El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 33 El paso de las salinas
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CAPÍTULO 33 El paso de las salinas

El aguacero tropical no cayó como una lluvia ordinaria, sino como una cortina de plomo líquido que borró en cuestión de segundos el perfil de Carlota Amalia.

El cielo, teñido de un verde ceniciento y bilioso, parecía haberse desplomado sobre las colinas de San Tomás; los truenos retumbaban con una cadencia sorda y continua, haciendo vibrar la piedra viva bajo las suelas de nuestras botas y levantando del fango un vapor caliente, salobre y asfixiante que se pegaba a los pulmones como pez derretida.

Alistair apretaba el bulto del libro matriz contra su flanco izquierdo con una devoción casi litúrgica.

La tela de cortina verde que lo envolvía estaba empapada, pero el paño de terciopelo grueso había retenido la humedad en su superficie exterior, creando una capa impermeable que protegía las esquinas de latón y la vitela del folio cuarenta y dos.

Con la mano diestra sostenía la cazoleta de su ropera desenvainada, usando la hoja no para abrirse paso entre la maleza, sino como un fiel de balanza que le permitía mantener el equilibrio en las lajas resbaladizas del sendero de cabras que ascendía hacia el glacis de San Jerónimo.

A su derecha, Silva marchaba con la implacabilidad de una fiera que conoce de memoria el terreno de caza.

No parecía acusar el peso del comodoro, al que arrastraba sujeto por la parte posterior de la casaca azul como a un fardo de velas desgarradas.

Vance apenas lograba fijar los pies descalzos sobre el cascajo; sus quejidos se ahogaban entre el rugido del vendaval y los accesos de tos que le sacudían el pecho.

El brazo fracturado le colgaba inerte a lo largo del costado, y cada vez que el cuerpo del anciano amenazaba con rodar por el barranco de las salinas, el brazo de Raymond lo izaba de un solo tirón brutal que le arrancaba un grito agónico.

—¡Apresuraos, Moore! —rugió Silva sobre el bramido de la tormenta, sin volverse—.

El viento está rolando al sudeste con fuerza de galerna.

Si la marejada entra de lleno en la caleta antes de que crucemos la batería, Evans no podrá aguantar el chinchorro al abrigo de las rocas y el mar estrellará la barca contra los arrecifes.

Alistair levantó la vista entre los mechones de pelo empapado que le cegaban los ojos.

Cincuenta varas más arriba, recortada contra el cielo plomizo por el destello lívido de un relámpago, se alzaba la silueta ruinosa del reducto de San Jerónimo.

Levantado un siglo antes por los ingenieros de la Corona de España y abandonado tras la ocupación danesa, el fuerte no era más que un esqueleto de sillería bermeja devorado por las higueras silvestres y el cardo borriquero: un parapeto almenado con dos aspilleras ciegas, un foso seco cegado a medias por derrumbes de caliza y la boca oscura de la poterna abovedada que comunicaba las terrazas de artillería con el viejo polvorín excavado en las entrañas del acantilado.

Un estampido seco, quebrado por el trueno, resonó a la zaga.

El silbido inconfundible de una posta de plomo rasgó el aire a menos de dos cuartas del hombro de Alistair, arrancando una astilla de caliza del murete que bordeaba el sendero. El polvo de piedra, convertido al instante en pasta blanca por la lluvia, le salpicó la mejilla izquierda.

Alistair se arrojó instintivamente contra la ladera de tierra roja, cubriendo el tomo con su propio torso mientras giraba la cabeza hacia el recodo inferior del camino.

A través de la cortina de agua, a unas setenta yardas cuesta abajo, tres figuras montadas avanzaban al trote forzado entre las balsas de evaporación de las salinas.

Von Ranzow y dos de sus mercenarios de San Eustaquio habían abandonado la montura del cuarto caballo para aligerar la persecución; las capas verdes flotaban pesadas por el agua alrededor de los ijares de los animales, pero las tercerolas de chispa descansaban ya amartilladas sobre las perillas de las sillas de montar, envueltas en trapos de lana engrasada para evitar que el aguacero anegara las cazoletas.

