El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 12 El precio de la sed
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CAPÍTULO 12 El precio de la sed

El sendero que se internaba en el corazón de Cayo Sal era poco más que una hendidura abierta a golpes de machete entre la vegetación achaparrada.

A medida que dejaba atrás el rumor del martilleo de las cuadrillas de calafates y el hedor a brea quemada de la playa, el aire se volvía más espeso, estancado bajo la bóveda tupida de las palmas enanas y los mangles rojos.

El calor no daba tregua, pero en este rincón el bochorno no quemaba: se adhería a la ropa como un sudario pegajoso de humedad y savia fermentada.

Llegué a la pequeña hondonada de piedra caliza donde manaba la aguada dulce. Era una poza angosta, resguardada del sol por un voladizo de roca cubierto de helechos ásperos, donde el agua cristalina brotaba en un hilo constante para llenar una balsa natural del tamaño de un féretro.

Apoyé mi barrilillo de dos cuartillos en el borde de piedra, me despojé de la casaca oscura de intendencia y la doblé sobre un madero seco.

Sentía la nuca empapada en sudor frío y la garganta en carne viva por el polvo de la playa.

Me arrodillé ante el remanso, sumergí ambas manos hasta las muñecas en el frescor súbito del agua y me llevé dos cuencos colmados a la cara, frotándome las sienes para lavar la modorra y la imagen imborrable de Silva sangrando contra la quilla.

Un crujido leve a mi espalda —apenas el roce de una bota sobre hojas secas— me puso en alerta.

Llevé la mano derecha a la pretina en busca de mi estilete con la rapidez refleja que impone la vida forajida. Pero antes de que mis dedos rozaran el cabo de latón, una sombra ancha cayó sobre la superficie del agua, quebrando mi reflejo.

—Desenvainas despacio cuando estás solo, escribano.

Silva estaba allí, apoyado con un hombro contra el tronco tortuoso de un cedro silvestre a tres pasos de la poza.

Se había colocado de nuevo la camisa de lona, aunque la llevaba enteramente desabrochada; el lienzo blanco que yo le había entregado en la orilla asomaba sobre su costado izquierdo, sujeto a presión bajo la faja de cáñamo, tiñéndose de un círculo pardusco de sangre coagulada.

Tenía la respiración tranquila, las manos vendadas metidas descuidadamente en los bolsillos de los calzones y esa media sonrisa insolente que parecía una provocación perenne a mi cordura.

—¿Me habéis seguido? —exigí, poniéndome en pie despacio sin apartar la mano de la empuñadura del arma—. El capitán os ordenó permanecer junto a los calafates en la playa para supervisar la tablazón de popa.

—Thorne duerme una siesta de borracho bajo una vela de proa y los carpinteros ya saben clavar una traca sin que yo les sujete los brazos —respondió Raymond, avanzando dos pasos con su andar elástico, sin prisa, hasta quedar junto al borde de la poza—.

Y además, tenías prisa por escapar de la orilla.

Quería ver si corrías tanto por miedo a los amotinados o por miedo a lo que casi ocurre anoche frente a tu jergón.

El aire pareció evaporarse de nuevo. La mención de la noche anterior cayó como una brasa en el agua helada de la balsa, levantando un vapor invisible pero asfixiante entre nosotros.

—No hay nada que hablar sobre anoche, Silva —dije con una frialdad tajante, buscando afianzar la trinchera que su descaro dinamitaba una y otra vez—.

Estábamos acorralados por una turba y la tensión nos desquició el juicio a ambos.

La asamblea espera agua dulce para los hombres que sangran en la carena. Dejadme pasar.

Hice ademán de tomar el barrilillo para llenarlo, pero Silva dio un paso lateral bloqueando el estrecho acceso entre la poza y la pared de roca caliza.

Su pecho quedó a escasas pulgadas del mío.

El olor a salitre, humo y a su propia piel caliente sofocó al instante el aroma a tierra húmeda del manantial.

—Ni hablar —soltó con voz bronca, y por primera vez el cinismo de su mirada dio paso a una seriedad sombría que me heló el estómago—.

No te vas a esconder otra vez tras ese papel de oficial intachable.

Llevo tres días mirándote las manos, Moore.

Tienes caligrafía de cortesano, citas las ordenanzas de la Armada Real mejor que un juez de Port Royal y tus modales son los de un caballero de Whitehall que se ha equivocado de siglo.

Tragué saliva, sintiendo que la roca a mi espalda me impedía cualquier retirada digna.

—Mi pasado en el servicio de Su Majestad murió el día que me embarqué bajo bandera negra. No le debo explicaciones a un renegado.

—No —Silva negó lentamente con la cabeza, acortando la distancia hasta que su aliento cálido me rozó la frente—.

Tu pasado no está muerto, Alistair. Lo llevas pegado al espinazo.

Te lo vi en el camarote: las marcas del gato de nueve colas no se le ponen a los grumetes por robar un mendrugo de cecina.

