El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 34 El abismo de la caleta
95%

CAPÍTULO 34 El abismo de la caleta

El túnel de la batería descendía en una pendiente pronunciada, serpenteando por las entrañas de la roca caliza como una garganta abierta en la carne viva del acantilado.

El aire aquí abajo era denso, impregnado de una salinidad fósil y un hedor húmedo a limo estancado que se pegaba al paladar con la aspereza de la harina rancia.

A cada vara que ganábamos hacia las profundidades, el retumbo de la tormenta en la superficie se transformaba en un rugido sordo y telúrico, sustituido gradualmente por el lamento mucho más peligroso del mar embravecido batiendo contra los rompientes del sur.

Silva marchaba delante, tanteando la pared rezumante con el dorso de la mano izquierda mientras con la derecha mantenía a Vance aferrado por la pretina de los calzones, obligándolo a arrastrar los pies descalzos sobre las lajas de pizarra cortante.

El comodoro ya no gemía con la estridencia de antes; soltaba estertores secos, espasmódicos, con la cabeza gacha y el mentón cubierto de una baba sanguinolenta que goteaba sobre el paño deshecho de su camisa.

El dolor de las costillas y la fractura del hombro le habían quebrado el espinazo moral: caminaba como un autómata condenado a las galeras, despojado de cualquier brizna de voluntad.

Alistair cerraba la marcha a dos pasos de distancia.

El peso del libro matriz encuadernado en becerro comenzaba a entumecerle el antebrazo izquierdo, pero la presión de las tablas de madera contra sus costillas actuaba como un escudo moral que lo mantenía alerta.

Con la mano diestra empuñaba la daga de misericordia que llevaba en la faja, usándola como sonda contra la oscuridad para no tropezar con los escalones carcomidos por el salitre.

—Deteneos —siseó Silva de pronto, plantando los talones en el barro resbaladizo.

Alistair se detuvo en seco, conteniendo el aliento. En la penumbra, el perfil ancho de los hombros de Raymond se recortaba contra un resplandor lechoso y turbio que se filtraba al final de la galería.

Una corriente de aire frío y violento, cargada de espuma pulverizada y olor a sargazo fresco, barrió el pasadizo, apagando el eco de sus pasos.

Habían alcanzado la boca inferior del túnel: una hendidura natural en la pared del acantilado, abierta a unas cuatro o cinco varas sobre el nivel de la marea, donde los antiguos artilleros españoles izaban los pertrechos de pesca mediante un pescante de madera que ahora yacía podrido y cubierto de verdín sobre una plataforma angosta de roca viva.

En un rincón resguardado bajo la bóveda de piedra, entre viejas estachas podridas y restos de brea seca, Alistair divisó un petate militar de lona encerada y costuras embreadas, de los que usaban los polvoristas para trasegar cartuchos sin que la humedad los echara a perder.

Alistair se deslizó junto a Silva hasta asomarse al vano.

El espectáculo que ofrecía la caleta sur cortaba la respiración.

La tormenta tropical había levantado una marejada salvaje de fondo; olas de color esmeralda oscuro, coronadas de espuma amarillenta, reventaban contra los dientes de coral que erizaban la entrada de la ensenada.

En el centro del remanso, cabeceando como una cáscara de nuez al borde del colapso, la chalupa de seis remos de El Vengador luchaba por mantener la posición.

Evans y tres artilleros veteranos bogaban con una desesperación metódica, hundiendo las palas con brazadas cortas para evitar que la resaca estrellara el bote contra el cantil.

En la proa, un gaviero sostenía una maroma de cáñamo con un arpeo de hierro de tres puntas, buscando afanosamente un saliente de roca donde amarrar sin que el cabeceo hiciera zozobrar la embarcación.

—¡Nos han visto! —exclamó Alistair, señalando a Evans, quien acababa de alzar el brazo empapado hacia la boca de la caverna mientras señalaba hacia el cielo.

Silva entrecerró los ojos grises, escudriñando la cresta del acantilado por encima de sus cabezas.

—No nos miran a nosotros, Alistair. Miran arriba.

Un chasquido de metralla rasgó el viento.

