CAPÍTULO 11 Fondeo en Cayo Sal
El sol de media mañana caía como una losa de plomo sobre la ensenada desierta de Cayo Sal.
El mar, de un turquesa lechoso y casi transparente sobre el lecho de arena blanca, apenas mecía las cuadernas de El Vengador, que yacía varado a la banda de estribor, escorado deliberadamente contra un banco de fango y conchas para dejar al descubierto la obra viva del casco.
El tribunal del combés se había disuelto al alba sin veredicto de sangre gracias a una tregua forzosa impuesta por el propio océano: el cruce a ciegas del arrecife del día anterior había mellado tres tablones del codaste y la vía de agua en la sentina aumentaba a razón de dos pulgadas por guardia.
Hasta Higgins había tenido que guardar el látigo en el cofre; si no carenábamos el fondo y calafateábamos las costuras con estopa y brea hirviendo antes de que la marea viva volviera a subir, el bergantín se pudriría en seco en aquella lengua de arena desolada.
Me encontraba en la orilla, a escasos pasos de la rompiente tibia, con el cuaderno de mermas y pertrechos apoyado sobre un barril de clavazón desfondado.
El aire olía a mangle podrido, a humo de leña verde y al hedor penetrante y asfixiante de la pez negra que hervía en dos calderos de hierro colado sobre fogatas encendidas en la arena.
Ajusté el ala de mi sombrero de paño para protegerme del resplandor abrasador, pero mis ojos, traicioneros e ingobernables, eran incapaces de fijarse en la lista de pernos y estopa embreada.
Toda mi atención estaba clavada cincuenta yardas más allá, bajo la curva panzuda del casco inclinado.
Allí, encaramado sobre un andamio improvisado de tablas y cabos de cáñamo, Raymond Silva dirigía la cuadrilla de calafates.
Se había despojado de la camisa de lona basta; el sol del mediodía bañaba su torso ancho, cubierto por una fina película de sudor salobre que hacía brillar el vello oscuro de su pecho y los músculos en relieve de sus hombros.
Cada golpe de maza que descargaba sobre el cortafríos para embutir la estopa en las junturas abiertas del roble hacía tensar los tendones de su espalda en una coreografía brutal de fuerza y precisión.
Tenía las vendas de las manos ennegrecidas por el hollín y la brea fría, pero se movía con la destreza pasmosa del carpintero de ribera que conoce el alma de un navío por el sonido que devuelve el maderamen al ser golpeado.
—¡Apretad esa costura en la tercera traca de babor!
—rugió Silva a los dos marineros que faenaban a su lado, con la voz bronca imponiéndose al tableteo incesante de las herramientas—.
¡Como dejéis un hueco donde quepa una uña de gato, el mar nos reventará las costuras en la primera rolada de viento!
Tragué saliva en seco, sintiendo la boca pastosa.
La visión de su cuerpo trabajando a la intemperie, ajeno al pudor y al escrutinio del resto de los hombres, me provocaba un vértigo sofocante que me abrasaba el pecho con mucha más saña que el calor caribeño.
Aún podía sentir, grabada a fuego en la comisura de mis labios, la presión desesperada de su boca la noche anterior antes de que la culata del centinela quebrara nuestro encierro.
Aquel beso furtivo no había sido una tregua; había sido una declaración de guerra contra todas mis murallas.
—¡Cuidado con el puntal de popa! —bramó de pronto un artillero desde la arena baja.
El grito desgarró el ritmo monótono de los martillazos.
Uno de los maderos auxiliares de pino que apuntalaban el costado escorado de la popa, reblandecido por el limo húmedo de la marea menguante, cedió con un crujido espantoso.
Una sección de tablazón del codaste, de más de trescientos quintales de roble macizo que acababan de desclavar para su sustitución, se venció hacia adelante balanceándose en el vacío.
Justo debajo, arrodillado con un caldero de brea caliente en las manos, el grumete Ned quedó paralizado por el terror, con los ojos desorbitados fijos en la masa de madera que se le venía encima.
—¡Apártate, zángano! —rugió Silva.
Antes de que nadie en la playa pudiera dar un paso, Raymond saltó del andamio sobre la arena húmeda. Se interpuso entre el madero que caía y el muchacho, clavando los pies descalzos en el fango y recibiendo el impacto de la viga con los antebrazos y el hombro izquierdo desnudo.
El choque fue brutal. El sonido sordo de la madera golpeando la carne viva resonó hasta donde yo estaba.
Las rodillas de Silva se doblaron bajo el peso colosal, y un bramido ronco y desgarrador brotó de su garganta mientras sus venas se hinchaban al límite de reventar.
