El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 13 Voto a bríos
35%

CAPÍTULO 13 Voto a bríos

El humo azulado de la pólvora quemada reptaba sobre las copas de los mangles mucho antes de que el sendero se abriera a la blancura cegadora de la playa.

Corrí con la mano izquierda aferrada a la vaina de mi espada ropera para evitar que el gavilán se enredara en la maleza, con el corazón golpeándome contra la garganta.

A mi lado, abriéndose paso entre los troncos nudosos con zancadas largas y elásticas que no delataban la herida de su costado, Raymond Silva avanzaba en silencio, con la mirada fija en el claro de la orilla y la fiera despierta en los ojos grises.

Al salir de la espesura, el cuadro que encontramos era el de una rebelión consumada.

Junto a la tienda de campaña del capitán, armada con una vela de trinquete vieja sobre cuatro estacas, el cofre de hierro de los caudales de intendencia yacía ladeado sobre la arena revuelta.

La cerradura de tres pestillos ya mostraba marcas violentas de cortafríos.

El contramaestre Higgins, con el rostro congestionado por el sol y la borrachera de aguardiente robado, empuñaba un machete ancho con la hoja mellada, flanqueado por cuatro artilleros de su facción armados con chuzos y tercerolas cortas.

A diez pasos, el capitán Thorne yacía sentado en la arena, sujetándose la cabeza ensangrentada con un trapo sucio; un culatazo traicionero lo había dejado fuera de combate antes de que pudiera desenvainar.

Dos calafates leales permanecían de rodillas con las manos en la nuca, encañonados por un gaviero tuerto.

—¡Romped ese maldito gozne de una vez! —aullaba Higgins, pateando la chapa de hierro del cofre—. ¡El barco se pudre en la arena y no vamos a esperar a que una escuadra real nos cuelgue como a perros! ¡Nos llevamos la plata de las presas y el ron que queda en el bote grande!

—¡Higgins! —mi voz sonó como un latigazo en medio del rumor del oleaje.

Di cuatro zancadas firmes sobre la arena suelta, desenvainando la espada ropera con un silbido limpio de acero toledano. Me planté en seco entre el contramaestre y el cofre comunal, interponiendo mi cuerpo frente a las arcas del bergantín.

—Apartad esas garras del caudal de la compañía —ordené, con un tono gélido que heló el aire abrasador del mediodía—.

El artículo duodécimo de la carta partida castiga el saqueo de los fondos comunes con la muerte inmediata sin derecho a voto en asamblea.

Soltad ese hierro y volved a la faena de calafateo si no queréis que vuestro cuerpo sirva de cebo a los tiburones de la barra.

Higgins soltó una carcajada viscosa, mostrando los dientes ennegrecidos por el tabaco. Escupió una hebra oscura sobre la arena a escasas pulgadas de la punta de mi bota.

—Miren al señor escribano... —se burló, balanceando el machete con una soltura homicida—.

Se cree que sigue en la aduana de Su Majestad.

Tu capitán está medio muerto en la arena y tus leyes no valen una mierda sin pólvora seca en la santabárbara, Moore.

Apártate de ese cofre o te abriré en canal desde la nuez hasta la pretina para ver si de verdad tienes sangre o solo tinta en las tripas.

El gaviero tuerto y dos artilleros dieron un paso al frente cerrando el semicírculo, bajando las puntas de sus chuzos hacia mi pecho.

Estaba solo frente a cinco hombres armados. El peso del cofre de hierro a mi espalda me impedía retroceder, y mi ropera, ligera y diseñada para la esgrima de punta, poco podía hacer contra la embestida simultánea de tres machetes pesados en terreno abierto.

Apreté los dientes, cuadré los hombros y levanté la punta del acero hacia el ojo derecho de Higgins, dispuesto a vender cara la piel.

—¡Voto a bríos que tenéis prisa por morir, basura de puerto!

Un rugido atronador sacudió la playa.

Antes de que Higgins pudiera descargar el tajo, una masa de fuerza pura irrumpió desde mi flanco derecho. Silva no venía desarmado: en el linde de la espesura había arrancado un chuzo de abordaje de cinco pies abandonado por la cuadrilla de guardia.

Raymond cayó sobre el primer artillero como un rayo; la contera de hierro del asta golpeó la mandíbula del forajido con un chasquido sordo de hueso quebrado, haciéndolo rodar inconsciente sobre la arena.

Sin detener el impulso, Silva barrió el chuzo en un arco bajo, quebrando la rodilla del segundo amotinado antes de plantarse con un salto elástico a mi espalda.

El choque fue inmediato, visceral y absoluto.

Sentí el impacto de su espalda ancha y caliente contra la mía.

La solidez de sus omóplatos apretándose contra los míos me transmitió una corriente de fuerza salvaje que borró cualquier atisbo de duda.

Éramos un solo bloque: dos hombres desterrados cubriéndose el ángulo ciego, respirando al mismo compás sobre la arena calcinada de Cayo Sal.

—Te dije que desenvainabas despacio, escribano —gruñó Silva contra mi nuca, con la voz empapada de adrenalina pura y esa ferocidad que le nacía en el filo del peligro.

—Y yo os dije que no abandonarais la orilla, señor Silva —repliqué entre dientes, manteniendo la vista clavada en Higgins mientras sentía la vibración brutal de sus músculos tensos contra mi espinazo—. Encargaos de los flancos. El contramaestre es mío.

