CAPÍTULO 25 La confesión del comodoro
El amanecer se coló por el enrejado de la popa con un resplandor cobrizo y frío, disolviendo las últimas sombras de la noche clandestina.
Me incorporé en el jergón despacio, cuidando de no quebrar el sosiego con el que Raymond dormía a mi lado, tendido sobre el costado con un brazo descansando donde hacía apenas una guardia reposaba mi pecho.
Recogí del entarimado la camisa blanca y la casaca oscura.
Al pasarme el lino sobre los hombros, el roce de la tela contra mis viejas cicatrices ya no me quemó como una afrenta; se sentía como piel viva, bautizada por un calor que la Marina Real jamás lograría arrebatarme.
Me calcé las botas de montar, ceñí el tahalí con la espada ropera y tomé el cartapacio de vitela en blanco y el tintero de cuerno portátil.
Hoy no se trataba de cuadrar barriles de harina. Se trataba de cerrar la soga en torno al cuello legal de Percival Vance.
Bajé por la escala de popa hacia las bodegas inferiores, donde la tablazón del casco rezumaba una humedad densa y salobre. Dos artilleros veteranos, relevados de la borrachera del botín con sendos garrotes de acebo en la mano, hacían guardia ante el mamparo del pañol ciego.
—Abrid —ordené, con la voz templada en esa frialdad de funcionario que volvía a servirme de coraza exterior.
El cerrojo chilló. La puerta de roble macizo dio paso a un cubículo fétido, alumbrado únicamente por la rendija de un farol de sebo colgado de un bao. En el rincón más bajo, sentado sobre un madero húmedo con los grilletes dobles mordiéndole los tobillos y las muñecas, yacía el comodoro.
La seda azul de su casaca de gala estaba manchada de fango de sentina y salmuera seca; la peluca empolvada había rodado a un rincón, dejando al descubierto una calva surcada por venas lívidas y cabellos grises pegoteados de sudor frío.
Al escuchar mis pasos, alzó la cabeza con un sobresalto que hizo sonar las cadenas con un tintineo agudo y quebrado.
—Moore... —su voz fue un estertor pastoso, desprovisto de los tonos cantarines de los salones de Kingston—. ¿Venís a ordenar mi ejecución? Decídselo a vuestros cómplices... no pienso arrodillarme ante esa chusma...
Apoyé un barrilillo vacío frente a él, coloqué el cartapacio sobre el fondo de madera y destapé el tintero con calma milimétrica.
—Nadie va a colgaros de la verga mayor, señor Vance —dije, tomando asiento en una banqueta desvencijada sin mirarlo a los ojos mientras preparaba el cañón de la pluma—.
Eso sería concederos un final rápido y limpio en el mar.
Y vos le debéis demasiado al reino como para morir como un corsario valiente.
Vance entrecerró los ojos enrojecidos, devorando con la mirada la pulcritud de mis movimientos.
—¿Qué queréis entonces?
—Una confesión formal —declaré, clavando por fin mis pupilas en las suyas.
El desprecio que sentía ya no era una llamarada ciega, sino un témpano afilado—.
Vuestra declaración jurada, de vuestro puño y letra, reconociendo el desvío sistemático de fondos de la escuadra de Barlovento entre 1716 y 1720, la falsificación de los libros de intendencia que me imputasteis para salvar vuestro pellejo, y la orden sumaria de masacre y pillaje contra la tripulación de La Furia en las costas de Santo Domingo.
El comodoro soltó una risa seca, rota por un ataque de tos cavernosa que le sacudió los hombros huesudos.
—¿Estáis demente? Jamás firmaré un papel semejante. Sería entregarme yo mismo al verdugo de Londres.
—Ya estáis entregado, comodoro —la voz profunda y bronca retumbó a mi espalda con la contundencia de un cañonazo en crujía.
Raymond Silva cruzó el vano del mamparo.
Tenía que agachar la cabeza para no golpear las vigas del techo.
Se había enfundado sus calzones de paño oscuro y una camisa holgada de lino pardo, desabotonada en el cuello, dejando ver con insolente claridad la marca pálida de los azotes en la base de su nuca.
Apoyó la mano derecha en el pomo de su machete de abordaje y se plantó junto a mi hombro, cerrando cualquier vía de aire entre el prisionero y la salida.
Vance se encogió contra la madera húmeda del casco, arrastrando las cadenas. El terror que Silva le inspiraba era visceral, animal; el pánico del tirano que reconoce a la bestia que él mismo engendró a base de látigo y fuego.
—El intendente os está ofreciendo un trato piadoso —continuó Silva, inclinándose hacia adelante con una sonrisa ladeada que no guardaba una sola brizna de piedad—.
