El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 30 La sombra en el muelle #2
84%

CAPÍTULO 30 La sombra en el muelle #2

Fletcher dio un paso vacilante hacia adelante, tendiendo el legajo atado con la cinta de lino negro.

—Aquí está todo, señor... —balbuceaba el escocés, con la voz ahogada por un terror que le hacía temblar las corvas—.

La confesión que me obligaron a aceptar bajo amenaza de muerte...

las copias de los balances de la tesorería de Barlovento...

y el cuaderno de registro donde ese insolente de Moore me forzó a asentar la causa...

Vance arrancó los papeles de las manos de Fletcher con un zarpazo de su mano sana. Ni siquiera los miró. Con un gesto teatral, cargado de un desprecio que buscaba borrar cuatro años de estafas con un solo movimiento de muñeca, arrojó el fajo de vitela a los pies del caballo de von Ranzow.

—Prendedle fuego, capitán —ordenó el comodoro, clavando la contera de su bastón sobre el centro de los documentos para aplastarlos contra el barro—.

Que no quede un solo jirón de esa sarta de infamias redactadas por amotinados.

La Corona no reconoce autos instruidos por forajidos bajo bandera negra.

Von Ranzow sacó de su faja un pedernal y una mecha fósil protegida en un cuerno de pólvora. Raspó el hierro con un golpe seco. La chispa prendió en el cáñamo aceitado con un chisporroteo brillante; el mercenario acercó la brasa al borde encerado de la orden de masacre de La Furia.

Alistair intentó levantarse. Un impulso visceral, ciego y desesperado por arrojarse sobre el fuego y salvar con sus propias manos la prueba viva de su inocencia le tensó los tendones de las piernas con la fuerza de un resorte quebrado.

Pero el peso de Silva cayó sobre él como un bao de roble.

La mano callosa de Raymond le tapó la boca con una violencia implacable, asfixiando cualquier conato de grito en su garganta, mientras su brazo derecho lo aprisionaba contra la pared del cobertizo con tal presión que el aire se le quedó congelado en los pulmones.

—Quieto, Alistair —le siseó Raymond al oído, con una voz que era puro veneno destilado en hielo—. Si sales ahora, nos cosen a tiros antes de que des tres zancadas y ese perro se sale con la suya. Mírame a los ojos. Mírame.

Alistair luchó por un segundo, sacudiendo la cabeza contra la palma húmeda de Silva, hasta que la mirada gris del corsario lo traspasó de parte a parte.

En las pupilas de Raymond no había pánico, ni resignación, ni la desesperación ciega que nublaba el juicio de Alistair.

Había un abismo frío, una certidumbre asesina que aguardaba su momento exacto como el artillero que espera a que el casco enemigo descienda al seno de la ola para soltar la cureña.

Despacio, Alistair dejó caer los hombros, asintiendo levemente contra la piel áspera de la mano de Raymond.

Silva retiró la palma despacio, pero no se apartó un solo milímetro de su cuerpo.

En el muelle, la llama trepó con voracidad por los pergaminos impregnados de salitre y cera.

El humo denso, blanco y hediondo a lino quemado ascendió en una columna recta bajo el aire pesado del mediodía.

En menos de dos minutos, las firmas de los testigos de Santo Domingo, las cifras de las libras esterlinas robadas a la escuadra y la rúbrica del comodoro que probaba el falso testimonio contra Alistair Moore quedaron reducidas a una costra negra de cenizas que el agua sucia del muelle no tardó en disgregar.

Vance contempló la pira con los ojos entrecerrados, respirando hondo como si el humo de su propia infamia fuera el perfume más exquisito de Londres. Luego se volvió hacia von Ranzow, y su voz recuperó toda la sequedad cortante del oficial de bandera:

—Ese bergantín pirata... El Vengador... sigue fondeado fuera de la barra, esperando el regreso de la chalupa. Moore y el corsario Silva bajaron a tierra con cuatro hombres. No han podido salir de la dársena sin que mis vigías los vieran.

—La rada está vigilada por las lanchas de la Compañía, comodoro —respondió von Ranzow, ajustándose el tahalí de su sable—. Si intentan ganar el agua abierta a golpe de remo, los arponeros daneses les cortarán el paso antes de que alcancen el bajo de las Anguilas.

—No quiero que les corten el paso, capitán —escupió Vance, apoyando todo su peso sobre el bastón de plata mientras señalaba con la barbilla hacia las callejas traseras de los almacenes—.

Quiero sus cabezas. Cien guineas por la del escribano Moore, que se atrevió a poner sus manos de tendero sobre el honor de mi familia.

Y doscientas por ese animal de Silva... pero a ese traédmelo con vida.

Quiero que sienta en sus propias carnes lo que es morir en una jaula de hierro colgada de la batería de Port Royal antes de que termine el mes.

Von Ranzow montó de nuevo en su bayo con un chasquido de riendas, haciendo caracolear el animal hacia sus hombres.

—Dos partidas por el callejón de las curtidurías —ordenó el mercenario a voz en cuello—. Registrad cada taberna, cada burdel y cada cobertizo de brea. Si un solo danés hace preguntas, mostradle el pase de la gobernación. ¡En marcha!

