El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 26 El rumbo de la lealtad
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CAPÍTULO 26 El rumbo de la lealtad

Subir a cubierta fue recibir un bautismo de luz y viento limpio.

El sol de media mañana reverberaba sobre las olas del canal de Barlovento, encendiendo las aguas en un azul zafiro tan puro que dolía en los ojos tras la lobreguez de la sentina.

Las gavias de El Vengador, hinchadas por un alisio constante del este-nordeste, impulsaban el casco a siete nudos constantes, dejando atrás la silueta desvanecida de los cayos.

En el combés, la resaca de la noche de jarana había dado paso a la rutina marinera.

Los artilleros baldeaban la tablazón con vinagre y salmuera para borrar las manchas de ron; dos carpinteros cepillaban un tramo de regala astillado por el cañonazo de la víspera, y en la proa, un trío de gavieros remendaba una gavia vieja con aguja curva e hilo alquitranado.

Cuando Silva y yo alcanzamos el alcázar, el capitán Thorne nos aguardaba apoyado en la bitácora, fumando en pipa de caolín con ademán pensativo. Miró el cartapacio de vitela bajo mi brazo, luego la serenidad desacostumbrada en el rostro de Raymond, y soltó una bocanada de humo azulado.

—¿Habló la rata? —preguntó el viejo corsario sin rodeos.

—Firmó hasta la última línea —contesté, palmeando el cuero del legajo—. Asentó nombres, bancos de Ámsterdam, fechas de desvíos de pertrechos de la escuadra y la orden de quema de La Furia. Con el sello del Almirantazgo en el lacre, este pliego tiene más peso que un cañón de a veinticuatro.

Thorne soltó un gruñido satisfecho, golpeando el borde de la cazoleta de la pipa contra la batayola para vaciar las cenizas.

—Ese legajo nos compra la inmunidad en cualquier puerto que no baile al son de la Corona. Podríamos venderlo a los holandeses de San Eustaquio o a los franceses de Martinica por una suma que doblaría el botín de la santabárbara.

Silva dio un paso adelante, cruzándose de brazos con esa actitud suya, a un tiempo relajada y alerta, que reclamaba el espacio sin pedir permiso.

—El trato con Vance no incluía mercadear con su carroña, capitán. Si entregamos ese papel a una cancillería extranjera, el Almirantazgo lo enterrará bajo secreto de Estado y Vance acabará sus días retirado en una plantación de Virginia con un indulto negociado bajo mano.

—Silva tiene razón —añadí, encontrando la mirada interrogante de Thorne—.

Para que la purga sea real, el documento debe entrar directamente por la puerta de Whitehall, a la mesa de los jueces civiles de la corte de apelaciones navales.

Hay un cónsul británico en la isla neutral de San Tomás que responde a los enemigos políticos de Vance en el Parlamento.

Si desembarcamos a Vance allí junto al pliego lacrado, no habrá dinero suficiente en Jamaica para tapar el escándalo.

Thorne me observó durante unos segundos con la perspicacia de quien ha visto a cien letrados intentar engañar a la horca. Luego sonrió con esa mueca torva y socarrona que dejaba ver un colmillo de plata.

—Habláis como un hombre de leyes que no ha olvidado cómo se daña a un imperio desde dentro, señor intendente. —El capitán se volvió hacia el timonel—. ¡Meted dos cuartas al norte! Rumbo a San Tomás por el paso de Anegada. Cumpliremos con la carta partida.

—A la orden, capitán —respondió el timonel, girando las cabillas.

Thorne se guardó la pipa en la faltriquera y nos miró a ambos con una severidad teñida de respeto.

—Una vez que soltemos a ese perro en la playa danesa y cobremos los pertrechos limpios... ¿qué haréis vosotros dos? El código os reserva vuestro tercio de botín. Podéis bajar a tierra, comprar una goleta de cabotaje o perderos en las colonias del norte con los bolsillos llenos de plata amonedada.

La pregunta flotó en el aire salobre, pesada y cargada de una trascendencia que ninguno de los dos había querido verbalizar.

Era la encrucijada definitiva. Cuatro años de destierro y persecución quedaban zanjados con la confesión de Vance; las deudas del pasado estaban pagadas y el dinero acumulado en las sacas de la bodega bastaba para comprar una vida tranquila, anónima y respetable en cualquier rincón del Nuevo Mundo donde nadie preguntara por uniformes desgarrados ni marcas de azote.

