El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 18 La garganta de la Aguja Negra
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CAPÍTULO 18 La garganta de la Aguja Negra

El bramido de la artillería británica rodó sobre el canal como un trueno continuo.

A popa, a menos de media milla, el Cerberus abría fuego con sus piezas de caza de proa; las balas de hierro macizo silbaban sobre nuestras gavias, rasgando el viento antes de levantar surtidores gemelos de espuma gris a escasas varas de nuestra aleta de babor.

—¡Mano al timón, Silva! —gritó Thorne, cediéndole la rueda con los ojos encendidos de pánico—. ¡Nos están midiendo el alcance!

Raymond no necesitó que se lo repitieran.

Plantó los pies descalzos sobre la cubierta húmeda, aferrando las cabillas de roble con las palmas cicatrizadas.

Tenía la mirada fija en el cuello de botella que se abría al frente: dos restingas de piedra caliza y coral negro entre las cuales el agua no rompía en olas, sino que hervía en una corriente densa, oscura y aceitosa.

Me coloqué de pie sobre la batayola de estribor, con la sonda de mano sujeta entre mis dedos desnudos. El cordel de cáñamo, marcado con nudos de lino blanco a cada braza, me quemaba la piel con la vibración del agua corriendo a seis nudos bajo nuestra roda.

—¡Fondo a trece brazas! —canté a pleno pulmón, volviendo el rostro hacia Silva por encima del crujido del aparejo—. ¡Canal despejado por el centro! ¡El veril de coral cae a pique a dos cuartas por sotavento!

Silva asintió con un golpe seco de la barbilla. No miraba la sonda; me miraba a mí. Su figura, recortada contra el velamen hinchado por el viento del sudeste, emanaba una seguridad salvaje que desafiaba a la muerte.

—¡A la escota de mesana! —rugió Raymond a los gavieros—. ¡Cazad dos dedos y dejad que el morro caiga a babor! ¡Que parezca que huimos a la desesperada!

El bergantín obedeció con una sacudida brusca. La maniobra, torpe a los ojos de un marinero inexperto, expuso nuestra aleta de popa hacia la bocana de la ensenada.

En la fragata británica mordieron el anzuelo.

A través del anteojo, vi cómo el castillo de proa del Cerberus se inclinaba hacia nosotros al virar en redondo para presentar su batería baja.

Vance no quería desgastarnos con una persecución larga; quería cruzarnos la popa y meternos una andanada de treinta y dos bocas de fuego que triturara nuestro maderamen de un solo golpe.

Su roda blanca enfiló directamente el estrecho de la Aguja Negra, confiando en las cartas oficiales que prometían fondo suficiente para una fragata de guerra.

—¡Once brazas! —grité, sintiendo el plomo tocar el fondo arenoso y rebotar en la corriente—. ¡Silva, el lecho sube! ¡El banco se estrecha a menos de treinta yardas!

—¡Aguanta esa sonda, Alistair! —respondió Raymond entre dientes, con las venas de los brazos hinchadas como cabos de cáñamo al forzar la rueda contra la resaca—. ¡Que entren tres cables más! ¡Que no puedan virar cuando vean la rompiente!

El aire se llenó de un silbido ensordecedor.

Una bala de a dieciocho libras del Cerberus atravesó la borda de popa de El Vengador a tres pasos de donde yo me encontraba.

El roble reventó en una lluvia violenta de astillas blancas de dos pies de largo; una de ellas me rasgó la manga de la casaca, rozándome el antebrazo con un fuego seco que me arrancó un reguero de sangre.

Ni pestañeé. La adrenalina me mantenía de pie sobre la regala, con el cordel tensado al límite entre mis dedos.

—¡Nueve brazas! —aullé, escupiendo la sal que me empapaba los labios—. ¡Nueve brazas y media! ¡El coral vivo está a cinco pies de la quilla!

—¡Largad la escota de mesana en banda! —bramó Silva, clavando todo su peso en la rueda del timón con un giro colosal que hizo crujir las cabillas—. ¡Caed a estribor a morir! ¡TODO A ESTRIBOR!

El bergantín dio un bandazo espantoso. La regala se sumergió en el agua turquesa hasta la altura del pasamanos, barriendo a dos artilleros por la cubierta resbaladiza; pero el casco aligerado, con los barriles de lastre vacíos y las cuadernas limpias, resbaló milagrosamente por la cresta de la lengua profunda del canal, virando en un ángulo imposible que nos sacó de la línea de tiro.

Detrás de nosotros, el Cerberus no tuvo esa gracia.

Un estampido colosal, sordo y cavernoso, resonó bajo la superficie del mar como si el lecho oceánico se hubiera quebrado en dos.

La fragata de treinta y dos cañones, lanzada a toda vela a ocho nudos de marcha, clavó su quilla de dieciséis pies directamente en el banco de coral fósil de la Aguja Negra.

El impacto fue tan monstruoso que su palo trinquete se partió por la mitad con el estruendo de un cañonazo, cayendo hacia adelante en una maraña de jarcias, vergas y lonas destrozadas que aplastó el castillo de proa.

El navío británico quedó encallado en seco, escorado a babor en un ángulo de veinte grados, con su hilera de cañones apuntando inútilmente hacia el cielo vacío.

Un aullido salvaje de júbilo y venganza estalló en el combés de El Vengador. Marineros curtidos bailaban sobre las cureñas, alzando los machetes hacia la fragata inmovilizada.

Salté de la batayola a la cubierta del alcázar con las piernas temblorosas pero el pulso firme.

Silva soltó la rueda del timón despacio; su pecho desnudo subía y bajaba en jadeos roncos, cubierto de salpicaduras de salitre y una mancha oscura donde la astilla del cañonazo me había salpicado la sangre.

Dio un paso hacia mí, acortando la distancia con esa mirada gris que me devoraba por entero. Me tomó por el brazo herido con una delicadeza inaudita para sus manos grandes, comprobando el rasguño con un roce tibio de sus yemas antes de clavarme los ojos.

—Te dije que no te temblaría la voz, escribano —murmuró, y en su sonrisa feroz había una devoción tan pura que sentí el impacto en el centro de mi pecho.

—El leviatán está varado —contesté en un susurro, sosteniéndole la mirada mientras el viento nos azotaba la ropa—. Pero sigue armado.

Silva miró de reojo la fragata encallada, luego volvió a mirarme a mí y desenvainó su sable de abordaje con un chasquido limpio.

—Pues vamos a cobrar la deuda antes de que suba la marea.