El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 10 La frontera del decoro
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CAPÍTULO 10 La frontera del decoro

El eco metálico del cerrojo corrido por fuera por los centinelas de Evans sonó como la caída de una cuchilla.

Estábamos aislados del resto de El Vengador, reducidos a un cubículo de tablas crujientes donde el aire viciado olía a sudor frío, lino húmedo, pólvora lejana y el rastro acre del aguardiente con que horas antes había lavado sus heridas.

Envainé la espada ropera con un chasquido seco. El acero templado resbaló en la vaina con un silbido que apenas logró disimular el temblor que me subía desde la muñeca hasta el hombro. Me apoyé de espaldas contra la madera maciza de la puerta cerrada, incapaz de dar un solo paso hacia adelante.

Silva no se había movido. Seguía de pie en el centro del camarote, con el puñal de cabo de asta colgando perezoso en su mano derecha vendada, donde los lienzos blancos ya comenzaban a mancharse con gotas oscuras de sangre fresca por la tensión del agarre.

Tenía la respiración pesada, honda, hinchándole el pecho desnudo en una cadencia que marcaba el pulso asfixiante de la estancia.

—¿Por qué no dispararon? —preguntó. Su voz no era un reproche, sino un gruñido bajo, áspero, semejante al roce de dos piedras de molino.

—Porque el capitán teme más a un motín abierto que a vuestra presencia —contesté, obligándome a sostenerle la mirada mientras me pasaba los dedos por el puente de la nariz, extenuado—.

Y porque yo ofrecí mi palabra, mi fortuna y mi pellejo a la asamblea para evitar que te despedazaran en el pasillo.

Silva entrecerró los ojos. Guardó el puñal en la faja de cáñamo con un ademán brusco y dio dos zancadas lentas, deliberadas, que devoraron los escasos pies que nos separaban.

El espacio pareció evaporarse. Su estatura me obligó a alzar la barbilla, clavándome en la madera con su sola sombra. El calor que manaba de su cuerpo era casi sofocante; olía a salitre seco, al cuero viejo de su cinto y a esa rabia salvaje que parecía no abandonarlo nunca.

—¿Tu pellejo? —repitió, inclinándose apenas dos pulgadas hacia mi rostro—.

¿Tu intachable nombre de intendente? ¿Tu asiento limpio en la mesa de oficiales?

Eres un insensato, Alistair. Acaban de enlodar cuarenta quintales de pólvora fina bajo la línea de flotación.

Eso no es un descuido de marinero borracho; es la firma de una traición metódica.

Y mañana, cuando amanezca, esos perros no querrán explicaciones de cuentas ni lecturas de artículos: querrán un cadáver colgado del palo mayor para calmar el pánico.

—Entonces mírame a los ojos y dime la verdad —solté, perdiendo de golpe la armadura de cortesía que me había sostenido durante años.

Le clavé la mirada en el fondo de sus pupilas grises, tan cerca que pude distinguir las esquirlas doradas que ardían en su iris. Mi voz salió rota, raspada por la angustia.

—Dime si entraste en esa santabárbara, Raymond.

Dime si fuiste tú quien vertió el agua salobre en los cuñetes para dejarnos desarmados ante la primera fragata de la Corona que cruce el horizonte.

Dímelo ahora, porque si he puesto mi cuello en la misma soga que el tuyo, tengo derecho a saber si me he vendido a un traidor o a un loco.

Las facciones de Silva se endurecieron como el hierro de una cureña. Durante un segundo creí que me golpearía; sus hombros se tensaron con una violencia muda y su mandíbula crujió con tal fuerza que los tendones de su cuello se marcaron como maromas estiradas al límite.

En lugar de retroceder o explicarse, levantó ambos brazos.

Apoyó las palmas vendadas contra la madera de la puerta, a ambos lados de mi cabeza, dejándome completamente enjaulado entre sus brazos.

El peso de su cuerpo se inclinó sobre el mío hasta que sentí el roce de su camisa abierta contra la pechera de mi casaca; el calor de su aliento, impregnado de tabaco y rabia líquida, me golpeó los labios como una ráfaga de fuego.

—Si yo quisiera entregar este barco a los casacas rojas —siseó, con las palabras saliendo una a una, afiladas como esquirlas de metralla—, no me molestaría en mojar barriles como una rata cobarde en la oscuridad.

Habría dejado que ese balandro corsario os destripara en el arrecife.

Me habría limitado a dar un cuarto de vuelta de más al timón para que las rocas os arrancaran el codaste y os ahogarais todos en vuestra propia sangre mientras yo nadaba a la orilla.

Tragué saliva, pero el aire se negaba a entrar en mis pulmones. Mi espalda estaba aplastada contra la tablazón, mis manos crispadas contra mis muslos para no ceder al impulso de aferrarme a sus costados.

