CAPÍTULO 3 Alojamiento forzoso
El viento cayó del todo hacia el toque de las ocho campanadas de la tarde, dejando a El Vengador varado en una calma chicha que transformaba el mar en un espejo de mercurio inmóvil.
El calor acumulado durante el día no se disipaba con el anochecer; manaba desde las cuadernas recalentadas como el aliento pastoso de una bestia herida, mezclando el aroma a alquitrán, fango salobre de la sentina y los efluvios acres de más de sesenta hombres sudando en el sollado.
Descendí por la escala de popa escoltando al capitán Thorne tras la reunión de oficiales en el alcázar. Bajo el brazo sostenía el estadillo de distribución de literas, una hoja de papel doblada que me quemaba los dedos.
—No hay margen para componendas, Moore —sentenció Thorne, deteniéndose ante el mamparo de popa con un candil de sebo en la mano diestra que arrojaba sombras deformes sobre las vigas del techo—.
El sollado de proa es un nido de pulgas donde apenas cabe un alfiler, y tres hombres duermen por turnos sobre las cureñas de los cañones.
Silva no es un grumete al que podáis empaquetar en cualquier rincón podrido del entrepuente.
Es un capitán renegado con ojos de gavilán y demasiados camaradas dispuestos a corearle las bravatas.
—Precisamente por esa razón, capitán —repliqué en voz baja, cuidando de no alzar el tono para que los centinelas de guardia no cazaran mis palabras al vuelo—.
Debe quedar bajo vigilancia en el combés, junto a la marinería común.
En mi habitáculo se guardan los cuadernos de derrota, las cartas batimétricas del archipiélago y los balances de caudales.
El artículo séptimo estipula con claridad que el intendente gozará de cámara estanca para garantizar el secreto contable de la nave.
Thorne soltó un bufido que hizo bailar la llama del farol.
—Al diablo vuestro artículo séptimo y la madre que parió tanta letra menuda.
La asamblea votó su admisión, pero yo sigo mandando sobre la madera que nos mantiene a flote.
Si lo dejo con la chusma en el sollado, para el tercer cambio de guardia habrá organizado un motín o le habrán rebanado el pescuezo por una partida de dados.
Prefiero tenerlo donde un par de ojos letrados y severos como los vuestros puedan medirle cada respiración.
Dormirá en vuestro camarote. Asunto zanjado.
El capitán no esperó réplica. Dio media vuelta sobre sus tacones gastados y se adentró en su cámara de mando, cerrando el portón con un golpe sordo que retumbó en las costuras del bergantín.
Apreté los dientes hasta sentir una punzada en la mandíbula.
Me quedé solo en el pasillo estrecho del entrepuente, bañado por la penumbra dorada del farolillo de mamparo.
Apenas tres pasos más allá, apoyado de espaldas contra la madera de mi propia puerta con los brazos cruzados y un cigarro de hoja apagado entre los labios, aguardaba Raymond Silva.
Había presenciado toda la conversación. No cabía duda al contemplar la curva perezosa y divertida que tensaba la comisura de su boca.
—Parece que el escribano tendrá que compartir celda con el perro —dijo con esa voz cavernosa, arrastrando las palabras con una lentitud que me crispó cada fibra de los hombros.
—Este no es un juego de camaradería, Silva —contesté, metiendo la llave de hierro en la cerradura con un giro brusco que chasqueó con resentimiento—. Entrad, dejad vuestro petate y no toquéis un solo papel de las mesas si apreciáis conservar las dos manos intactas.
Empujé la puerta y entré en mi santuario.
El camarote de intendencia era el cubículo más austero y estrecho de toda la popa.
Medía apenas siete pies de largo por cinco de ancho, constreñido por la curvatura del casco exterior.
A babor, empotrada contra la mampara, se alzaba la mesa abatible de nogal con mi tintero fijo de plomo, los pliegos de pergamino meticulosamente apilados bajo una pesa de latón y dos estantes cerrados con rejilla metálica para los libros mayores.
A estribor, un catre simple de lona y paja, concebido para un solo cuerpo, dejaba un pasillo central tan angosto que dos hombres difícilmente podían cruzarse sin rozarse los hombros.
Silva entró tras de mí. Al hacerlo, el aire del habitáculo pareció desvanecerse de golpe.
Su presencia física era descomunal para aquellas dimensiones mínimas.
Tenía que inclinar la cabeza para no golpear las vigas de roble del techo con la coronilla.
Dejó caer al suelo el saco de lona con sus escasas pertenencias —un par de calzones limpios y una toalla que le había proporcionado el despensero— y se detuvo en mitad del espacio, llenándolo todo con su volumen macizo.
—Voto a bríos que huele a abadía —comentó, olfateando el aire con descaro—. Cera, vinagre para la tinta y paño seco. Te falta un crucifijo en la pared para parecer un inquisidor de Sevilla, Moore.
—Huele a orden, señor Silva. Un concepto que sin duda le resulta enteramente ajeno.
Me acerqué a la mesa para colocar mi libro mayor sobre el atril.
Mi cuerpo quedó a menos de una cuarta del suyo.
La angostura del cuarto hacía imposible cualquier maniobra sin sentir el calor ardiente que emanaba de su piel, todavía enrojecida por el sol.
Olía a mar abierto, a sudor salobre recién lavado con agua dulce rancia y a la tela áspera de su camisa de lona.
Sin pedir permiso ni esperar a que me apartara, Silva llevó las manos al pecho. Desabrochó con parsimonia los pocos botones de hueso que sujetaban su camisa y se la quitó por la cabeza con un tirón firme.
