CAPÍTULO 23 La asamblea del botín
El rugido de la marinería al izar nuestro chinchorro a la altura de la batayola hizo temblar las drizas de mesana.
Cuando mis botas tocaron la cubierta empapada de El Vengador, sesenta hombres armados prorrumpieron en un clamor desordenado, entrechocando las guarniciones de sus sables y arrojando pañuelos sucios al aire en una ovación salvaje que no iba dirigida al capitán, sino a los dos renegados que acababan de mandar al leviatán de la Corona al fondo de la restinga.
Silva saltó de la barca tras de mí con la agilidad intacta.
Aún llevaba el pecho tiznado de carbón y salpicaduras de salmuera seca, pero caminaba con la cabeza alta, recibiendo los golpes de hombro y las palmadas de los artilleros sin perder esa calma socarrona que le sentaba como un guantelete de hierro.
—¡Despejad el combés! —rugió la voz tronante del capitán Thorne, bajando desde el alcázar con los brazos en jarras y el sable de gala de Vance brillando en su tahalí—. ¡Haced corro alrededor del cabrestante mayor! ¡Vamos a cumplir con la carta partida antes de que la marea nos saque de estas aguas!
La tripulación se arremolinó en un círculo apretado en torno al eje de pino del cabrestante, el mismo madero donde días atrás Silva había dejado clavado su puñal como un desafío a la intendencia.
Sobre la tablazón reposaban, alineadas en tres hileras impecables, las seis sacas de lona de la tesorería británica, dos arquetas de caoba con lingotes menudos de plata de contrabando y el inventario de pertrechos de la santabárbara que yo mismo había rubricado.
Ocupé mi lugar habitual al pie del atril de intendencia. Desplegué el libro mayor encuadernado en becerro, mojé la pluma en la tinta negra y alcé la vista. La marinería guardaba un silencio tenso, casi reverente, roto únicamente por el resoplido de la marejada contra las amuras.
—Sesenta y cuatro partes ordinarias de compañía —anuncié, modulando la voz con la autoridad exacta que el código exigía—.
Una parte y media para artilleros de primera clase.
Dos partes para el cirujano y el carpintero de ribera.
Tres partes para la cámara de mando y el fondo común de averías de casco.
Y conforme al artículo quinto... asignación extraordinaria por mérito de guerra a quien primero avistó la presa o guió el timón en canal cerrado.
Un murmullo de aprobación recorrió las filas de los piratas.
—¡Para el Lobo! —gritó Evans, el condestable, levantando el puño—. ¡Si no es por sus garras en la rueda, estaríamos todos desollados en la barra!
—¡Y para el escribano! —bramó el gaviero tuerto desde la batayola—. ¡Que le puso el acero en el gaznate al comodoro mientras nos llovía metralla!
Thorne levantó la mano enguantada para aplacar el vocerío y clavó sus ojos canosos en nosotros dos.
—La asamblea ha hablado —decretó el capitán con una sonrisa ancha entre su barba revuelta—.
Cuatro partes dobles de plata amonedada para Raymond Silva.
Y la ratificación de Alistair Moore como intendente perpetuo con voto dirimente en la mesa de oficiales.
Nadie tocará un solo chelín hasta que el señor Moore liquide el reparto.
Silva dio dos pasos hacia el frente del corro. En lugar de mirar las sacas de moneda que relucían a sus pies, sus ojos grises buscaron los míos con una fijeza que me heló la sangre y me abrasó el pecho en el mismo segundo.
—No quiero cuatro partes de plata, capitán —dijo Silva, y su voz bronca cayó sobre el combés como un bloque de plomo.
La marinería enmudeció en seco. Hasta Thorne frunció el ceño, desconcertado por el desdén hacia el metal contante.
—¿Os habéis vuelto loco, Silva? —inquirió Thorne—. Son más de quinientos doblones en plata limpia. Podéis comprar media taberna en Tortuga y vestir a tres mujeres de seda en Nassau.
—Que se repartan mi parte los calafates y los hombres que sangraron en la carena —replicó Raymond sin apartar la mirada de mí, con una media sonrisa lenta y peligrosa que me erizó el vello de la nuca—.
A mí me basta con lo que estipula el artículo décimo para los oficiales de derrota.
Reclamo el derecho de cámara compartida y el mando de la guardia de popa junto al intendente.
Un chasquido de asombro y risotadas cómplices estalló entre los artilleros más viejos.
Para los marineros, la petición sonaba a una simple alianza de mando entre dos hombres que se habían cubierto las espaldas en el fuego; pero para mí, cada palabra fue un lazo que se cerraba con una dulzura despiadada en torno a mi garganta.
Sentí el calor violento de la sangre agolpándose en mis mejillas, pero me obligué a sostener su desafío con la pluma inmóvil sobre la vitela.
—¿Acepta el señor intendente el reclamo del camarada? —preguntó Thorne, divertido por la severidad pétrea de mi rostro.
Tragué saliva, sintiendo el roce fantasma de sus labios en mi boca y la memoria de sus manos apretando mi cintura en las entrañas humeantes de la fragata. Mi lápiz trazó una línea firme en el folio del libro mayor.
—Aceptado —declaré con voz gélida, aunque el temblor en mi muñeca amenazó con quebrar el trazo—. Asentado en el libro de compañía. El señor Silva queda asignado a la guardia de popa bajo jurisdicción de intendencia.
—¡Asunto zanjado! —bramó Thorne, dando una patada al primer saco de plata para romper el precinto de lona—. ¡Comienza el reparto! ¡Y que el despensero ruede dos pipas de ron de Jamaica al combés! ¡Esta noche no hay toques de queda en El Vengador!
El orden civilizado de mi mesa de cuentas se disolvió en un torbellino de brazos callosos, juramentos de taberna y monedas de plata repicando sobre la madera limpia.
Aproveché el caos para recoger mis libros, trincar el tintero de plomo y dar media vuelta hacia la escala de popa, buscando escapar del calor asfixiante de la multitud y del fuego silencioso que Silva seguía proyectando sobre mi espalda.
Apenas crucé el umbral de mi camarote y dejé los cuadernos sobre el tablero abatible, la puerta a mi espalda se cerró con un golpe amortiguado.
La tranca de hierro cayó en su sitio con un chasquido definitivo.
Me giré despacio, con el pulso golpeándome en las sienes como un ariete. Raymond estaba apoyado contra la madera maciza del portón, descalzo, con los brazos cruzados y la camisa de lona abierta de par en par sobre su pecho todavía marcado por la pólvora y las cicatrices del gato.
Sus ojos grises brillaban en la penumbra dorada del cuarto con una voracidad que no admitía dilaciones ni disfraces.
—Dijiste que no había ordenanzas entre los dos esta noche, escribano —murmuró con esa voz áspera que me desarmaba las costillas—. Tu asamblea ya tiene su plata. Ahora me toca cobrar a mí.