El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 32 La tinta y el hierro
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CAPÍTULO 32 La tinta y el hierro

El crujido sordo del maderamen de la celosía al ceder bajo el hombro macizo de Silva sonó en la penumbra del despacho como el chasquido de un mástil partiéndose en plena tempestad.

Raymond no dio tiempo a que los ocupantes de la estancia comprendieran el origen del estruendo.

Entró como una ráfaga de galerna, rodando sobre el entarimado encerado para amortiguar el salto antes de incorporarse en una zancada elástica y demoledora.

Su bota derecha, todavía impregnada del lodo rojizo de las salinas, impactó con la precisión de una bala rasa en el plexo solar de Percival Vance.

El comodoro no llegó a desenvainar el sable corto que descansaba sobre la consola de caoba.

El golpe le vació los pulmones en un silbido agónico y seco, lanzándolo de espaldas contra la estantería de volúmenes notariales.

Dos docenas de tomos encuadernados en cordobán se desplomaron sobre su cabeza empolvada, sepultando al oficial en una lluvia de polvo añejo y pergaminos mientras se revolvía en el suelo, retorciéndose con las rodillas pegadas al pecho y los dedos de su mano sana arañando inútilmente las tablas enceradas.

Alistair cruzó el vano destrozado una fracción de segundo después. La hoja toledana de su ropera ya brillaba al desnudo, fría y rectilínea, atrapando la escasa luz cobriza que se filtraba entre los cortinajes verdes.

Archibald Fletcher, congelado en su sillón de orejas tras el escritorio de nogal, abrió la boca para gritar con los ojos desorbitados por un pánico infantil.

Tenía en la diestra un raspador de acero con mango de marfil, suspendido a escasos milímetros del papel; en la izquierda, un frasco de goma arábiga y arena secante que temblaba con un cascabeleo metálico contra la madera.

—¡Ni un suspiro, señor vicecónsul! —susurró Alistair, plantándose al otro lado de la mesa con la cazoleta de la espada baja y la punta apuntando directamente al hueco blando entre las dos clavículas del escocés.

La amenaza no necesitó elevar el tono. La voz de Alistair, templada en años de ordenanzas navales y pulida en el fuego de la travesía, poseía esa firmeza glacial que paralizaba a los subordinados de la Corona mucho más que cualquier bramido de abordaje.

Fletcher soltó el raspador. El instrumento rodó sobre el escritorio con un tintineo sordo, dejando un surco húmedo en el folio antes de detenerse junto al tintero volcado.

Un reguero espeso de tinta negra de agallas comenzó a brotar de la boca de peltre, reptando como una sierpe viscosa hacia el borde de la mesa.

—Moore... por el amor de Dios todopoderoso... —balbuceó el vicecónsul, con las mejillas cenicientas y el sudor chorreándole por los pliegues de la papada hacia el corbatín manchado—. Esto es territorio consular danés... Es un crimen contra el derecho de gentes...

—El derecho de gentes se pudrió esta mañana en el cantil del muelle, señor Fletcher —replicó Alistair sin apartar la punta del acero de su garganta—. Cuando permitisteis que ese perjuro quemara la confesión de sus crímenes a cambio de la plata de San Eustaquio.

Desde la alfombra persa, Vance logró alzar el torso con un gemido desgarrado.

La peluca blanca había rodado hasta la chimenea apagada, dejando al descubierto una calva pálida y sudorosa, surcada por venas lívidas que latían con furia desbocada.

El corte superficial que Alistair le había marcado en el cuello sangraba de nuevo, tiñendo de carmín el cuello almidonado de su casaca limpia.

—¡Fletcher, idiota...! —graznó el comodoro, apoyándose con dificultad sobre su codo izquierdo mientras la bilis le teñía los labios de amarillo—. ¡Gritad a la guardia...! ¡Von Ranzow tiene a dos centinelas en la puerta de la calle...! ¡No se atreverán a heriros...!

Silva dio dos zancadas pesadas por la habitación, rodeando la mesa con la parsimonia de un verdugo que no tiene prisa por cobrar la pieza. Se detuvo junto al cuerpo postrado de Vance, apoyó la punta de su bota sobre el hombro lesionado del anciano y cargó su peso hacia adelante.

Un crujido húmedo resonó bajo la casaca azul.