—A tu orden, intendente. Pero date prisa, que me canso de romper costillas.

Higgins bramó una maldición y se abalanzó sobre mí con un mandoble descendente que buscaba partirme la clavícula.

Di medio paso lateral sin romper el contacto con la cadera de Silva, desviando la hoja pesada del machete con una parada de cuarta que hizo saltar chispas del acero toledano.

La fuerza del golpe me sacudió la muñeca, pero la elasticidad de mi hoja absorbió la violencia; aproveché el desequilibrio del contramaestre para meter la cazoleta en su rostro, rompiéndole el labio superior y haciéndolo retroceder tambaleante sobre la arena ensangrentada.

A mi espalda, el combate era un torbellino de madera y hierro.

Sentí el embate de los dos marineros restantes tratando de flanquearnos: el choque seco del chuzo de Silva parando estocadas, el jadeo ronco de su respiración y el impacto sordo de su bota estrellándose contra el estómago de un gaviero.

Silva peleaba con la saña metódica de quien ha sobrevivido a cien abordajes a oscuras; usaba el asta como palanca, como escudo y como maza, sin ceder una sola pulgada del terreno que protegía mi retaguardia.

—¡Ahora, Alistair! —rugió Silva a mi oído.

Raymond atrapó el asta del chuzo enemigo bajo su axila izquierda, inmovilizando al último artillero y girando su cuerpo para barrer las piernas del marinero con una zancadilla demoledora.

El giro me dejó el campo libre.

Higgins cargó de nuevo, cegado por la sangre que le manaba de la boca, buscando derribarme con una embestida a cuerpo limpio.

Esperé hasta el último segundo; cuando su aliento agrio me golpeó la cara, esquivé el envite con una finta limpia hacia la izquierda y le clavé la punta de mi ropera dos pulgadas en el hombro derecho.

El contramaestre aulló de dolor. Su mano se abrió por reflejo y el machete cayó con un ruido blando sobre la arena.

Antes de que Higgins pudiera arrodillarse, Silva apareció por mi flanco como un espectro de guerra.

Desechó el chuzo roto, agarró al contramaestre por el cuello de la camisa con su mano izquierda vendada y lo levantó en vilo, estrellándolo de espaldas contra la madera remachada del cofre de caudales.

Con la mano diestra, Silva desenvainó su puñal de asta y apoyó la punta de acero vivo justo en el hueco de la nuez de Higgins, perforando la piel lo suficiente para hacer brotar una gota espesa y roja que bajó por la garganta del amotinado.

El silencio cayó sobre la playa como un trueno seco.

Los otros tres forajidos yacían en la arena: uno inconsciente con la mandíbula rota, otro retorciéndose con la rodilla destrozada y el tercero desarmado a los pies de los calafates, que ya habían recuperado sus machetes.

Higgins tenía los ojos desorbitados por el terror, sintiendo el filo helado en la yugular.

Silva no miraba al hombre que tenía bajo su bota.

Mantenía la respiración entrecortada, el torso desnudo cubierto de arena y sudor brillante, y el apósito de su costado empapado de una nueva mancha escarlata por la violencia del esfuerzo.

Sus ojos grises, oscuros como el fondo del canal, se alzaron despacio para clavarse exclusivamente en los míos.

—Está desarmado, Moore —dijo Silva con una voz bronca, profunda, que hizo vibrar el aire inmóvil—. Ha alzado el hierro contra el intendente y ha quebrado la carta partida. La ley de la costa me permite degollarlo aquí mismo y arrojar su carroña a los cangrejos.

Hizo una leve presión con el puñal; Higgins soltó un gemido ahogado de súplica, sin atreverse a tragar saliva.

Silva ladeó la cabeza, esperando. Había en su mirada un desafío sombrío, una prueba final para medir hasta dónde llegaba mi devoción por el orden cuando la sangre aún humeaba en la arena.

—Dime qué hago con él, Alistair —exigió en un susurro áspero que me atravesó el pecho—. ¿Aplico la ley del intendente o la ley del mar abierto?

Di un paso al frente, bajando la punta ensangrentada de mi ropera hacia el suelo. El calor que desprendía su cuerpo herido, la cercanía de su pecho agitado y la certeza demoledora de que aquel hombre acababa de salvarme la vida por segunda vez en veinticuatro horas me dejaron sin aliento.

—Apartad el acero, Raymond —dije con voz firme, sosteniéndole la mirada sin pestañear—.

La ley del mar exige justicia, no una carnicería.

Ponedle los grilletes en los tobillos y arrojadlo a la sentina de proa.

Mañana, cuando el bergantín vuelva a flotar, la asamblea decidirá en qué cayo desierto lo abandonamos con una botella de agua salada.

Silva me escrutó durante dos segundos eternos. Una sombra de admiración feroz cruzó sus facciones; sonrió con esa media sonrisa cansada y arrogante que me revolvía las entrañas y retiró el puñal despacio, limpiando la gota de sangre en la mejilla del propio Higgins antes de envainar.

—Tú mandas, intendente —murmuró, dándole una patada seca al contramaestre para arrojarlo boca abajo en la arena—. Pero la próxima vez que te pongas delante de cinco machetes, acuérdate de darme un hierro más largo.