CAPÍTULO 28 El despacho de Su Majestad
La aldaba de latón de la residencia consular tenía la forma de un león británico carcomido por el salitre caribeño. Dejé caer la pieza contra el maderamen de caoba tres veces, marcando una cadencia espaciada y seca, sin esa prisa delatadora que suele delatar a los fugitivos.
A mi flanco, Raymond cubría la mitad del callejón con su sola presencia.
Mantenía la mano derecha dentro del bolsillo de su casaca, aferrando la empuñadura de su estilete; con la izquierda sujetaba a Vance por el codo con una tenaza que no admitía zafadura, disimulada bajo el paño pardo del capote que envolvía al anciano.
Vance apenas levantaba los pies; el castañeteo de sus dientes era el único sonido que salía de su figura encorvada.
Una rendija se abrió en la mirilla enrejada de hierro dulce. Un criado de librea deslucida, con botones de estaño manchados de verdín, nos miró con recelo desde la penumbra interior.
—El consulado no abre audiencia a patrones de goletas hasta el mediodía —soltó en un inglés perezoso.
—Abrid ahora mismo —ordené, bajando el tono lo justo para imprimirle esa sequedad reglamentaria que los empleados de la Corona aprenden a temer desde su primer destino—.
Despacho de instrucción perentoria de la escuadra de Barlovento para el señor vicecónsul Archibald Fletcher.
Si hacéis esperar este expediente tres minutos más sobre el empedrado, responderéis de la demora ante el gobernador de Jamaica.
El criado parpadeó, desconcertado por el timbre de mando saliendo de un hombre vestido con casaca sin insignias. El cerrojo interior rechinó y la pesada hoja de caoba giró sobre goznes bien aceitados.
Nos condujo por un zaguán umbrío con suelo de baldosas rojas enceradas que olía a alcanfor, humedad y té frío, hasta una sala amplia protegida del bochorno por persianas venecianas de color verde oliva.
Tras un escritorio macizo de caoba antillana, abarrotado de cartapacios atados con liza bramante, pólizas de flete y un atril donde descansaba un tomo de registro encuadernado en becerro rígido, un hombre enjuto de unos cincuenta años levantó la cabeza con visible fastidio.
Archibald Fletcher tenía la casaca de paño burdeos desabrochada por el cuello y una peluca empolvada torcida sobre las sienes, revelando mechones ralos y grises.
Sostenía un raspador de pluma en la diestra.
Sus ojos pequeños y acuosos se clavaron en mí, pasaron con recelo a la complexión hosca de Silva y se detuvieron en la silueta maltrecha que Raymond sostenía por el hombro.
—¿Quién demonios os ha franqueado el paso sin anuncio? —bufó el escocés, arrojando el raspador sobre la mesa—. Si sois patrones de cabotaje reclamando por los aranceles de anclaje daneses, os habéis equivocado de puerta. Este viceconsulado no interviene en litigios de aduanas extranjeras.
Avancé dos pasos por la alfombra gastada y me planté al otro lado del escritorio. Desabroché los dos botones superiores de mi casaca y extraje el legajo protegido por la envoltura encerada, atado con la cinta de lino negro.
—No venimos por aranceles, señor Fletcher —dije con calma, depositando el cartapacio sobre el papel secante del escritorio con un golpe sordo—.
Comparezco como intendente naval para hacer entrega de autos por malversación agravada de caudales de la Marina Real, falsificación de libros matrices y masacre sumaria en las costas de Santo Domingo.
Fletcher enarcó una ceja canosa, mirándome con un desprecio teñido de incredulidad.
—¿Causa criminal? ¿Y quién sois vos para instruir sumarios en una plaza neutral con esa indumentaria de peón de bodega?
—Mirad el lacre, señor vicecónsul.
Fletcher bajó la vista despacio. Sus dedos largos, manchados de tinta ferrogálica en la yema del índice, rozaron la cera bermellón partida, reconociendo el cuño menor del Almirantazgo y la divisa personal de la división de Jamaica.
El gesto altivo del funcionario se quebró en una mueca de desconcierto.
—Este es el sello del comodoro Vance... ¿De dónde habéis sacado un despacho de su secretaría privada?
Silva no le dio tiempo a elucubrar.
Con un tirón firme y desprovisto de miramientos, Raymond despojó a Vance del capote pardo y lo empujó hacia el centro de la estancia.
El anciano trastabilló sobre las losas y cayó de rodillas junto al escritorio, apoyando ambas manos temblorosas sobre el zócalo de madera para no dar de bruces contra la alfombra.
Fletcher se puso en pie de golpe, derribando una arenilla de estaño que rodó por el piso desparramando polvo secante.
—¡Por el cielo santo! —exclamó el vicecónsul, llevándose una mano al pecho mientras las mejillas se le teñían de ceniza—. ¿Comodoro...? ¿Vance?
El prisionero no alzó el rostro. Mantenía la cabeza gacha, dejando ver el cuero cabelludo manchado de hollín y la barba cenicienta que le cubría las mejillas; los hombros le temblaban en espasmos secos, consumido por la vergüenza de verse reducido a esa condición ante un hombre al que durante años había tratado como a un escribiente de tercera clase.
—Archibald... —la voz de Vance apenas fue un hilo pastoso que no logró superar el zumbido de las moscas en el alféizar—. No permitáis... que estos forajidos me asesinen en esta plaza...