—Raymond...

—¡Mírame! —rugió en un susurro demoledor, bajando la cabeza hasta que su frente casi rozó la mía—.

Busca en mi cara la traición de la que me acusan esos cobardes.

Búscala. Tú, que sabes leer a los hombres mejor que nadie en este cascarón.

¿Ves a un espía de la Corona? ¿Ves a un perro arrodillado ante el rey que me arrancó la piel de la espalda a latigazos?

—No —la confesión brotó de mi garganta como un desgarro, involuntaria, limpia de toda duda—. No lo veo.

Silva no se apartó. Su respiración agitada se acompasó a la mía en un compás violento y desbocado. Sus ojos grises descendieron desde los míos hasta mi boca, deteniéndose allí con una fijeza tan descarnada que sentí una sacudida eléctrica recorrerme la espina dorsal hasta las rodillas.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste? —preguntó, y esta vez el tono áspero se tiñó de una debilidad oscura, casi desesperada—.

¿Por qué te jugaste el cargo y la vida por mí en ese pasillo?

No soy nadie para ti, Moore. Soy un despojo que sacaste del agua.

Un náufrago insolente que no hace más que escupir sobre tus ordenanzas.

Alcé la vista despacio, atrapado en una marea que ya no tenía timón ni cartas de derrota capaces de salvarme.

—Porque no soportaría ver cómo te matan —susurré, y la verdad de aquellas palabras me dolió más que cualquier herida de combate—.

Porque desde el instante en que abriste los ojos en el combés y me arrebataste ese cazo de agua, supe que mi vida entera antes de este barco no era más que una mentira ordenada.

Y porque prefiero arder contigo en la horca antes que volver a ser el hombre cobarde que fingía estar a salvo tras un libro de cuentas.

El silencio que siguió fue atronador.

Silva me miró como si acabara de ver el mar abrirse en dos. La fiereza de su rostro dio paso a un estupor salvaje, a una conmoción tan pura que sus dedos vendados se crisparon contra la madera de la puerta, desgarrando ligeramente el lino limpio.

—Alistair... —musitó, y la aspereza de mi nombre en sus labios sonó como una plegaria profana.

Acortó la última pulgada.

Sus labios, agrietados por la salitre y tibios por la fiebre de la rabia, rozaron la comisura de mi boca.

Fue un contacto fugaz, una chispa eléctrica que prendió fuego a meses de soledad, miedo y silencio contenido.

Mi cabeza cayó hacia atrás contra la madera con un jadeo sordo; mi mano derecha subió por instinto, desobedeciendo cualquier mandato de cordura, y mis dedos se enredaron en la tela áspera de su camisa, apretándola contra mis nudillos para no dejarlo escapar.

Silva ahogó un gemido gutural contra mi mandíbula. Su boca buscó la mía con una urgencia feroz, casi violenta, desesperada por borrar la frontera del decoro y reclamar la rendición que ambos llevábamos grabada en la piel.

¡CLANG!

El golpe seco de la culata de un mosquete contra la tablazón exterior de la puerta sacudió la madera a escasas pulgadas de la nuca de Raymond.

—¡Eh, los de dentro! —rugió la voz ronca de uno de los centinelas de Evans desde el pasillo—. ¡Menos ruidos y al suelo de una vez! ¡Las luces están apagadas por orden del capitán y no queremos murmullos hasta que toque la campana del juicio!

Nos congelamos en el acto.

La boca de Silva quedó suspendida a un milímetro de la mía; su aliento caliente me quemaba la piel empapada de sudor. Podía sentir el latido desbocado de su corazón martilleando contra mis costillas, un tambor de guerra que resonaba en el vacío de la estancia clausurada.

Raymond no retrocedió de inmediato. Cerró los ojos con fuerza, apoyando su frente contra la mía mientras su respiración se serenaba a duras penas.

Con lentitud infinita, despegó una de sus manos de la puerta y deslizó el dorso de sus nudillos ásperos por mi mejilla, acariciando la piel encendida antes de apartarse despacio, un paso tras otro, hacia la penumbra del fondo.

Me quedé pegado a la madera, con las piernas temblorosas y la respiración rota, llevándome dos dedos a los labios como si pudiera retener la quemadura invisible que acababa de dejar en ellos.

Silva se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la mampara de estribor con los brazos cruzados sobre las rodillas. En la oscuridad, sus ojos grises brillaban con una determinación inquebrantable, fija en mí.

—Duerme si puedes, escribano —dijo en un susurro que apenas superó el rumor de la marea lamiendo el casco exterior—. Porque cuando salga el sol, tú y yo tendremos que pelear contra sesenta diablos para no terminar colgando de la misma verga.