El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 7 Salitre y ceniza
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CAPÍTULO 7 Salitre y ceniza

El bramido del arrecife ahogó cualquier orden humana. Frente a nosotros, el mar dejaba de ser agua para convertirse en una garganta hirviente de espuma lechosa, verde esmeralda y roca dentada que emergía como una hilera de colmillos dispuestos a destripar el maderamen del bergantín.

El Vengador crujió de quilla a perilla. La tablazón gemía bajo la torsión salvaje del oleaje mientras la corriente de reflujo nos empujaba de costado hacia la restinga negra de babor.

A menos de dos cables a nuestra popa, el balandro corsario viraba a la desesperada para no seguirnos en semejante maniobra suicida; sus artilleros, enfurecidos al ver que su presa se les escapaba por un canal prohibido, dispararon una andanada ciega de pedreros que barrió las aguas tras nuestra aleta levantando surtidores de agua sucia y astillas.

—¡Firme ese timón, por todos los demonios! —aulló Thorne, aferrándose al pasamanos del alcázar con los nudillos blancos de pura zozobra.

Silva no contestó. Sus piernas, descalzas y firmes sobre la madera empapada, absorbían el balanceo violento con la soltura elástica de un árbol curtido en vendavales.

Con las venas del cuello y de los antebrazos hinchadas como maromas de cáñamo, peleaba contra el giro brutal de la rueda; corregía dos cabillas a sotavento, esperaba la embestida del mar de fondo y volvía a meter el timón a la banda con un golpe seco de sus palmas encallecidas.

Tenía los ojos entrecerrados contra el aguijonazo del salitre, la mandíbula pétrea y la vista clavada en un punto invisible entre dos cabezas de coral vivo donde el agua hervía con menos violencia.

—¡Ahora! —rugió Raymond con una potencia que desgarró el viento—. ¡Largad la escota de mesana! ¡Cazad el trinquete a rabiar!

El bergantín dio un bandazo aterrador. La regala de babor se hundió en la corriente hasta que el agua verde barrió la cubierta principal, arrastrando barriles sueltos y cubos de baldeo contra las amuradas.

Por un segundo eterno, el chirrido espeluznante de la arena rozando el codaste heló la sangre de sesenta hombres congregados en un silencio de tumba.

Sentí el abismo abrirse bajo mis pies. El navío se levantó sobre la cresta de una ola traicionera, resbaló por la pendiente de espuma y, con un último quejido de las cuadernas, atravesó la angostura.

El lecho profundo volvió a abrirse bajo nuestra quilla; las aguas mansas del resguardo insular nos recibieron con un murmullo repentino, como si el océano entero hubiera contenido el aliento.

A nuestra espalda, un estampido sordo y prolongado retumbó en la ensenada.

El balandro perseguidor, incapaz de gobernar a tiempo en el vórtice de la rompiente, había sido arrastrado de través contra el espolón del arrecife.

Su arboladura mayor se quebró con el estruendo de un trueno seco, y el casco negro quedó encallado, quebrado por la mitad bajo el embate implacable de las olas.

Un clamor ronco de júbilo estalló entre la marinería en el combés. Hombres armados alzaban los alfanjes hacia el cielo nublado, riendo como salvajes al ver a su verdugo destrozado en la barra.

Pero el peligro no había terminado.

Una racha huracanada, encajonada entre los acantilados de piedra pómez que cerraban la ensenada, cayó sobre nuestra arboladura con la violencia de una maza. Un chasquido agudo —el estallido de un cabo de cáñamo de dos pulgadas cediendo bajo demasiada tensión— resonó sobre el alcázar.

—¡El estay de mesana! —gritó el timonel relevado—. ¡La verga se viene abajo!

La verga de mesana, rota por el tercio superior tras el impacto previo del cañonazo, se desprendió de su trinca y comenzó a oscilar como un péndulo de muerte, batiendo el aire a diez pies sobre la cubierta con doscientos quintales de madera y lona desgarrada.

Un cabo roto serpenteó hacia mí con la fuerza de un látigo de hierro.

Me arrojé hacia adelante para esquivarlo, pero la cubierta, anegada por el golpe de mar y resbaladiza por el limo salobre, me traicionó.

Mi bota perdió tracción por completo. El balanceo de la nave hacia la banda contraria me arrojó hacia el vacío de la borda; mis dedos enguantados arañaron la regala mojada sin encontrar asidero, y la boca negra de las aguas profundas se abrió bajo mi pecho.

El aire me faltó en los pulmones. Iba a caer.

De pronto, un impacto brutal me arrancó el aliento.

Un brazo macizo, duro como un barrote de hierro forjado, se enroscó alrededor de mi cintura con una fuerza devastadora.

El tirón fue tan violento que me levantó en vilo del aire, arrancándome del borde del precipicio y haciéndome girar en redondo antes de estrellarme de espaldas contra la tablazón del alcázar.

El peso de un cuerpo descomunal cayó sobre mí como un escudo vivo.

¡CRASH!

La verga astillada cayó a plomo exactamente sobre el tramo de regala donde yo me encontraba un segundo antes, pulverizando el pasamanos de roble en una lluvia ensordecedora de astillas blancas y cabos sueltos que rebotaron contra la madera a escasas pulgadas de mi sien.

Quedamos inmóviles en el suelo anegado.

Yo estaba atrapado debajo, con la espalda clavada contra la madera fría y el pecho de Raymond Silva aplastando el mío sin piedad.

Su rostro estaba a menos de una pulgada del mío; su respiración, ardiente, entrecortada y cargada de salmuera pura, me golpeaba la boca con la violencia de un temporal.

