El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 14 Noche de guardia compartida
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CAPÍTULO 14 Noche de guardia compartida

La marea viva de la medianoche levantó a El Vengador del lecho de arena con un crujido sordo y húmedo de maderas liberadas.

Los calafates habían cumplido su palabra: las costuras de la obra viva, selladas con estopa fresca y brea hirviendo, aguantaron el empuje del mar sin que la sentina delatara más filtración que el rezumo habitual de un casco viejo.

Para cuando las sombras engulleron los mangles de Cayo Sal, el bergantín flotaba de nuevo a salvo, fondeado en diez brazas de agua profunda al abrigo del cabo exterior.

Higgins y sus cómplices yacían engrilletados en la sentina de proa, entre el hedor a fango y las ratas, vigilados por dos artilleros leales a los que doblé la ración de aguardiente por orden de asamblea.

Me correspondía la guardia de la medianoche en el alcázar.

La cubierta superior, lavada con baldes de salmuera para borrar los rastros de brea y sangre de la tarde, descansaba en una quietud casi irreal.

Las velas permanecían cargadas sobre las vergas, siluetas oscuras recortándose contra una bóveda tropical cuajada de estrellas frías y brillantes como esquirlas de diamante.

El aire traía el aroma limpio del océano abierto, libre del bochorno espeso de la costa.

Apoyé ambos codos en la batayola de popa, contemplando la estela fosforescente que el agua trazaba alrededor de la pala del timón.

La espada ropera me pesaba en el cinto con una familiaridad amarga; la muñeca derecha aún me palpitaba con un dolor sordo por la parada contra el machete de Higgins, pero mi mente estaba lejos del motín sofocado.

Estaba atrapada en la memoria abrasadora de una espalda ancha apretada contra la mía, y en el tacto áspero de unos dedos acariciando la piel de mi mandíbula junto al manantial.

Un crujido leve sobre la tablazón del puente anunció una presencia. No necesité volverme: el paso elástico, firme y descalzo era inconfundible.

Silva subió los tres peldaños del alcázar con parsimonia.

Se había enfundado una camisa limpia de lino pardo —robada o conseguida de algún fardo del pañol de velas— con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos cubiertos de tendones y vello oscuro.

Las manos, libres al fin de las vendas ennegrecidas de brea, mostraban la carne rosácea y tirante de las laceraciones cicatrizando a la fuerza, manchadas solo por el rastro ceniciento de las hebras de tabaco que sostenía entre el pulgar y el índice.

Se detuvo a mi lado, apoyando la cadera contra la regala a menos de un palmo de mi hombro.

—Tienes cara de estar calculando cuántos cuartillos de vinagre nos costará limpiar el calabozo, escribano —dijo con esa voz cavernosa y ronca que siempre parecía vibrar en el aire antes de llegar al oído.

—Calculaba cuánto tiempo tardará la gangrena en pudrir el juicio de los hombres cuando el ron empiece a escasear de nuevo —contesté con tono seco, aunque la rigidez de mi voz no logró disimular la sacudida sorda que su cercanía provocó en mi pecho—.

Deberíais estar en el jergón, Silva. Vuestro costado sangraba hace seis horas y las costuras de vuestras heridas no son de hierro.

—Las costuras aguantan —replicó con un desdén perezoso—. El sollado apesta a miedo y a sudor agrio. Prefiero el aire de este rincón... y la compañía de un hombre que sabe pelear sin gritar como una comadre histérica.

Sacó una tabaquera de cuerno desgastada y un pedernal.

Encendió un cabo de hoja de tabaco negro; la chispa iluminó por un instante el relieve afilado de sus pómulos, la sombra de su barba espesa y el brillo grisáceo de sus pupilas, fijas en el horizonte este.

Dio una calada honda y expulsó una columna de humo denso y aromático que la brisa nocturna dispersó hacia el velamen.

