El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 8 La cura nocturna
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CAPÍTULO 8 La cura nocturna

El cerrojo de hierro encajó en el marco con un chasquido sordo que nos aisló del trajín del fondeadero.

Afuera, en la ensenada, los carpinteros comenzaban a martillear sobre la verga rota y el rumor de las cuadrillas de achique vibraba por las cuadernas; adentro, en la angostura de mi camarote, el silencio cayó denso, cargado de una intimidad que me pesaba en los hombros como una losa de plomo.

Raymond se dejó caer sobre el único taburete de nogal junto a mi mesa abatible.

Apoyó los antebrazos sobre los muslos, con las palmas abiertas hacia arriba; las manos le temblaban de manera casi imperceptible por el espasmo de los tendones, dos masas de carne viva, hilachas de cáñamo deshilachado y costras de alquitrán mezcladas con un suero sanguinolento que no dejaba de gotear sobre las tablas.

No encendí el farol de mamparo para no atraer ojos curiosos por las rendijas de la puerta. Me bastó un cabo de vela encajado en un platillo de estaño, cuya llama titilante arrojaba sombras alargadas sobre la mandíbula tensa de Silva y el dibujo austero de mis estantes.

Fui hasta el armario de intendencia. Mis manos se movieron con una precisión maquinal que desmentía el nudo helado en mi garganta: una jofaina de loza despostillada, un lienzo de lino limpio doblado en cuatro, aguja de hueso con hilo encerado por si tocaba cerrar desgarros profundos, y la garrafa de aguardiente de caña de dos cuartillos que guardaba bajo precinto para las urgencias de la oficialidad.

Puse todo sobre el borde del tablero y me arrodillé en el entarimado frente a él.

El espacio era tan reducido que mis rodillas quedaron encajonadas entre las suyas; el roce áspero del paño de sus calzones húmedos contra la tela fina de mis pantalones me provocó un sobresalto involuntario que me obligué a tragar en seco.

Silva me observaba desde arriba con los ojos entrecerrados, el ceño fruncido por el dolor y esa media sonrisa insolente que no se le borraba de los labios ni al borde del desmayo.

—Pareces un fraile a punto de dar la extremaunción, intendente —murmuró con voz ronca, reseca por la salitre—. ¿Vas a rezar por mis pecados antes de cortarme los dedos?

—Si tuviera que rezar por vuestros pecados, señor Silva, no terminaríamos antes del día del Juicio —repliqué con voz neutra, descorchando la botella de aguardiente con los dientes—. Callad y mantened los brazos quietos. Esto le arrancaría un bramido a un buey.

Tomé su mano derecha por la muñeca. Su pulso golpeaba bajo mis dedos con una violencia rítmica, rápido y caliente. Levanté la botella y vertí un chorro generoso del alcohol sobre la carne viva.

El aguardiente siseó al contacto con las laceraciones abiertas.

Los músculos de los muslos de Silva se tensaron como maromas en un temporal, aprisionando mis costados con una fuerza de presa.

Sus dedos se encogieron hacia adentro en un espasmo ciego, pero no emitió un solo grito; apretó los dientes con tanta rabia que el crujido de su mandíbula resonó en el cuarto cerrado, y su respiración se convirtió en un silbido áspero que me quemó la coronilla.

—Voto a bríos... —masculló entre dientes, con gotas de sudor frío brotando al instante entre las sienes y la línea de su cabello oscuro—. Tienes... mano firme para no ser cirujano.

—En la Marina Real se aprende a coser carne antes que a izar banderas —dije, concentrándome con obstinación maniática en la herida para no alzar la vista hacia sus ojos—.

Hay restos de cáñamo y brea incrustados bajo la fascia del pulgar.

Si no los saco ahora con la pinza, se pudrirán antes de que amanezca.

—Pues sácalos. No te detengas por mí.

Tomé las pinzas de latón del estuche y comencé a limpiar los desgarros milímetro a milímetro.

Cada tirón de las fibras negras adheridas a la dermis viva era una agonía visible en la tensión brutal de su cuerpo, pero Raymond no apartó la mano ni una pulgada.

Se limitó a mirarme: miraba la inclinación de mi cuello, la forma en que mis labios se apretaban en una línea recta y el cuidado casi reverente con que mis dedos, despojados de guantes, limpiaban el borde de sus heridas con el lino empapado.

La bravuconería del combés se fue evaporando entre el humo aceitoso de la vela.

En su lugar quedó una quietud opresiva, rota únicamente por el latido desbocado de mi corazón y su respiración honda, que poco a poco se acompasó a la mía. Olía a alcohol de caña, a sangre fresca y a ese calor animal y agreste que su piel despedía con cada latido.

