El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 36 El mar de los hombres libres
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CAPÍTULO 36 El mar de los hombres libres

La sombra de El Vengador cayó sobre la chalupa con la serenidad de una fortaleza andante. Al amparo de su costado de babor, las aguas revueltas por la galerna se aquietaron en un remanso aceitoso, protegido del viento que todavía aullaba sobre las crestas del canal.

Desde la batayola del combés descendieron dos estachas gruesas con aparejos de polea doble, acompañadas por la escala de gato y media docena de brazos robustos que se asomaban por la regala.

Thorne no esperó a que el bote fuera izado: bajó él mismo por los peldaños de cáñamo con la agilidad de un muchacho de jarcia, clavando sus ojos de gavilán en el fondo de la embarcación donde Silva yacía sentado contra la bancada, con Alistair arrodillado a su costado y el cuerpo inmundo de Vance encogido bajo un cuartel de lona.

—¡Por los clavos de Cristo! —rugió el viejo capitán, escupiendo una hebra de tabaco hacia el mar antes de apoyar las botas en la borda del chinchorro—.

Creí que los cañones del castillo os habían hecho astillas en la caleta.

¡Evans, pasad los aparejos bajo las bancadas de proa y popa!

¡Izad a los hombres antes de que el vigía danés dé la alarma a las balandras de la dársena!

El ascenso fue rápido, acompasado por el crujido de los cabrestantes de cubierta y los vítores roncos de sesenta hombres que se agolpaban en la batayola.

Cuando Alistair puso pie sobre el entarimado del combés, el balanceo noble y familiar del bergantín le devolvió una firmeza que las rocas traicioneras de San Tomás le habían negado durante horas.

Silva subió tras él, rechazando con un gruñido hosco la mano de dos artilleros que intentaban sostenerlo por el hombro magullado.

Caminaba con las piernas abiertas para compensar el oleaje, chorreando agua salada sobre la tablazón limpia, con el pómulo ensangrentado y el pecho marcado por arañazos lívidos; pero su cabeza iba erguida y sus ojos grises devoraban la cubierta con una posesión salvaje.

Detrás, izado como un fardo de pescado podrido por los marineros de Evans, Percival Vance fue arrojado al pie del cabrestante mayor.

El comodoro no intentó incorporarse. Permaneció encogido en el fango seco de sus calzones, con la casaca azul reducida a jirones mugrientos y la mirada fija en las duelas de pino, temblando con un castañeteo sordo de dientes que nada tenía que ver con el frío del mar.

La tripulación guardó un silencio pétreo, tenso, formando un semicírculo apretado alrededor de la rueda de mando.

Alistair dio un paso al frente. Con manos que ya no temblaban, desató las tiras de terciopelo verde que ceñían el bulto contra su pecho.

Retiró la lona húmeda con un ademán pausado y depositó el pesado libro matriz sobre la corona de roble del cabrestante, junto a la espada ropera que se desciñó del cinto.

El cuero de becerro brillaba, limpio e intacto.

—El libro de la cancillería de Carlota Amalia, capitán —anunció Alistair con voz clara, templada en una autoridad que resonó de proa a popa—.

En el folio cuarenta y dos figura la causa original contra Percival Vance, rubricada de puño y letra por el vicecónsul Fletcher y legalizada con el cuño mayor de la Corona británica tras confesar su complicidad con los mercenarios.

La infamia de La Furia está probada; el desfalco de los arsenales de Port Royal queda documentado ante cualquier tribunal de almirantazgo del mundo.

Thorne se inclinó sobre el atril improvisado, pasó la página con un dedo encallecido y leyó el sello escarlata. Una sonrisa fiera, cargada de desprecio hacia los hombres de leyes que gobernaban los puertos de su juventud, le quebró la barba canosa.

—Con este papel —dijo el capitán alzando la vista hacia la asamblea—, la cabeza de este perro no vale una libra esterlina en ningún apostadero de Su Majestad. No hay almirante que se atreva a cruzar la pólvora por un traidor confeso y certificado bajo sus propios sellos.

Thorne bajó la mirada hacia Vance.

—¿Y qué hacemos con la carroña, señor intendente? ¿Queréis que el condestable lo cuelgue de la verga de mesana para que los guardacostas de San Juan vean lo que hacemos con los comodores del rey?

Un clamor sordo de aprobación recorrió las filas de los corsarios.

Evans desenvainó un machete con un chasquido voraz; los artilleros más viejos, aquellos que habían visto morir a sus hermanos en las arenas de Santo Domingo, dieron medio paso al frente con las quijadas apretadas y los dedos crispados en las empuñaduras.

Alistair no miró al prisionero. Miró a Raymond.

Silva estaba plantado a su flanco izquierdo, tan cerca que el calor que manaba de su torso magullado le envolvía el costado como un fuego clandestino.

El corsario contempló al anciano destrozado en el suelo durante tres latidos interminables.

En su rostro no quedaba ni rastro de la rabia homicida que lo cegaba en la Aguja Negra; la carrera entre las salinas, el salto sobre el abismo y el roce de la mano de Alistair salvándolo del remolino habían purgado el veneno de su carne.

—Colgarlo aquí sería ensuciar el barco con carroña de cortesano —dijo Silva con una voz baja y profunda que cortó el murmullo de la marinería—. No merece morir como un hombre de mar.