Miré hacia el este, donde la línea azul del horizonte se fundía con un cielo limpio de nubes.

Por primera vez, la perspectiva de una existencia civilizada me provocó una extraña frialdad en el pecho; una sensación de vacío estéril comparable a la de un libro de cuentas con todas las páginas en blanco.

Sentí el calor de Silva antes de que hablara.

Raymond se había desplazado medio paso hacia mi derecha, acortando la distancia hasta que su manga de lino pardo rozó la lana de mi casaca. No me miraba a mí: miraba la proa del bergantín hendiendo las aguas con una insolencia majestuosa.

—Yo ya tengo barco, capitán —dijo Silva con una voz tranquila, profunda, que no admitía réplica ni asomo de duda—. El Vengador necesita quien le gobierne la rueda cuando el tiempo se cierre en banda, y dudo mucho que encontréis a otro timonel que os saque de un arrecife con las cuadernas enteras.

Thorne asintió lentamente, como si no hubiera esperado otra respuesta del renegado. Luego sus ojos se clavaron en mí, esperando la sentencia del funcionario.

Me giré despacio para mirar a Silva. Sus ojos grises se cruzaron con los míos: limpios, fieros, desprovistos de exigencias pero cargados de una certeza tan serena que sentí una sacudida dulce y definitiva afianzarse en el centro de mis costillas.

Recordé sus manos vendadas sobre las mías en el arrecife, la aspereza de su boca en la oscuridad de la cámara y la forma en que su cuerpo se había convertido en mi único puerto seguro.

El mundo de los tribunales, los sellos de lacre y las apariencias almidonadas ya no tenía nada que ofrecerme.

Mi honor no dependía del perdón de un rey que ahorcaba inocentes para tapar a sus ladrones; mi honor estaba anclado a este maderamen, a esta dotación de forajidos que me llamaban camarada y, por encima de todo, al hombre que tenía a mi lado.

Alcé la cabeza y sostuve la mirada del capitán.

—Un bergantín que pretende desafiar al Caribe necesita que alguien vigile la harina, la pólvora y la palabra dada, capitán Thorne —dije, con una firmeza que resonó clara sobre el batir de las olas—.

Mi lugar está en esta toldilla. Mientras El Vengador mantenga su rumbo, intendencia seguirá velando por el orden de la compañía.

Una chispa de fuego salvaje iluminó las pupilas de Raymond.

No hubo gestos abiertos ni palabras clandestinas ante el capitán; bastó la inclinación casi imperceptible de su cabeza y la manera en que sus hombros se relajaron, respirando al mismo compás que los míos, para sellar un pacto que no necesitaba vitelas ni escribanos.

Thorne soltó una carcajada bronca que espantó a dos alcatraces posados en la botavara.

—¡Por los clavos de Cristo! —bramó, dándome una palmada en el hombro que por poco me desmonta la postura—.

¡El rey pierde a un intendente y la costa gana al oficial más peligroso de las Antillas!

¡A vuestros puestos, entonces! ¡Que la marinería cargue los pedreros de popa por si a los guardacostas de San Juan se les ocurre asomar las narices antes del anochecer!

El capitán descendió hacia la cubierta baja vociferando órdenes, dejándonos solos junto al compás de bitácora.

Silva apoyó una mano en el pasamanos de la regala, a dos pulgadas de la mía. Con un movimiento deliberado, rozó el dorso de mis dedos con su meñique curtido; el contacto fue breve, una caricia de salitre y complicidad pura bajo la luz deslumbrante del mediodía.

—Parece que vas a tener que seguir aguantando mi insolencia en los libros, escribano —murmuró con una media sonrisa ladeada.

—Solo si prometéis no gastar más pólvora de la debida, señor Silva —contesté, sin apartar la mano y dejando que una sonrisa franca quebrara por fin la rigidez de mis labios—. Y si no volvéis a discutir mis balances ante la asamblea.

—Eso no puedo prometértelo, Alistair —replicó con una mirada cargada de promesa y desafío—. Pero te juro que no habrá tormenta en este mar que nos vuelva a separar.

El viento arreció, henchidor y bravío, guiando la proa de El Vengador hacia aguas libres, donde ya no éramos dos náufragos de la justicia imperial, sino dos capitanes de nuestro propio destino.