CAPÍTULO 5 El filo de la sospecha
El alba no trajo alivio a la pesadumbre del bergantín. El sol despuntó tras un banco de nubes cenicientas, tiñendo el agua de un gris plomizo y espeso que prometía más bochorno antes del mediodía.
Me cambié de camisa a oscuras, abotonando el cuello hasta la nuez con una prisa torpe que delataba el temblor residual de mis dedos.
Silva no se había movido de su rincón; respiraba con esa cadencia pesada del lobo que duerme con un ojo abierto, ajeno al cataclismo que sus palabras y el roce de sus manos habían dejado ardiendo bajo mi piel.
Apenas acababa de ajustar la hebilla de mi tahalí cuando tres golpes brutales sacudieron el maderamen de la puerta exterior.
—¡Señor intendente! —bramó la voz de Higgins, ronca de aguardiente y bilis—. ¡Abrid por todos los diablos! ¡Tenemos un asunto de gravedad en el sollado!
Giré la tranca de hierro y abrí el batiente lo justo para interponer mi cuerpo en el vano. El contramaestre estaba en el pasillo, flanqueado por dos artilleros corpulentos que sostenían chuzos de abordaje con las puntas melladas. El tufo a tabaco mascado y sudor agrio me golpeó de lleno.
—Moderad los modos, Higgins —dije con una frialdad glacial, buscando recomponer la muralla que horas antes había saltado en pedazos—. ¿A qué viene este escándalo antes del cambio de guardia?
Higgins estiró el pescuezo por encima de mi hombro, clavando sus ojillos sanguinolentos en la figura de Silva, que ya se incorporaba del suelo con la parsimonia de un felino desperezándose.
—Vengo por vuestro flamante huésped —escupió el contramaestre, señalando a Raymond con un índice nudoso y sucio—.
Ha faltado al relevo de la bomba de achique a las cuatro campanadas.
El grumete Ned jura por su madre que lo vio merodear por la escotilla del pañol de proa en mitad de las sombras, tanteando los candados como un ratero de muelle.
Silva se puso en pie sin prisa, sacudiéndose las briznas de lana de los calzones. Se pasó la mano por la melena enmarañada y sonrió con esa insolencia descarada que le nacía tan natural como el respirar.
—El grumete Ned debería limpiarse las legañas antes de cantar misa —soltó Silva, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo—. O quizá confundió mi sombra con la suya propia huyendo del trabajo.
—¡Cierra el pico, carroña! —rugió Higgins, dando un paso al frente con el puño apretado—.
¡En este barco los perros sarnosos no pasean a deshora por las bodegas!
Señor Moore, el artículo noveno es claro: merodear los pañoles sin cometido de intendencia se paga con diez azotes en el cabrestante.
Traedlo al combés ahora mismo o lo sacaremos a rastras.
Los dos marineros dieron un paso amenazante, bajando las astas de los chuzos.
El estómago se me encogió con una sacudida seca.
No era por la amenaza física de la marinería, sino por la perspectiva inmediata, cruda y atroz de ver a Silva atado al madero de castigo; de contemplar cómo el cuero del látigo volvía a desgarrarle la carne sobre aquellas marcas que yo acababa de descubrir.
Esa sola imagen me provocó una náusea violenta y una furia súbita que arrasó con mi prudencia habitual.
—Higgins —mi voz sonó tan afilada que los dos artilleros vacilaron, deteniendo el paso—.
El artículo noveno también establece que cualquier presunta falta cometida en el entrepuente o pañoles compete exclusivamente a la jurisdicción del intendente hasta que se formule acusación formal ante la mesa de oficiales.
Nadie pone una mano sobre este hombre sin mi venia.
—¿Lo estáis protegiendo? —inquirió el contramaestre, entrecerrando los ojos con una sospecha cargada de veneno—. Es un forastero, Moore. Apenas lleva dos soles a bordo y ya le concedéis fueros de caballero.
—Protejo la ley del barco de vuestra incompetencia para seguir el procedimiento —repliqué, sosteniéndole la mirada sin parpadear—.
Despejad el pasillo. Conduciré al acusado a la cámara de oficiales para tomarle declaración jurada.
Si hallo indicio de falta, yo mismo lo entregaré a la asamblea al mediodía. Fuera de aquí.
Higgins apretó la mandíbula, mascullando una maldición entre dientes.
Sabía que desafiar mi autoridad técnica en un asunto reglamentario era arriesgarse a una multa de dos partes de presa en la siguiente asamblea.
Hizo una seña hosca a sus hombres y dio media vuelta, arrastrando las botas por la tablazón mientras murmuraba que el capitán Thorne sabría de esto.
Cuando sus pasos se perdieron hacia la escala, me volví hacia Silva.
Estaba apoyado contra la mesa abatible, mirándome con una ceja alzada y una sombra de burla que me resultó insoportable.
—Poneos la camisa —ordené con aspereza, arrojándole la prenda de lona a la cara.
La atrapó al vuelo con una sola mano, sin dejar de mirarme.
