El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 27 Tierra neutral
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CAPÍTULO 27 Tierra neutral

El perfil escarpado de las colinas de San Tomás emergió de la bruma del sexto amanecer con la forma de un lomo oscuro tendido sobre el agua mansa.

En la bahía de Carlota Amalia, al resguardo de las baterías de tierra del fuerte Christian, reposaba una docena de navíos de toda laya y calado: mercantes daneses de panzudo casco de pino, una urca holandesa cargada de azúcar hasta la regala y un par de goletas sin pabellón reconocible que cargaban aguardiente al amparo de las leyes de puerto franco decretadas por Copenhague.

Para El Vengador, San Tomás no era un apostadero para la rapiña, sino el único rincón de las Antillas Menores donde el tintineo de la plata pesaba más que las proclamas de la Marina Real británica.

Thorne mandó cargar las velas mayores y dejar al bergantín cabeceando a la capa a dos millas largas de la bocana, fuera del alcance visual de los vigías del castillo y de cualquier patrulla costera.

No íbamos a meter un buque corsario armado con dieciséis bocas de fuego en la dársena interior; el trámite de nuestra redención exigía la discreción de una barca menuda y ropa sin señas.

Descendí a la bodega de popa llevando bajo el brazo el hatillo que había rescatado de los baúles de oficiales: una casaca de paño pardo sin botones de latón ni galón militar, calzón oscuro de lana basta y una camisa de hilo crudo sin chorrera.

En el calabozo ciego, Vance ya no conservaba sombra alguna del comodoro que gobernaba los consejos de guerra de Port Royal.

Dos días de travesía en la penumbra, alimentado con bizcocho rancio y agua racionada a cuartillo por guardia, habían pulverizado los restos de su soberbia.

Tenía las mejillas hundidas, una barba grisácea de varios días cubriéndole la mandíbula y los ojos vidriosos por un acceso de tercianas.

Al escuchar mis pasos sobre la tablazón mojada, levantó la cabeza con un sobresalto que hizo sonar las cadenas con un tintineo sordo.

Raymond Silva esperaba de pie junto al mamparo, con un hombro apoyado en la cuaderna y la vista fija en el prisionero.

Se había calzado unas botas de cuero flexible y llevaba al cinto únicamente un estilete de hoja corta oculto bajo la faja de lana, además de una pistola de arzón descargada por si los guardias de la aduana se mostraban impertinentes.

—Poneos esto, señor Vance —dije, arrojándole las prendas sobre las rodillas—.

No pisaréis el muelle danés con la casaca azul de la escuadra.

Los alguaciles del puerto tienen ojo clínico para el contrabando de ron, pero no repararán en un anciano enfermo conducido por dos marineros hacia una pensión de la villa.

Vance recogió el paño con dedos agarrotados, maldiciendo en un murmullo mientras pugnaba por ponerse en pie. El hierro raspó la madera cuando Silva introdujo la llave en el candado y liberó los grilletes de sus tobillos.

—Si intentáis gritar o apartaros de nuestro paso en el cantil —advirtió Raymond con voz pausada, clavándole dos dedos en la nuca al incorporarlo—, la corte de Londres os ahorrará el viaje. Este estilete no hace ruido al entrar entre las costillas. ¿Ha quedado claro?

El comodoro tragó saliva y asintió en silencio, con la mirada clavada en las grietas del piso.

Subimos a cubierta por la escala del sollado.

El aire exterior, denso y cargado de emanaciones a café verde, resina de pino y fango caliente, nos cayó encima con la pesadez de una toalla húmeda.

En la aleta de babor, la chalupa de seis remos cabeceaba amarrada al costado, con Evans y tres artilleros veteranos listos en las bancadas, todos vestidos con camisas raídas de marineros de cabotaje.

El capitán Thorne nos aguardaba junto a la escala de gato. Tomó el pliego encerado donde reposaban la confesión jurada y la orden de masacre de La Furia, comprobó que los sellos de lacre permanecían firmes y me lo devolvió con un movimiento seco de cabeza.

—El vicecónsul de Su Majestad en Carlota Amalia se llama Archibald Fletcher —dijo Thorne en un murmullo, cuidando de que la voz no se extendiera hacia el combés—.

Es un escocés resentido al que Vance postergó en tres ocasiones en Jamaica por no tener sangre noble.

