El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 29 El espejismo de la paz
78%

CAPÍTULO 29 El espejismo de la paz

El descenso por el callejón de los toneleros se hizo con una ligereza que mis piernas no recordaban.

Tras meses cargando con el oprobio de un consejo de guerra amañado, el peso del mundo parecía haberse quedado sobre la mesa de caoba de Archibald Fletcher, reducido a un asiento formal y a un duplicado sellado que reposaba contra mi pecho.

El aire de Carlota Amalia seguía siendo caliente y pegajoso, impregnado de ese olor rancio a melaza fermentando al sol y brea recalentada en los varaderos; pero ahora, al respirarlo, ya no sentía la opresión del prófugo.

Silva caminaba a mi costado, acompasando su zancada a la mía.

Se había desabrochado la casaca basta de paisano, dejando que la brisa del canal le secara el sudor del cuello.

En su semblante curtido ya no asomaba la crispación asesina que lo había acompañado desde que divisamos el gallardete de Vance; la mandíbula se le había destensado y sus ojos grises recorrían las fachadas encaladas de la villa con una indiferencia casi perezosa.

Al doblar la última esquina antes de la explanada de los almacenes de tabaco, Raymond rozó mi hombro con el suyo.

—Caminas como si acabaras de heredar una flota entera, escribano —murmuró con una media sonrisa áspera, de esas que le nacían despacio en la comisura de los labios.

—Camino como un hombre al que la ley ha dejado de deberle explicaciones, señor Silva —respondí, mirándolo de reojo sin poder evitar que una sonrisa breve y franca me suavizara el gesto—. Aunque dudo que vos entendáis el alivio de tener un papel en regla.

Silva soltó un bufido sordo, casi una risa baja que vibró en su pecho.

—He vivido treinta años sin papeles en regla, Moore, y te aseguro que se duerme mucho mejor cuando no esperas nada de la firma de un juez. Pero reconozco que ver a ese viejo arrastrarse por la alfombra valía cada milla náutica que hemos navegado para llegar a este puerto.

—Valía la pena —concedí en voz baja, llevando la mano derecha al costado para palpar el relieve rígido del lacre consular bajo el paño de mi casaca—. Vance rendirá cuentas ante sus propios pares en Whitehall. No habrá gloria ni honores para él cuando el paquebote atraque en Portsmouth.

—Y nosotros estaremos a cien leguas de aquí antes de que el correo cruce la barra —añadió Raymond, deteniendo el paso un instante al llegar al linde de los tinglados de madera—. Con la bodega llena de plata limpia, sesenta hombres leales y un bergantín que vuela con el viento de popa.

Sus ojos se clavaron en los míos. En mitad de aquel callejón mugriento, rodeados por el zumbido de las moscas y el eco distante de los astilleros daneses, la distancia entre el oficial de marina y el corsario renegado terminó de desvanecerse.

Raymond estiró la mano despacio, sin apresuramiento, y me sujetó los dedos con un apretón firme, cálido y áspero, una presa silenciosa que duró apenas tres latidos pero que selló entre ambos una soberanía que ningún rey podría revocar.

—Nuestro barco nos espera, Alistair —dijo con esa voz bronca y templada que me sosegaba el pulso.

—Vamos a bordo —respondí, devolviéndole la presión antes de soltar su mano al enfilar la rampa del muelle.

El muelle de los almacenes de tabaco de la Compañía Danesa se abría frente a nosotros, extrañamente silencioso bajo la luz cenicienta del mediodía.

Apenas cincuenta pasos nos separaban del cantil de piedra donde Evans y los artilleros mantenían la chalupa al abrigo de los pilotes de madera, lista para recibirnos y bogar hacia El Vengador, que cabeceaba a dos millas de la bocana con las velas cargadas a la espera de la señal.

Silva y yo aceleramos el paso sobre el empedrado grasiento, dispuestos a desatar la amarra de cáñamo y dejar atrás la tierra firme para siempre.

Pero la calma de San Tomás duró exactamente lo que tardamos en alcanzar la sombra del primer cobertizo de brea.

A nuestras espaldas, en lo alto de la cuesta que descendía del consulado, un chasquido metálico de herraduras contra las lajas vivas quebró de golpe el sopor del puerto. Un galope tendido, furioso y desbocado, bajaba arrasando los cajones del mercado en dirección directa hacia el muelle.