Comprobé que los bordes de la carne no requerían sutura; el cáñamo había desollado la piel de cuajo sin abrir tajos musculares limpios. Tomé la tira de lino seco y comencé a vendarle la palma derecha, pasando la tela entre el pulgar y el índice, rodeando los nudillos con vueltas firmes y medidas.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó de pronto.

La pregunta cayó tan baja, tan desprovista de sarcasmo o ironía, que la venda se me detuvo un segundo entre las manos.

—El capitán Thorne ordenó...

—No me refiero a Thorne ni a tu estúpida intendencia —atajó Raymond, inclinándose hacia adelante hasta que su aliento a aguardiente y tabaco me rozó la frente—.

Me refiero a meterte entre la verga rota y mi cuerpo.

A saltar al suelo del alcázar para recogerme la sangre.

A ponerte de rodillas en el suelo de tu propio camarote para lavarme las manos como si fueras un siervo.

Tragué saliva, sintiendo que el aire de la estancia se volvía demasiado espeso para mis pulmones.

—Un intendente cuida de los hombres útiles del barco, Silva. Vuestras manos salvaron el casco en el arrecife; no podía permitir que el matasanos del sollado os las dejara inservibles con sus cuchillas sucias.

—Mientes, Moore.

Silva movió la mano izquierda, la que aún no había vendado, con un gesto lento pero inexorable. Pese al dolor atroz que debía causarle el roce, cerró sus dedos lacerados sobre los míos, atrapando mis dos manos contra su vendaje a medio terminar.

El contacto de su carne ardiente y ensangrentada contra mi piel desnuda me cortó la voz de cuajo.

—Mientes cada vez que abres la boca para citar un artículo de ese libro —dijo en un susurro áspero, y sus ojos grises me atravesaron con una intensidad que no admitía máscaras—.

Tienes miedo de que alguien descubra que bajo esa casaca no hay un funcionario de la Corona, sino un hombre de carne y hueso con las mismas llagas que yo.

No me estás curando las manos por la asamblea, Alistair.

Me estás curando porque no soportas la idea de verme colgado o quebrado.

Quise retirar las manos, quise ponerme en pie y devolverle una réplica gélida que restableciera la distancia entre el oficial y el forastero, pero mis brazos se negaron a obedecer.

Me quedé allí, arrodillado entre sus muslos, con las manos atrapadas bajo las suyas, respirando el mismo aire caliente y prohibido.

—No sabéis nada de mí, Silva —susurré, y mi propia voz me sonó lejana, rota por una debilidad que me aterraba.

—Sé más de ti que cualquiera de esos perros que beben en cubierta —replicó Raymond, y por primera vez la dureza de sus facciones se ablandó en un rictus de infinita, desgarradora comprensión—.

Conozco el peso de la humillación cuando te quitan el mando.

Conozco el frío que te queda en el pecho cuando descubres que la ley por la que sangraste solo sirve para que los cobardes se limpien las botas.

Deslizó el pulgar de su mano sana por el dorso de mis nudillos, una caricia áspera, torpe por las costras, pero dotada de un fuego sordo que me recorrió el brazo hasta anudárseme en el estómago.

Permanecimos inmóviles, congelados en un instante que parecía desafiar las leyes de El Vengador y del mundo entero.

Su mirada no me exigía pleitesía ni me ofrecía tregua: me ofrecía un espejo limpio donde mi propia soledad quedaba al descubierto, despojada de libros de cuentas, reglamentos y uniformes almidonados.

Estaba a punto de decir su nombre —de quebrar la última defensa que me mantenía cuerdo— cuando tres golpes secos y clandestinos en la parte baja de la puerta sacudieron la madera.

Tac. Tac. Tac.

El contacto se rompió al instante.

Retiré mis manos de un tirón como si me hubiera quemado con un hierro al rojo, retrocediendo de rodillas sobre las tablas hasta rozar el borde de mi jergón.

Silva no se movió del taburete; su mandíbula volvió a endurecerse y sus ojos recuperaron la frialdad del corsario al acecho, clavándose en la puerta trancada.

Me puse en pie a trompicones, pasándome el dorso del antebrazo por la frente para secarme el sudor frío mientras me alisaba la casaca manchada de salitre.

—¿Quién es? —exigí con voz bronca, esforzándome por recobrar la autoridad que acababa de quedar en cenizas sobre el suelo.

—El condestable, señor Moore —resonó una voz apresurada y sofocada al otro lado de la madera—. Bajad de inmediato a la santabárbara. Hemos hallado algo que el capitán debe ver antes de que la noticia corra por el combés.

Miré a Silva una última vez antes de echar mano a la tranca de hierro.

Él permanecía sentado en la penumbra, con una mano vendada a medias y la otra abierta en el regazo, sosteniéndome la mirada con una gravedad sombría que presagiaba la tormenta que estaba a punto de estallar sobre nuestras cabezas.