Me quedé inmóvil, con la mano suspendida sobre el lomo de cuero de mis registros.
El torso que quedó expuesto a la luz titilante de la vela de sebo era un mapa brutal de músculo y violencia naval.
Los hombros anchos, cubiertos de tendones marcados, daban paso a un pecho poblado de vello oscuro que descendía en una línea densa hacia la cintura estrecha.
Su piel cobriza brillaba con una fina película de sudor provocada por el bochorno del cuarto cerrado.
En el costado izquierdo, una cicatriz antigua y blanquecina recordaba el tajo limpio de un sable de abordaje; y en los omóplatos, parcialmente ocultas por la penumbra, se adivinaban sombras de marcas más viejas, profundas y metódicas.
Silva dobló la camisa húmeda y la colgó con naturalidad en el único cáncamo de hierro de la pared, reservado normalmente para mi casaca de parada.
—El calor aquí dentro es un castigo de Dios —murmuró, sacudiendo su melena castaña para apartarse los mechones de la frente. Sus ojos grises se cruzaron con los míos—. ¿O pretendes que duerma enfundado en lona para no ofender tu delicada mirada, escribano?
Sentí un calor repentino y violento treparme por el cuello, abrasador y traicionero. Aparté la vista de inmediato, obligándome a mirar la cuadrícula ordenada de las cifras en mi libro de cuentas, aunque las letras bailaban ante mis ojos como si el suelo estuviera zozobrando.
—Podéis vestiros o desvestiros como os plazca —dije con voz fría, forzando un tono desprovisto de cualquier inflexión—.
En este camarote solo hay un jergón. Puesto que sois el recién llegado y carecéis de rango en la oficialidad, dormiréis en el suelo, sobre la manta de repuesto que está doblada al pie del lecho.
Silva soltó una risita seca, baja y ronca, que resonó en el maderamen cerrado como el ronroneo de un felino salvaje.
—No esperaba menos de vuestra caridad cristiana, señor intendente. He dormido sobre piedras mojadas y sobre las tablas inundadas de una sentina; la tablazón seca de tu suelo me parecerá un lecho de plumas de pato.
Se agachó con agilidad felina para recoger la manta basta de lana parda.
Al doblar el cuerpo, sus músculos dorsales se tensaron como maromas de maniobra, y el espacio entre su espalda y mis piernas se redujo a una pulgada escasa.
Tuve que contener el impulso físico de retroceder, clavando las botas en el entarimado para no mostrar debilidad alguna ante él.
Extendió la manta a lo largo del suelo, ocupando prácticamente todo el pasillo libre entre mi catre y la mesa de trabajo.
Luego se sentó sobre ella con las piernas cruzadas, apoyando la espalda contra la madera del casco.
Me miraba desde abajo, con la cabeza ladeada y esa chispa de arrogancia burlona fija en sus pupilas claras.
Fui incapaz de continuar trabajando. Tomé el apagavelas de latón, cubrí la mecha del candil y dejé que la oscuridad se tragara el camarote de golpe.
La única claridad provenía de la luna llena, que se colaba a través del pequeño tragaluz cenital enmarcado en el techo, arrojando una franja plateada y pálida sobre las tablas y cortando el cuerpo de Silva por la mitad.
Me despojé únicamente de los zapatos y de la casaca, conservando la camisa y los calzones bien ceñidos, y me tendí en el catre de espaldas a él, de cara a la mampara ciega.
El silencio que cayó sobre la estancia era absoluto, pero carecía por completo de paz.
Era un silencio denso, cargado de una electricidad estática que hacía vibrar el aire viciado.
Podía escuchar con una nitidez enloquecedora cada respiración de Raymond Silva a menos de tres pies de mi espalda: el aire entrando hondo en sus pulmones anchos, el silbido leve al rozar sus labios partidos y el crujido periódico de la lana cuando acomodaba sus hombros contra el suelo.
Su calor parecía atravesar la distancia física, envolviendo el jergón como una corriente invisible.
Cerré los ojos con fuerza, ordenando a mi mente repasar las tablas de suministros: veintidós sacos de harina en el pañol de proa, quince cuñetes de manteca, cuatro barriles de cecina...
—Alistair.
El susurro me golpeó en la nuca como si me hubiera rozado con la mano. Era la primera vez que pronunciaba mi nombre de pila, y en su boca áspera sonó extranjero, prohibido, despojado de todo protocolo.
No me moví. Mantuve la respiración contenida, fingiendo un sueño que estaba a leguas de alcanzar.
—Sé que estás despierto —continuó Silva desde el suelo.
Su voz era un murmullo grave y confidencial que apenas superaba el rumor de las olas meciendo el timón de popa—.
Y sé que tienes los ojos abiertos de par en par contra esa pared de madera.
Dime una cosa, escribano... ¿duermes siempre con el cuerpo tieso como un muerto por costumbre militar, o es que tienes miedo de que me levante en mitad de la noche a robarte tus preciosos libros?
Apreté los puños bajo la sábana áspera. La tentación de girarme y ordenarle que callara con la autoridad de mi rango me ardió en la garganta, pero supe que cualquier respuesta sería una capitulación: confirmaría que su voz bastaba para quebrar mi fingida indiferencia.
Mantuve el silencio obstinado, con el pulso latiéndome en las sienes a un ritmo desbocado que amenazaba con delatarme en la oscuridad compartida.
Desde el suelo llegó el sonido sordo de una última exhalación divertida de Silva, acompañada por el crujido de su cuerpo acomodándose definitivamente en la madera.
Luego, la respiración del corsario se tornó lenta, honda y acompasada, sumiéndose en un descanso profundo que a mí me estaría vedado durante toda la noche.