CAPÍTULO 15 Velas al horizonte
El toque frenético de la campana de combate no necesitó esperar a la orden de la toldilla. Antes de que el vigía terminara de desgañitarse desde la cofa, la cubierta de El Vengador se convirtió en un avispero alborotado por el miedo.
Los hombres subían por las escotillas a medio vestir, tropezando con las argollas de hierro y atándose los machetes a la cintura con cuerdas de esparto.
En alta mar, un bergantín corsario podía desafiar a balandras, mercantes artillados y guardacostas locales; pero la silueta que recortaba las primeras luces lechosas del alba, emergiendo de la bruma entre el este y el sureste, pertenecía a una categoría muy distinta.
Subí al pasamanos de barlovento y extendí el catalejo de latón de tres tiros. El metal, frío y empañado por el relente de la noche, vibraba contra la cuenca de mi ojo por el pulso desbocado que me golpeaba las sienes.
El amanecer rompía el horizonte en una franja color herrumbre y ceniza.
A través de la lente de aumento, la bruma se abrió lo suficiente para mostrar la envergadura del leviatán que se nos venía encima: tres palos con aparejo completo de cruz, casco negro con una franja blanca inmaculada que delimitaba dos hileras cerradas de portas de artillería, y un velamen inmenso que recogía el viento del alba con una arrogancia implacable.
Treinta y dos bocas de fuego de grueso calibre. Una fragata de quinta clase de la Marina Real británica, diseñada para cazar, destrozar y barrer del océano a cualquier navío menor.
—¿Qué bandera lleva en el tope? —bramó el capitán Thorne a mi espalda, subiendo la escala a trompicones mientras se abotonaba la casaca militar sobre la camisa sucia.
Ajusté el enfoque del catalejo hacia la perilla del palo mayor.
El corazón se me detuvo en seco en medio del pecho.
No era solo el pabellón de combate británico, la cruz roja sobre campo blanco con la enseña de la Unión en el cantón. Ondulando en el asta de mesana, ondeaba un gallardete personal estrecho y largo: seda carmesí bordada con una corona de laurel dorado rodeando una espada rota.
La insignia de mando del comodoro Percival Vance. Comandante de la escuadra de represión del Caribe y juez supremo de la corte marcial de Kingston.
La sangre se me retiró de la cara en una marea helada.
El catalejo me tembló en los dedos; la respiración se convirtió en un silbido árido que me quemó la garganta.
Cuatro años de destierro, cuatro años huyendo del recuerdo de aquel estrado donde me despojaron del uniforme, de la honra y de la dignidad...
y el verdugo de mi vida entera emergía del mar abierto como una pesadilla que se negaba a morir.
—Moore —la voz de Silva sonó a mi lado, baja, dura como el hierro colado.
Una mano grande y áspera me arrebató el catalejo con un tirón seco.
Raymond se pegó a la regala, apoyando un pie en la cureña del cañón de popa para sostener el anteojo.
Miró a través de la lente durante apenas tres segundos.
Tres segundos en los que vi cómo cada músculo de su cuerpo se convertía en piedra: los tendones de su cuello se hincharon hasta parecer maromas al límite de ruptura, las aletas de su nariz se dilataron en un estertor de furia pura y su mandíbula crujió con tal violencia que creí escuchar el estallido de sus propios dientes.
Bajó el catalejo despacio.
En sus ojos grises no había temor, ni sorpresa, ni la prudencia del estratega. Había un abismo de odio ciego, ardiente, demencial.
—Es el Cerberus —dijo, y su voz no fue más que un estertor cavernoso que heló el aire entre nosotros—. Es el barco de Vance.
Nuestras miradas se cruzaron sobre la bitácora.
No hicieron falta palabras. En ese segundo suspendido entre el rumor de las olas y el clamor de sesenta piratas aterrorizados, comprendí con una claridad escalofriante el pacto silencioso que acababa de sellarse entre nuestras almas.
El hombre que me había desollado la espalda en el muelle de Kingston para encubrir sus desfalcos era el mismo oficial que había quemado viva a la tripulación de Raymond en las arenas de Santo Domingo.
La Corona no nos perseguía como a forajidos cualesquiera: nuestro juez común venía a cerrar la tumba de los dos hombres que habían osado sobrevivir a su tiranía.
—¡Por todos los demonios del infierno! —rugió Thorne, quitándole el catalejo a Silva y mirando con pánico hacia la fragata, que ya ganaba el barlovento de la ensenada—.
¡Vance en persona! Si esa bestia nos encañona dentro de este fondeadero, no necesitaremos juicio: nos triturará las maderas a quemarropa antes de que podamos levar anclas.
El capitán se volvió hacia el combés, desenvainando el sable para infundir un orden desesperado:
—¡Cortad las amarras con hachas! ¡No perdáis tiempo con el cabrestante! ¡Largad los juanetes y las gavias! ¡Todo el velamen al viento, vamos a meternos en el paso de los bajos hacia el norte! ¡Zafarrancho de huida!
La marinería se lanzó sobre las bitas, descargando hachazos frenéticos sobre los cabos de cáñamo que nos ataban al fondo de Cayo Sal.
Silva no se movió. Permaneció clavado junto a mí en la regala, mirando fijamente la proa blanca del Cerberus, que hendía la espuma como una guadaña imparable a menos de dos millas de distancia.
Su mano derecha se cerró sobre la empuñadura de su puñal de asta hasta que los nudillos cicatrizados se le pusieron blancos.
—No vamos a huir de él, Alistair —susurró Raymond, con una calma aterradora que me caló hasta los huesos—. Esta vez no.
Lo miré, sintiendo que el peso de mi espada ropera y el rigor de mis cuadernos de intendencia se disolvían en la misma hoguera que ardía en su pecho. El intendente prudente había muerto en el arrecife; el hombre que quedaba en pie solo reconocía la ley de la justicia que el mar nos debía.
—No —contesté, y mi voz salió firme, despojada de cualquier vacilación—. Esta vez pagará la deuda entera.