Fletcher miraba alternativamente al comodoro postrado y a nosotros dos, incapaz de ordenar sus pensamientos.
—¿Qué infamia es esta? —preguntó el vicecónsul en un susurro entrecortado—. Las gacetas de Kingston informaban que la fragata Cerberus batía los canales de barlovento para limpiar la derrota de nidos piratas...
—La fragata Cerberus quedó encallada y destripada en los arrecifes de la Aguja Negra, señor vicecónsul —sentencié, desplegando ante sus ojos el primer folio de la declaración jurada—.
Y este pliego contiene la confesión circunstanciada del comodoro Percival Vance, firmada y sellada por su propia mano.
En ella reconoce haber desviado más de doce mil libras esterlinas de los almacenes de Port Royal hacia letras de cambio en Ámsterdam, haber falseado los balances de intendencia imputando las pérdidas a oficiales inocentes a los que condenó sin pruebas, y haber ordenado la quema con fuego griego de la balandra La Furia con toda su tripulación rendida para justificar la falta de pólvora ante la Cámara de los Comunes.
Fletcher apoyó ambas manos sobre la mesa y devoró las cláusulas con la respiración contenida.
A medida que sus ojos repasaban los nombres de los banqueros holandeses y las órdenes de embarque adulteradas, la alarma inicial en su semblante fue mutando en una frialdad distinta: el cálculo meticuloso del funcionario postergado que descubre en sus manos el hierro exacto para descabezar a sus enemigos en Londres.
—Esto compromete a media secretaría naval en Whitehall... —murmuró el escocés, pasando el folio con un dedo que apenas temblaba—. No habrá almirante que se atreva a firmar una orden de amparo para tapar este desfalco sin arriesgarse a ser arrastrado al patíbulo en Westminster.
Metí la mano bajo la solapa de mi casaca y saqué la saca de lona gruesa con las doscientas libras en plata acuñada confiscadas del camarote de Vance. La deposité sobre la caoba con un repiqueteo metálico que resonó en todo el despacho.
—Doscientas libras de curso legal para fletar un correo reservado en el primer paquebote danés que zarpe hacia Portsmouth con la correspondencia de mediodía —añadí, manteniendo la mirada fija en los ojos acuosos del escocés—.
Y aquí tenéis el cuaderno para asentar la entrega.
El reo queda bajo vuestra custodia civil en calidad de prisionero de Estado hasta la llegada del transporte de la Armada.
Si Vance sale de esta residencia sin escolta o intentáis ocultar estos pliegos, una copia idéntica rubricada ante notario será depositada en la cancillería danesa y en el consulado de las Provincias Unidas antes de la puesta de sol.
Fletcher me miró con una mezcla de respeto forzado y codicia mal disimulada. Miró la saca de plata, luego los folios de vitela y, finalmente, al anciano que seguía de rodillas a sus pies sollozando en silencio.
—El reo no saldrá de Carlota Amalia sin grillos —respondió Fletcher con voz templada, cuadrando los hombros tras su mesa—.
Quedará recluido en las dependencias bajas del consulado bajo guardia de milicia hasta que formalice el traspaso ante el gobernador danés von Scholten.
La Corona sabrá valorar la restitución de estos balances, quienquiera que seáis.
—La Corona ya cobró bastante de nuestras espaldas, Fletcher —intervino Silva desde la puerta, con esa voz áspera que sonó como un aviso de tempestad en la estancia cerrada—. Ocupaos de que ese perro llegue vivo a Inglaterra para que los suyos le midan el pescuezo.
Fletcher tomó el libro matriz de su atril, abrió en el folio cuarenta y dos y mojó la pluma en el tintero de peltre.
Con trazo anguloso y rápido, asentó la entrega formal de la causa, espolvoreó arenilla para secar la tinta, estampó el sello oval de latón del consulado y redactó el duplicado de resguardo que me entregó al otro lado de la mesa.
Tomé el recibo oficial, comprobé la fecha y la rúbrica y lo doblé en cuatro, guardándolo en el bolsillo interior de mi casaca junto al pecho.
Miré a Vance una última vez. El hombre que había quebrado mi carrera y destruido mi buen nombre yacía encogido sobre la alfombra raída, con la casaca sucia y la vista perdida en el suelo, aguardando el inicio de su ruina pública.
No sentí furia ni júbilo; solo esa calma firme y limpia que queda tras cerrar una cuenta pendiente sin deberle un solo chelín a nadie.
—Vámonos, Raymond —dije.
Dimos media vuelta y cruzamos el zaguán con paso uniforme. Al abrir el cancel de caoba, la luz blanca y vertical del mediodía caribeño nos recibió de golpe, templando la lana de nuestras ropas.
Silva me tomó del antebrazo al poner pie en el empedrado del callejón, obligándome a acortar la zancada. Sus facciones duras se habían destensado, y en su mirada gris brillaba esa chispa chúcara que solo aparecía cuando ganábamos mar abierto.
—Se acabó el papel sellado, Alistair —dijo en un murmullo bajo—. La tierra ya no te debe nada.
—Nada —respondí, sintiendo el aire del canal llenarme los pulmones con una ligereza que no recordaba haber sentido jamás—. Vamos al muelle. La chalupa nos espera.
Apresuramos el paso callejón abajo hacia el espigón de la Compañía Danesa, dispuestos a dejar atrás los muros de la colonia para regresar a nuestro navío.