El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 30 La sombra en el muelle
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CAPÍTULO 30 La sombra en el muelle

La brisa de la rada de Carlota Amalia traía consigo el hedor espeso de las colonias de las Antillas Menores: una mezcla rancia de azúcar de caña fermentando al sol, alquitrán de carena recién quemado en los varaderos y la podredumbre orgánica de los manglares que cerraban la ensenada por el este.

Era un olor que Alistair Moore recordaba con amarga nitidez de sus años en la escuadra, pero que ahora, tras meses de aspirar el salitre puro de la mar abierta y el humo sulfuroso de los combates de El Vengador, se le antojaba un veneno pegajoso que se adhería a la lana de su casaca civil.

El muelle de los almacenes de tabaco de la Compañía Danesa estaba extrañamente desierto para ser media mañana.

Las grúas de madera de guayacán permanecían inmóviles, con sus cabos de cáñamo colgando como ahorcados sobre el agua turbia donde flotaban cáscaras de coco y despojos de cebada.

Apenas unos mozos de cuerda de piel cobriza, cubiertos con sombreros de paja deshilachada, descansaban a la sombra de los aleros de ladrillo, observándonos de reojo con esa indolencia recelosa propia de los puertos libres donde la presencia de forasteros con ropa limpia solía presagiar la llegada de la soga o el embargo de aduanas.

Alistair se ajustó el cartapacio de vitela bajo el brazo izquierdo.

La tela encerada del forro le protegía el costado, pero bajo el paño notaba el peso áspero del duplicado firmado por el vicecónsul Fletcher: un trozo de papel con el sello de cera encarnada que, en teoría, convertía a Percival Vance en un prisionero de Estado de la Corona británica y cancelaba para siempre la mancha de traición que pesaba sobre su propio nombre.

Y sin embargo, la boca del estómago le ardía como si hubiera tragado aguardiente de contrabando sin rebajar.

—Apresuremos la boga, Silva —dijo Alistair en un murmullo que apenas rebasó el vuelo de su cuello desabotonado—.

El viento está rolando al sudeste. Si la bruma baja sobre la bocana de la ensenada antes de que crucemos la línea de fondeo, a Thorne le costará mantener el bergantín a la capa sin meterse bajo el alcance visual de las baterías del fuerte Christian.

A su costado, Raymond Silva no respondió de inmediato.

El corsario se había detenido en seco a dos varas del cantil de piedra donde cabeceaba la chalupa de seis remos.

No miraba la embarcación menuda, donde Evans y tres artilleros veteranos aguardaban con los toletes envueltos en trapos grasientos; miraba hacia las callejas empinadas que ascendían en terrazas escalonadas hacia el caserío blanco de Carlota Amalia.

Tenía la cabeza ladeada, la mandíbula apretada con tanta fuerza que los músculos maseteros se le marcaban como dos nudos de driza bajo la piel tostada, y la mano diestra hundida en la faja de paño pardo, en contacto directo con la empuñadura de guayacán de su estilete de abordaje.

—Demasiado silencio, escribano —murmuró Raymond, y su voz no tenía el tono ronco y burlón de las guardias de noche, sino esa aspereza metálica que le nacía en el pecho cada vez que olía la metralla antes de que se encendiera la mecha—.

Las puertas de la aduana danesa están trancadas por fuera.

En un puerto franco ningún mercader cierra las rejas a las nueve de la mañana a menos que la guardia esté a punto de soltar a los perros.

Alistair clavó la vista en la fachada encalada del edificio de la Compañía. Tenía razón. Las ventanas de la planta baja, donde a esa hora deberían apiñarse los patrones de balandras holandesas para sellar sus cartas de flete, mostraban las celosías atrancadas desde el interior.

Un chasquido sordo, como el golpe de un casquillo de hierro contra una piedra viva, resonó en el callejón de los toneleros.

Luego, el estruendo de cascos de caballo sobre el empedrado.

No era el paso cansino de las mulas de tiro que acarreaban los barriles de melaza hacia las rampas de embarque.

Era un galope tendido, pesado y marcial, de monturas de tiro cruzadas que descendían la cuesta resbaladiza sin preocuparse por los peatones ni por los cajones de fruta que rodaban rotos a su paso.

—¡A la sombra! —rugió Silva en un bufido que murió contra la madera del cobertizo.

Antes de que Alistair pudiera desenvainar la ropera corta que llevaba disimulada bajo los faldones, el brazo izquierdo de Raymond lo atrapó por el pecho como una verga de trinquete cayendo en banda.

La fuerza del corsario lo levantó casi en vilo, empujándolo con violencia calculada hacia el espacio angosto y pestilente que mediaba entre dos hileras de pipas de brea destapadas y la pared ciega de un secadero de cueros.

Alistair cayó sobre una rodilla, amortiguando el golpe con la mano desnuda en un charco de agua salobre y virutas de madera podrida.

La casaca se le empapó de lodo negruzco, pero su primer instinto reflejo fue doblar el brazo izquierdo sobre las costillas para proteger el cartapacio encerado contra su propio vientre.