Sin mediar palabra, extendió el brazo y me ofreció el cigarro.

Vacilé un segundo. En mis años de oficial de la Corona, fumar el tabaco rudo de los marineros en el puente de guardia habría supuesto una falta de decoro merecedora de amonestación en el libro de órdenes.

Miré sus dedos curtidos sosteniendo la hoja encendida, miré la tranquilidad insolente con que me desafiaba a ser humano, y tomé el cigarro.

Nuestros dedos se rozaron al pasar la brasa. La fricción fue breve, pero el calor residual de su piel me dejó una quemadura dulce en las yemas.

Di una calada corta. El humo era áspero, amargo, con un toque a melaza y tierra quemada que me raspó el paladar pero templó el frío que llevaba anidado en el estómago desde el tiroteo en la playa.

Le devolví el cigarro; Silva lo aceptó y se lo llevó a la boca exactamente por el mismo extremo que mis labios acababan de rozar, sosteniéndome la mirada en la penumbra con una parsimonia deliberada que me hizo tragar saliva.

—¿Por qué La Furia? —pregunté en un susurro, rompiendo la tensión que amenazaba con devorarnos de nuevo—. El capitán Thorne dijo que mandabais una balandra con ese nombre antes de que os encontráramos a la deriva.

Silva exhaló el humo despacio, viendo cómo la nube gris se disolvía entre los obenques de mesana. La burla de sus facciones se apagó, reemplazada por una quietud sombría, gélida, que transformó sus ojos en dos esquirlas de pedernal.

—Era una balandra de doce cañones —dijo, y su voz cayó tan baja que tuve que inclinarme ligeramente para no perder sus palabras sobre el rumor del oleaje—.

Rápida como una golondrina de mar. La armamos en las islas Vírgenes con cuarenta hombres que habían desertado de los astilleros de Su Majestad o de los pontones de esclavos de Barbados.

No éramos carniceros, Moore. Asaltábamos mercantes de la Compañía de Indias, vaciábamos el añil y la plata, y dejábamos a las tripulaciones ilesas con provisiones para ganar la costa más cercana.

Hizo una pausa, apretando el cigarro entre los dientes con tanta fuerza que la hoja seca crujió.

—Hace dos meses entramos en una ensenada ciega al sur de Santo Domingo para carenar, exactamente igual que hicimos hoy en Cayo Sal.

Estábamos desarmados en la orilla, con la mitad de la artillería en tierra y la pólvora almacenada en chozas de palma.

No hubo vigía que diera la alarma: un bergantín corsario aliado que debía cubrirnos el barlovento nos vendió a la Armada Real por doscientos doblones de oro y el perdón del gobernador de Jamaica.

Sentí un escalofrío helado subirme por la espalda.

—Una fragata de treinta y dos cañones entró con la marea alta —continuó Silva, y sus palabras salían desprovistas de furia, con esa frialdad atroz que solo deja el odio masticado durante semanas—.

Bloquearon la boca de la ensenada a cien yardas de la rompiente.

No arriaron lanchas para exigir rendición ni leyeron la proclama contra la piratería.

Abrieron fuego con bala incendiaria y metralla de palanqueta sobre la playa.

Silva bajó la mirada hacia la madera de la regala. Sus dedos se crisparon sobre el pasamanos con tal violencia que las articulaciones chasquearon.

—Vi cómo el fuego de brea llovía sobre mis muchachos.

Hombres que habían navegado conmigo cinco años ardiendo vivos sobre la arena blanca, chillando como cerdos en un matadero sin un solo pedrero con el que responder.

Mi segundo de a bordo, un muchacho de Bristol de apenas diecinueve años, intentó nadar hacia el chinchorro para salvar los barriles de agua dulce; una bala de a dieciocho le partió el espinazo en dos delante de mis ojos.

Tragué saliva con dificultad. La imagen brutal de la masacre me golpeó en el pecho con la fuerza de un impacto físico, despertando el eco de mis propias humillaciones frente a los tribunales militares.

