El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 21 El botín de la santabárbara
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CAPÍTULO 21 El botín de la santabárbara

El trasvase de pertrechos entre la fragata encallada y El Vengador se convirtió en una danza brutal contra el reloj y la marea.

Con cada ola que rompía en la restinga de la Aguja Negra, el casco del Cerberus gemía con un lamento sordo y metálico, soltando clavos y desgarrando las costuras de cobre de su quilla contra el arrecife vivo.

Me aposté junto a la escotilla principal de la fragata británica, apoyando una tabla de pino sobre dos cuñetes vacíos para improvisar una mesa de inventario.

El lápiz de grafito corría veloz sobre el pliego de vitela, marcando con trazos firmes cada fardo y cada barril que ascendía desde las profundidades del pañol de municiones:

Cincuenta y dos barriles de pólvora fina de grano de Bristol, secos e intactos.

Ochocientas balas de hierro colado de a dieciocho y a veinticuatro libras.

Tres cajones de mosquetes de chispa con cureñas de nogal.

Seis sacas de lona con plata amonedada de la paga de la escuadra.

La fortuna que Vance había acumulado a costa de sangre y falsificaciones llenaba ahora las chalupas que iban y venían entre los dos navíos.

Pero a mí no me importaba la plata. Mi mirada se desviaba una y otra vez hacia la boca oscura de la bodega de carga, por donde emergían las cuadrillas de marineros sudorosos y tiznados de carbón.

Silva subió por la escala de mano cargando un cuñete de pólvora de cincuenta libras sobre cada hombro como si fueran fardos de paja seca.

Tenía el torso desnudo, cruzado por regueros de sudor que limpiaban caminos pálidos entre el hollín que le cubría la piel; los músculos de su espalda y de sus brazos trabajaban con una soltura imponente, tensándose en una armonía de tendones que me cortaba la respiración cada vez que pasaba cerca de mi improvisado puesto.

Al llegar a la regala, depositó ambos barriles en los brazos de dos artilleros que esperaban en la lancha auxiliar. Se secó la frente con el dorso del antebrazo sucio y se volvió hacia mí.

Nuestros ojos se encontraron en medio de la vorágine de órdenes, cabos chirriantes y chirridos de poleas.

Silva no sonrió. No hacía falta. Había en la quietud de su mirada una complicidad tan densa, tan ajena a los gritos de los corsarios, que el aire entre los dos pareció encenderse como pólvora seca.

Caminó hacia mi mesa con ese andar pausado, elástico, sorteando maromas y astillas con la familiaridad de quien pisa su propio suelo.

Se detuvo al otro lado del tablero. Apoyó ambas manos en la madera, inclinándose hacia adelante hasta que el calor que manaba de su cuerpo me envolvió por completo. Olía a azufre, a salmuera y a esa virilidad cruda y agreste que me revolvía las entrañas cada vez que acortaba la distancia.

—¿Sigue cuadrada la cuenta, señor intendente? —preguntó con esa voz cavernosa, arrastrando las sílabas con una lentitud que me erizó el vello de la nuca.

—Cincuenta y dos barriles de pólvora fina —respondí, obligando a mi voz a mantener el tono seco del deber, aunque el pulso me temblaba en las yemas de los dedos sobre el papel—.

Más que suficiente para reponer los cuñetes enlodados de la santabárbara y asegurar la defensa de El Vengador hasta el fin de la campaña.

—Te falta contar un bulto en esa lista —murmuró, clavando sus ojos grises en mi boca con un descaro que me encendió las mejillas bajo el sol abrasador.

Tragué saliva, bajando la vista hacia la vitela para no perderme en la sombra dorada de sus pupilas.

—He anotado cada caja y cada saco que ha subido de ese pañol, Silva. No se me escapa una sola libra.

Silva soltó una risa baja, un ronroneo áspero que vibró en la madera de la tabla.

—Se te escapa la deuda que tienes conmigo en la popa —dijo, bajando la cabeza una pulgada más, de modo que su aliento cálido me rozó la frente—.

Me debes una conversación sin centinelas en la puerta y sin cañonazos rompiéndonos el compás.

Y me debes... la otra mitad de lo que dejamos a medias anoche en ese jergón.

