CAPÍTULO 31 La ratonera de Carlota Amalia
El aire pegajoso de las salinas pesaba como una mortaja de plomo caliente. El hedor a brea quemada y agua podrida que subía desde los bajos de la dársena se adhería a las gargantas con cada bocanada corta y contenida.
Alistair mantuvo la espalda pegada a la mampostería agrietada del cobertizo, sintiendo el filo frío y familiar de su espada ropera rozándole el muslo a través del paño de la casaca.
A menos de veinte varas de su escondite, los mercenarios de von Ranzow batían el muelle con metódica insolencia: las conteras de sus sables chocaban contra las duelas de los barriles apilados y los cascos de sus monturas arrancaban esquirlas al empedrado húmedo, maldiciendo en un dialecto flamenco rudo cada vez que un mozo de cuerda no se apartaba con suficiente presteza hacia el lodazal.
Silva no se movía. Su cuerpo era una línea de tensión pura, anclada al suelo con la solidez de una bita de amarre.
Tenía los ojos fijos en la encrucijada donde el callejón de los toneleros quebraba en ángulo recto hacia las terrazas superiores de Carlota Amalia.
La brisa marina, cargada de salitre y bochorno, le pegaba mechones oscuros a la frente, pero su respiración salía lenta, casi imperceptible, calculada para no quebrar el rumor de la marea lamiendo las piedras del cantil.
—La chalupa está condenada —dijo Raymond en un siseo que apenas rozó la oreja de Alistair—. Si Evans intenta sacar los remos ahora, dos de esos jinetes se apostarán en el espigón con las tercerolas cargadas y los cazarán como a patos en un remanso antes de que doblen la boya de estribor.
Alistair bajó la vista hacia el agua turbia del muelle. Podía ver el cabeceo rítmico de la borda de la lancha a sesenta varas, medio oculta bajo la sombra que proyectaba el casco panzudo de una urca holandesa en descarga.
—Evans es perro viejo de la costa de Barlovento —replicó Alistair en el mismo tono bajo y medido—.
Sabe leer la pólvora en el aire. Si escucha un solo disparo o ve casacas verdes cercando la rampa, soltará la amarra de cáñamo y dejará que la resaca lleve la barca hacia los bajíos del sur, donde los caballos no pueden meter las patas sin quebrarse las cuartillas.
El peligro no es la lancha, Silva. El peligro es lo que Vance está haciendo dentro de esa casona mientras nosotros masticamos lodo.
Silva ladeó el rostro hacia él. La sombra de una ceja alzada y la fijeza de sus ojos grises bastaron para formular la pregunta sin necesidad de palabras.
—El libro matriz de la cancillería —continuó Alistair, palpándose con los nudillos el costado interior de su casaca, donde el duplicado del recibo sellado descansaba contra sus costillas—.
Las ordenanzas de Su Majestad son taxativas: todo vicecónsul en plaza neutral está obligado a llevar un tomo en folio mayor con hojas numeradas y cosidas con lino bramante, donde se asienta cada queja, cada flete intervenido y cada causa criminal promovida por súbditos británicos.
Fletcher asentó mi entrega en el folio cuarenta y dos.
Escribió mi nombre, mi graduación de intendente y el resumen de los cargos contra Vance antes de que el comodoro tuviera tiempo de ponerle precio a su silencio.
—Y ese papel que llevas en el pecho es el resguardo —dedujo Silva, entrecerrando los ojos mientras su mano izquierda tanteaba el contorno del estilete oculto bajo la faja.
—Un resguardo que no vale el tizne que lo mancha si en el libro matriz no existe la hoja correspondiente —sentenció Alistair con amarga lucidez—.
Si Vance raspa la tinta o arranca el folio del tomo, cualquier juez civil en Kingston o cualquier comisionado danés en este puerto dirá que yo mismo robé el sello consular de una gaveta para falsificar mi absolución.
Me colgarán como a un falsario común, y la escuadra no descansará hasta pasar a cuchillo a cada hombre de El Vengador para recuperar la plata de la santabárbara.