—¿Y vos? —susurré, con el corazón encogido en un puño.

—Me cogieron vivo entre el humo cuando la playa era ya un cenicero lleno de carroña —dijo Silva con una sonrisa rota, desprovista de toda vida—.

El comodoro de la escuadra bajó a tierra con sus oficiales impolutos, pisando las cenizas con sus botas de tafilete relucientes.

Ordenó que me ataran de rodillas frente a los restos humeantes de La Furia para que viera cómo le prendían fuego a mi navío con los cadáveres de mi gente dentro.

Me dijo que los renegados no merecían juicio de corte, sino ser borrados del mapa como una mancha de tinta en un libro de bitácora.

Una punzada ardiente me atravesó las entrañas. La saña metódica de la Marina Real, la misma arrogancia aristocrática que me había despojado de mi honor y mi carrera, cobraba en el relato de Silva una dimensión sangrienta y monstruosa.

—Me ataron a ese madero de gavia calcinado —añadió Raymond, mirando sus palmas cicatrizadas—. Dijeron que el mar se encargaría de colgarme sin gastar cáñamo real. Pasé cuatro días bebiendo rocío y tragando sol antes de que vuestro vigía me divisara en el Paso de los Vientos.

El dolor que manaba de sus palabras era una herida abierta, viva, mucho más profunda que los cortes en su costado o las marcas de látigo de su espalda.

Sin pensarlo, sin medir las consecuencias ni escuchar la voz cobarde del decoro que durante toda mi vida me había dictado la distancia, moví mi mano izquierda sobre la madera fría de la regala.

Cubrí su mano derecha crispada con la mía.

El contacto fue instantáneo. La piel de Silva estaba caliente, áspera, temblorosa por la furia contenida.

Al sentir la presión suave de mis dedos sobre los suyos, su respiración se detuvo en seco; sus hombros se congelaron y giró la cabeza hacia mí muy despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco rompiera el sortilegio de la noche.

No apartó la mano.

Con un giro lento de su muñeca, Silva volvió la palma hacia arriba y deslizó sus dedos gruesos y callosos entre los míos.

Entrelazó su mano con la mía, apretando con una fuerza sorda, desesperada, casi dolorosa, anclándose a mi agarre como el náufrago que halla por fin una roca firme en medio del oleaje embravecido.

Permanecimos inmóviles bajo el firmamento estrellado.

El silencio del océano nos envolvió en una intimidad salvaje y desarmada; no hacían falta ordenanzas, ni juramentos, ni explicaciones de cuentas.

Nuestras manos unidas sobre la regala de El Vengador sellaban una comunión nacida de la misma ceniza y del mismo desprecio por un mundo que nos había declarado proscritos.

Silva inclinó la cabeza hacia mí, y por un instante eterno sentí la calidez de su aliento rozándome la mejilla, a punto de quebrar la última frontera.

—¡LUCES AL HORIZONTE! —el aullido desgarrado del vigía de guardia desde la cofa de trinquete cayó sobre el alcázar como un rayo.

El grito rompió el encanto en mil pedazos.

Silva y yo soltamos nuestras manos de un tirón reflejo, dando un paso atrás simultáneo como si la madera nos hubiera quemado. Llevé la mano al pomo de mi espada mientras Silva levantaba la cabeza hacia el este, con la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados contra la negrura marina.

—¡Luces de posición por el este-sureste! —repitió el vigía con voz histérica—. ¡Velas altas cuadriculadas! ¡Avanzan a toda lona con viento favorable!

Miré hacia la boca de la ensenada, más allá de la restinga de coral.

En la línea oscura donde el mar se fundía con el cielo nocturno, dos faroles de posición de gran porte brillaban con un resplandor cobrizo inconfundible: un navío de guerra de gran calado navegando a toda máquina hacia nuestra posición.