CAPÍTULO 22 Fuego en las entrañas
El descenso a las profundidades del Cerberus fue como internarse en el vientre de un cetáceo moribundo.
Las cuadernas crujían bajo el empuje de la marea con un quejido espeluznante y prolongado, expulsando ráfagas de aire húmedo cargadas de hedor a pez rancia, légamo y el olor dulzón de la pólvora derramada.
El agua de mar, teñida de negro por los restos de hollín, nos llegaba ya a media pantorrilla al descender la escala del pañol de municiones.
—Por aquí —dijo Silva, avanzando con paso seguro a pesar de la inclinación del suelo escorado.
Llevaba en la diestra un farol de mano con las rendijas de latón entornadas para proteger la mecha de las corrientes de aire. La luz ambarina recortaba las vigas astilladas y las duelas reventadas por donde el arrecife seguía horadando el casco exterior.
Llegamos a la santabárbara desmantelada. En el centro de la cámara, los artilleros británicos habían abandonado tres cuñetes dañados cuyo grano no habíamos podido trasegar, junto a una hilera de sacos de estopa embreada apilados contra el mamparo de popa.
Dejé mi bolsa de cuero sobre una cureña encallada. Con las manos firmes, desenrollé la mecha de retardo —ocho yardas de cuerda de cáñamo tratada con salitre y azufre— y comencé a medir los tramos sobre el suelo húmedo.
—Quince minutos si mantenemos la mecha elevada sobre las tablas secas —dije, alzando la voz sobre el chasquido del agua que lamía las bandas—.
El tiro de aire que sube por la escotilla avivará la brasa en cuanto prenda la estopa.
Nos dará margen para alcanzar la lancha y doblar el saliente del arrecife antes de que reviente la santabárbara.
Silva no contestó de inmediato. Lo sentí aproximarse por mi espalda, deteniendo sus pasos a escasos centímetros de donde yo me afanaba con los cabos. Dejó el farol sobre una viga alta y se inclinó sobre mí.
El calor de su pecho chocó contra mis hombros. Sus manos se posaron sobre las mías, deteniendo el movimiento de mis dedos sobre la mecha salitrosa.
—Basta de cuentas, Alistair —susurró junto a mi oído, con una voz tan baja y áspera que resonó en el habitáculo inundado como un trueno clandestino.
Tragué saliva, pero no me aparté. El roce de su respiración contra la curva de mi cuello desató un temblor que me recorrió el espinazo de parte a parte.
La urgencia del escape, el crujido agónico de la fragata y la cercanía de la voladura quedaron suspendidos en un instante irreal, devorados por la gravedad implacable de su presencia.
Me giré despacio entre sus brazos, quedando atrapado entre su cuerpo macizo y la madera rota de la cureña.
Silva me miraba desde arriba con los ojos grises encendidos, despojados de cualquier sombra del pasado.
En mitad de las entrañas oscuras del barco de nuestro verdugo, el corsario renegado no buscaba la guerra; me buscaba a mí.
Alzó su mano diestra y, con una devoción lenta y desarmante, deslizó sus dedos encallecidos por mi mandíbula hasta enredarlos en los cabellos de mi nuca.
—Hemos ganado, Alistair —murmuró, acortando la última pulgada que nos separaba—. Ya no hay deudas con el rey ni con Vance. Solo quedamos tú y yo en este mar.
—Silva... —apenas pude articular su nombre antes de que su boca cayera sobre la mía.
Fue un beso fiero, hondo y absoluto, desprovisto de las vacilaciones y el miedo de los días pasados.
Me aferré a los pliegues de su camisa parda, hundiendo mis dedos en la lona áspera mientras sus brazos me ceñían la cintura con una fuerza aplastante que me levantó del suelo inundado.
El sabor a salmuera, a humo y a vida pura borró de un plumazo cuatro años de destierro y soledad.
En ese rincón condenado a arder, le entregué cada rescoldo de mi contención, respondiendo a su urgencia con una entrega total que me dejó sin aliento.
Nos separamos apenas lo justo para respirar, con las frentes unidas y el pulso desbocado batiendo al mismo compás. Silva sonrió en la penumbra, una sonrisa limpia y salvaje, antes de rozarme los labios una última vez con el pulgar.
—Prende esa mecha, intendente —dijo con la voz rota—. Salgamos de este infierno.
Tomé el pedernal con manos que ya no temblaban. La chispa brotó al primer golpe, mordiendo la estopa azufrada con un chisporroteo brillante y un hilo de humo blanco que comenzó a reptar con avidez hacia los barriles.
—¡En marcha! —ordené.
Subimos por las escalas mientras el fuego cobraba fuerza en la sentina.
Cruzamos el combés desierto y nos arrojamos por la escala de gato hacia el chinchorro que cabeceaba en la sombra del casco encallado.
Apenas nos sentamos a las bancadas y hundimos las palas en el agua turquesa, remando con vigor hacia el paso abierto donde El Vengador nos aguardaba con el trapo listo.
Habíamos recorrido doscientos cables cuando un resplandor escarlata iluminó el mediodía.
Un rugido colosal sacudió el aire, seguido por una columna inmensa de humo negro, astillas y fuego que reventó las entrañas del Cerberus.
El leviatán de Vance se quebró en dos sobre el arrecife de la Aguja Negra, hundiéndose en una tumba de espuma hirviente y ceniza que el mar del Caribe no tardó en devorar.
Dejé caer el remo un instante, contemplando el abismo humeante. A mi lado, Silva me cubrió la mano con la suya sobre la madera de la regala, apretándola con fuerza mientras el bergantín de nuestra libertad viraba para recogernos.