—¡Ríndete, Moore! —la voz de von Ranzow llegó distorsionada por las ráfagas del viento, pero cargada de una ferocidad profesional y fría—.

¡El comodoro no llegará con vida a la playa con esas costillas quebradas!

¡Soltad al anciano y dejad el libro sobre la tapia, o mandaré a mis hombres abrir fuego cerrado a discreción!

Silva soltó una carcajada ronca, un ladrido salvaje que brotó de su garganta con la fuerza de un trinquete cazado al viento. Agarró a Vance por los cabellos empapados, tirando de su cabeza hacia atrás con un movimiento seco que expuso la garganta del anciano al tiro de sus propios hombres.

—¡Dispara si tienes redaños, bastardo holandés!

—bramó Raymond, utilizando el cuerpo del comodoro como un parapeto vivo que cubría por entero su propio torso y el de Alistair—.

¡Vamos, mercenario! ¡Mete una bala en la cabeza de tu pagador y luego explícale a los banqueros de Ámsterdam quién va a liquidar las letras de cambio de tu compañía!

En el sendero bajo, los dos tiradores detuvieron sus cabalgaduras en seco, con los cañones apuntando al vacío.

Ninguno se atrevió a apretar el disparador; la duda se dibujó con nitidez en sus rostros curtidos mientras miraban a von Ranzow en busca de una orden que el capitán no se atrevía a pronunciar.

La paga de la partida dependía exclusivamente de la firma que Vance debía estampar en las notarías de Carlota Amalia al concluir la jornada.

—Ganan tiempo para rodearnos por la zanja seca —advirtió Alistair en un siseo tenso, aferrando a Silva por el codo—. El tercer jinete desmontó en el algarrobo; pretende ganar el foso de la batería trepando por la escarpa norte para cerrarnos la boca del túnel.

—Pues tendrá que ser más rápido que el plomo de este arzón —respondió Silva.

Con un esfuerzo titánico que tensó los tendones de su cuello y sus brazos hasta hacerlos vibrar como maromas bajo tensión, Raymond cargó a Vance sobre su hombro sano como si fuera un costal de harina de avena, echó a correr pendiente arriba con zancadas largas que hacían saltar pellas de lodo y grava a su paso.

Alistair no se quedó atrás. Con el libro asegurado bajo el brazo y la espada en guardia baja, subió los últimos diez escalones de sillería tallada en la roca con los muslos ardiendo por el esfuerzo acumulado.

La lluvia le azotaba la frente como agujas heladas, pero el fuego interior que le alimentaba las venas le borraba cualquier síntoma de fatiga.

Llegaron al foso de la batería.

La boca de la poterna se abría bajo una bóveda de cañón apuntada, semienterrada por un talud de cascote y zarzales espinosos que el tiempo y las avenidas de agua habían acumulado contra el dintel.

El aire que manaba de la galería subterránea era frío, denso y cargado de un olor penetrante a salitre fósil, guano de murciélago y piedra húmeda que no había visto la luz del sol en cincuenta años.

Silva arrojó a Vance sobre el fango del suelo abovedado. El comodoro rodó sobre sí mismo, encogiéndose en posición fetal con un estertor agónico mientras la sangre de su boca manchaba el agua estancada que cubría el piso del túnel hasta los tobillos.

—Asegura la entrada —ordenó Alistair, depositando con mimo el bulto del libro sobre un saliente de sillería seca a salvo de la corriente.

Silva no necesitó más instrucciones. Se plantó bajo el arco de entrada, donde un madero de guayacán podrido de diez pulgadas de escuadría —antiguo dintel de la reja levadiza española— colgaba en falso, sostenido apenas por dos grapas de hierro corroídas y un montón inestable de sillares partidos.