Los jinetes se dispersaron en abanico, haciendo retumbar los cascos contra la mampostería mientras sus siluetas se internaban en la barriada portuaria.

Vance se quedó en la acera del consulado junto a Fletcher, quien no dejaba de secarse la frente con un pañuelo tembloroso.

—¿Y el libro diario, comodoro? —preguntó el escocés en un susurro que la brisa arrastró hasta nuestro escondite—. El folio cuarenta y dos... tiene la anotación de la entrega sellada con el timbre de esta oficina. Si los comisionados de Londres envían una inspección...

—El libro se limpia esta misma tarde, imbécil —le espetó Vance con desprecio, empujando al vicecónsul hacia el interior del zaguán con la contera de su bastón—.

Rasparemos el asiento hasta que no quede rastro de tinta y asentaremos una queja formal por piratería contra el bergantín ante el gobernador von Scholten.

Para cuando termine el día, El Vengador no será más que un nido de forajidos bloqueado por la marina danesa, y nosotros estaremos a bordo del paquebote real con las manos limpias. Entrad y cerrad esa puerta.

La pesada hoja de caoba se cerró con un golpe sordo, dejando el muelle sumido de nuevo en ese silencio denso, aceitoso y sofocante.

Alistair permaneció de rodillas en el barro, con los dedos crispados sobre las losas húmedas.

La garganta le ardía de rabia contenida; sentía como si le hubieran arrancado la piel a tiras por segunda vez en su vida.

La ley, las pruebas, los códigos a los que había consagrado su juventud acababan de ser borrados por un fósforo en manos de un mercenario a sueldo.

—Se acabó, Raymond —dijo Alistair, y su propia voz le sonó extraña, ajena, rota por una desolación amarga que no pudo enmascarar—.

Ya no hay juicio en Londres. No hay corte marcial ni apelación de honor.

Fletcher tiene el libro matriz en su despacho; el recibo duplicado que llevo en la casaca no vale nada si en el registro consular raspann la causa original.

Somos piratas para todo el mundo civilizado.

Una mano caliente, ancha y pesada como una plancha de plomo se posó sobre su nuca.

Silva lo obligó a levantar la cabeza despacio, clavando sus ojos grises en los suyos con una fijeza que no admitía derrota.

No había compasión en el rostro de Raymond; había una ferocidad limpia, despojada de adornos, una fuerza elemental que parecía brotar directamente de las cuadernas de un barco en mitad del temporal.

—Que le den por culo a su mundo civilizado, Alistair —dijo Silva con una voz ronca que vibró en el pecho de ambos—.

¿Acaso creías que un trozo de papel iba a cambiar lo que somos?

¿Ibas a volver a doblar la espalda ante un almirante con peluca empolvada para que te perdonara la vida que ellos mismos te robaron?

Alistair lo miró, desconcertado por la vehemencia del corsario.

—Era mi nombre, Raymond... Mi honor.

—Tu honor está en este maderamen, conmigo —replicó Raymond, y con un movimiento brusco y apasionado tiró de su nuca hacia adelante, juntando las frentes de ambos hasta que Alistair pudo sentir el latido salvaje de las sienes de Silva martilleando contra las suyas—.

Tu nombre lo conocen los sesenta hombres de El Vengador que no tocaron una moneda de plata hasta que tú diste la orden en el combés.

Y ese viejo perro acaba de cometer el mayor error de su miserable vida.

Alistair tragó saliva, sintiendo que el calor de la piel de Raymond le devolvía el aire a los pulmones.

—¿Qué error?

Silva se apartó un palmo, y una sonrisa letal, hermosa en su salvajismo, le iluminó las facciones curtidas.

—Ha dejado el libro matriz dentro de esa casa —susurró el corsario, señalando con la hoja de su estilete hacia la fachada del consulado—.

Y cree que dos hombres que gobernaron una balandra a través de la Aguja Negra van a quedarse escondidos entre barriles de brea esperando a que sus jinetes vengan a degollarlos.

Alistair miró la casona de caoba. Luego miró a Silva: a sus hombros anchos, a su postura de fiera lista para el salto y a esa lealtad inquebrantable que no dependía de ningún rey ni de ninguna corte de justicia.

El funcionario de intendencia murió en ese segundo; el hombre que había navegado bajo bandera negra al lado del Lobo de la Florida tomó su lugar.

—El libro tiene cincuenta folios encuadernados en piel de becerro —dijo Alistair, desenvainando despacio la ropera corta de su costado con un chasquido limpio de acero toledano—.

Si vamos a arrancarlo de ese despacho, necesitaremos que Fletcher siga respirando lo suficiente para que el gobernador danés no pueda ignorar su firma.

Silva soltó una carcajada baja y seca que le retumbó en las costillas.

—Ese es mi intendente —murmuró, deslizándose hacia el extremo del cobertizo con la ligereza de una sombra—. Pégate a mi hombro, Alistair. Vamos a cobrar la última cuenta de tierra antes de que la marea nos cierre el paso.