CAPÍTULO 17 Consejo de sangre
Subimos a la toldilla cuando el humo sulfuroso del cañonazo de aviso aún flotaba en jirones azulados sobre nuestra estela.
A una milla escasa por la aleta de estribor, el Cerberus ganaba terreno con la arrogancia de un leviatán de la Corona.
Cortaba las aguas turquesas del canal exterior con una ola blanca y perfecta bajo su roda, desplegando los juanetes y las alas para aprovechar hasta la última bocanada de la brisa matutina.
Sus portas bajas continuaban cerradas, pero las bocas de bronce de los colúbridos de proa asomaban por las amuras, listas para volver a escupir hierro al menor amago de virada.
La marinería de El Vengador se agolpaba en el alcázar con las caras demudadas por el pánico. Hombres que no temían a una cuchillada en la oscuridad miraban la doble batería de la fragata británica con el sudor corriéndoles por el pescuezo.
—¡Nos va a cortar la salida antes de que alcancemos el paso de Cayo Diablo! —bramó el timonel, clavando los nudillos lívidos en las cabillas de la rueda—. ¡Ese monstruo anda dos nudos más que nosotros con viento de través!
El capitán Thorne estaba inclinado sobre el tambor de la bitácora, con la mano crispada en la empuñadura de su sable y el rostro ceniciento.
—Si nos metemos a mar abierto, nos desmantela con dos andanadas de palanqueta —masculló Thorne, alzando la vista hacia mí con los ojos turbios de desesperación—.
Y si nos rendimos, colgará a sesenta hombres en los muelles de Port Royal.
Moore, vos conocéis las ordenanzas de la escuadra...
¿hay alguna opción de pactar cuartel con Vance?
Di dos pasos al frente, plantándome junto al compás de gobierno.
El viento del este me azotó la pechera de la casaca, pero no sentí el frío de la brisa; sentía el calor ardiente del pliego de vitela que llevaba guardado contra el pecho, y la presencia sólida, inmensa y despiadada de Silva cubriéndome el flanco a un paso de mi hombro.
—No hay cuartel posible con Percival Vance, capitán —mi voz cortó el murmullo de la tripulación con una firmeza que no admitía réplica—.
Vance no ha venido a apresar un bergantín pirata para someterlo a juicio de presas.
Ha venido a quemar este casco con todos nosotros dentro para no dejar un solo testigo vivo que pueda hablar ante la corte del Almirantazgo en Londres.
Un clamor de zozobra sacudió a los artilleros que se apretujaban en la escala del combés.
—¡El escribano tiene razón! —rugió una voz áspera y bronca desde el pie del palo mayor.
Raymond Silva subió los tres peldaños del alcázar con la pesadez elástica de una fiera que salta al ruedo.
Llevaba la camisa abierta sobre el pecho, el sable de abordaje que había arrebatado a un amotinado terciado en el cinto y en la mano diestra, sostenida en alto para que los sesenta marineros pudieran verla, la orden de ejecución encerada con el sello de lacre rojo de la Corona.
—¡Mirad esto, carroña! —aulló Raymond, encarándose con la marinería—.
¡Aquí está la firma del noble caballero que manda esa fragata!
¡Treinta y dos cañones pagados con la sangre de mis muchachos en Santo Domingo y con los caudales que le robó a la flota antes de culpar a Moore de sus desfalcos!
¡Ese perro no hace prisioneros porque los muertos no declaran ante los jueces!
Hizo una pausa salvaje, recorriendo con sus ojos grises los rostros curtidos de los corsarios.
—Si queréis poneros de rodillas y esperar a que os echen brea hirviendo por el gaznate como hicieron con mi gente, arriad las velas y sacad una bandera blanca. ¡Pero si queréis morir como hombres de la costa, dejad de miraros las tripas y ayudadme a arrancarle el timón de cuajo!
El silencio que cayó sobre la nave fue espeso, cargado de una tensión que hizo crujir el maderamen bajo nuestras botas. Thorne miró a Silva, luego a mí, y por último bajó la vista hacia el papel que Raymond agitaba contra el viento.
—Silva... —dijo Thorne, con la voz ronca de orgullo herido—. Aunque no nos rindamos, el Cerberus tiene el doble de cañones y el triple de tripulación. Si nos bate a tiro de fusil, nos barrerá la cubierta en diez minutos.
—No vamos a batirnos a tiro de fusil —intervine yo, dando un paso adelante y desplegando de golpe la carta corregida de los bajos de Cayo Diablo sobre la cubierta de la bitácora—. Vamos a tenderle una trampa en su propio terreno.
Alisté el compás de puntas con mano firme, señalando el estrecho canal que zigzagueaba entre los dos bancos de arena blanca y cabezas de coral fósil.
—El Cerberus es una fragata pesada; cala dieciséis pies con las bodegas llenas de provisiones y munición de combate.
El Vengador, recién calafateado y con la sentina limpia, apenas pasa de las diez brazas y media de calado si vaciamos los barriles de agua sucia de proa y corremos la artillería a crujía.
Silva apoyó la palma sobre la vitela, justo al lado de mis dedos. El calor de su mano rozó la mía en un contacto disimulado pero eléctrico, cerrando el plan ante los ojos del capitán.
—El canal de la Aguja Negra —dijo Silva, clavando su uña en una angostura de menos de cuarenta yardas rodeada de rompientes invisibles—.
Si viramos en redondo como si estuviéramos desgobernados por el pánico, Vance creerá que intentamos huir hacia los cayos interiores.
Se confiará. Meterá la fragata en el embudo para cerrarnos el paso con su artillería de babor...
y dejará la quilla clavada en la lengua de coral vivo antes de que sus gavieros puedan cantar la sonda.
Thorne se inclinó sobre el plano, estudiando los números y las cotas corregidas a lápiz de plomo que horas antes Silva y yo habíamos trazado en el camarote.
—Es una maniobra demencial —murmuró el capitán, tragando saliva—. Si fallamos por media cuarta, encallaremos nosotros primero y nos reventará las maderas a quemarropa sin necesidad de abordaje.
—Conozco ese canal piedra por piedra, Thorne —replicó Silva con una sonrisa ladeada, fría y letal—. He sacado balandras de ese agujero de noche y con temporal. Y esta vez tengo al intendente a mi lado para cantarme el fondo brazal a brazal sin temblarle la voz.
Thorne levantó la cabeza. Miró la estela blanca del Cerberus, que ya abría sus portas de caza disparando una segunda andanada de humo y pólvora por la aleta lejana, y luego nos miró a nosotros: dos hombres marcados por el mismo hierro, erguidos hombro con hombro sobre el alcázar de su barco.
El viejo corsario desenvainó su sable y golpeó la batayola con un chasquido metálico.
—¡A la voz de Silva y Moore toda la dotación! —decretó Thorne con un bramido que despertó el rugido de la asamblea en el combés—. ¡Alinead la artillería a crujía! ¡Arriad los botes auxiliares y soltad el lastre de proa! ¡Vamos a meter a ese comodoro en la boca del infierno!