El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas.

Miré de reojo a los marineros que pasaban a escasos pasos acarreando cajones de metralla; ninguno parecía reparar en nosotros, absortos en la rapiña del buque insignia del comodoro, pero la osadía de sus palabras en mitad de la cubierta abierta me provocó un vértigo aterrador y embriagador al mismo tiempo.

—Este no es el lugar ni el momento para semejantes insolencias, señor Silva —susurré entre dientes, con las orejas ardiéndome de pudor y deseo contenido—. El barco se está desfondando y la marea...

—Al diablo la marea —atajó Raymond en un siseo que sonó casi como una mordedura tierna—. Esta noche, cuando zarpemos y la asamblea se emborrache con el ron de Vance, no habrá cerrojos por fuera que valgan. Te quiero en esa cámara, Alistair. Sin casaca, sin pluma y sin ordenanzas entre los dos.

Antes de que pudiera articular réplica alguna, una sombra corpulenta se proyectó sobre la mesa de inventario.

El capitán Thorne se plantó junto a nosotros, limpiándose el sudor de la calva con un pañuelo grasiento. Llevaba al cinto el sable confiscado a Vance y en la mano un catalejo de latón con el escudo real raspado a golpes de navaja.

—¡Buen trabajo en las bodegas, camaradas!

—bramó el capitán, observando con júbilo la hilera de barriles que descendían a las lanchas—.

El condestable jura que jamás ha visto pólvora tan limpia.

Con este pertrecho podemos batir a cualquier guardacostas que ose asomar el morro entre Tortuga y las Bahamas.

Silva se enderezó despacio, sin apartar del todo sus ojos de los míos antes de volverse hacia Thorne con una indolencia impecable.

—La santabárbara está limpia, capitán —dijo Raymond, cruzando los brazos sobre su pecho tiznado—. Solo queda un lote de brea y las cureñas de repuesto. Si forzamos a los hombres a sacar la madera, la fragata se quebrará por el combés antes de que terminemos y se llevará la última chalupa al fondo.

Thorne miró hacia el agua turquesa del arrecife. El coral blanco mordía las cuadernas del Cerberus con una furia incesante; el agua turbia ya anegaba la cubierta baja y el crujido de las vigas del techo presagiaba el colapso final de la estructura en menos de una hora.

—Dejad el maderamen —decretó el capitán con un ademán tajante—. ¡Que todos los hombres embarquen en las chalupas! ¡Prended fuego a las lonas empapadas en aceite en el sollado de proa! No quiero que la Armada Real recupere ni los clavos de este cascarón cuando la marea baje.

—Yo me encargo de la mecha —se ofreció Silva de inmediato, con una chispa feroz encendiéndose en su mirada.

—No —intervine, dando un paso al frente antes de que mi razón pudiera frenarme—. La mecha debe calcularse con precisión matemática para permitir que la última lancha gane distancia segura antes de que el fuego alcance las hilachas de la santabárbara. Yo lo haré.

Silva me miró fijamente. En sus facciones se dibujó una mezcla de sorpresa y esa admiración chúcara que siempre me desarmaba.

—Iremos los dos —sentenció Raymond, volviéndose hacia Thorne sin darle opción a discutir—. Dos hombres prenden más rápido que uno y se vigilan las espaldas en la humareda. Dad la orden de arriar, capitán. Estaremos en el agua antes de que la llama toque el techo.

Thorne asintió con un gruñido hosco y bajó por la escala hacia la chalupa mayor.

Nos quedamos solos sobre la cubierta inclinada y desierta del Cerberus. El silencio que siguió a la evacuación fue sobrecogedor: solo se escuchaba el lamento del roble cediendo bajo el oleaje y el chasquido del viento en los jirones de velamen desgarrado.

Silva me miró, con el tizne enmarcando la blancura salvaje de su sonrisa.

—Parece que volvemos a meternos en el fuego juntos, intendente.

—Solo si prometéis no perder el tiempo con bravatas y correr cuando yo os lo diga, señor Silva —contesté, ajustando mi estilete a la faja mientras caminaba hacia la escotilla de proa con el corazón latiéndome a un compás desbocado.