Silva soltó un bufido sordo, una risotada seca y gutural que vibró contra el maderamen del cobertizo.
—Pues que vengan a buscar la plata —masculló el corsario con una frialdad salvaje que le encendió las pupilas—.
Llevo cuatro años esperando a que la Marina Real me mande a hombres con agallas en lugar de oficiales perfumados que se esconden tras una mesa de caoba.
Pero tienes razón en una cosa, escribano: ese libro no se queda en manos de Fletcher para que le sirva de papel de retrete al comodoro.
—¿Proponéis entrar por la puerta principal? —inquirió Alistair, enarcando una ceja con ironía—. Hay cuatro jinetes con tercerolas patrullando a menos de cincuenta pasos y la guardia danesa del fuerte Christian tiene el puesto de vigilancia a tiro de piedra de la plaza.
—Un lobo no entra en el corral por donde le ponen la trampa —replicó Silva con esa suficiencia indómita que a Alistair le exasperaba y le fascinaba a partes iguales—.
Las casonas de factura danesa en esta ladera se construyen con cimientos de mampostería sobre la roca viva y patios traseros abiertos a las terrazas de cultivo para desaguar las trombas de lluvia.
Si subimos por la zanja de las curtidurías, caeremos sobre la tapia del jardín del consulado sin pisar el empedrado de la calle mayor.
Alistair miró la pendiente empinada que se alzaba a sus espaldas.
Una zanja angosta, por donde discurrían las aguas residuales de los talleres de adobo y las mondaduras de fruta, ascendía entre los muros ciegos de los almacenes hacia las casas altas de Carlota Amalia.
El fango era espeso, rojizo y pestilente, pero el saliente de los tejados de teja curva ofrecía una galería de sombras continua que los resguardaría de la vista de los jinetes de von Ranzow.
—Pagaría diez guineas por ver a un auditor de la Real Armada subir por un albañal para salvar su propia causa —murmuró Alistair con una mueca que intentó ser severa pero que se quebró en una sonrisa cómplice.
—El lodo se quita con agua de mar, intendente —dijo Silva, deslizando sus dedos anchos y cálidos sobre la muñeca de Alistair antes de soltarla para iniciar el avance—. Las cadenas de hierro no.
Se movieron con la disciplina muda de dos sombras nacidas para la guerra de corso.
Silva iba en cabeza, pisando con la ligereza felina de quien ha trepado mil veces por las jarcias de mesana en mitad de un vendaval sin que cruja una sola tabla bajo sus pies descalzos.
Esquivaba los montones de cal viva, las carcasas de cabras podridas y las matas de espino caribeño con movimientos precisos y económicos, indicando a Alistair con leves ademanes de la mano zurda cuándo detenerse y cuándo ganar el siguiente recodo de la tapia.
Alistair lo seguía a menos de una vara, manteniendo la espada sujeta contra el flanco para que la contera metálica de la vaina no golpeara las piedras desprendidas.
El esfuerzo muscular le hacía arder los muslos tras días de confinamiento sobre las tablas del bergantín, y el calor denso de la zanja le empapaba la camisa bajo la casaca de paño, pero su pulso permanecía firme, templado por esa lucidez de hielo que siempre acudía a su rescate cuando la partida se jugaba al filo del abismo.
Alcanzaron la terraza superior tras diez minutos de ascenso agónico.
Frente a ellos, separada del callejón de servicio por un murete bajo de caliza y piedra pómez, se alzaba la parte trasera de la residencia consular británica.
Era un edificio señorial de dos plantas, con muros de un amarillo marchito y contraventanas de celosía verde esmeralda.
El patio interior, sombreado por un tamarindo corpulento cuyas raíces levantaban las losas de barro cocido, estaba desierto.
En el centro, un pozo ciego con brocal de hierro mohoso goteaba con un compás metálico y monótono que acentuaba la sensación de quietud tensa que envolvía la hacienda.
Silva se agazapó tras el murete, barriendo el patio con la mirada antes de volverse hacia Alistair.
