CAPÍTULO 16 El fantasma compartido
El cerrojo de hierro del camarote de intendencia encajó en el marco con la violencia de un golpe de hacha.
Afuera, la carrera desbocada de sesenta pares de pies descalzos sobre la cubierta superior hacía vibrar las cuadernas; las órdenes aulladas por Thorne y el silbido lacerante del aparejo al ser cazado a la desesperada no eran más que un zumbido sordo al otro lado de la tablazón.
La fragata Cerberus había ganado el barlovento exterior y nos perseguía como un sabueso ciego de sangre, devorando la distancia en cada cabezada de la marejada.
Me detuve ante la mesa abatible con la respiración entrecortada.
Apoyé ambas palmas sobre el tablero de nogal para contener el temblor que me sacudía los hombros; el mapa general de las Antillas y las cartas de derrotas yacían desparramadas bajo la luz turbia del tragaluz, arrugadas por la humedad de la huida.
Silva entró tras de mí sin hacer ruido. Cerró la tranca interior con un empujón seco de su bota y se quedó plantado en mitad del habitáculo estrecho, llenándolo con su volumen imponente y esa furia silenciosa que parecía calentar el aire viciado hasta volverlo irrespirable.
Metió la mano bajo el lino de su camisa parda.
De un bolsillo interior oculto entre las costuras de su faja de cáñamo, extrajo un pliego de vitela doblado en cuatro, protegido por una funda de vejiga de cerdo encerada para preservarlo del agua salobre del mar.
Estaba amarillento por el tiempo, ajado por los dobleces y manchado en los bordes con un cerco parduzco de salitre seco y sangre vieja.
Lo arrojó sobre mis cartas náuticas sin pronunciar una sola palabra.
El pergamino se abrió a medias, mostrando el sello oval de lacre bermellón partido por la mitad: el escudo de armas del Almirantazgo británico en Jamaica y la rúbrica inconfundible de tres trazos angulosos y soberbios trazados con tinta negra indeleble.
Percival Vance, Comodoro de la Escuadra de Barlovento.
Tragué saliva en seco, sintiendo que un abismo helado se abría bajo mis pies.
—Mira la fecha —dijo Silva con una voz bronca, cavernosa, que raspó las paredes del camarote como un cabo deshilachado—. Mírala con esos ojos letrados que todo lo miden, Alistair.
Acerqué la vela de sebo con dedos rígidos. Mis ojos devoraron el encabezado oficial, las fórmulas en latín de la cancillería naval y la fecha grabada en la esquina superior diestra: 14 de agosto de 1718.
El estómago se me encogió en un espasmo salvaje.
—El catorce de agosto... —susurré, y la voz me salió rota, despojada de todo aire—. Ese fue el día en que la corte marcial se reunió en Port Royal para dictar mi sentencia. El día en que me quitaron la casaca y me ataron al cabrestante del muelle para darme cincuenta azotes antes de desterrarme.
—Lee la orden, Moore —insistió Raymond, dando un paso al frente hasta clavar su cadera contra el borde de la mesa, tan cerca que sentí el calor abrasador de su cuerpo atravesando la tela de mi uniforme—. Lee lo que firmó ese bastardo mientras tú sangrabas en la plaza de armas.
Mis ojos descendieron por las líneas apretadas de la caligrafía militar. Cada palabra era un puñal hundiéndose en una llaga purulenta:
«...Por cuanto se hace perentorio justificar el faltante de caudales y munición asentado en los libros mayores de la escuadra, procédase a la confiscación y quema sumaria de la balandra forajida La Furia en la cala de Santo Domingo, atribuyéndose a sus tripulantes el pillaje de los almacenes reales de Kingston.
Ningún prisionero será conducido a corte de justicia para evitar testimonios que entorpezcan el despacho de Su Majestad.
El producto de las presas y el metal amonedado hallado a bordo quedará bajo custodia directa de este mando para la reposición de fondos... »
El pergamino crujió bajo mis dedos. Apreté la vitela con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos como el marfil.
La trampa era perfecta, monstruosa y de una vileza matemática.
Vance no solo me había utilizado a mí como chivo expiatorio para tapar sus propios desfalcos de caudales de la Marina; había necesitado un cadáver al que cargarle el robo en los libros oficiales de Londres.
Había masacrado a los hombres de Silva, había quemado su barco y había robado su botín para justificar el agujero contable que yo me había negado a falsear con mi firma.
Nuestras desgracias no eran dos tragedias aisladas en el inmenso Caribe. Eran las dos mitades de la misma moneda envenenada acuñada por la mano de Percival Vance.
—Nos utilizó a los dos —dije, alzando la vista hacia él.