Tenía mechones de pelo empapados pegados a la frente y a las mejillas, y sus ojos grises me escrutaban con una furia desorbitada, buscando rastro de muerte en mis pupilas.

Por primera vez, mi mente analítica fue incapaz de articular un solo pensamiento.

Solo existía la presión demoledora de su cuerpo sobre el mío: el calor volcánico de sus costillas subiendo y bajando contra mi chaleco empapado, la dureza de sus muslos aprisionando mis piernas y su mano izquierda, enguantada por la tensión, aferrada a la pechera de mi casaca con tanta fuerza que los botones de latón se me clavaban en la carne viva.

—Maldito estúpido... —rugió Silva entre dientes, con un jadeo que le desgarraba la garganta—. Te dije que te quedaras abajo...

—Silva... —mi voz fue un susurro roto, una hebra de aire temblorosa en medio del desastre.

Quise empujarlo para romper la intimidad salvaje y asfixiante de aquel encierro, pero al apoyar mis manos en sus hombros húmedos, sentí un estremecimiento que no era fruto del esfuerzo.

Silva intentó incorporarse, apoyando la palma derecha sobre la cubierta para tomar impulso.

Al hacerlo, un gemido bronco, sordo y animal se le escapó del fondo del pecho; sus ojos se abrieron desmesuradamente y el peso de su cuerpo volvió a desplomarse sobre el mío, con la frente cayendo pesadamente contra el hueco de mi cuello.

—¿Qué ocurre? —pregunté, y el pánico que tiñó mi tono no tenía nada que ver con el orden ni con el barco—. ¡Raymond!

—Las amarras... —masculló contra mi piel, apretando los dientes con un crujido espantoso—. Maldita sea la lona...

Aparté mi brazo y miré hacia sus manos. El estómago se me dio la vuelta en una náusea instantánea.

Durante la maniobra desesperada para cruzar el arrecife, Silva no solo había gobernado la rueda: al ceder el aparejo de mesana segundos antes, había sujetado a brazo limpio el chicote del cabo desbocado para que no barriera al timonel.

La fricción salvaje del cáñamo al correr a toda velocidad le había arrancado la piel de las palmas.

La carne viva, sanguinolenta y llena de hebras de alquitrán deshilachadas, se mostraba desgarrada desde la base de los pulgares hasta las muñecas.

Las costras del naufragio habían saltado en pedazos, y una mezcla espesa de sangre caliente y agua salada goteaba sin cesar sobre mi propia camisa blanca, manchando el lino con un rastro escarlata.

Silva había destrozado sus manos para mantener el rumbo de este cascarón, y luego había usado lo que le quedaba de fuerzas para salvarme la vida a mí.

—Señor Moore... ¡Lobo! —la voz de Thorne y las pisadas de media docena de hombres corriendo hacia el alcázar rompieron la burbuja de pesadilla.

Silva levantó la cabeza despacio, respirando con dificultad.

La palidez de la agonía asomaba bajo el bronce de su piel, pero en cuanto vio acercarse a la marinería, la coraza de orgullo volvió a cerrarse sobre sus facciones como una trampa de hierro.

Apartó la mano herida de la vista de todos, escondiéndola bajo el pliegue de su brazo, y rodó sobre su costado para permitirme incorporar.

Me senté en las tablas empapadas, temblando de pies a cabeza. Tenía el pecho manchado con su sangre caliente, el pelo cubierto de salitre y la garganta completamente seca.

—El balandro está desmantelado en el bajo, capitán —dijo Silva desde el suelo, obligando a su voz a sonar firme ante los hombres que se agolpaban en la escala—. La ensenada está limpia. Ya tenéis vuestro fondeadero.

Thorne miró el maderamen destrozado de la regala, luego las huellas de sangre sobre la cubierta y, por último, a mí, que aún no lograba ponerme en pie sin apoyar las manos en las tablas.

—Por todos los santos del cielo, Moore, habéis vuelto a nacer —murmuró el capitán, persignándose con ademán distraído antes de volverse hacia los artilleros—.

¡Llevad a Silva al pañol del cirujano! Que le echen un jarro de aguardiente en esas garras y le pongan estopa antes de que la gangrena le coma los tendones.

—¡No! —la palabra salió de mi boca antes de que mi razón pudiera frenarla.

Todos los ojos del alcázar se volvieron hacia mí. El propio Silva me miró desde el suelo con el ceño fruncido, desconcertado por la vehemencia de mi negativa.

Me puse en pie a duras penas, alisándome la casaca destrozada con ademán rígido para disimular el temblor salvaje que me sacudía los muslos.

—El cirujano está medio ciego de ron en el entrepuente y no sabe distinguir una arteria de un cabo de cáñamo —declaré, con una frialdad forzada que me desgarraba la garganta—.

Si mete sus cuchillos sucios en esas manos, este hombre quedará lisiado de por vida y no servirá ni para achicar la sentina.

Es responsabilidad de intendencia velar por la utilidad de los brazos útiles de este barco.

Di dos pasos firmes hacia Silva y me incliné sobre él. Sin pedirle permiso ni tolerar réplica alguna, pasé mi brazo sano por debajo de sus hombros anchos y lo obligué a apoyarse en mí para levantarse.

El contacto de su costado herido contra el mío volvió a encender la misma quemadura invisible en mi pecho.

Silva ahogó una maldición por el dolor, pero no se resistió; dejó que su peso descansara sobre mi hombro mientras sus ojos grises, oscuros como el fondo del canal, se clavaban en mi perfil con una intensidad que me hizo arder la sangre.

—Yo me encargaré de sus heridas —añadí, mirando a Thorne con una firmeza que no admitía objeciones—. En mi camarote.