—La ventana de la izquierda —susurró el corsario, señalando con la barbilla una balconada baja con las celosías entornadas a ras del suelo—. Da directamente a la biblioteca y al despacho privado donde te recibió esta mañana. Hay luz de candiles dentro, a pesar de que el sol está alto.
Alistair afinó el oído sobre el rumor sordo del viento entre las hojas del tamarindo.
Desde el interior de la estancia se filtraba el eco de una discusión violenta, ahogada por los pesados cortinajes pero inconfundible en su veneno.
—...¡sois un imbécil medroso, Fletcher! —la voz de Percival Vance, aguda, rota por la bilis y cargada de esa histeria aristocrática que brota cuando el suelo tiembla bajo los pies del amo, cruzó los maderos de la celosía con la fuerza de un latigazo—.
¡Os dije que arrancarais el pliego entero, no que os quedarais temblando con el raspador en la mano como una doncella asustada!
—¡No es tan sencillo, comodoro! —se defendía la voz quejumbrosa y nasal del vicecónsul, con un tono que denotaba que el escocés estaba al borde del colapso—.
Los folios están cosidos con tripa de buey y sellados con el timbre seco de la cancillería de Londres en el encabezado.
Si los inspectores de la comisión naval revisan la foliación y ven un hueco entre el folio cuarenta y uno y el cuarenta y tres, sabrán de inmediato que se ha sustraído una causa criminal.
¡Habrá una comisión investigadora! ¡Nos colgarán de la misma verga!
—¡Nadie revisará nada si el bergantín de esos forajidos es reducido a cenizas antes de la medianoche!
—rugió Vance, seguido por el sonido seco de su bastón de plata golpeando con saña el entarimado—.
Von Ranzow ha llevado cincuenta piezas de a ocho al gobernador danés.
En cuanto la marea suba, dos balandras artilladas del fuerte Christian saldrán a cortarles la retirada en la boca del canal.
Thorne y sus piratas serán degollados sin juicio, y Moore...
Moore acabará con una bala en la cabeza en cualquier zanja de este puerto.
¿Quién vendrá entonces a preguntar por un folio arrancado?
¡Raspadlo ahora mismo! ¡O haré que los mercenarios os cuelguen del tamarindo de ese patio antes de que el sol toque el agua!
Alistair sintió que la mandíbula se le tensaba con tal fuerza que le dolieron las muelas del juicio.
La trama de Vance quedaba al descubierto con una nitidez escalofriante: no solo buscaba borrar las huellas de su propia infamia; pretendía utilizar las fuerzas regulares de una potencia extranjera para exterminar a la tripulación entera de El Vengador, lavando su honor con la sangre de sesenta hombres que no tenían más pecado que haber confiado en la palabra de su intendente.
Silva se giró hacia él. En la penumbra verdosa que proyectaban las hojas del tamarindo, el rostro de Raymond no reflejaba sorpresa alguna.
Solo esa sonrisa torva, fría y despiadada que le nacía en las comisuras de los labios cada vez que el combate dejaba de ser una posibilidad y se convertía en una sentencia inapelable.
—Parece que el comodoro tiene prisa por cerrar sus cuentas —murmuró Silva, deslizando el filo de su estilete fuera de la faja con una lentitud deliberada—. ¿Entramos por la celosía y le ayudamos con el balance, señor intendente?
Alistair desenvainó la espada ropera tres pulgadas fuera de la vaina de cuero. El chasquido sordo del acero toledano contra el brocal de latón sonó en el patio como una orden de abordaje.
—El libro matriz debe salir entero de esa habitación, Raymond —dijo Alistair, sosteniéndole la mirada con una serenidad que no admitía vacilaciones—. Y Vance debe aprender que las deudas de honor no se pagan con la plata de los mercenarios.
Silva asintió con un ademán seco de la cabeza, apoyó las manos desnudas sobre la caliza de la tapia y se impulsó hacia el interior del patio con la ligereza mortal de una pantera al acecho.