Vance aulló; fue un alarido gutural, ahogado de inmediato cuando Silva se inclinó, le hundió la mano zurda en la tela del cuello y lo levantó en vilo con la facilidad con que se iza un saco de cecina, aplastándolo contra el respaldo del sillón de Fletcher.

—Te dije en el arrecife que te tragarías tu propia infamia, perro —gruñó Silva, arrimando su rostro al del comodoro hasta que sus barbas casi se rozaron—.

Pero eres una fiera sorda. Sigues buscando la soga para tu cuello y para el de todos los que te rodean.

Si oigo un solo ladrido más salir de tu gaznate, te arranco esa lengua de juez con mis propios dedos y se la doy a comer a los cerdos de la zanja.

Vance se calló de golpe. Las pupilas se le dilataron en un terror animal, absoluto; el brillo de soberbia aristocrática que aún sostenía su mirada se quebró en mil pedazos ante la frialdad de los ojos grises del corsario.

Alistair desvió la atención hacia el gran volumen que reposaba sobre el atril de nogal, a la diestra del escritorio.

Era un libro en folio mayor, encuadernado en becerro rígido con esquinas de latón repujado: el libro matriz consular de Carlota Amalia.

La página derecha estaba abierta en el folio cuarenta y dos.

Con la caligrafía picuda y angulosa característica de los letrados escoceses, el asiento original permanecía intacto bajo el encabezado timbrado con el escudo de armas británico:

«En la villa de Carlota Amalia, isla de San Tomás, a veintidós de octubre del año de Nuestro Señor de 1726.

Ante Nos, Archibald Fletcher, vicecónsul de Su Majestad Británica, comparece don Alistair Moore, intendente de marina, y hace formal entrega del comodoro Percival Vance en calidad de reo de alta traición, malversación de fondos y asesinato sumario en las costas de Santo Domingo, aportando como prueba confesión rubricada y sellos de la escuadra de Barlovento.

Queda registrado bajo fe de este consulado para su remisión a la Sala de Justicia del Almirantazgo en Whitehall... »

El raspador de Fletcher apenas había alcanzado a rayar la primera letra de la fecha. La tinta estaba seca, limpia y definitiva.

—El libro no se queda en esta mesa —sentenció Alistair.

Fletcher alzó las dos manos abiertas en un gesto de desesperada súplica.

—¡Moore, tened juicio! —gimió el escocés—. Sustraer el libro matriz anula su validez canónica ante los tribunales daneses. El gobernador von Scholten lo considerará un expolio forajido. Si os lleváis ese tomo, no habrá cancillería que admita vuestra causa.

—La causa no necesita cancillerías coloniales, Fletcher —respondió Alistair con una sonrisa amarga y cortante—.

Este libro no va a la mesa del gobernador danés, que se vende por cincuenta piezas de a ocho a los mercenarios de von Ranzow.

Este libro viajará en la cámara de popa de El Vengador directamente hacia los comisionados navales de Londres.

Pero no saldrá de aquí sin el refrendo que garantice que no ha sido alterado tras vuestra traición.

Alistair envainó la ropera con un chasquido seco. De un solo tirón arrancó la pluma de ganso que yacía junto al tintero volcado, la limpió en el faldón de la casaca de Fletcher y la empapó en el residuo espeso de tinta que aún quedaba en el fondo del pocillo.

Extendió la hoja hacia el vicecónsul y apoyó la palma de la mano sobre el borde de la mesa, inclinándose sobre él como una sombra justiciera.

—Escribid al pie del folio cuarenta y dos, señor Fletcher —ordenó Alistair en un tono que no admitía dilación—.

«Doy fe de que el asiento precedente es verídico, legítimo e inalterado, y de que el presente tomo es intervenido por el señor intendente Alistair Moore ante el manifiesto perjurio y complicidad de este viceconsulado con el reo Percival Vance».

Añadid la fecha de hoy, vuestra firma entera y estampad el cuño mayor de cera encarnada.

—¡Es mi ruina...! —sollozó Fletcher, hundiendo la cabeza entre los hombros—. ¡Si firmo eso, la Corona me despojará de mi oficio y me procesará por encubrimiento!

