CAPÍTULO 9 Pólvora en el sollado
Dejé a Silva encerrado bajo llave con la mano izquierda aún en carne viva y la botella de aguardiente sobre la mesa. El metal del cerrojo chasqueó con un eco seco que resonó en el pasillo como una sentencia prematura.
El condestable de artillería, un veterano galés llamado Evans con medio rostro comido por la viruela, me esperaba con un farol sordo de cobre en la mano diestra, cubriendo la rejilla de ventilación con un trapo de lana aceitado para no despedir un solo destello indiscreto.
—Por aquí, señor Moore —masculló entre dientes, sin mirarme a los ojos—. Rápido y con pies de plomo. Si la marinería huele lo que hay abajo antes de que el capitán dé orden, tendremos el combés bañado en sangre antes de que cambie la marea.
Descendimos por la escala de la escotilla de popa hacia las entrañas del bergantín.
El aire se volvía más denso a cada peldaño, cargándose de ese frío húmedo y cenagoso característico de la sentina, donde el agua estancada bajo las cuadernas olía a légamo podrido y a ratas ahogadas.
Dejamos atrás el sollado común, donde las coyunturas vacías oscilaban con el balanceo manso del fondeadero, y nos deslizamos por el pasadizo angosto que conducía al pañol de municiones, la cámara acorazada de doble tablazón de roble situada bajo la línea de flotación.
El candado de hierro forjado de la santabárbara colgaba abierto sobre el cáncamo. No había sido forzado con palanqueta; la cerradura mostraba raspaduras recientes de una ganzúa fina o un alambre de acero acerado.
Dentro, agazapados entre las filas de barriles precintados con cuero crudo, se encontraban el capitán Thorne y el contramaestre Higgins.
La única luz provenía del farol sordo, cuya rendija proyectaba una franja amarilla sobre tres barrilitos de pólvora de grano fino destapados sobre la lona del suelo.
Thorne se volvió hacia mí en cuanto mis botas pisaron la tarima. Tenía la mandíbula apretada y una vena gruesa latiéndole en la sien con violencia.
—Mirad esto, Moore —ordenó el capitán con un hilo de voz que rezumaba veneno—. Miradlo con vuestros propios ojos de letrado.
Me arrodillé junto a los toneles. Hundí los dedos en el contenido del primer barril esperando sentir la aspereza arenosa y seca de la pólvora negra de combate.
Mis yemas se hundieron en una pasta negruzca, fría y viscosa.
El barril estaba anegado hasta la mitad con agua de mar salobre.
El azufre y el salitre se habían disuelto en un lodo pestilente, completamente inútil para cebar un solo cazolete de cañón.
Comprobé el segundo y el tercero: exactamente el mismo fango pastoso.
Cuarenta quintales de pólvora de primera calidad, las reservas reservadas para la caza de presas mayores, echadas a perder de manera deliberada y meticulosa.
—Alguien sabía exactamente qué cuñetes abrir —dijo Evans en un murmullo apesadumbrado—. Los barriles de salva están intactos. Han inutilizado el grano fino, el que alimenta los pedreros del alcázar y los mosquetes de la oficialidad.
—No ha sido un accidente de sentina —afirmé, limpiándome los dedos manchados en el dobladillo de mi pañuelo con una frialdad que me costó la vida fingir—. Las duelas no tienen filtración exterior. La salmuera fue vertida desde arriba con un balde de achique.
—¿Y quién tenía acceso a los clavos de la escotilla esta madrugada, señor intendente?
—soltó Higgins, dando un paso hacia mí con una sonrisa torva que enseñó sus dientes podridos—.
¿Quién anduvo merodeando por el sollado de proa a las cuatro campanadas, tanteando los mamparos en la sombra mientras los hombres honrados dormían?
El estómago se me congeló.
—Higgins, no hay prueba material que vincule a Silva con esta sabotaje —repliqué, sosteniéndole la mirada con severidad inquebrantable—. Silva estaba...
