CAPÍTULO 24 La última frontera
El estrépito de la cubierta superior llegaba apagado por las gruesas vigas de roble del entrepuente: canciones desentonadas a golpe de jarra de estaño, zapatazos sobre la tablazón y el murmullo viscoso del ron corriendo entre sesenta hombres que se creían dueños del mundo.
Pero dentro de las cuatro paredes del camarote de popa, el único sonido real era el compás espeso y contenido de dos respiraciones midiéndose en la penumbra.
La vela de sebo, encajada en su platillo sobre el estante de derrota, proyectaba una lumbre cobriza y temblorosa sobre el torso de Raymond.
No se movió del quicio de la puerta. Mantuvo la espalda apoyada contra los tablones y la tranca de hierro corrida, sosteniéndome la mirada con una quietud tan densa que el espacio entre ambos pareció encogerse hasta asfixiarme.
—Os habéis tomado demasiadas libertades ante la asamblea, señor Silva —dije, aunque la advertencia nació sin filo, despojada de toda autoridad, arrastrando una vibración ronca que delató el fuego sordo que me subía por la garganta.
—La asamblea me dio lo que pedí —respondió él, despegándose de la madera con una lentitud calculada—. Y tú firmaste el asiento en tu libro, escribano. No hay vuelta atrás.
Dio un paso al frente. Luego otro.
El crujido sordo de la tablazón bajo sus pies descalzos fue como el avance inexorable de una marea de fondo.
No intenté retroceder; el borde de nogal de la mesa de cartas se me clavaba ya contra los riñones.
Llevaba la casaca de uniforme abierta y el pañuelo del cuello desanudado, dejando al descubierto la nuez de mi garganta, que subió y bajó con un trago seco cuando su sombra cubrió por completo la mesa de intendencia.
Silva se detuvo a menos de una cuarta de mi pecho. El calor que emanaba de su carne era una fuerza física, rotunda, impregnada del aroma acre del salitre, la pólvora quemada en las entrañas de la fragata y esa esencia agreste y salvaje que pertenecía únicamente a él.
Levantó una mano despacio. Sus dedos anchos, duros por las maromas y todavía rosáceos en las cicatrices recientes de las palmas, no buscaron mi rostro de inmediato.
Se posaron en las solapas de mi casaca oscura.
Con una parsimonia deliberada, deslizó la tela hacia atrás, empujándola sobre mis hombros hasta hacerla resbalar por mis brazos.
La prenda cayó sobre la banqueta con un susurro apagado.
—Demasiadas capas de paño inglés para un hombre que reniega de su rey —murmuró Raymond, con la voz rozándome las sienes como un terciopelo áspero.
Mis manos subieron por puro instinto para frenar su avance, apoyándose contra los costados de su cintura; pero en cuanto mis palmas sintieron la firmeza ardiente de su piel viva, el dibujo tenso de sus costillas y el vendaje fino que aún protegía el tajo del madero, mis dedos se crisparon sobre la tela de sus calzones de paño, traicionando cualquier conato de rechazo.
—Silva... —mi voz fue apenas un hilo de aire, una hebra quebrada en el silencio del cuarto.
—Dime que me marche, Alistair —susurró, inclinando el rostro hasta que su aliento cálido, amargo de tabaco y sal, me golpeó la boca—.
Dilo ahora mismo. Abre esa tranca, llama a Evans y ordénale que me tire a la sentina con los grilletes puestos.
Si no lo haces... no quedará una sola ordenanza en pie dentro de este maderamen.
Lo miré a los ojos. En el fondo de sus pupilas grises no quedaba ni rastro de la burla arrogante del combés, ni la frialdad implacable con la que gobernaba la rueda del timón frente al arrecife. Había un hambre descarnada, una vulnerabilidad feroz que pedía y ofrecía rendición en la misma hoguera.
—Sabéis bien que no voy a abrir esa puerta —contesté, y la confesión me desgarró el pecho con la fuerza de un desahogo que llevaba años esperando.
Silva soltó un gruñido sordo, casi doloroso, y acortó la última distancia.
Sus labios atraparon los míos con una voracidad contenida que estalló al primer contacto.
No fue el roce clandestino del manantial ni la urgencia desesperada de la pólvora a punto de arder: fue un reclamo total, hondo, posesivo y ardiente que me arrancó un gemido que murió directamente en su boca.
