El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 6 Rumbo de colisión
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CAPÍTULO 6 Rumbo de colisión

La cubierta de El Vengador se había convertido en un hervidero de caos disciplinado.

El redoble sordo del tambor de zafarrancho marcaba el pulso de sesenta hombres corriendo descalzos hacia las baterías bajas; las maromas de cáñamo caían desde las cofas levantando nubes de polvo y salitre seco, mientras las portas de los cañones de estribor se abrían con chirridos agudos de goznes oxidados.

Subí las escalas del alcázar de dos en dos, con la mano izquierda aferrada a la vaina de mi espada ropera para que el acero no golpeara los escalones. El viento del este, recién despertado de la calma chicha, soplaba a rachas ásperas, tensando los foques con estampidos secos de lona viva.

A menos de media milla náutica por nuestra aleta de babor, recortándose contra el cielo plomizo, un balandro de casco bajo, aparejo bermudiano y líneas afiladas avanzaba hendiendo la espuma con una velocidad insolente.

Llevaba izado en el palo mayor un paño negro sin blasón alguno: forajidos de la peor calaña, cazadores de aguas someras que no daban cuartel.

—¡Nos tienen ganado el barlovento, por todos los diablos!

—rugió el capitán Thorne junto a la rueda del timón, con el catalejo clavado en el ojo y la barba encanecida batida por el aire—.

Si viramos en redondo para presentar batería, nos meterán una andanada de palanqueta por la popa antes de que cacemos la escota.

Desplegué sobre la bitácora la carta general con un movimiento firme, clavando cuatro plomos en las esquinas para impedir que el viento la arrebatará. Mis ojos buscaron de inmediato los números grabados en la vitela.

—Capitán, el canal principal de aguas profundas se abre tres cuartas a sotavento —señalé con el índice enguantado sobre la derrota oficial—.

Si caemos a estribor y forzamos el velamen de gavia, mantendremos doce brazas de fondo bajo la quilla.

Es una derrota limpia. Nos alejaremos de la rompiente del bajo y podremos encarar el combate con margen de maniobra en mar abierto.

—¡Esa derrota es una tumba de madera!

La voz, bronca y tajante como un cañonazo en el sollado, me hizo erizar la nuca.

Silva subió al alcázar con paso firme. No llevaba armas encima, pero la determinación de sus zancadas y la forma en que apartó a un timonel de un empellón seco imponían más que una tercerola amartillada.

La camisa de lona ondeaba abierta sobre su pecho ancho, y sus ojos grises relampagueaban con la lucidez gélida de quien ha visto a la muerte cobrar peaje en cien ensenadas.

—¿Quién demonios os ha dado permiso para subir al puente, Silva? —bramó Thorne, bajando el anteojo con furia.

—Nadie, capitán —replicó Raymond, plantándose ante la bitácora sin pestañear—.

Pero si seguís los números de vuestro ilustrado intendente, este bergantín dejará el timón y media quilla clavados en el diente de perro antes de que alcancemos mar abierto.

Esas tablas batimétricas tienen diez años de antigüedad.

El huracán del diecinueve alteró los fondos: el bajo de Cayo Diablo ha corrido su lengua de coral blanco media milla hacia el norte.

Hay tres brazas donde vuestro papel promete doce.

Encallaremos en seco, y ese balandro nos despedazará a placer con sus pedreros.

Sentí una oleada de ira ardiente treparme por la garganta. La marinería agrupada al pie del alcázar contenía el aliento, pendiente del choque.

—¡Basta de patrañas de renegado! —espeté, dando un paso al frente hasta que mi pecho casi rozó el suyo.

El calor de su cuerpo y el olor a salmuera me envolvieron de nuevo, pero me obligué a clavarle una mirada de acero—.

Esas tablas fueron trazadas por los hidrógrafos del Almirantazgo.

Están respaldadas por cálculos trigonométricos y sondas reglamentarias.

Vuestro instinto ciego de contrabandista no sustituye a la ciencia de la navegación, señor Silva.

Queréis meternos en un laberinto donde solo vos conocéis la salida para haceros con el gobierno del barco.

Silva no retrocedió una sola pulgada. Apoyó ambas manos en el borde de roble de la bitácora, encarándome con una sonrisa feroz y descarada que me encendió la sangre.