—¿Dónde estaba, Moore? —bramó el contramaestre, perdiendo la compostura y alzando la voz hasta que el eco retumbó en las vigas del entrepuente—.
¡Vos mismo dijisteis que lo teníais en vuestro camarote!
¿Vais a jurar sobre la Biblia que no salió ni un solo minuto mientras dormíais como un tronco?
¡El grumete lo vio! ¡Llevaba una herramienta de hierro en la faja!
—¡Basta de gritos en la santabárbara, insensatos!
—rugió Thorne en un susurro amenazante, llevándose la mano al pomo de su sable—.
¿Queréis que toda la dotación baje armada con hachas?
Si los artilleros descubren que no tenemos pólvora para sostener dos andanadas contra un navío de línea, prenderán fuego a este cascarón antes de que caiga la noche.
—La dotación ya lo sabe, capitán —resonó una voz ronca desde la escala del pasillo.
Dos marineros armados con machetes de abordaje asomaron el rostro por la escotilla, seguidos por el rumor sordo y creciente de botas pesadas pisando la tablazón superior.
La noticia se había filtrado como el agua entre las junturas de un casco viejo.
El miedo al desamparo en alta mar era el veneno más rápido a bordo de un barco corsario: sin pólvora seca, no eran piratas, sino ganado esperando la soga de la Armada.
—¡Queremos al forastero! —rugió una voz desde el sollado—. ¡Traed al náufrago al cabrestante!
—¡Es un perro de la Marina Real! ¡Nos ha vendido a los ingleses!
Thorne subió la escala a zancadas, apartando a los marineros de un manotazo. Lo seguí de cerca, con el corazón golpeándome contra las costillas con tanta furia que apenas podía respirar.
El sollado se había transformado en una caldera a punto de reventar.
Una veintena de hombres armados con chuzos, barras de cabrestante y machetes de hierro cortaban el paso del corredor hacia la popa.
Sus rostros, tiznados de carbón y sudor brillante por el calor sofocante del entrepuente, mostraban esa histeria ciega que precede a los linchamientos en el mar.
Higgins se colocó al frente de la turba, desenvainando su sable con un chasquido agudo.
—¡El código es claro, hermanos! —aulló el contramaestre a la marinería—.
¡Sabotaje de vituallas o armas se castiga con la horca en la verga mayor o abandono en el bajo sin agua!
¡Ese perro que Moore recogió de las olas ha envenenado la santabárbara para que la fragata inglesa nos cace desarmados!
¡Vamos a sacarlo de ese camarote y a colgarlo del palo trinquete antes de que se ponga el sol!
La chusma rugió en aprobación, levantando las armas en alto y avanzando en masa hacia la puerta cerrada del camarote de intendencia.
No lo pensé. No hubo cálculo de números, ni consulta a los artículos, ni prudencia de funcionario.
Me abalancé a través del pasillo estrecho, empujando a dos artilleros a un lado con una violencia que jamás creí poseer, y me planté de espaldas contra la madera de mi puerta.
Desenvainé mi espada ropera con un movimiento seco; la hoja de acero toledano brilló a la luz de los candiles de mamparo, silbando en el aire al trazar una línea invisible entre la turba y la cerradura.
Con la mano izquierda alcé en alto el manojo de llaves maestras de intendencia, haciéndolas tintinear con furia sobre sus cabezas.
—¡Atrás! —grité con una voz tan autoritaria, tan gélida y despiadada que los primeros marineros clavaron las botas en el suelo, frenando en seco a menos de tres pasos de mi punta—.
¡El primer hombre que dé un paso hacia esta puerta comete delito de rebelión a mano armada contra la asamblea de oficiales!
—¡Apártate de ahí, escribano de mierda! —escupió un gaviero con el machete en alto—. ¡Ese bastardo nos ha condenado a todos!
—¡Si ese bastardo es culpable, lo decidirá la asamblea conforme a la carta partida que todos vosotros jurasteis!
