CAPÍTULO 19 El hierro sobre el papel
El humo del trinquete destrozado del Cerberus ascendía en una columna perezosa hacia el cielo límpido de la mañana.
Varada de costado sobre el arrecife de la Aguja Negra, con las portas de estribor sumergidas y las de babor apuntando hacia las nubes vacías, la fragata imperial ya no era la dueña implacable del Caribe; era una bestia varada, despanzurrada contra el coral fósil, a merced de la marea muerta.
El Vengador viró en redondo para acortar la distancia a golpe de remo auxiliar, situándose a media tirada de pistola por la aleta ciega del coloso inmovilizado.
Los hombres de Thorne amarraron los garfios de abordaje a las batayolas con un silencio salvaje, hambriento, que nada tenía que ver con el pánico del amanecer.
—¡Preparad los ganchos de escala! —rugió Thorne desde el combés, desenvainando su sable con ademán enérgico—. ¡Que ningún hombre dispare sobre la toldilla si no es en defensa propia! ¡Quiero a Vance vivo para que cante en la asamblea!
Descendí las escalas hacia mi cámara antes de que las maderas de ambos cascos se rozaran.
Mi antebrazo derecho ardía por el refilón de la astilla de roble, pero ignoré el hilo escarlata que me manchaba el puño de la camisa.
Fui directo al cofre de hierro bajo mi mesa abatible.
Introduje la llave triangular y saqué el legajo que había guardado durante cuatro años: las copias fidedignas de los balances de la escuadra de Barlovento, los sellos en cera verde de la tesorería de Port Royal y el folio con las firmas falsificadas que el tribunal militar había utilizado para despojarme de mi rango.
Junto a ellos, coloqué la orden de masacre de La Furia que Silva me había entregado horas antes. Los dos expedientes de la misma infamia, unidos por una cinta de lino negro.
Al alzar la vista, Raymond estaba recortado en el quicio de la puerta.
Se había ceñido una faja de cuero negro con dos pistolas de arzón cruzadas en el pecho, y empuñaba el machete pesado con la soltura de quien empuña una prolongación de su propio brazo. Sus ojos grises, oscuros como el plomo derretido, bajaron hacia los papeles que yo sostenía contra el pecho.
—¿Vas a llevar un legajo a un abordaje, escribano? —preguntó, y su voz no tenía reproche, sino una gravedad que me erizó la piel.
—El acero derrama sangre, Silva —contesté, cerrando la hebilla de mi casaca sobre los documentos para mantenerlos resguardados contra mis costillas—.
Pero esto... esto es lo que le arrancará el alma antes de que lo toquemos con una hoja.
Vance no teme a los corsarios; nos desprecia como a ladrones de playa.
Lo que no podrá soportar es que un oficial al que dio por muerto le ponga la soga al cuello con sus propios decretos.
Silva me miró fijamente durante dos segundos eternos.
Dio una zancada hacia mí, acortando el espacio hasta que sentí el frío del hierro de sus pistolas rozándome la faja.
Levantó su mano izquierda —la de la palma todavía enrojecida por el cáñamo roto— y me agarró por la nuca con una firmeza apasionada, obligándome a clavar mis ojos en los suyos.
—Si ese perro levanta una sola pistola contra ti, le arrancaré la garganta con mis propias manos antes de que apriete el gatillo —susurró, con un aliento áspero y ardiente que me quemó los labios—. No te apartes de mi hombro.
—Ni vos del mío —respondí, y por primera vez mi mano subió libremente a su nuca, rozando los mechones castaños empapados en salitre antes de soltarlo.
Un crujido brutal sacudió el maderamen: los cascos de El Vengador y del Cerberus chocaron con un roce espeluznante de duelas quejumbrosas. Los garfios silbaron en el aire, mordiendo la regala del navío de guerra entre gritos de guerra y el tableteo seco de tercerolas.
Subimos juntos a la toldilla y saltamos sobre la tablazón inclinada de la fragata.
La cubierta del Cerberus era un escenario de devastación metódica.
El desplome del trinquete había partido en dos la batayola de proa; cabos sueltos, vergas astilladas y lonas rasgadas cubrían los cuerpos de media docena de marineros británicos aplastados por la caída del aparejo.