Podéis firmar esa vitela con la poca tinta que le queda a vuestro nombre, o puedo pedirle al capitán Thorne que os entregue a mí durante la marea de la tarde.
Tengo en la memoria cada grito de los muchachos que hicisteis arder con brea en la playa.
Me encantaría comprobar si vuestra piel de caballero aguanta el mismo fuego sin pedir clemencia.
—¡Bárbaro! —chilló Vance, con los labios temblorosos y la saliva asomando por la barbilla—. ¡Moore, sois un oficial inglés! ¡No podéis permitir esta tortura!
—Yo no veo tortura alguna, señor Vance —repliqué con una serenidad glacial, deslizando el pliego de vitela y la pluma de ganso hacia sus manos encadenadas—.
Veo el cierre definitivo de un proceso militar que vos dejasteis inconcluso.
Si firmáis, el capitán Thorne se compromete bajo la carta partida a desembarcaros con vida bajo custodia de un consulado neutral en la primera escala holandesa, junto con este pliego lacrado dirigido a la Sala de Justicia del Almirantazgo en Whitehall.
Tendréis un juicio civil. Seréis juzgado por vuestros pares.
Si os negáis... mi jurisdicción sobre vos termina en este mismo instante, y el señor Silva quedará a cargo de vuestro destino.
Vance miró la pluma. Miró la hoja en blanco, donde los encabezados oficiales ya rezaban con mi caligrafía reglamentaria. Luego levantó la vista hacia Raymond, cuyos ojos grises brillaban en la penumbra con una frialdad homicida que no admitía engaño.
El comodoro tragó saliva con un sonido seco, degradante. Extendió sus dedos temblorosos, agarrotados por el frío de la sentina, y tomó el cañón del ave.
El silencio que siguió en la bodega solo estuvo acompañado por el quejido del casco cortando la marea y el raspado febril del acero sobre el pergamino.
Durante media hora, con lágrimas de pura humillación cayéndole sobre las solapas sucias de su casaca, Percival Vance desgranó cada traición, cada soborno y cada orden de sangre con las que había construido su carrera en las Indias Occidentales.
Asentó nombres de cómplices en Port Royal, cifras exactas de libras esterlinas enterradas en bancos de Ámsterdam y reconoció formalmente haber condenado a un intendente inocente bajo falso testimonio militar.
Al terminar el último párrafo, estampó su firma picuda al pie del documento.
Tomé el pergamino con cuidado, espolvoreé arena secante sobre la tinta fresca y soplé los restos con un ademán pausado. Encendí un cabo de vela, derretí una barra de lacre bermellón sobre el pliegue central y le acerqué el sello de armas de la Corona que Thorne le había confiscado en el alcázar.
—Vuestro anillo, comodoro —exigí.
Vance apoyó el sello con mano espasmódica sobre la cera ardiente, dejando grabada la divisa de su estirpe sobre su propia condena.
Guardé el pliego en mi cartapacio de intendencia y me puse en pie.
El peso que había llevado sobre los hombros durante cuatro largos años se desvaneció de golpe, dejando en su lugar una ligereza extraña, casi dolorosa en su intensidad.
La ley que me había deshonrado acababa de ser restituida no por los jueces del rey, sino por la verdad arrancada en el fondo de un navío pirata.
—Vámonos —le dije a Raymond en un susurro.
Silva no se movió de inmediato. Miró al anciano destrozado que sollozaba en la paja húmeda, despojado para siempre de su púrpura y de su arrogancia imperial. El corsario soltó un bufido corto, desprovisto ya de rabia, limpiando de su semblante el último rastro del fantasma de La Furia.
—Descansad en vuestra propia inmundicia, comodoro —murmuró Silva, dándole la espalda sin prisa—. La soga de Londres es más lenta que mi alfanje, pero aprieta mucho mejor.
Salimos al pasillo y dejamos la puerta trancada tras nosotros. Al pie de la escala que conducía a la cubierta principal, en la penumbra tibia del entrepuente, Silva me detuvo tomándome con suavidad de la muñeca.
Me volví hacia él. Su mano subió por mi manga hasta posarse en la comisura de mi cuello, rozándome la piel con una devoción tan limpia que me obligó a cerrar los ojos un segundo para no flaquear.
—Ya está hecho, Alistair —dijo con esa voz honda que me llenaba el pecho—. Eres un hombre libre.
Abrí los ojos para encontrarme con los suyos, sintiendo el balanceo libre de El Vengador llevándonos hacia aguas abiertas.
—Lo soy —respondí, cubriendo su mano con la mía—. Pero no por ese papel, Raymond. Sino porque decidí no volver a navegar sin ti.
Silva sonrió, esa media sonrisa fiera y hermosa que me pertenecía por entero, y juntos subimos hacia la luz cegadora del Caribe.