—A la mierda vuestra ciencia de salón y vuestros reyes letrados, Moore —soltó en un siseo que solo yo y el capitán pudimos oír por encima del rumor del viento—.

Tuve una balandra de diez cañones pudriéndose en ese mismo bajo hace tres veranos porque mi piloto leía las mismas mentiras que tú tienes impresas ahí.

Si quieres morir con un libro apretado contra el pecho para que los peces admiren tu caligrafía, quédate en tu camarote.

Pero si quieres salvar este barco, tenemos que meter el bauprés directo entre las dos agujas de la restinga. Por el canal ciego.

—¡Eso es una garganta de coral vivo de menos de cincuenta varas de ancho!

—repliqué a voz en cuello, señalando la línea blanca de espuma que hervía a lo lejos, donde el mar rompía con furia ciega contra la barrera arrecifal—.

Si el viento rola una sola cuarta, la resaca nos aplastará contra las rocas como a una cáscara de nuez.

¡Capitán, el código confiere al intendente la custodia del rumbo seguro!

No podemos someter la vida de sesenta hombres al delirio suicida de un náufrago.

—¡Y el código nos da el derecho a no morir como ratas acorraladas!

—rugió Higgins desde la escala del alcázar, respaldado por una decena de marineros armados que habían subido para escuchar la disputa—.

¡El Lobo conoce estas restingas mejor que cualquier escribano de Londres!

¡Miren a ese balandro, nos van a cortar el paso!

Un estampido seco retumbó desde el horizonte.

A través del catalejo, vi una bocanada de humo blanco brotar de la proa del corsario perseguidor.

Tres segundos después, una bala de a seis libras silbó sobre nuestras cabezas con un aullido siniestro de viento desgarrado, perforando la vela de gavia antes de perderse en el agua por la aleta contraria levantando un surtidor de espuma.

La metralla no admitía más dilaciones. El pánico sacudió el puente.

Thorne miró la rompiente blanca y traicionera que cerraba el paso al frente; luego me miró a mí, pálido y aferrado a mis tablas inútiles, y finalmente clavó sus ojos en Silva, cuya figura erguida transmitía una certidumbre salvaje e implacable.

—¿Podéis pasar un bergantín de dieciséis cañones por esa garganta sin arrancarle los fondos, Silva? —exigió el capitán con voz bronca.

—Puedo pasarlo con los ojos vendados si vuestros zánganos cazan las velas cuando yo lo mande y no dudan ni un segundo en las vergas —contestó Raymond, sin apartar sus ojos grises de los míos. Había en su mirada un reto íntimo, una promesa silenciosa y arrogante que me abrasaba las entrañas.

—¡Tomad la rueda! —decretó Thorne, arrojando su sombrero a la cubierta—. ¡Señor Moore, guardad esas cartas antes de que el viento se las lleve al infierno! ¡A la voz del camarada Silva, toda la tripulación!

El capitán acababa de despojarme de mi autoridad técnica delante de toda la marinería. El orgullo me dolió como un corte limpio de daga, pero no me moví del alcázar. Recogí las cartas de navegación con dedos rígidos y me quedé inmóvil junto a la regala, resistiendo el impulso de bajar a refugiarme.

Silva dio dos zancadas hacia el timón. Sus manos grandes, cubiertas de costras y cicatrices de salitre, aferraron los cabillas de roble con una autoridad casi animal.

Al tomar el timón, su cuerpo pareció enraizarse en el maderamen de El Vengador, como si la nave entera cobrara vida bajo la fuerza descomunal de sus brazos.

—¡A las escotas de mesana! —bramó Raymond, y su voz no necesitó bocina para imponerse al trueno del oleaje—. ¡Arriad el foque de proa! ¡Caed a babor todo lo que dé el aparejo! ¡Vamos a enseñarle a esos perros cómo se cruza el fuego sobre los arrecifes!

El bergantín dio una sacudida brutal al tomar el viento de través. La cubierta se inclinó en un ángulo vertiginoso, haciendo gemir las cuadernas bajo una tensión monstruosa.

Al frente, a menos de tres cables de distancia, la boca estrecha del arrecife nos esperaba: dos colmillos colosales de roca negra y coral afilado sobre los que el mar reventaba en murallas de espuma blanca de diez pies de altura.

Y El Vengador, gobernado por las manos implacables del hombre que dormía en mi suelo, se precipitaba de cabeza hacia el abismo.