Se le ponen a los oficiales que la Corona quiere desollar en público para lavar sus propias miserias.

El estómago se me encogió en un espasmo violento. El pudor, la vergüenza y el orgullo que durante cuatro años había mantenido sepultados bajo capas de hielo burocrático se rebelaron de golpe, quemándome la garganta con la acidez de la bilis.

—¡Cállate! —siseé entre dientes, dando un paso al frente hasta clavar mi pecho contra el suyo, perdiendo el control de la voz—.

¡No sabes nada de lo que ocurrió! ¡No sabes lo que es pasar tres años velando los libros de una flotilla entera, contando cada libra de pólvora y cada saco de harina para que los marineros no mueran de escorbuto, y descubrir que el comodoro de la división desvía los fondos a sus propios bancos en Londres!

Silva no pestañeó. Sostuvo mi embestida con los pies firmes en la arena húmeda, escuchando cada palabra con una fijeza implacable.

—Me negué a falsear los balances —continué, con la rabia contenida brotando en un torrente amargo que ya no pude frenar—.

Me negué a firmar que trescientos hombres habían consumido víveres que jamás llegaron a las bodegas.

Y cuando el tribunal de guerra se constituyó en Kingston, el comodoro se sentó en el estrado con sus botones de oro y yo me senté en el banquillo con grilletes en los pies.

Dijeron que yo era el ladrón. Me arrancaron las insignias en el alcázar, me ataron al cabrestante frente a toda la dotación y me dieron cincuenta azotes antes de expulsarme a la playa sin un chelín ni una recomendación para servir en un barco mercante.

El silencio que siguió en la hondonada fue atroz. Solo se escuchaba el goteo rítmico del agua sobre la piedra y el sonido quebrado de mi propio pecho subiendo y bajando por la confesión.

Tenía los ojos enrojecidos y la respiración rota, expuesto ante él como jamás lo había estado ante ningún hombre en toda mi vida. Esperaba una burla, una réplica mordaz sobre mi ingenuidad de oficial honrado, o esa compasión condescendiente que duele más que un escupitajo.

Nada de eso llegó.

La mirada de Silva se suavizó con una pesadumbre inmensa, casi reverente. Levantó la mano derecha —la que aún tenía la palma vendada con mis lienzos limpios— y, con una lentitud que me desarmó por completo, apoyó el dorso de sus nudillos ásperos contra mi mandíbula.

El contacto fue cálido, firme, desprovisto de cualquier violencia. Con el pulgar acarició suavemente el borde inferior de mi labio inferior, donde la tensión me había hecho morder la piel hasta abrir una pequeña herida.

—Un perro fiel al que apalearon por ladrar cuando el amo robaba en la despensa...

—murmuró Silva con una voz tan baja y áspera que pareció acariciarme los huesos—.

Conozco ese veneno, Alistair. A mí me colgaron de las muñecas en el muelle de Antigua por negarme a abrir fuego sobre una balandra desarmada que transportaba familias fugitivas.

Me dijeron que una orden del rey no se discute; yo les respondí partiéndole la nariz al teniente de guardia con la empuñadura de mi alfanje.

Sus dedos bajaron por mi cuello, rozando el tendón tenso con una delicadeza desgarradora que me arrancó un temblor incontrolable.

—Nos hicieron creer que éramos escoria —susurró Raymond, inclinándose hasta que sus labios quedaron a un suspiro de los míos—.

Nos marcaron la piel para que el mundo supiera que no éramos dóciles.

Pero mírate ahora. Estás en esta roca perdida, mandando sobre sesenta ladrones que te respetan más que a su propio capitán, porque saben que tu palabra vale más que todo el oro que ese comodoro robó en su vida.

Tragué saliva, incapaz de apartar mis ojos de los suyos. Toda la amargura acumulada durante años se disolvió bajo el calor abrasador de su contacto; por primera vez en mi vida, alguien no solo veía mis cicatrices, sino que las entendía y las justificaba.

—Silva... —apenas pude articular su nombre, en un susurro que era una súplica y una rendición al mismo tiempo.

Raymond acortó la distancia, y sus labios tocaron los míos en un roce ardiente, breve pero cargado de una devoción tan salvaje que el suelo pareció tambalearse bajo mis pies.

¡BAM!

El estampido seco de un disparo de mosquete desgarró la calma de la espesura, rebotando en los acantilados de piedra pómez con un eco metálico y siniestro.

Un segundo después, una ráfaga de gritos y juramentos subió rodando desde la orilla lejana:

—¡Al combés! ¡Abrid el cofre o rompemos las cuadernas!

Silva se separó de mí de golpe, girando la cabeza hacia el sendero con el ceño fruncido y los ojos centelleando con la frialdad del corsario al acecho. Llevó la mano al cinto por instinto.

—Ese no es el fuego de los calafates —dijo con la voz endurecida como el hierro—. Es pólvora de asalto. Se están matando en la playa.