Raymond dio un paso hacia el cabrestante, se agachó frente a Vance y lo agarró por el mentón con los dedos cubiertos de salitre, obligándolo a levantar el rostro hacia los mástiles de El Vengador.

—Vas a volver a Jamaica, comodoro —le siseó Raymond a escasas pulgadas de los ojos—.

Pero no en una fragata de treinta cañones.

Te vamos a dejar en el primer cayo desierto con una barrica de agua, una caja de galleta y el duplicado de este libro atado al pescuezo.

Cuando la balandra de cabotaje danesa te recoja y te lleve a Port Royal, no serás el oficial glorioso que persigue a los corsarios.

Serás el reo que despojó a la escuadra, el ladrón al que sus propios mercenarios intentaron asesinar por cincuenta monedas.

Vivirás para ver tu nombre borrado de los escalafones navales y a tu estirpe deshonrada en cada taberna de Inglaterra.

Vance soltó un quejido agónico, cerrando los ojos con lágrimas de pura vergüenza cayéndole por las mejillas.

La muerte en el fondo del mar hubiera sido una bendición piadosa comparada con la condena de arrastrar su propia ruina ante los hombres que durante treinta años habían doblado la cerviz a su paso.

—¡Oído a la asamblea! —decretó Thorne con un manotazo sobre la regala—. ¡Bajad a ese perro al sollado de proa hasta que crucemos las Anguilas! ¡Y que el condestable prepare la chalupa para desembarcarlo en Cayo Ratón antes del anochecer!

Dos artilleros levantaron a Vance en vilo y lo arrastraron hacia la escotilla delantera, cerrando el vano con un golpe sordo que clausuró para siempre el fantasma de la traición.

Thorne se volvió hacia la toldilla y alzó el brazo diestro hacia las vergas altas:

—¡Hombre al timón! ¡Abran las gavias y cacen escotas a estribor! ¡Rumbo oeste-sudoeste, hacia el Paso de Barlovento y las aguas libres del sur! ¡Que este barco vuele!

El bergantín obedeció con una sacudida majestuosa.

Las lonas blancas se hincharon con el empuje limpio de un alisio que borraba la tormenta en el horizonte; el casco escoró suavemente, hendiendo el agua azul cobalto con un lamento triunfante de maderas bien trabadas que dejaban atrás la costa hostil de San Tomás.

Alistair recogió el libro matriz de la corona del cabrestante. Al volverse hacia la escala de popa, Silva lo esperaba apoyado en la batayola del alcázar, observándolo con esa calma sólida, chúcara y posesiva que ya no necesitaba disimularse ante la dotación.

Descendieron juntos por la escala estrecha hacia la cámara de popa.

Al cruzar el umbral del camarote de intendencia, el olor a cera de abejas, roble curado y papel limpio los recibió como un santuario intocable.

El rumor de la marinería baldeando las cubiertas superiores llegaba apagado por las gruesas vigas del entrepuente, transformado en un murmullo lejano que nada podía contra el sosiego ganado a sangre y fuego.

Alistair depositó el pesado volumen consular sobre el tablero abatible de nogal, justo al lado de su tintero de plomo y de un cuaderno nuevo con las hojas en blanco cosidas en piel de oveja.

Silva cerró la puerta de caoba tras de sí y, por primera vez en toda la travesía, corrió la tranca de hierro sin apresuramiento, con la lentitud de quien asegura su propio hogar.

Se volvió despacio. El corsario se despojó de la camisa rota con un movimiento pausado, arrojando el paño enfangado a una esquina.

Sus hombros anchos, tostados por el sol y cruzados por las marcas rojas del cabo y las piedras de la caleta, se recortaban contra la luz dorada que entraba por las ventanillas de popa.

Alistair dio dos pasos hacia él, acortando la última distancia que los separaba. Alzó las manos y apoyó las palmas sobre las costillas de Raymond, sintiendo bajo sus dedos la respiración honda, caliente y viva del hombre que había desafiado a un imperio entero para sostener su causa.

Silva llevó sus manos a los costados del rostro de Alistair, con una delicadeza torpe y hermosa en unos dedos acostumbrados al machete y a la jarcia. Rozó con los pulgares las ojeras de fatiga bajo sus ojos, bajando despacio hasta acariciar la comisura de sus labios.

—Treinta y seis capítulos de intendencia cerrados, escribano —murmuró Raymond con una voz ronca que le temblaba en el pecho—. Ni una libra de pólvora en deuda. Ni un solo hombre con la cuenta sin saldar.

Alistair sonrió, dejando que su frente descansara contra la clavícula desnuda de Silva, aspirando ese aroma a salitre, a madera vieja y a libertad pura que era su único puerto en el mundo.

—Las cuentas de la tierra están saldadas, Raymond —respondió, alzando la vista para perderse en la quietud gris y limpia de sus pupilas—. Ahora solo queda gobernar la derrota que elijamos nosotros.

Silva sonrió con esa media sonrisa arrogante y tierna que iluminaba la penumbra del maderamen, se inclinó despacio y selló su boca con un beso hondo, salado y definitivo, mientras El Vengador cortaba las aguas libres del Caribe, alejándose para siempre de las cadenas del rey hacia el horizonte interminable de los hombres libres.