Las palabras me quemaban la garganta como plomo derretido—.
A mí me usó para cerrar los libros con un culpable deshonrado; a ti y a tus muchachos os usó para cuadrar las pérdidas con una matanza que nadie investigaría.
El dinero que me negué a robar para él...
lo pagasteis vosotros con fuego y sangre en esa playa.
Silva me miró fijamente. En sus ojos grises ya no había burla, ni desconfianza, ni la distancia del forastero recogido de las olas.
Había un reconocimiento absoluto, trágico y devorador.
La máscara del corsario invulnerable se resquebrajó por completo, dejando al descubierto al hombre roto que durante dos años había masticado ceniza y sed buscando una razón para no dejarse morir en el océano.
Dio un paso lateral, acortando la última distancia que nos separaba en el rincón angosto.
Su mano derecha —la que aún conservaba las marcas rosáceas de las quemaduras de cuerda— subió con una lentitud que me paralizó el aliento.
Sus dedos grandes, callosos y calientes como hierro forjado, se cerraron alrededor de mi nuca con una firmeza desesperada, casi dolorosa, hundiendo las yemas en la base de mi cabello.
Me atrajo hacia sí con un tirón firme, inexorable, hasta que su frente chocó contra la mía.
El contacto fue una descarga eléctrica que me sacudió desde la coronilla hasta las botas.
Sentí el latido desbocado de su pulso golpeando contra mi sien; su respiración, caliente y agitada por una furia que compartíamos hasta la última gota de sangre, me inundó los labios con el sabor amargo del salitre y la rabia.
—Ese perro no vino a buscar a El Vengador —susurró Silva, y su voz fue un rugido ahogado que vibró directamente contra mis huesos—.
Ha venido por nosotros, Alistair. Ha venido porque sabe que mientras tú respires, tus libros pueden llevarlo a la horca en Londres; y porque sabe que mientras yo esté vivo, no habrá rincón en este infierno donde pueda dormir sin mirar por encima del hombro.
Cerré los ojos un segundo, apoyando mi frente con fuerza contra la suya.
El dolor antiguo, la vergüenza del destierro y la soledad que me había carcomido las entrañas durante cuatro años se disolvieron en el calor aplastante de su cercanía.
Ya no era un funcionario expulsado ni un náufrago condenado: éramos dos voluntades forjadas en la misma injusticia, atadas por una lealtad que desafiaba a los reyes y a las leyes del mundo.
Subí mis dos manos, desobedeciendo cualquier mandato de cordura, y me aferré a la tela de su camisa sobre sus costados, apretando la lona áspera contra mis puños para anclarme a él.
—No vamos a huir, Raymond —dije en un murmullo entrecortado, abriendo los ojos para clavar mi mirada en la suya a menos de una pulgada—. No voy a pasar el resto de mis días corriendo de cayo en cayo mientras él viste sedas con nuestra sangre.
Silva sonrió. Fue una sonrisa feroz, salvaje, hermosa en su absoluta falta de piedad.
Deslizó su mano desde mi nuca hasta mi mandíbula, acariciando la piel tensa de mi cuello con el pulgar antes de presionar su boca contra la mía.
No fue el roce tímido de la noche de encierro ni el contacto apresurado de la playa.
Fue un beso abrasador, hambriento, cargado de una devoción violenta que nos arrancó el aire a los dos; una entrega visceral donde la rabia, el deseo reprimido y el pacto de sangre se fundieron en un fuego que me hizo arquear la espalda contra su pecho, olvidando el barco, el mar y la muerte que nos pisaba los talones.
Silva ahogó un gemido sordo contra mis labios, rodeándome la cintura con el otro brazo para alzarme casi en vilo contra la madera de la mesa. La fuerza de su cuerpo contra el mío era un torrente que amenazaba con arrasar cualquier frontera.
¡BOOOOM!
El estampido atronador de un cañonazo de aviso retumbó sobre el agua exterior con la violencia de un trueno en el sollado.
La onda expansiva sacudió las cuadernas de El Vengador, haciendo bailar la vela sobre el platillo de estaño y arrojando el compás de puntas al suelo con un chasquido metálico.
El silbido de una bala de a veinticuatro libras rasgando el viento a menos de cien yardas de nuestro palo mayor nos congeló en el acto.
Silva no se apartó de inmediato. Mantuvo su boca pegada a la mía durante dos latidos eternos, respirando mi mismo aire, antes de deslizar sus labios hacia mi oreja con un susurro que me encendió la sangre:
—Trae las cartas de los bajíos, intendente. Es hora de enseñarle a la asamblea cómo se caza a un comodoro.