su figura durante tres segundos interminables.

Alistair sintió que el mundo se vaciaba de aire. Soltó el estay del bote y se inclinó sobre la regala de estribor, buscando con ojos desorbitados en el agua revuelta, dispuesto a arrojarse al mar sin importar el peso del libro ni el filo de las piedras.

Una mano callosa, cubierta de arañazos sangrantes y con las yemas en carne viva, emergió del agua hirviente y se aferró a la regala de la chalupa con un estertor desesperado.

—¡Aquí! —jadeó Alistair, arrojándose sobre la madera y hundiendo sus dos brazos en el agua salada hasta los codos.

Apresó la muñeca de Silva, entrelazando sus dedos con los suyos en una presa firme.

La sal marina mordía las heridas abiertas de ambos, pero el dolor desapareció ante la urgencia de sostenerse.

Los ojos de Raymond emergieron de la espuma: salpicados de salitre, hinchados por la fatiga y el golpe del mar, pero fijos en Alistair con una determinación inquebrantable.

Evans y dos artilleros acudieron al auxilio, sujetando a Silva por las axilas y tirando con un esfuerzo acompasado.

La borda de la lancha se hundió peligrosamente cerca de la marejada, hasta que lograron izar el cuerpo macizo de Raymond por encima de la regala, depositándolo de espaldas sobre el plan húmedo, exhausto y con la respiración entrecortada junto al cuerpo ovillado de Vance.

Alistair cayó de rodillas sobre la tablazón a su lado, sin importarle el agua que le empapaba la ropa ni el lodo que cubría sus mangas. Apoyó la palma temblorosa sobre el pecho desnudo de Silva, sintiendo el latido desbocado y firme de su corazón bajo las costillas magulladas.

Raymond levantó la mano diestra, chorreando salmuera y manchada de sangre fresca, y la apoyó en la nuca de Alistair, tirando de él hacia abajo hasta que sus frentes se tocaron en mitad del caos de órdenes y remadas que llenaban el bote.

—Te dije que no miraras el fondo, escribano —murmuró Silva con voz ronca, raspada por la sal y el esfuerzo extremo, pero con una calidez contenida que desarmó de golpe la angustia de Alistair.

—Y yo os dije que no volvía a bordo sin vos, señor Silva —respondió Alistair, rozando con el pulgar la ceja partida y la cicatriz fresca en el pómulo del corsario—. Las cuentas están completas en este bote.

—¡Dejad las pláticas para la cámara de popa, carajo!

—rugió Evans desde la caña del timón, haciendo fuerza con el torso para enfilar la proa hacia la salida de la caleta—.

¡Cazad esas palas a babor! ¡Doblamos la restinga antes de que las lanchas danesas despierten o nos quedamos a criar percebes en este bajo!

Los cuatro artilleros se emplearon a fondo en los toletes.

Las palas de haya se hundieron en el agua con una cadencia furiosa, arrancando al chinchorro de la succión de los rompientes.

La proa se alzó sobre la primera ola libre de la ensenada, cortando la marejada abierta hacia el canal profundo, donde la lluvia comenzaba a amainar bajo el empuje del viento del nordeste.

A una milla de distancia, recortada contra la bruma como una fortaleza de madera y lona, El Vengador viraba en redondo para abrir sus portas de babor y recibir a sus hombres al abrigo de su costado.