CAPÍTULO 4 Una sombra sobre la bitácora
Desperté antes de que el tintineo sordo de las cuatro campanadas de la guardia de la madrugada resonara en la cubierta superior. No fue el cansancio lo que me arrancó del letargo, sino un chirrido metálico, microscópico y clandestino, raspando contra el silencio sepulcral de la popa.
El roce seco de un compás de puntas sobre pergamino viejo.
Abrí los ojos despacio, sin mover un solo músculo. Mi mano derecha, entrenada por años de recelo naval, descendió con lentitud milimétrica bajo el borde del colchón de paja hasta que mis dedos palparon la empuñadura fría y rugosa de mi estilete de hoja triangular.
El pasillo del suelo estaba vacío. La manta de lana parda yacía deshecha en una maraña de tela basta.
En el rincón de babor, de pie junto a mi mesa abatible, una silueta ancha y oscura se recortaba contra la débil claridad de un cabo de vela encubierto tras un libro mayor. Era Silva. Se había levantado sin calzado ni camisa, con el torso desnudo inclinándose sobre el tablero abierto.
La cerradura de rejilla de mi estante de derrota colgaba abierta: había forzado el cerrojo de latón con una astilla de hierro o un cabo de alambre.
En sus manos descansaba mi bien más celosamente custodiado: la carta náutica reservada del Paso de los Vientos y los bajíos de Cayo Diablo, llena de anotaciones batimétricas que solo el piloto y yo debíamos conocer.
Una furia gélida me inundó las entrañas.
Me deslicé fuera del jergón como una sombra, descalzo, sin permitir que las tablas crujieran bajo mi peso. Empuñé el estilete con el pulgar bloqueando el gavilán. Dos zancadas silenciosas me bastaron para alcanzar su espalda descubierta.
—Ni un solo movimiento, pirata —siseé a media pulgada de su nuca, apoyando la punta de acero templado justo bajo su oreja izquierda, en el pliegue sensible donde latía su yugular.
Silva no se estremeció ni levantó las manos. Se quedó quieto, con las dos puntas del compás de bronce clavadas en el centro de un arrecife dibujado en tinta carmín.
—Tienes paso ligero para ser un recaudador de aduanas —murmuró con una calma exasperante, sin volverse—. Pero este metal está demasiado frío contra mi carne, escribano. Si vas a sangrarme, hazlo de frente.
—Cerrad la carta y soltad el compás despacio. Ahora. O juro por Dios que la asamblea limpiará vuestras entrañas de esta cubierta antes de que salga el sol.
—¿La asamblea? —soltó una risa ahogada, gutural, que hizo vibrar el aire enclaustrado—. La asamblea está roncando en el sollado con el gaznate lleno de aguardiente rancio, Moore. Y tú no vas a llamar a nadie. Si hubieras querido alertar a la guardia, ya habrías pateado la puerta.
El cinismo de su respuesta me encendió la sangre. Con un giro de muñeca busqué derribarlo contra el mamparo para neutralizar su brazo diestro, pero subestimé la velocidad con la que un forajido curtido en abordajes reacciona al peligro.
Silva flexionó las rodillas, hundió el hombro derecho contra mi pecho como un ariete de carne y hueso, y giró sobre sí mismo con una agilidad pasmosa.
El impacto me expulsó el aire de los pulmones con un golpe sordo.
Mi mano con el estilete se desvió en el aire, y antes de que pudiera recuperar la guardia, sus dos manos —anchas, ásperas y pesadas como tenazas de fragua— apresaron mis muñecas con una violencia aplastante.
Chocamos contra la mampara de pino en una colisión amortiguada por la estrechez del habitáculo.
El estilete resbaló de mis dedos inertes, cayendo sobre el jergón sin ruido.
Silva alzó mis brazos en cruz y me clavó contra la pared de madera, inmovilizándome por encima de mi cabeza.
Su cuerpo entero se proyectó sobre el mío para contener mis sacudidas: sus muslos de marinero apretaron los míos contra las tablas, su abdomen duro y caliente como una plancha de forja aplastó mis costillas, y su pecho ancho bloqueó cualquier intento de fuga.
Estábamos tan pegados que el latido desbocado de mi corazón golpeaba directamente contra el suyo.
—Soltadme... maldito seáis... —jadeé entre dientes, retorciendo las muñecas mientras mis músculos crujían en vano contra la fuerza arrolladora de sus tendones.
—Quieto —ordenó con un gruñido bajo, pegando su boca a mi sien hasta que su respiración abrasadora me inundó los sentidos—. Calla y escucha si quieres conservar el cuello entero.
—¡Sois un traidor a la asamblea! ¡Estabais copiando las derrotas secretas para la Armada!
—¡No seas imbécil! —espetó en un siseo furioso, hundiendo sus dedos aún más en mis muñecas hasta hacerme ver estrellas—.
Esas derrotas están trazadas por un estúpido que jamás ha cruzado los arrecifes con viento de popa.
Si seguimos el canal que tienes marcado con tinta encarnada en esa vitela, este cascarón reventará la quilla contra las cabezas de coral antes de tres semanas.
Estoy corrigiendo la sonda, no vendiéndola.
—¡Mentís!