Silva se agazapó sobre él, cubriéndolo con la mole de sus espaldas como una muralla de carne y músculo caliente.

El pecho del renegado subía y bajaba con un ritmo pesado y constante; olía a salitre seco, al sudor limpio de la boga reciente y a ese calor animal que a Alistair se le había grabado en la piel durante la noche en el jergón de popa.

—Ni un parpadeo —siseó Raymond junto a su sien, con los labios tan pegados a sus cabellos que Alistair sintió el roce áspero de su barba incipiente—. Vienen con hierro largo.

A través del intersticio que dejaban las duelas hinchadas de los barriles de brea, Alistair pudo dominar el cantil del muelle.

Cuatro jinetes montados en caballos bayos de patas gruesas frenaron en seco a menos de quince pasos de la orilla, haciendo patinar los cascos sobre el lodo grasiento del muelle.

Vestían casacas de paño verde esmeralda con vueltas negras, calzones de cuero crudo y botas altas embreadas hasta la rodilla: el uniforme característico de los jinetes mercenarios de San Eustaquio, veteranos de las guerras del bajo Rin y despojos de las compañías holandesas que vendían su pólvora al mejor postor entre las islas neutrales.

Cada hombre llevaba una tercerola de caballería terciada sobre el pecho y un sable de hoja ancha golpeándole el flanco del animal.

Al frente de la partida cabalgaba un oficial menudo, de hombros caídos y rostro picado de viruela antigua, que lucía un tricornio sin galón calado hasta las cejas y una casaca descolorida que debió de pertenecer a la infantería prusiana antes de recalar en las tabernas de las Antillas.

El oficial hizo caracolear su montura frente a la casona consular británica, levantó la contera de su fusta de cuero de manatí y aporreó el maderamen de caoba de la puerta principal con una furia desmedida.

—¡Fletcher! —bramó el hombre en un inglés que masticaba las consonantes con la aspereza gutural de los puertos del Báltico—. ¡Abrid de una maldita vez por orden de la Compañía de Barlovento! ¡Tenemos despacho perentorio de Kingston y el sello del gobernador en el bolso!

Alistair contuvo la respiración, sintiendo cómo los dedos de Silva se hundían en la lana de su hombro derecho con una advertencia muda.

La puerta de caoba, la misma que apenas media hora antes se había cerrado tras su espalda con la dignidad fingida de un tribunal de honor, giró sobre sus goznes con una prisa servil que no requirió un segundo golpe.

En el zaguán apareció el vicecónsul Archibald Fletcher.

Pero el escocés altivo y desdeñoso que había regateado el flete judicial y examinado con desprecio los folios de intendencia había desaparecido.

Tenía la peluca blanca torcida, dejando al descubierto una sien sudorosa salpicada de manchas de vejez; la casaca de paño burdeos colgaba desabrochada sobre una camisa arrugada que mostraba la flacidez de su pecho, y en sus manos huesudas sostenía, como si fuera una brasa ardiendo, el fajo de pergaminos lacrados que Alistair le había confiado para su envío a Portsmouth.

Detrás de Fletcher no había alguaciles daneses ni criados de librea.

Emergiendo de la penumbra del zaguán con la lentitud arrogante de quien camina sobre su propia cubierta, apareció el comodoro Percival Vance.

Alistair sintió que el suelo de Carlota Amalia se abría bajo sus botas. La sangre se le retiró del rostro con tal violencia que un zumbido agudo le taladró los oídos.

Vance ya no era el despojo humano que sollozaba de rodillas en la sentina de El Vengador ni el anciano quebrado que se arrastraba entre las bancadas de la chalupa.

Alguien le había proporcionado una casaca de oficial de reemplazo —un paño azul oscuro sin entorchados pero de corte impecable— y un pañuelo de seda limpia ceñido al cuello que tapaba casi por completo la incisión superficial que la punta de la toledana de Alistair le había dibujado en la nuez.

Caminaba encorvado, apoyando con dificultad su peso en un bastón de paseo con puño de plata maciza para aliviar el entumecimiento de sus piernas.

En su semblante cadavérico, amarillento por los accesos de bilis y la fiebre de la humillación, ardía una sonrisa torcida, viscosa y triunfante que destilaba un veneno más peligroso que una andanada a quemarropa.

—Puntuales, capitán von Ranzow —dijo Vance con esa voz atiplada y cantarína que Alistair había aprendido a odiar en los consejos de guerra de Port Royal—. Temía que las corrientes del canal hubieran demorado vuestra goleta en San Martín.

El oficial mercenario escupió una hebra de tabaco negro sobre las losas del muelle y descabalgó de un salto elástico, haciendo tintinear las espuelas de hierro contra el empedrado.

—Las corrientes no demoran a quien cobra cincuenta piezas de a ocho por adelantado, comodoro —replicó von Ranzow con un chasquido de dientes—. ¿Dónde está la documentación que esos bastardos pretendían hacer llegar a la cancillería danesa?