La madera astillada le desgarró la piel del costado, abriendo un surco sanguinolento que manó al instante sobre su piel tostada, pero el renegado no cedió una pulgada; aguantó la viga en vilo con una fuerza descomunal durante tres segundos agónicos, el tiempo exacto para que dos calafates agarraran al muchacho por las axilas y lo sacaran a rastras del peligro.
—¡Asegurad... el... aparejo! —aulló Silva entre dientes, con la mandíbula desencajada por el esfuerzo sobrehumano.
Cuatro marineros acudieron con puntales de repuesto, calzando la pieza rota hasta que el peso quedó distribuido.
Solo entonces Silva soltó el madero. Dio dos pasos tambaleantes hacia atrás y cayó de rodillas en la orilla, apoyando las dos manos vendadas en la arena mojada mientras su pecho subía y bajaba en jadeos violentos y entrecortados.
El cuaderno de intendencia cayó de mis manos al suelo, desparramando hojas de vitela sobre la arena.
Corrí hacia él sin importarme el fango que salpicaba mis botas de montar ni las miradas suspicaces de Higgins y los artilleros que observaban el incidente desde las fogatas de la playa.
Mi compostura, mi dignidad de oficial y el miedo a delatarme se disolvieron en un pánico ciego al ver el reguero de sangre que bajaba por sus costillas hasta empapar la pretina de sus calzones.
Llegué a su lado sin aliento. Me arrodillé en la arena húmeda junto a él, sacando del bolsillo de mi chaleco un lienzo limpio de lino que guardaba para secar la tinta.
—No os mováis —le ordené, y mi voz salió con un temblor que delató de inmediato mi angustia—. Dejadme ver esa herida. Podéis tener una costilla rota.
Extendí la mano para presionar el paño contra el corte sangrante de su costado, pero antes de que la tela tocara su piel, su mano derecha —manchada de alquitrán, sudor y arena fina— se cerró con fuerza de hierro alrededor de mi muñeca.
El contacto abrasador de sus dedos me paralizó el brazo.
Silva alzó la cabeza despacio. Los mechones castaños empapados en sudor le caían sobre la frente, tapándole a medias unos ojos grises que relampagueaban con una intensidad insostenible.
Pese al dolor evidente que le tensaba los labios y al reguero de sangre que le teñía la piel, no había debilidad en su expresión; había esa arrogancia feroz, íntima y devoradora que parecía alimentarse de mi zozobra.
Tiró de mi brazo hacia abajo con suavidad pero sin admitir resistencia, obligándome a inclinarme sobre él hasta que mi rostro quedó a escasas pulgadas del suyo.
—Estoy entero, escribano —murmuró con una voz pastosa, tan baja y ronca que el rumor de la resaca ahogó sus palabras para cualquiera que estuviera a más de dos pasos—. Ha hecho falta más que un trozo de roble podrido para quebrarme los huesos en otras ocasiones.
—Estáis sangrando, insensato —susurré, clavando mis ojos en la herida abierta, buscando desesperadamente cualquier cosa donde mirar que no fuera la curva peligrosa de su boca—. Habéis arriesgado la vida por un grumete que ayer pedía vuestra cabeza en el sollado.
Silva soltó una exhalación corta que sonó casi como una risa amarga. Aflojó ligeramente la presa sobre mi muñeca, pero en lugar de soltarme, deslizó los dedos callosos hacia arriba, acariciando la piel descubierta de mi antebrazo bajo la manga remangada de mi camisa.
—No he salvado al muchacho por caridad cristiana, Alistair —dijo, clavando su mirada de acero en la mía sin parpadear—. Lo he hecho para que no tuvieras que apuntar otra baja en tu cuaderno de defunciones. Y para que dejes de mirarme desde esa orilla con ojos de perro apaleado.
Sentí una llamarada de calor violento treparme por el cuello, quemándome las mejillas bajo el sol inclemente.
—No os estaba mirando —mentí entre dientes, intentando inútilmente retirar el brazo de su agarre.
Silva sonrió, una sonrisa torcida, herida y cargada de una oscura satisfacción que me desarmó por completo. Inclinó la cabeza apenas media pulgada más, y su aliento salino me rozó la oreja al hablar:
—Llevas toda la mañana siguiéndome con la vista, Moore. Si sigues midiéndome la espalda con esa insistencia delante de sesenta forajidos, te quemarás los ojos mucho antes de que el sol de mediodía termine de abrasarnos la cabeza.
Soltó mi brazo de golpe y tomó el lienzo de lino de mi mano inerte, presionándolo él mismo contra su costado ensangrentado mientras se ponía trabajosamente en pie sobre la arena, dejándome arrodillado a sus pies con el pulso latiéndome desbocado en la garganta.