El resto de la tripulación imperial, aturdida por el impacto contra el banco de coral y con las baterías anegadas, arrojaba los alfanjes sobre la cubierta ante la embestida de los piratas de Thorne, que se desplegaban como lobos hambrientos tomando las escotillas.
En lo alto del alcázar de popa, de espaldas al mar abierto y flanqueado únicamente por dos infantes de marina que encañonaban sus mosquetes con manos temblorosas, permanecía el comodoro Percival Vance.
Vestía la casaca azul marino de gala con entorchados de hilo de oro en las bocamangas, chorrera de encaje blanco en el cuello y el tricornio ribeteado de plumas sobre una peluca empolvada que el humo de la pólvora había manchado de hollín grisáceo.
En su mano derecha sostenía una espada ropera de cazoleta dorada, la misma arma ceremonial que yo había visto presidir la mesa de mi consejo de guerra en Kingston.
—¡Atrás, chusma rebelde! —rugió Vance, con una voz aristocrática que pugnaba por conservar la compostura mientras sus ojos saltones medían el desastre de su arboladura—. ¡Cualquier hombre que ponga un pie en este alcázar será ahorcado en cadenas sin derecho a perdón de la Corona!
Los dos infantes amartillaron los percutores.
Silva avanzó como una exhalación. Antes de que el primer soldado pudiera apuntar al centro de su pecho, Raymond barrió el machete en un arco bajo, quebrando el cañón del mosquete con un impacto metálico ensordecedor y derribando al infante de un rodillazo brutal en el plexo.
El segundo soldado vaciló, pero antes de que pudiera rectificar el tiro, yo di un paso al frente y desenvainé mi ropera toledana; la punta de mi acero se posó con una frialdad milimétrica sobre la nuez del soldado, que soltó el arma al instante y alzó las manos temblorosas.
Vance se quedó solo en el centro del alcázar.
Retrocedió dos pasos hasta que sus lomos chocaron contra la rueda del timón inútil. Por primera vez, sus ojos turbios se clavaron en nuestros rostros, pasando de la ira señorial al asombro, y de allí a un terror lívido y viscoso que le vació el color de las mejillas.
—Vosotros... —balbuceó el comodoro, y la espada dorada le tembló en el puño enguantado—. No es posible... Silva... Moore...
—Los muertos vuelven a cobrar sus deudas, comodoro —dijo Raymond, dando un paso lateral con el machete goteando un hilo oscuro de brea, con esa media sonrisa salvaje que precedía a la carnicería—. ¿O acaso creíais que el mar se tragaría a mis muchachos sin dejar una cuenta pendiente?
Vance tragó saliva con un estertor penoso, buscando apoyarse en la barandilla.
—Moore... —musitó el oficial británico, intentando apelar a la vieja jerarquía militar con una altanería postiza que se deshacía en su garganta—.
Erais un caballero... un oficial de Su Majestad.
No podéis amparar este acto de piratería infame.
Entregad a este salvaje y os juro por mi honor que revisaré vuestro caso ante los jueces de Londres...
Desabroché despacio los botones de mi casaca oscura.
Metí la mano en el bolsillo interior y extraje el legajo de pergaminos atados con el lazo negro. Di dos pasos firmes hacia él, pisando las tablas escoradas con la seguridad implacable de quien ya no le teme a ninguna corte terrenal.
—No hay honor en vuestra lengua, señor Vance —dije, y mi voz sonó tan clara, tan serena y afilada que acalló el rumor del combate en el combés—. Y no hay justicia en vuestras cortes que no haya sido comprada con el dinero que robasteis a la Marina.
Arrojé el fajo de papeles contra su pecho.
El lazo se deshizo en el aire. Las hojas oficiales, las órdenes de masacre y las auditorías con los desfalcos de Kingston revolotearon sobre la toldilla, cayendo a los pies de Vance sobre las tablas astilladas del Cerberus.
El comodoro bajó la vista, contemplando su propia firma estampada en tinta indeleble junto a los decretos de muerte de La Furia.
—Vuestra propia mano os condena ante la asamblea de este barco y ante cualquier tribunal del mundo civilizado —añadí, bajando la punta de mi espada hacia su garganta hasta que el acero frío tocó el encaje de su cuello—. Arrojad el sable, comodoro. Vuestro mandato ha terminado.