—Si no lo firmáis —intervino Silva desde el rincón, sin soltar la pechera de Vance y con una voz que heló la sangre en las venas del funcionario—, vuestra ruina empezará ahora mismo, en este suelo, y no tendréis que preocuparos por lo que decida ningún tribunal de Londres porque no llegaréis vivo al anochecer.

Fletcher miró a Silva. Miró el filo de su estilete, la negrura de sus botas sucias y la determinación pétrea de Moore.

Con dedos espasmódicos que apenas lograban aprisionar el astil de la pluma, el vicecónsul apoyó el trazo sobre la vitela.

El raspado del ave contra el papel fue el único sonido que quebró el silencio denso del despacho durante tres minutos agónicos.

Al terminar de rubricar con una floritura temblorosa, Fletcher tomó la barra de lacre bermellón de la bandeja de plata.

Con una vela encendida que Silva le arrimó al rostro con ademán burlón, dejó caer una lágrima gruesa y escarlata sobre la juntura del texto y aplastó el sello de bronce con las armas reales con toda la fuerza de su cuerpo agotado.

Alistair examinó el lacre con ojos expertos. El sello era perfecto: nítido, hondo, inatacable ante cualquier letrado de la corte de apelaciones navales.

Tomó el pesado volumen entre sus brazos.

Pesaba cerca de veinte libras, con sus lomos de madera forrados en piel y sus cierres de hierro, pero al sostenerlo contra el pecho sintió que recuperaba de golpe el peso exacto de su propia dignidad.

El recibo duplicado que guardaba en su casaca ya no era un papel huérfano; tenía a su madre nutricia certificada bajo el cuño oficial de la Corona.

Un golpe seco, violento y marcial resonó en la puerta principal del zaguán.

—¡Herr Fletcher! —bramó la voz de von Ranzow desde la callejuela exterior—. ¡Los vigías de la batería dicen que la chalupa pirata ha soltado amarras y rema hacia los bajíos del sur! ¡Abrid de inmediato o echamos abajo el cancel!

Silva soltó a Vance en el suelo con un empujón seco. El comodoro cayó de costado sobre la alfombra, gimiendo de dolor al chocar su brazo fracturado contra el zócalo.

—Se acabó el tiempo de los papeles —dijo Raymond, volviéndose hacia Alistair con una chispa feroz y calculadora brillando en sus pupilas grises—.

Los mercenarios están en el umbral. La chalupa de Evans ha ganado las aguas bajas del acantilado sur, tal como ordenaste.

Si intentamos bajar por el muelle nos cortarán el paso en el espigón.

—Hacia el glacis de San Jerónimo —decretó Alistair, envolviendo el tomo en el lienzo grueso de una cortina que arrancó de la ventana con un tirón firme para preservarlo del agua—.

El túnel del viejo polvorín español cruza bajo la batería y desemboca en la caleta de los pescadores, justo donde los arrecifes impiden el paso a las lanchas del fuerte.

Silva se agachó y agarró a Vance por el cuello de la casaca, poniéndolo en pie de un tirón despiadado que le arrancó otro quejido.

—El comodoro viene con nosotros —dijo Raymond, respondiendo a la mirada interrogante de Alistair antes de que este hablara—.

Si von Ranzow nos alcanza en el sendero abierto antes de llegar al túnel, este perro será nuestro parapeto.

Sus jinetes no dispararán si su paga corre el riesgo de recibir el plomo en la cabeza.

Alistair asintió. No había espacio para la piedad ni para los miramientos legales: estaban en guerra abierta contra un imperio corrompido, y en el tablero del Caribe las piezas no se entregaban hasta el jaque definitivo.

—Por la celosía —ordenó Alistair. Con un movimiento rápido de su mano libre, barrió de la mesa la saca con las doscientas libras de plata que había entregado por la mañana, metiéndola en su faja antes de asegurar el fardo del libro bajo el brazo izquierdo y desenvainar de nuevo la ropera con la diestra—.

¡Rápido, antes de que astillen el portón!

Saltaron de nuevo al patio trasero bajo la sombra del tamarindo en el mismo instante en que la madera del cancel delantero cedía con un estruendo brutal de cerrojos reventados, abriéndose paso hacia las terrazas altas mientras las primeras ráfagas de la tormenta comenzaban a aullar sobre los tejados de San Tomás.