En mi desesperación por zafarme, arqueé la espalda con un latigazo brusco. El movimiento desgarró la costura del cuello de mi camisa de lona fina, mientras el hombro izquierdo de Silva resbalaba contra la mampara, inclinándolo hacia adelante bajo el ángulo cenital que proyectaba la vela encubierta.
La luz dorada del candil lamió su espalda y sus hombros desnudos.
La palabra murió en mi garganta. Mi resistencia física se extinguió en un segundo, como una llama devorada por un balde de agua helada.
A menos de seis pulgadas de mis ojos, la piel cobriza de Raymond Silva mostraba su verdadero relato.
No eran las cicatrices desordenadas de machetazos piratas ni las marcas fortuitas de astillas de metralla.
Eran líneas paralelas, rectas, metódicas, trazadas con una equidistancia escalofriante desde la base de la nuca hasta los lomos.
Surcos anchos, profundos, con la piel engrosada y blanquecina de la carne arrancada y vuelta a cicatrizar una y otra vez.
Las nueve colas del gato reglamentario de la Marina Real británica. Cincuenta azotes contados al pie del cabrestante de un navío de línea.
Un castigo que yo conocía con cada terminación nerviosa de mi propia carne.
Silva notó el cambio súbito en mi respiración, el modo en que mis músculos pasaron de la rabia al colapso absoluto. Siguió la dirección fija y desorbitada de mis pupilas, comprendiendo en el acto qué era lo que mis ojos devoraban con semejante horror fascinado.
Una sombra oscura cruzó sus facciones, pero en lugar de cubrirse o avergonzarse, sus ojos grises descendieron lentamente hacia mí.
La tela de mi camisa, desgarrada en el forcejeo, había dejado al descubierto la curva de mi clavícula y la parte superior de mi omóplato derecho. Allí, apenas asomando bajo el lino blanco, destacaban dos franjas violáceas y rígidas: el comienzo de mi propio mapa de la ignominia, idéntico al suyo.
El agarre de Silva sobre mis muñecas dejó de ser una presa de combate.
Sus dedos, callosos y calientes, aflojaron la presión con una lentitud que me heló el alma. Descendió las manos con parsimonia, acariciando la piel interna de mis antebrazos sin apartar sus ojos de los míos. La respiración le salía honda, pesada, cargada de una comprensión sombría y devastadora.
Con la yema de su pulgar derecho, áspera como lija de cáñamo, rozó suavemente la comisura superior de mi cicatriz abierta bajo la tela.
El contacto me provocó un temblor involuntario, un latigazo eléctrico que me subió por la espina dorsal y me obligó a tragar saliva para no soltar un gemido de pura vulnerabilidad.
—Así que era eso... —murmuró Silva, con la voz rota por una aspereza que ya no tenía nada de sarcasmo—. Por eso llevas la casaca abotonada hasta el gaznate con un bochorno de cuarenta grados. Por eso hablas de reglamentos como si fueran el Evangelio.
Quise empujarlo, quise recuperar el estilete y clavarle el acero en las costillas para borrar el descaro con el que acababa de derribar mi secreto mejor guardado, pero mis brazos cayeron a los costados sin fuerza, pesados como plomo.
—Apartaos, Silva —susurré, con la voz quebrada por un nudo amargo que me abrasaba la garganta.
No se apartó. Su rostro descendió una pulgada más, hasta que sentí el roce de su barba incipiente contra la comisura de mi mandíbula. El olor a salitre, pólvora vieja y el calor de su aliento me rodearon como una trampa sin escapatoria.
—No te molestes en negarlo, Alistair —susurró, y esta vez el uso de mi nombre fue un golpe seco en el centro de mi pecho—.
Los dos llevamos la misma firma en el lomo.
Los dos olemos a la misma horca de la Corona.
La diferencia es que yo me cobro la deuda quemando sus banderas en el mar, y tú intentas pagar la tuya contando chelines en un libro podrido para convencerte de que aún eres un hombre honrado.
Me soltó del todo. Dio un paso atrás con paso elástico, apoyando las caderas contra el borde de la mesa de navegación con los brazos cruzados sobre el pecho.
Me quedé pegado a la mampara de pino, con la camisa rota y el pecho agitado por un jadeo que no lograba sofocar. La sensación de sus dedos rozando mi piel lacerada seguía ardiendo como si hubiera dejado una brasa encendida sobre mi carne.
Silva levantó el compás de bronce de la mesa con dos dedos y me lo arrojó con suavidad. Atrapé el instrumento en el aire por puro reflejo.
—Comprueba los números de la sonda en la punta del cayo si te place, intendente —dijo, señalando el pergamino con un gesto seco de la cabeza mientras se arrodillaba de nuevo sobre la manta de lana para acostarse—.
Y guarda ese cuchillito bajo el jergón. Si hubiera querido matarte para robarte el barco, ya estarías flotando boca abajo con la marea del reflujo.
Se tendió de espaldas sobre las tablas, cruzando las manos tras la nuca con esa tranquilidad insolente que me revolvía el estómago.
Permanecí de pie en la penumbra durante varios minutos, temblando en silencio, incapaz de apartar los ojos de su figura recostada.
Cuando bajé la mirada hacia la carta de navegación, descubrí que las anotaciones que Silva había trazado a lápiz de plomo corregían exactamente una desviación de dos brazas en el canal de salida: el error que habría despedazado el bergantín de haber intentado cruzarlo de noche.