CAPÍTULO 28 KEIRA #2
—Entonces no entiendo dónde está el problema —declara, mientras una ligera arruga aparece entre sus cejas, demostrando que no termina de entender adónde quiero llegar.
Por supuesto que no lo entiende.
¿Cómo iba a hacerlo? Hasta hace unos días ni siquiera yo era capaz de comprender todo esto. Si alguien me hubiera dicho entonces que iba a sentarme frente a él para tener esta conversación, me habría reído en su cara.
Pero las cosas han cambiado.
Por eso me cuesta tanto continuar. Porque, aunque sé que estoy haciendo lo correcto, eso no hace que resulte más fácil. Al contrario. Pronunciar cada palabra se convierte en un auténtico desafío.
—El problema es que, cuanto más pasan los días, más convencida estoy de que no puedo ofrecerte lo que tú buscas.
Ladea ligeramente la cabeza y veo cómo la mandíbula se le tensa mientras el ceño se va frunciendo poco a poco, formando una profunda arruga entre sus cejas.
Ya hemos llegado a la parte difícil...
Y ya no hay marcha atrás.
Me planteo suavizarlo. Explicárselo de una forma que no le haga tanto daño. Pero, por mucho que le dé vueltas, sé que no cambiaría las cosas. No existe una manera bonita de decirle a alguien que no sientes lo mismo que él.
—¿Qué quieres decir?
Su voz sigue siendo tranquila, pero ya no suena igual. La confusión empieza a abrirse paso y hace que el nudo de mi garganta se apriete un poco más.
—Que no veo que esto vaya a convertirse en una relación.
Toda la calidez desaparece de su rostro. La confusión deja paso a una expresión mucho más dura. Permanece inmóvil, como si esperara que le dijera que me he explicado mal. Que todavía hay algo que se me ha olvidado contarle. Algo que pueda cambiar el rumbo de esta decisión.
Pero no lo hay.
—¿Así... de repente?
—No ha sido de repente.
Veo cómo intenta asimilar lo que le digo y, cuando vuelve a hablar, su voz ha perdido toda la calma con la que había empezado.
—Hace unos días nos estábamos besando en el bosque. ¿Me quieres decir que esto no ha sido sin más? Todo estaba bien... estábamos bien.
Las últimas palabras abandonan sus labios en un tono mucho más grave. La incredulidad da paso a una frustración que cada vez le cuesta más disimular, y no puedo evitar sentir cómo se me encoge el pecho al escucharlo. Porque, en el fondo, tiene razón.
Hace apenas unos días yo también pensaba que todo iba bien. Disfrutaba de su compañía, de nuestras conversaciones y de los momentos que compartíamos, así que jamás imaginé que acabaría sentada frente a él para decirle justo lo contrario.
Mentirosa. Soy una puta mentirosa.
Sí que lo sabía.
Lo supe desde el mismo instante en que me crucé con él al llegar al pueblo.
Desde que Marcus apareció delante de mí, una parte de mí supo quién era el elegido.
Lo sentí en esa fuerza irracional que me atrae hacia él cada vez que está cerca, en ese vínculo invisible que nos mantiene conectados y que, por mucho que haya intentado ignorarlo, no ha dejado de estrecharse con cada encuentro.
—Lo sé —murmuro, sosteniéndole la mirada.
Owen deja escapar el aire lentamente y niega con la cabeza antes de volver a hablar, todavía tratando de asimilar lo que acabo de decir.
—Y ahora me llamas para decirme que no quieres continuar conmigo.
Su afirmación cae entre los dos como un mazazo. Trago saliva antes de responder, consciente de que cada respuesta que le doy abre una herida un poco más profunda.
—Sí.
Una risa breve escapa de sus labios, aunque está lejos de ser divertida. Solo deja al descubierto lo absurdo que le resulta lo que acaba de oír.
—¿He hecho algo mal? —pregunta, llevándose una mano al pelo con evidente nerviosismo.
La pregunta hace que se me rompa el alma. Durante un instante me cuesta hasta respirar, porque sé exactamente por qué me lo está preguntando. Necesita encontrar una respuesta que justifique todo esto, una razón que le permita entender cómo hemos llegado hasta aquí.
—No, Owen. No has hecho nada mal. De verdad. He estado muy a gusto contigo. Me has hecho reír, hemos compartido experiencias increíbles y no me arrepiento de ninguna de ellas. Es solo que... siento que no estamos hechos el uno para el otro.