A menos de quince pasos, en el borde superior de la escarpa del foso, el mercenario holandés que había flanqueado la ladera apareció entre las ramas de un cardo espinoso. Tenía la tercerola encarada hacia la boca del túnel, con el perrillo levantado.

Alistair vio el brillo del bronce de la cazoleta antes de que el hombre pudiera culminar la puntería.

Con un reflejo nacido del instinto puro, dio un paso al frente y descargó un golpe horizontal con la hoja de su toledana contra una estaca de tea seca que apuntalaba los cascotes del dintel.

La madera podrida se partió con un crujido agudo.

Al mismo tiempo, Silva metió la espalda ancha bajo el madero de guayacán, apoyó las palmas desnudas contra la piedra suelta y empujó hacia afuera con un bramido colosal que le desgarró el aliento.

El disparo de la tercerola estalló afuera en una llamarada sucia y sofocada por el agua. La posta de plomo rebotó en la dovela central de la bóveda, arrancando una lluvia de chispas y esquirlas de pedernal que rozaron la nuca de Alistair sin llegar a herirlo.

Un segundo después, el dintel cedió por completo.

Un alud masivo de tierra roja empapada, raíces retorcidas y bloques de caliza de cincuenta libras se desplomó sobre la entrada de la poterna con un estruendo sordo y demoledor que sacudió la bóveda entera.

La masa de escombros cegó el vano en toda su altura, levantando una densa polvareda de tierra mojada que convirtió la luz del mediodía en una penumbra sepulcral y absoluta.

El silencio que siguió al derrumbe fue repentino, espeso, roto únicamente por el goteo rítmico de las filtraciones del techo y el jadeo violento de los dos hombres tratando de recuperar el aire en la oscuridad.

Alistair permaneció inmóvil durante unos segundos, con la espalda apoyada contra el muro de sillería y el pecho subiendo y bajando a un ritmo desbocado.

La espada seguía tensa en su mano derecha; con la izquierda tanteó la piedra hasta rozar la tela gruesa que envolvía el libro matriz.

El cuero bajo el terciopelo estaba frío, firme e intacto.

En la lobreguez húmeda, una mano grande, áspera y cubierta de lodo se posó sobre su antebrazo.

Los dedos de Raymond subieron despacio por la tela de su manga empapada hasta alcanzarle el hombro, deslizándose con una lentitud deliberada hasta la curva de su cuello.

El corsario respiraba contra su sien; su aliento cálido, con sabor a salitre y fatiga pura, contrastaba con la frialdad sepulcral de la galería subterránea.

—¿Estás entero, escribano? —murmuró Silva con una voz bronca, tan baja que apenas vibró en el aire cerrado del túnel.

Alistair cerró los ojos en la oscuridad, dejando que su frente descansara un instante contra la mejilla húmeda de Raymond.

El contacto de su piel curtida, el latido potente de su pulso golpeándole la palma y esa presencia masiva y protectora le devolvieron de golpe la serenidad que el combate amenazaba con arrebatarle.

—Entero —respondió Alistair, levantando su mano libre para posarla sobre el pecho desnudo de Silva, sintiendo el trabajo fiero de sus costillas bajo la camisa empapada—. Y el libro también.

Raymond soltó una exhalación que sonó a risa corta y aliviada en la penumbra. Inclinó el rostro apenas una pulgada y rozó los labios de Alistair con un beso breve, áspero, con sabor a lodo y lluvia salvaje, antes de apartarse despacio hacia el suelo donde yacía el comodoro.

—Pues no nos demoremos —dijo Silva, tanteando en la oscuridad hasta dar con el cuello de la casaca de Vance, quien respondió con un quejido ronco y servil—.

Von Ranzow no tardará en rodear la batería por el cantil exterior con cuerdas de escalada.

La galería tiene que bajar directamente hacia la caleta sur.

Alistair envainó la ropera, tomó el pesado volumen en sus brazos y se internó tras los pasos pesados de Silva por el túnel descendente, donde el rumor amortiguado del mar abierto empezaba a rugir como la promesa de una libertad definitiva.