CAPÍTULO 20 El peso de la púrpura
El encaje blanco de la chorrera de Vance se tiñó con una gota minúscula y bermellón en el punto exacto donde la punta de mi ropera toledana le hundía la piel.
El comodoro no se movió. Sus dedos enguantados en tafilete blanco temblaban tan visiblemente que la espada ceremonial de cazoleta dorada resbaló de su mano con un estrépito metálico que rebotó sobre las tablas escoradas antes de rodar hacia la batayola.
Su respiración era corta, superficial, cargada del pánico viscoso de la fiera acorralada que ve caer la trampa sobre su propio lomo.
—Moore... por el amor de Dios —balbuceó Vance, con la altanería imperial desmoronándose en un estertor pastoso—. Fuisteis un caballero. Sabéis lo que la ley exige... Un oficial del rey tiene derecho a rescate, a un tribunal de honor en Kingston...
—La ley —repitió Raymond con un bufido sordo que heló el aire entre nosotros.
Silva dio dos zancadas pesadas hacia el alcázar.
La madera crujió bajo sus pies descalzos con una cadencia implacable.
Se detuvo a mi flanco izquierdo, tan cerca que su hombro rozó el mío, envolviéndome en ese calor volcánico de pólvora, sudor y mar que borraba cualquier rastro de duda.
Apoyó la hoja ancha de su machete contra el pectoral de la casaca azul del comodoro, empujándolo contra la rueda del timón inútil con una fuerza que le arrancó el aire a Vance en un quejido ronco.
—Hablaste de leyes en las arenas de Santo Domingo, perro —siseó Silva, bajando el rostro hasta que su barba áspera casi rozó la peluca empolvada del oficial—.
Dijiste que la ley no alcanzaba a los que navegaban bajo bandera negra.
Quemaste a cuarenta muchachos desarmados en una playa para tapar un faltante de harina y plata en los almacenes reales.
¿Dónde estaba tu tribunal de honor cuando mis hombres chillaban bajo la brea hirviendo?
Vance cerró los ojos con fuerza, incapaz de sostener la mirada de pedernal de Raymond.
—Yo... cumplía órdenes del Almirantazgo... —gimió el comodoro, con la saliva espesa asomando en la comisura de sus labios secos—. Había que pacificar el canal a cualquier precio...
—Mentís —intervine yo, y mi voz salió con una calma gélida que me sorprendió a mí mismo—.
La orden no vino de Londres ni del gobernador de Jamaica.
Salió de vuestra propia mano, en vuestro despacho privado de Port Royal, mientras me hacíais azotar en el muelle mayor para borrar los libros que os acusaban.
Con la punta de la bota empujé uno de los pliegos que yacían a los pies de Vance: la orden encerada donde su letra picuda ordenaba no dejar prisioneros vivos en la masacre de La Furia.
—Aquí está el balance completo, señor Vance —continué, manteniendo la punta de mi espada apoyada en su nuez—.
Cada libra de pólvora desviada a contrabandistas holandeses, cada quintal de cecina cobrado por duplicado a la tesorería de la Corona, cada chelín que os sirvió para comprar vuestra comisión de comodoro y vuestra casaca con entorchados de oro.
Estáis acabado ante la Marina Real tanto como ante este barco.
Un clamor de pasos apresurados y juramentos subió por la escala del alcázar.
El capitán Thorne irrumpió en la toldilla, seguido por el condestable Evans y media docena de artilleros con mosquetes humeantes.
La resistencia a bordo del Cerberus había cesado por completo; la tripulación británica yacía boca abajo en el combés bajo la custodia de los piratas de El Vengador, y las bodegas del navío de guerra ya comenzaban a ser aseguradas.
Thorne miró al comodoro arrinconado contra el timón, luego a los papeles desparramados por el suelo y finalmente a nosotros dos.
—¿Es este el gran señor de la escuadra? —escupió Thorne, con una mueca de desprecio salvaje en su barba canosa—.
Tiene menos redaños que un grumete en su primera tormenta.
¡Silva, apartaos de ahí! Vamos a atarlo a la cureña del cañón de popa y a que la marinería se cobre con el cabo de cáñamo lo que sus cañones nos rompieron en la huida.
Vance se estremeció al escuchar la palabra cáñamo. Abrió los ojos desorbitados, mirando a Thorne como si viera al diablo en persona.
Silva no apartó el machete del pecho del oficial.
Sus músculos dorsales se tensaron como maromas al límite; sus ojos grises relampagueaban con la tentación feroz de abrir en canal al hombre que había destruido su vida.