Conforme hablo, me doy cuenta de que todo cuanto digo se queda corto. Ninguna palabra consigue expresar lo que realmente quiero decir sin hacerle más daño.
Owen mantiene la vista fija sobre la mesa. El restaurante sigue lleno de conversaciones y risas a nuestro alrededor, pero entre nosotros se ha instalado un silencio tan denso e incómodo que parece tragárselo todo.
Sus dedos tamborilean sobre la madera antes de detenerse.
Aprieta la mandíbula y deja escapar el aire por la nariz, haciendo un esfuerzo evidente por mantener la calma.
Lo conozco lo suficiente como para darme cuenta de que está intentando entenderme.
Necesita encontrar algún motivo que le permita asimilar por qué, de un día para otro, he decidido poner punto final a lo que apenas estaba empezando.
Y juro que deseo con todas mis fuerzas poder decirle la verdad. Porque sé que, si pudiera hacerlo, al menos sabría que todo esto no tiene que ver con él. Que no ha hecho nada mal ni ha sido el causante de que las cosas hayan terminado así.
Pero no puedo.
No puedo contarle que, desde que besé a Marcus, siento que mi loba solo lo reclama a él.
Que mi cuerpo reacciona de una forma que ni yo misma termino de comprender.
Y mucho menos puedo decirle que, si lo hiciera, lo único que conseguiría sería enfrentar a dos alfas que significan demasiado el uno para el otro.
Así que guardo silencio. Un silencio que, lejos de ayudarme, termina dándole la razón.
Al final, alza la cabeza y sus ojos encuentran los míos. La incredulidad sigue presente, pero ya no es lo único que encuentro en ellos. Una desconfianza que no estaba ahí al principio y que no deja de crecer conforme pasan los segundos.
Me observa sin decir una sola palabra, recorriendo mi rostro en busca de una respuesta diferente a la que acabo de darle. Analiza cada uno de mis gestos, esperando que mi expresión termine por delatarme y confiese aquello que me empeño en ocultar.
Cada segundo que pasa me cuesta un poco más mantenerme firme frente a él. Y, en el fondo, no puedo culparlo por desconfiar. Le estoy ocultando la parte más importante de toda esta historia, la única que jamás podré contarle.
—No te creo —sentencia con una serenidad que me eriza el vello.
—¿Perdón?
—No me creo que sea solo eso.
La firmeza con la que lo dice hace que el estómago se me encoja.
Ya no habla el lobo dolido que intentaba averiguar qué había hecho mal para que todo terminara de esta manera.
Ahora habla el alfa que está convencido de que le estoy ocultando algo y que no está dispuesto a conformarse con una verdad a medias.
Se cruza de brazos y se echa hacia atrás en la silla sin dejar de observarme. Hace apenas unos minutos buscaba cualquier excusa para rozarme la mano, para acortar la distancia entre los dos. Ahora, en cambio, es él quien la marca, levantando una barrera invisible que hasta entonces no existía.
—Tiene que haber algo más, Keira. Porque esto... esto no tiene ningún sentido.
Su voz sigue siendo tranquila, pero ya no queda rastro de la resignación de hace unos minutos. Ha dejado de intentar comprender mis motivos. Ahora está intentando encontrarlos por su cuenta.
Trago saliva.
—No ha pasado nada.
—¿Estás segura?
—Totalmente.
—Qué casualidad que decidas terminar esto justo después de pasar varios días con Marcus.
Me cago en la puta.
Lo sabía.
Sabía que tarde o temprano acabaría pronunciando su nombre. Era cuestión de tiempo. Mi olor ya no es el mismo y Owen, como alfa, tiene el olfato demasiado desarrollado. Si todavía queda algún rastro de Marcus sobre mi piel, podría percibirlo.
Levanto la barbilla, intentando mantener la calma, aunque por dentro el corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que amenaza con escapar de su propia jaula.
—Esto no es por él.
—¿No? —pregunta, arrastrando la palabra con cierto recelo.
—No.
—Entonces mírame a los ojos y dime que Marcus no tiene nada que ver con esta conversación —pide, inclinándose sobre la mesa y acortando la distancia entre los dos hasta que su aroma, fuerte e intimidante, invade mis sentidos.