Tres detonaciones secas retumbaron desde lo alto de la cornisa de San Jerónimo.

Los fogonazos anaranjados perforaron la cortina de lluvia: von Ranzow y sus mercenarios de San Eustaquio habían alcanzado las almenas superiores y disparaban hacia la chalupa con sus tercerolas de chispa, obligando a los remeros a agachar la cabeza bajo las bancadas mientras los impactos de plomo astillaban las regalas de madera de pino.

—Malditos sean —masculló Silva entre dientes—. Si hunden el bote en esa rompiente, quedamos atrapados en esta repisa como gaviotas mancas.

—No van a hundirlo —replicó Alistair, y su voz recuperó esa fría firmeza de intendente que calculaba las pérdidas antes de que se produjeran—.

El ángulo de tiro desde el cantil superior es demasiado escarpado; las balas pierden fuerza antes de tocar el agua.

Pero von Ranzow sabe que no podemos saltar al vacío sin reventarnos contra las piedras del fondo.

Va a descolgar hombres por la senda de los pescadores para cortarnos la salida.

Como confirmando sus palabras, un cabo grueso de cáñamo cayó desde la cornisa superior, azotando la roca a menos de diez pasos a la derecha de la boca de la cueva.

Casi de inmediato, dos mercenarios con casacas verdes despojadas de capotes comenzaron a descender a pulso por la cuerda, llevando pistolas de arzón amarradas al cuello con tiras de lona.

Silva no vaciló un instante. Se giró hacia Vance, que yacía ovillado en el suelo de la cueva, y lo agarró por las solapas con un movimiento tan violento que las costuras podridas de la casaca azul terminaron de desgarrarse.

—Es tu última oportunidad de serle útil a alguien en este mundo, comodoro —le rugió Silva al oído, levantándolo del fango y arrastrándolo hacia la cornisa expuesta al viento—. ¡Grita a esos carniceros que detengan el fuego o serás el primero en comprobar lo hondo que es este arrecife!

Vance alzó la mirada, desencajado por el terror. El viento le arrancaba mechones de pelo canoso pegados a las sienes; vio el abismo de olas hirvientes bajo sus pies y las siluetas de sus propios mercenarios suspendidas de la maroma a escasa distancia.

—¡Von Ranzow...! —intentó clamar el comodoro, pero su voz no fue más que un graznido miserable, ahogado al instante por el rugido del mar batiendo contra el basalto—. ¡Capitán... por orden del rey... no disparen...!

El mercenario que descendía en cabeza de la cuerda no detuvo el descenso. Al escuchar el grito, levantó el rostro tiznado, reconoció la figura de Vance suspendida sobre el precipicio y soltó una carcajada ronca que el viento arrastró hacia la caverna.

—¡El rey está en Londres, viejo imbécil! —bramó el soldado holandés en un inglés quebrado—. ¡Y von Ranzow nos ha prometido quinientas guineas si entregamos el libro y vuestra cabeza al gobernador danés! ¡Muerto nos cobráis lo mismo y dais menos trabajo para embarcar!

Alistair sintió un vuelco frío en el estómago. La traición había completado su círculo perfecto: Vance, el maestro de la compraventa de hombres y lealtades, acababa de ser tasado como ganado inservible por los mismos asesinos a los que había pagado para salvar su nombre.

El comodoro se quedó mudo. Sus ojos vidriosos miraron a Silva, luego a Alistair, con una súplica tan degradante, tan vacía de orgullo, que Alistair tuvo que desviar la mirada hacia el mar.

—Ya has oído al holandés, Vance —dijo Silva con voz cortante—. Tu dinero ya no te compra ni el derecho a una mortaja limpia.

Un chasquido de polea podrida resonó en el techo de la cueva.

Alistair alzó la vista y vio las dos vigas maestras de guayacán del viejo pescante de sillería que aún se proyectaban un par de brazas hacia el vacío, por encima de la plataforma rocosa.

De una de las crucetas colgaba un trozo de maroma de cáñamo alquitranado, carcomida por el sol y la sal pero todavía firme en su amarre al cabrestante de hierro empotrado en la roca.