—repliqué sin bajar la espada una sola pulgada, sintiendo la madera de la puerta vibrar tras mi espalda por los movimientos de Silva al otro lado—.
Ningún hombre es ejecutado en este barco por los aullidos de un contramaestre que no sabe guardar la santabárbara.
¡Capitán Thorne, haced valer vuestra palabra o disparadme vos mismo aquí delante de todos!
Thorne se abrió paso entre la marinería con el ceño fruncido, mirando la hoja de mi espada y la determinación demencial que debía de reflejarse en mis ojos.
El capitán sabía que si permitía que la turba rompiera la puerta de intendencia, el mando del bergantín pasaría esa misma tarde a las manos de Higgins y sus secuaces.
—¡Envainad ese hierro, Higgins! —bramó Thorne, interponiéndose entre la marinería y mi espada—. ¡Y vosotros, zánganos, bajad los chuzos si no queréis que mande abrir fuego de metralla por las escotillas! ¡Nadie colgará a nadie sin un juicio del combés!
—¡No podemos dejarlo suelto, capitán! —protestó Higgins con la cara encendida de rabia—. ¡Prenderá fuego al sollado mientras dormimos!
Giré la cabeza hacia Thorne, sosteniéndole la mirada con una firmeza que no admitía quiebra.
—Silva no saldrá de este habitáculo —decreté con voz clara, para que cada marinero en el pasillo me oyera—.
Asumo su custodia personal bajo mi responsabilidad formal como intendente.
La puerta quedará trancada con cerrojo de hierro por fuera y vigilada por dos centinelas que vos mismo designéis, capitán.
Si Silva resulta culpable tras la investigación de las pruebas, yo mismo responderé ante la asamblea con mi parte del botín y mi propio cargo de intendente.
Un silencio pesado cayó sobre el sollado. Los marineros intercambiaron miradas de asombro; que el frío, metódico e incorruptible Alistair Moore pusiera su cuello y su fortuna como fianza por un náufrago desconocido era algo que escapaba a su entendimiento.
Thorne me escrutó durante cinco segundos eternos con ojos de gavilán, como si intentara descifrar la locura que acababa de apoderarse de su oficial de cuentas.
—Sea —sentenció el capitán, golpeando el mamparo con el puño—.
Queda bajo vuestra custodia y vuestra fianza, Moore.
Evans, apostad dos hombres con tercerolas amartilladas en este pasillo.
Si esa puerta se abre sin mi orden, tienen permiso para disparar a matar sobre cualquiera que intente cruzar el vano.
Mañana, al sonar la campana de prima, celebraremos tribunal en el combés.
Y que Dios se apiade de vos si Silva os ha tomado por estúpido.
Thorne arreó a la marinería hacia cubierta con maldiciones y empellones, dejando el corredor despejado bajo la vigilancia hosca de dos artilleros leales a Evans.
Bajé la espada ropera despacio. El brazo me temblaba con un espasmo incontrolable y la camisa se me pegaba a la espalda empapada en sudor frío.
Metí la llave en la cerradura, giré el mecanismo y entré en el camarote, cerrando la tranca tras de mí antes de que los centinelas pudieran asomar la vista.
Silva estaba de pie en medio del cuarto diminuto.
Se había colocado una venda tosca sobre la mano izquierda sin ayuda, apretando el nudo con los propios dientes.
Tenía el puñal de cabo de asta empuñado en la diestra, con la hoja apuntando directamente hacia la puerta y los ojos grises centelleando con la ferocidad de una fiera acorralada dispuesta a despedazar a quien entrara a buscarlo.
Al verme entrar solo y pálido, con la espada aún desenvainada en la mano, bajó el arma muy despacio.
—Te lo advertí, escribano —dijo con un susurro bronco, cargado de una tensión tan espesa que casi podía cortarse con el filo de mi acero—. La tinta no sirve de nada cuando los perros huelen el miedo. Acabas de poner tu cabeza en la misma soga que la mía.