—Tienes agallas cuando te vistes de escribano mayor, Alistair. Casi parecías temerario plantándole cara a esa hiena.
—A la cámara de oficiales. Ahora. Y no volváis a pronunciar mi nombre fuera de este camarote si valoráis el pellejo.
Lo conduje por el pasillo hasta la cámara de consejo, un espacio algo más amplio bajo la toldilla donde una mesa de roble macizo y seis sillas de vaqueta servían para las asambleas restringidas.
El sol matinal entraba oblicuo por las portas de popa, dibujando rectángulos dorados en el polvo suspendido.
Hice que los dos centinelas apostados en la entrada cerraran la puerta por fuera y permanecieran a prudente distancia.
Nos quedamos solos.
Me senté tras la cabecera de la mesa, coloqué el cuaderno de diligencias frente a mí y tomé la pluma, buscando desesperadamente aferrarme al papel para no mirar la anchura de sus hombros mientras terminaba de abotonarse la camisa.
—Tenéis una acusación formal de desobediencia y merodeo —comencé, forzando un tono burocrático y seco—. La guardia jura que estabais en la escotilla de proa a las cuatro de la madrugada. Decidme qué hacíais allí si pretendéis que el capitán no os entregue a Higgins.
Silva no se sentó en la silla frente a mí. Caminó con pasos lentos y pesados alrededor de la mesa, como una fiera reconociendo los límites de una jaula.
—¿De verdad vas a jugar a los juicios conmigo, Moore? —preguntó, con esa voz baja y áspera que hacía vibrar el maderamen—. Sabes exactamente dónde estaba a las cuatro de la madrugada. Estabas despierto. Tenías tu estilete pegado a mi garganta mientras yo te corregía las cartas que no sabías leer.
Apreté la pluma con tanta fuerza que el cañón de ganso crujió entre mis yemas.
—Eso no puedo ponerlo en este cuaderno —siseé entre dientes, alzando la vista para enfrentarlo—.
Si confieso ante la asamblea que forzasteis el cerrojo de mis estantes y que teníais en las manos las derrotas secretas de la nave, no os caerán diez azotes por desobediencia.
Os pasarán por la quilla por espionaje antes de que caiga la tarde.
Silva se detuvo en seco al otro lado de la mesa.
Apoyó ambas palmas abiertas sobre la madera pulida, inclinándose hacia adelante hasta que su rostro quedó a escasas dieciocho pulgadas del mío.
El olor a sal, piel caliente y tabaco silvestre volvió a invadir mi espacio, derribando cualquier conato de compostura.
—Entonces dilo —desafió, clavando sus ojos grises en los míos con una intensidad feroz—.
Diles que soy un espía. Diles que entré en tus papeles.
Sal ahí fuera, llama a Higgins y mírales la cara mientras me atan al cabrestante.
¿Por qué no lo haces, Alistair? ¿Por qué te empeñas en inventar mentiras legales para salvarle el lomo a un pirata que te desprecia?
—¡Porque soy el intendente de este navío! —solté en un susurro cargado de rabia, sintiendo que la sangre me ardía en las mejillas—. ¡Mi deber es mantener el orden y la justicia, no arrojar hombres a la muerte por la ceguera de un contramaestre borracho!
Silva soltó una risa amarga y corta, sacudiendo la cabeza con desdén.
—Mentira. Te escondes tras ese libro mugriento porque tienes un pavor de muerte a lo que sientes cuando te quitas la casaca.
Te da terror admitir que bajo esa pechera almidonada todavía te hierve la sangre, que no eres más que otro paria marcado por el hierro del rey, y que verme a mí te recuerda cada segundo lo que perdiste y lo que jamás te atreverás a reclamar.
—¡Basta! —me puse en pie de golpe, golpeando la mesa con la palma de la mano. La silla chirrió contra las tablas al retroceder—. ¡No toleraré vuestras insolencias ni un segundo más! Sois un náufrago sin bandera, un renegado que vive de prestado gracias a mi benevolencia, y si decido...
Un sonido metálico, estridente y frenético, desgarró mis palabras en seco.
¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!
La campana de proa tañó tres golpes dobles con una urgencia desesperada, el toque inconfundible de zafarrancho de peligro que paralizó el bergantín de proa a popa.
Antes de que pudiera reaccionar, el aullido del vigía bajó rodando por las jarcias y se coló por los tragaluces de la cámara:
—¡Vela por el barlovento! ¡Balandro corsario a toda lona con rumbo de colisión! ¡Bandera negra en el tope!
Silva se enderezó de inmediato. La burla y la provocación desaparecieron de sus facciones en una fracción de segundo, reemplazadas por la frialdad implacable del combatiente nato. Llevó la mano al costado por instinto, buscando un sable que aún no tenía.
Nuestras miradas se cruzaron en medio del eco vibrante de la campana. La disputa personal quedó suspendida en el aire, devorada por la inminencia del fuego y el hierro.
—Guarda la pluma, intendente —dijo Silva con una voz bronca y serena, dirigiéndose ya hacia la puerta sin esperar permiso—. Es hora de ver si tus cuentas aguantan una andanada de metralla.