Mis brazos rodearon sus hombros con una fuerza que no creía poseer, hundiendo los dedos en su melena castaña, todavía húmeda de salitre, mientras su cuerpo macizo me empujaba contra el canto de la mesa.
Los libros de intendencia, las plumas y los pliegos de derrotas se desparramaron por el suelo en una lluvia sorda de papeles inútiles.
Ya no había balances, ni números, ni códigos que proteger.
Solo existía la fricción viva de su piel contra la mía, el roce áspero de su barba incipiente arañándome la mandíbula y la urgencia con la que sus manos desgarraron los cordones de mi camisa de lino.
El tejido blanco cedió, resbalando por mi espalda y dejando al descubierto las marcas pálidas y rígidas del gato de nueve colas.
Silva detuvo su boca por un segundo. Su pecho subía y bajaba con una violencia salvaje contra el mío.
Con una lentitud que me hizo temblar de pies a cabeza, deslizó sus palmas calientes desde mis costillas hacia mi espalda, cubriendo los surcos blanquecinos de mis cicatrices con sus manos abiertas.
Las recorrió una a una con una devoción reverente, casi mística, como si cada línea de carne castigada fuera un sacramento que purgara de golpe la infamia de los tribunales de Su Majestad.
—Mías —musitó contra el hueco de mi cuello, besando el nacimiento de mi clavícula con una calidez que me nubló el juicio—. Ya no le pertenecen a ningún juez, Alistair. Ni al rey, ni a Vance. Solo a mí.
—Tuyas, Raymond... —jadeé, rindiendo la última muralla de mi orgullo mientras arqueaba la espalda para buscar su boca de nuevo.
Me levantó en vilo como si no pesara nada, cruzando el angosto pasillo de dos zancadas para depositarme sobre el jergón de lona.
El colchón crujió bajo nuestro peso cuando su cuerpo cayó sobre el mío, encajándose entre mis muslos con la solidez de una cuaderna maestra recibiendo la embestida de una ola.
En la estrechez del camarote, bajo la luz mortecina de la vela y arrullados por el cabeceo perezoso de El Vengador cortando las aguas libres, nos despojamos del resto de la ropa en un forcejeo torpe y desesperado.
Cada roce de piel contra piel era una sacudida eléctrica: la dureza de sus hombros musculosos bajo mis palmas, el roce del vello oscuro de su pecho contra el mío, la quemadura tibia de sus labios recorriéndome el torso hasta arrancarme suspiros rotos que jamás creí capaces de escapar de mi garganta.
Hizo el amor conmigo con la misma intensidad implacable y meticulosa con la que batallaba contra el océano: guiando mi entrega con una firmeza que no admitía temores, doblegando mis últimas defensas con una ternura salvaje que me abrió el pecho en canal.
El dolor antiguo, la rigidez del oficial ultrajado y la frialdad con la que me había blindado del mundo se consumieron en un fuego devastador, disolviéndose en el compás rítmico, caliente y hondo de dos cuerpos que se reconocían como iguales en la marea.
Cuando el vendaval amainó, la estancia quedó sumida en un silencio limpio, mecido únicamente por el susurro del agua contra el casco exterior.
La vela de sebo se había consumido casi por completo, reducida a una pavesa temblorosa en el fondo del platillo de estaño.
Yo yacía de costado sobre el jergón, con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Raymond, escuchando el latido firme y acompasado de su corazón bajo la piel cobriza.
Su brazo izquierdo, pesado y protector, me rodeaba los hombros con una posesión tranquila, mientras los dedos de su mano diestra jugaban despacio con los mechones oscuros de mi frente.
No hacían falta palabras. El aire olía a sudor limpio, a cera derretida y a una paz clandestina que ninguno de los dos había conocido jamás en tierra firme.
Silva tomó mi mano sobre su pecho, entrelazando sus dedos con los míos y apretándolos con una calma que me llenó las entrañas de una certidumbre inquebrantable.
Alcé la mirada en la penumbra; sus ojos grises me miraban desde arriba, limpios de sombras, reflejando el último destello de la mecha antes de extinguirse del todo.
El mar guardaba sus secretos, pero en la oscuridad compartida de aquella cámara de popa, las deudas habían quedado saldadas para siempre.