Si le ponéis ese cartapacio sobre la mesa junto a doscientas libras en plata del comodoro para cubrir el despacho extraordinario, ese expediente saldrá en el primer paquebote danés hacia Portsmouth antes de que caiga la noche.

—Fletcher no desperdiciará la oportunidad de cobrarse diez años de humillaciones —respondí, asegurando el legajo en el bolsillo interior de mi casaca, pegado a las costillas—. Me aseguraré de que firme el recibo con fe pública antes de soltar a Vance.

—Llevad cuidado en ese muelle, Moore. Y tú, Silva... vigila las espaldas del escribano. Si veis casacas rojas o guardias con tercerolas amartilladas, no esperéis a parlamentar: volved al agua de inmediato.

Raymond sonrió con esa media mueca fría que le asomaba cada vez que olía la pólvora de cerca.

—Descuide, capitán. El intendente regresa a bordo con el recibo o esta noche no queda un solo almacén en pie en esa bahía.

Descendimos a la chalupa. Acomodamos a Vance en el fondo del bote, tendido entre las bancadas centrales bajo una vela vieja de trinquete que lo tapaba hasta el cuello para disimular su figura ante los patrones de pesca.

Los marineros hundieron las palas en el agua con una cadencia sorda; los toletes, envueltos en trapos de lana empapados en sebo, apenas despidieron un chasquido apagado.

La lancha cortó las aguas mansas de la rada, dejando atrás la silueta imponente de El Vengador para colarse entre los bajos que cerraban el fondeadero exterior.

El trayecto duró media hora larga de silencio contenido.

A medida que nos aproximábamos a las terrazas de Carlota Amalia, el rumor de tierra firme fue creciendo sobre el chapoteo de los remos: el tañido monótono de una campana de iglesia, los gritos de los arrieros arreando mulas cargadas de fardos de añil y el eco distante de los carpinteros calafateando una balandra en los varaderos del este.

Para mí, volver a respirar el polvo seco de una villa colonial después de meses de brea, salitre y combates navales suponía una sensación extraña, casi violenta; era pisar de nuevo los límites de ese orden civil que me había arrancado los galones y condenado al destierro.

Metimos la proa en un rincón apartado del muelle sur, al pie de los almacenes de tabaco de la Compañía Danesa de las Indias Occidentales.

Las aguas aquí eran oscuras y aceitosas, estancadas entre pilotes de madera cubiertos de verdín, con un hedor agrio a melaza fermentada y fango podrido que nos servía de pantalla contra las miradas de los empleados de aduanas.

Silva saltó el primero al cantil de piedra, afirmando las botas en el verdín resbaladizo, y me tendió el brazo derecho. Al sujetar su muñeca para subir, la solidez de su pulso templó de golpe la inquietud que amenazaba con entumecerme los hombros.

Con un tirón seco del capote, Raymond obligó a Vance a ponerse en pie en la chalupa y lo izó hasta el muelle con la facilidad con que se maneja un fardo de jarcia vieja.

El comodoro trastabilló al pisar tierra firme, encorvado, arrastrando las piernas como si los grilletes que le habíamos retirado en la bodega siguieran pesándole en los tobillos.

—Dos hombres se quedan a las palas con el bote aproado hacia el canal —ordené a Evans en voz baja—. Si en media hora no hemos bajado por esta rampa, soltáis amarras y dais aviso a Thorne de que la plaza está cerrada.

—A la orden, señor Moore —masculló el condestable, acomodando el machete bajo el banco.

Nos internamos por el callejón de los toneleros.

La cuesta empedrada, flanqueada por muros de caliza agrietada y canaletas de desagüe donde los cerdos hozaban entre mondaduras de fruta, ascendía directamente hacia la residencia consular británica: una casona de dos plantas con contraventanas de celosía verde esmeralda y alero de teja curva, situada a menos de doscientos pasos del glacis del fuerte Christian.

Vance caminaba en medio de los dos, cabizbajo, con el cuello de la camisa húmedo de sudor frío y la mirada clavada en las lajas del camino, reducido a un despojo mudo que ya no reconocía la autoridad de su propio nombre.

A mi flanco, Silva avanzaba con paso elástico y pausado, manteniendo la mano derecha hundida bajo el paño pardo de su faja, atento al menor movimiento tras las celosías de las tabernas.

No cruzamos una sola palabra en la subida, pero el compás parejo de nuestras pisadas sobre el empedrado bastaba para sostenernos: dos hombres despojados de patria que subían a liquidar la última deuda de un imperio antes de volver a perderse en el mar.