La venganza estaba al alcance de su mano, cruda, inmediata y sangrienta; bastaba un simple golpe de muñeca para cercenarle el cuello sobre la cubierta de su propio buque insignia.
Nuestras miradas se cruzaron sobre la cabeza del prisionero.
Vi en el fondo de las pupilas de Raymond la tormenta de ceniza que llevaba arrastrando desde el naufragio; vi el dolor sordo de los hombres que vio arder en la playa. Pero también vi el vacío aterrador que quedaría en su alma si reducía su justicia a una simple carnicería de cubierta.
—Raymond —dije muy bajo, en un murmullo que solo él pudo atrapar sobre el rumor del oleaje.
Silva se congeló al escuchar mi voz. El filo de su machete tembló imperceptiblemente sobre el paño azul de la casaca de Vance.
—Degollarlo aquí es un regalo que no merece —continué, sosteniéndole la mirada con una serenidad que buscaba anclarlo a la cordura—.
Si muere en este combés, será recordado como un héroe caído en combate contra piratas forajidos.
Su nombre figurará con honores en los despachos de Londres y su familia cobrará su pensión militar.
Pero si vive... si estos libros llegan al tribunal de almirantazgo con su firma y sus desfalcos probados, la Corona le arrancará los galones en público, lo despojará de sus tierras y morirá colgado en cadenas en Execution Dock ante el desprecio de todo el reino.
Silva apretó la mandíbula hasta que sus dientes rechinaron. El debate interior que sacudía su pecho se traducía en el compás violento de su respiración contra la mía. La rabia animal y el honor herido peleaban en su carne como dos bestias encadenadas.
Despacio, con una lentitud que requirió un autocontrol sobrehumano, Raymond bajó el machete del pecho del comodoro.
Dio un paso atrás, clavando la punta del arma en el maderamen escorado con un golpe seco. Con la mano libre, agarró a Vance por la chorrera de encaje y la solapa de oro, levantándolo casi en vilo del suelo para mirarlo a escasas pulgadas de los ojos.
—Te dejo respirar, perro —gruñó Silva con una voz bronca que le raspaba la garganta—. Pero no por piedad. Te dejo respirar para que sientas en el espinazo el mismo frío que sentimos Alistair y yo cuando nos desnudaron frente a la chusma. Te vas a tragar tu propia vergüenza hasta la última gota.
Silva soltó al comodoro de golpe. Vance cayó de rodillas sobre las tablas astilladas, sollozando con la cabeza gacha entre los pergaminos de sus propios crímenes.
—¡Evans! —ordenó Thorne, impresionado por la determinación gélida que habíamos impuesto en la toldilla—.
¡Ponedle los grilletes dobles en pies y manos!
¡Llevadlo a la bodega de popa de El Vengador y que no le quiten los ojos de encima!
Moore, Silva... vosotros venid conmigo. Hay que vaciar la santabárbara de esta fragata antes de que la marea cambie y el coral termine de partirle la quilla.
Dos artilleros arrastraron a Vance fuera del alcázar como un fardo de ropa vieja.
Me quedé solo con Raymond junto a la rueda del timón inútil, en medio de las hojas de vitela dispersas por el suelo. El aire de la mañana traía un frescor súbito, como si la tormenta que nos había perseguido durante años acabara de disiparse de golpe.
Me incliné para recoger los legajos probatorios con manos temblorosas por la bajada de adrenalina. Al arrodillarme sobre la cubierta, sentí una sombra cálida cubriéndome.
Silva se agachó frente a mí. Tomó la orden de masacre con una de sus manos callosas y me ayudó a alinear los folios con un cuidado torpe, impropio de un corsario habituado a la violencia.
Al terminar de doblar el pliego, no soltó el pergamino: sus dedos se cerraron sobre los míos, aprisionando el papel y mi mano entre sus palmas calientes.
Alcé la vista. En sus ojos grises ya no habitaban los fantasmas de la playa de Santo Domingo; había una luz limpia, una devoción indómita y agradecida que me cortó la respiración.
—Me has salvado de convertirme en un monstruo, escribano —susurró, con esa voz áspera que me hacía vibrar las costillas.
—Nos hemos salvado los dos, señor Silva —respondí, y por primera vez dejé que mis labios dibujaran una leve sonrisa frente a él, sosteniéndole la mirada sin sombras—. Ahora terminemos el trabajo antes de que el capitán reclame vuestra fuerza para mover los barriles.
Silva soltó una risa baja, corta y ronca, deslizando su pulgar sobre mis nudillos antes de soltarme y ponerse en pie con ese andar elástico que ya era dueño indiscutible de mi destino.