—Silva, ¡el pescante! —gritó Alistair, señalando el madero—. Si arriamos el cabo hasta el agua, podemos descolgarnos directamente sobre la bancada de popa de la chalupa sin tocar las rocas del cantil.

—Esa cuerda no aguantará el peso de dos hombres a la vez —advirtió Raymond, evaluando la fibra deshilachada con el ojo clínico del marinero que ha visto partirse mil estachas.

—Aguantará si bajamos de uno en uno —replicó Alistair.

Sin perder un segundo, tomó el petate de lona encerada del rincón de la bóveda.

Envolvió el libro matriz en el paño de cortina, lo embutió en el saco impermeable y selló la boca de lona con una lazada doble de cabo alquitranado para que ni una sola gota de salmuera pudiera alcanzar la vitela ni disolver la tinta del folio cuarenta y dos.

Se cruzó las correas del petate sobre el torso, ciñéndolo firmemente contra sus costillas bajo la casaca.

—Yo bajaré primero con el registro para que Evans pueda fijar el bote bajo la plomada —añadió Alistair—. Luego descuelgas a Vance... si es que pretendes mantenerlo con vida.

Silva lo miró fijamente. En mitad de la tempestad, con las balas de los mercenarios picando la piedra a su alrededor y el océano rugiendo abajo, la mano de Raymond se cerró sobre la nuca de Alistair con una fuerza desesperada y protectora.

Tiró de él hacia su cuerpo, aplastando su frente contra la suya con tal intensidad que Alistair sintió la vibración de su pulso.

—Bajas tú primero, Alistair —susurró Silva, con una voz cargada de una devoción salvaje—. Si esa maroma se parte, me tiro tras de ti antes de que toques la espuma. Agárrate fuerte y no mires el fondo.

—No miraré —prometió Alistair, rozando con sus labios mojados la comisura áspera de la boca de Raymond antes de zafarse del agarre.

Alistair envainó la daga, se colgó de la maroma de cáñamo con ambas manos enguantadas en barro y saltó al vacío.

La caída inicial le arrancó el aire del pecho.

El cabo gimió bajo su peso, soltando una lluvia de polvo de brea seca que le abrasó los ojos; pero las fibras trenzadas aguantaron la tensión.

Abajo, el mar parecía una boca hirviente de dientes blancos que subía y bajaba con un vértigo aterrador.

Alistair deslizó las palmas despacio, quemándose la piel a través del lodo mientras el viento lo balanceaba como un péndulo sobre las rocas sumergidas.

—¡Soltad el arpeo! —gritó Evans desde la chalupa.

La barca aprovechó el seno de una ola enorme para meterse exactamente bajo la vertical del cabo. Alistair soltó la maroma a cuatro pies de altura; sus botas se estrellaron contra la tablazón del combés de popa con un impacto brutal que le dobló las rodillas y lo arrojó sobre las bancadas.

Los brazos de Evans lo sujetaron por los hombros antes de que el bandazo lo tirara por la borda.

—¡El libro está a salvo! —jadeó Alistair, palpándose el pecho para comprobar que el petate encerado seguía intacto y hermético—. ¡Mantened el bote bajo el saliente! ¡Falta Silva!

Arriba, en la repisa del acantilado, el primer mercenario holandés acababa de poner pie en la roca, desenvainando un alfanje de abordaje con una mueca sanguinaria.

Silva no esperó a que el hombre se cuadrara.

Con un rugido que superó el estruendo del temporal, embistió al soldado con el hombro por delante, aplastándolo contra el muro de la cueva con un golpe seco que desarmó al mercenario en el acto.

Antes de que el segundo hombre pudiera alcanzar la repisa, Raymond agarró a Percival Vance por la cintura, caminó hacia el borde del abismo y miró hacia abajo, calculando la distancia con la frialdad de quien calibra un tiro de culebrina.

—¡Atrápalo si tienes redaños, Evans! —bramó Silva desde las alturas.

Y sin una pizca de vacilación, arrojó al comodoro hacia el vacío, dejándolo caer como un fardo hacia la lona que los artilleros desplegaban apresuradamente entre dos bancadas.